Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Foto: Leo Spinetto.

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Crónica

Buenos Aires rewind

por Luis Chaves.


1

Puesto a escribir, mi primera imagen de Buenos Aires es Rosario. Es el 2001 y un piso que cabe en la categoría de salón de eventos. Es claro que ayer, aquí mismo, se celebró un quinceaños y que mañana habrá un seminario de mercadotecnia. Esta noche es la clausura del Festival Internacional de Poesía que por una semana reunió a un contingente de fauna tan bizarra como autoindulgente. Una banda anónima —se diría que invisible, como una banda en la que todos fueran bajistas— toca covers como este que suena de Los Rodríguez, “Dulce condena”. La pista es asaltada por las parejas que se fueron creando en la semana de cautiverio que hoy termina. Osvaldo, el otro tico invitado al festival, le enseña a su pareja a bailar rock mejilla-con-mejilla.

Raymond Carver vino alguna vez a Rosario y escribió un poema en el que, para hablar de otra cosa, retrata un paseo nocturno suyo por la rambla, los pescadores locales y un pez que saltó en otro río que no era el Paraná. El mío es este.

2

En el 2003 fui a Buenos Aires a la boda de mi amiga Ana con un boleto abierto a un mes y me quedé tres años. La tentación de enumerar las razones por las que uno decide algo así me parece sospechosa, argumentos forzados que no darían ni para un análisis freudiano básico. Prefiero evitar ese camino, prefiero decir que retengo cosas más pequeñas: la geometría de las góndolas de frutas y legumbres en las verdulerías de barrio, la estación de rock en la radio de todos los taxis, el deporte nacional de las marchas callejeras, la bicicleta de la chica que una madrugada, desde mi balcón, vi avanzar y desaparecer en la Avenida Córdoba iluminada intermitentemente por los semáforos que parecían un corazón.

3

En Buenos Aires se puede vivir sin tener auto. En San José, que es como un Miami pobre —y eso no es poco decir—, el sistema de transporte público está organizado de tal manera que quien no tiene vehículo propio está condenado a la marginalidad. En Buenos Aires se camina, se viaja mucho en bus —colectivos, en vernáculo— y, todavía en el 2005, hasta los taxis eran transportes razonablemente accesibles. Me gustaba andar en taxi, en “tacho”. En San José el gremio está tomado por asociaciones evangélicas y hay que aprender a resistir la emisora de música cristiana. En Buenos Aires siempre agradecí la estación de rock o el programa de opinión —es un país con mucha cultura de radio—.

No terminaba de subirme cuando me preguntaban de qué país venía, qué hacía, si me gustaba la Argentina, etc. De a poco empecé, porque sí, por probar, a alterar los datos reales. Decía que trabajaba como corresponsal para diarios de Costa Rica, o que tenía hijos argentinos, o que mis padres eran de Neuquén pero se habían mudado a San José cuando yo era niño. Todo falso. Así se fue convirtiendo en un deporte que practicaba casi a diario y en el que me convertí en experto. Llegué a decir que pasaba por Buenos Aires para una operación que sólo médicos argentinos estaban capacitados para practicar (ese taxista no me cobró supongo por una mezcla de lástima y orgullo patrio), que venía desde Puerto Rico para entrevistar a Maradona, etc. Me había hecho experto en la idiotez porque eran mentiras que no afectaban a nadie y que por lo mismo desvirtuaban el acto de mentir.

4

Al final hay una larga caminata nocturna con Fabián, después de cenar en una parrilla de barrio con su padre. A ella llegamos después de una más corta, conversando los tres, comentando el partido, meando por turnos frente a casas, en el tronco de árboles que parecían arces.

Un día antes escuché el mensaje de Fabián en el contestador. “Mi viejo tiene entradas para San Lorenzo, ¿querés ir?”. Por tres años Casas venía insistiendo en que me hiciera hincha del CASLA, como otros amigos me decían de Boca, de River, de Independiente. Yo, extranjero, acostumbrado a apoyar a un equipo venido a menos en mi país, curtido en la derrota, y además instalado en Villa Crespo, simpaticé con el Atlanta. Pero el fútbol es el fútbol y se sabe que la pasión de las canchas argentinas es única. “Vamos”, dije cuando llamé para responder.

Del partido que ellos vieron recuerdo poco. Sé que perdió San Lorenzo en el Gasómetro y que Juan Carlos, el padre de Fabián, me recordaba algo del mío. Yo miraba más a las barras bravas en graderías opuestas, me deleitaba con la espontaneidad y originalidad de los cantos. Trataba de entender qué hacía que ese fútbol fuera tan superior al de mi país.

