Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Foto: “Construcción del Parque de la Independencia”, circa 1900, Santiago y Vicente Pusso.

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Cuento

El paseo

por Nora Avaro.
Una mujer que detesta los pájaros encuentra esqueletos de aves achicharradas en el fondo de su calefón. El fenómeno, que obedece a la cercanía de su piso con las copas de los árboles que anticipan el Parque Independencia, la llevará a una nostálgica expedición.


V

Voy a dar un paseo por el parque. No me gustan los parques, ni los árboles, ni los arbustos, ni el cielo abierto, ni los pájaros, en verdad detesto los pájaros. Como vivo cerca del parque por el que paseo, los pájaros del parque hacen nidos en la chimenea de mi calefón, sobre todo en invierno, se calientan con la llama del piloto. Cuando abro la canilla y se enciende la gran llama escucho piar a los pichones, lavo los platos con el piar de los pichones: es un simultáneo asqueroso. A veces huelo la carne chamuscada. Un día llamé al gasista, cuando sacó la tapa del calefón había esqueletos de pequeños pájaros y algunas plumitas cenicientas. Las plumitas suelen volar por la casa, las encuentro lejos del calefón, en el cuarto de huéspedes, que es el que se barre menos, bajo la cama, adheridas a las cortinas, en la caja postal, son pocas, dos o tres plumitas por invierno. No me acostumbro a la hoguera de pájaros, pero la sobrellevo, vivo cerca del parque, bien enfrente del edificio de los Tribunales, acepto que mi comarca incluya pájaros que vuelan y trinan, y trinan hasta la desesperanza en los amaneceres y atardeceres de verano, y pájaros que arden en los calefones, y abogados. Es raro, pero nunca escuché a ningún vecino quejarse por la plaga de pájaros, es cierto que hablo poco con los vecinos, un saludo en el ascensor, una coincidencia en el portal, pero aún así el tema de los pájaros sería de considerar en las reuniones del consorcio, unos cuántos pájaros mensuales achicharrados en los calefones de los departamentos le darían cierto dramatismo a la fumigación periódica, los altos costos administrativos, o los ruidos molestos en horarios de descanso, pero no sé, quizá mis vecinos perdieron el asombro, es dable perder el asombro si uno vive frente a los Tribunales o concurre a reuniones de consorcio, y muy dable también cegarse con el folclore de la comarca.

Ahora caminé una cuadra, crucé la rotonda y me interné en el parque. Hace un par de años visité diariamente el museo que está en el centro del parque, donde antes estuvo la casa de los jardineros o el depósito de herramientas de los jardineros, o algo así. Cada mañana, era verano, era febrero, los Tribunales abrían las puertas giratorias medio ralentadas después de la feria, los abogados cargaban entre las carpetas de expedientes fotos de la playa, cajas de alfajores, yo cruzaba el parque hasta el museo para leer las cartas de una mujer decidida. A veces, pájaros entraban por las ventanas del museo, los empleados del museo palmeteaban el aire marcando direcciones equívocas para todos, para empleados, para lectores y muy especialmente para el minúsculo cerebro de un pájaro, y los pájaros se estrellaban contra los vidrios de las ventanas, y sangraban. Era un momento de gran distracción, todos en el museo abandonaban sus tareas y mirando para arriba, los cuellos estirados como los de los gansos o patos que nadan en el lago del parque, seguían con espanto el vuelo desorbitado de los pájaros. Odio los pájaros, no tengo misericordia con ellos, no me importaba dejar por un momento las cartas de la mujer decidida para disfrutar del choque de los pájaros contra los vidrios de las ventanas del museo. La mujer decidida me llevaba al parque todas las mañanas de aquel febrero, era tan amena, escribía cartas exclamativas, entre un ¡oh! y otro ¡oh! siempre algún pájaro se desangraba.

Ahora que lo paseo me doy cuenta que aunque no vengo nunca tengo algunos recuerdos del parque, también están los de la infancia, con el gusano nuclear y el globo saturno inflado de helio que escapó hasta el cielo, pero no veo necesario caer tanto más bajo. Cuando alguien llega por primera vez a mi casa lo primero que anuncia es la suerte que tengo de vivir cercana al parque, el que llega supone un trato feliz y frondoso con el verde que a mí me resulta tanto más exótico que una escalada al Aconcagua o una caminata por el Sahara. Suelo no responder a ese entusiasmo, pero hay días que gusto de recordarle al universo alguno de sus muchos, infinitos fastidios, y entonces le hablo al que llega de pájaros piando despavoridos en algún círculo del infierno de mi calefón.

Ahora llegué al lago, mi interés es subir la montañita, necesito avistar los árboles del parque. Hace un montón de años, cuando las generaciones hacían parques, un montón de presos cavaron a pala el lecho del lago, cargarían pesadas bolas de hierro encadenadas a los tobillos, llevarían trajes a rayas horizontales, no sé, es difícil imaginar ahora la solidez de los presos en la insipidez general del parque. Subo la montañita que levantaron los presos con la tierra del pozo del lago y busco la panorámica que quiero. Sé que estoy queriendo un imposible, porque lo que me trae al parque no es el verde, ni la fronda, ni el cielo abierto y mucho menos el vuelo libertario de los pájaros que, por aleteos del destino, suele culminar en la chimenea de mi calefón, sino el primer momento de la historia del parque. Es difícil saber cuál fue el primer momento en la historia del parque y a la hora de la leyenda me gustaría elegir la tarde en que uno de los presos que cavaban el lecho del lago descansó un rato de su tarea y la juzgó absurda y tramposa. Pero hay una foto santa, la vi un día en una exposición, no voy mucho a exposiciones, es el día de la inauguración del parque, está tomada desde la montañita a la que ahora subo, hay señores con sombrero, señoras con rodetes y alguien bajo una sombrilla. Me gustan todos ellos, miran hacia el lago y el horizonte, y ahí tienen un lago y un horizonte, pero antes del horizonte hay los árboles ralos, raquíticos, enanos, apenas unos palos grises con tres varas grises. Miro ahora hacia el lago desde la montañita, el parque es hojarasca, pío pío y decepción. ≈


Nora Avaro es escritora y profesora de literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.



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