Terminó el partido, participamos del éxodo colectivo y resignado de los que pierden y enrumbamos hacia una avenida, bordeando antes la villa boliviana detrás del estadio donde los rótulos de bares ofrecían “conejo falso”. Tomamos luego el bus que nos dejó a cuadras de la parrilla en cuestión. Caminamos los tres, hablando del partido ellos, meando alternativamente en árboles los tres.

Un país son muchas cosas casi siempre desconectadas de los clichés que alimentan y sostienen la entelequia de la patria. En uno de esos árboles me retrasé mientras ellos seguían avanzando. Desde atrás, cuando apretaba el paso para alcanzarlos, los vi caminar lado a lado, sin nacionalidad, o con la nacionalidad extraña y equívoca de los lazos filiales. Y aunque sea improbable encontrar una conexión entre esa imagen y la certeza que siguió, allí mismo dejé de sentirme como extranjero, allí supe que ese país era también mi lugar.

Meses después iba a regresar al lugar del que venía, atravesado por una certidumbre inusualmente sólida; mi país se había extendido y, colocados en una lista, habría apartados como éstos: mi casa de la infancia en la que por las vueltas del destino me tocó volver a vivir; Ariana, mi hija de casi dos años, dormida en el cuarto de al lado; ciertos olores, ciertos ruidos, ciertas maneras de decir y de ver, cierta predisposición a sorprenderse por la lluvia en un territorio en el que llueve nueve meses al año; y también las librerías de Avenida Corrientes; los cantos de las hinchadas genéricas; unos almuerzos rosarinos sobre la ribera misma del Paraná; un bar en Aguirre y Scalabrini en Villa Crespo; las citas semanales en ese bar; pidiendo una toalla desde la ducha, Celeste, la argentina que decidió seguirme hasta Costa Rica; aquellos árboles de la noche del partido de San Lorenzo, esos árboles que tal vez eran arces.

5

Primero pasó el 106, minutos después el 15 seguido inmediatamente del 110. Así terminé de despertarme. Cada mañana, desde el 2003, me sacan del sueño estas líneas de buses. A esta altura los reconozco por el sonido. Digamos que es un don con que fui dotado. Un don inútil, por lo demás.

Anoche, a modo de despedida anticipada, con Celeste, mi novia, invitamos a unos amigos a cenar. Toda la tarde preparamos un menú de cocina tica que luego tuvo gran éxito. En menos de dos semanas dejaré este departamento que fue refugio para mí, para Celeste y para tanta gente cercana que estuvo de visita o de paso en estos últimos años. La embajada paralela de Costa Rica, como la bautizó mi buen amigo Fabián.

No voy a ponerme sentimental, lo juro. Por lo menos no aquí. En breve, los pocos objetos que acumulé y que silenciosamente se reprodujeron, como es costumbre de los objetos inanimados, cabrán en unas cuantas cajas de cartón. Lo demás, lo intangible, lo etéreo, las palabras no dichas, las llamadas no contestadas, todo ese tiempo intimidante de las casas cuando están solas, eso no va en ninguna caja, eso se queda aquí o en la nada o en lo que no podemos nombrar con palabra alguna.

Creo que uno busca en otro país lo que no tiene en el suyo. Aquí, por ejemplo, tengo un balcón al que llegan pájaros veloces a picotear eso que picotean los pájaros y que para uno es invisible. El mismo balcón en el que tomamos muchas fotos en estos tres años. Fotografías con cada uno de los que pasó por esta casa. La evidencia fotográfica obligada a los huéspedes del 1ºa de Castillo 404.

Ayer Celeste hizo las tortillas de maíz siguiendo la receta que, meses atrás, le enseñó mi madre en Costa Rica. Pero el ingrediente secreto fue de su cosecha. Santiago trajo los últimos títulos de la editorial Siesta, López llegó con buenas noticias, Guada y Fabián con el libro de éste que ahora abro en la dedicatoria: al embajador.

En fin, ese motor que se oye acelerar para no perder la luz verde es el 110. Un pájaro en el balcón me mira de medio lado antes de levantar vuelo otra vez. Un día, sentado en mi casa de San José, voy a escribir sobre lo que aprendí y compartí con estas y otras personas. Yo también me alimento de cosas invisibles. ≈


Luis Chaves nació en Costa Rica, en 1969. Publicó los libros de poesía El anónimo, Ediciones Guayacán, Costa Rica, 1996; Los animales que imaginamos, Conaculta, México, 1998, con el cual ganó el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, 1997, e Historias Polaroid, Ediciones Perro Azul, Costa Rica 2000. Ha sido incluido en diversos volúmenes antológicos. Es coeditor de la revista de poesía joven latinoamericana Los amigos de lo ajeno.



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