Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Cuento

El reportaje

por Enrique Carné.
Un periodista que deambula por la ciudad se topa con un enigmático personaje que le recuerda a un luchador de Titanes en el Ring. La imagen se instala con fuerza en su cabeza


A

Al poco tiempo de haberme mudado, comencé a reparar en él. A determinada hora del mediodía, su oblicua presencia solía flanquear mi paso rápido por la esquina de Alvear y Urquiza. Y sin que al principio me llamara particularmente la atención, su repetida aparición fue dejando en mí una estela de curiosidad incipiente. Entonces, entre las cosas habituales que mi vista iba tanteando al pasar por esa esquina, yo lo advertía un poco al sesgo, a la manera de una imagen fuera de foco, envuelto en esa suerte de telaraña mental en que nuestra percepción de lo exterior parece fundirse a veces con ciertos devaneos íntimos que uno va rumiando mientras avanza por la calle. En ese territorio, marcado por el tiempo imaginario que dura un parpadeo, comenzaron a tener lugar “nuestros encuentros”. Y algo que no me atrevería a llamar una relación fue creciendo en esos cruces recurrentes. Por aquellos días, la tentativa de registrar estos primeros tanteos se diseminó rápidamente como un cáncer entre las anotaciones al margen que pueblan mi agenda periodística. Allí, sin aludir a la atmósfera interior de la que había brotado, mi ubicua curiosidad por él tuvo una primera entrada más bien insignificante: “Un gordo de barba pelirroja y cabellera de león también color zanahoria, de unos 40 años, echado en posición de reposo en la vereda, empinando invariablemente un botellón plástico de dos litros de Coca Cola, que me hizo pensar en un luchador de la troupe del legendario Martín Karadagian”.

¡Qué fácil hubiera sido liquidar el asunto si el gordo en mi agenda hubiera sido, supongamos, un dirigente gremial con un reclamo preciso para volcar en una nota!

Pero no. Lo nuestro era otra cosa. Aunque temo que, eliminado el vago marco subjetivo, nadie en su sano juicio hubiera sospechado el espesor dramático contenido tras estas líneas: “Es bizco. Absolutamente estrábico. Pero más allá de esa particularidad óptica, hay sin duda otra que lo lleva a esquivar nerviosamente la mirada cuando percibe que lo observo”.

Aún me estremezco de emoción al recordar el instante de ansiedad en que, al abrir de golpe mi agenda en la calle, encontré un blanco apropiado para estampar lo siguiente: “Según el kiosquero, está medicado. La madre y una tía ancianas se ocupan de él. Viven los tres solos en un viejo caserón de la calle San Lorenzo. Siempre sale a la misma hora, compra una Coca Cola de dos litros, bien fría, en verano y en invierno, y se la va tomando sin apuro acomodado en esa esquina, sin molestar a nadie, todos los días, durante una o dos horas, echado en la vereda, hasta que una de las ancianas viene a buscarlo, lo agarra de un brazo como a un chico, le dice algo al oído o le acaricia la cabeza, y lo va llevando con paciencia para la casa”. Pronto, los acontecimientos de la información local que reclamaban un lugar en mi agenda quedaron sepultados bajo una maraña espesa de tachaduras y frases inconclusas con las que yo intentaba en vano acercarme cada vez más a “mi presa”.

De nada me sirvió dejar de pasar por esa esquina durante meses. El daño ya estaba hecho. Y justo en el momento en que ya me creía a salvo se produjo, fatalmente, la recaída.

Una negligencia suicida me empujó a volver a casa tomando por el camino prohibido. Sin darme cuenta, entonces, yo iba avanzando por calle Alvear, a la altura de Córdoba, repasando mentalmente algunas prioridades de la tarde, entre las que figuraba transcribir una entrevista realizada a propósito de la presentación de un libro que yo había ido a “cubrir” para la sección “cultural” de un semanario local. Pero lo cierto es que si algo me había quedado de esa lectura obligada y de la posterior charla con el autor, era cualquier cosa menos el deseo de ocuparme del asunto. Obligándome a oírla varias veces en los últimos días, la grabación de la entrevista daba vueltas en mi cabeza, torturándome. Pese al tono amable y al ideario humanista que iba desgranando, a mí me parecía que la vocecita del entrevistado rezumaba —cómo decirlo— una excesiva complacencia y un terco apego al sentido común. Por mi parte, durante la entrevista yo me había mantenido dentro de los límites de mi propia idiotez. Y me felicitaba por esto. Hubiera sido inútil intentar avanzar con las preguntas, tratar de perforar esa suerte de dispositivo blindado en el que cada pieza parecía integrarse sin conflicto aparente a una unidad superior: autor, imagen pública, nombre propio, escritura. Nunca un escritor me había parecido tan idéntico a su foto en el suplemento cultural del diario, con la tapa del libro y el precio abajo. Era un artefacto semiótico eficiente, identificado con ciertas ideas generales que, en el plano de lo público, funcionan fácilmente como faros de la “corrección política” y el “compromiso social”. A su manera resultaba un libro irreprochable. Cargado, además, de una larga lista de pretensiones, que el propio autor había ido delimitando en torno al libro a lo largo de la entrevista, subrayando su intencionalidad crítica, su marco ideológico, su pretendida filiación a “una larga tradición en la literatura Argentina cuyo paradigma mayor es Operación Masacre de Rodolfo Walsh”. Pese al patetismo que exudaba su apuesta temática, “a medio camino entre la ficción y el periodismo”, que ya desde el título prometía una suerte de excursión por el “mundo de la marginalidad y la delincuencia”, a mí me parecía que el libro encontraba su punto más alto en la inofensiva ligereza de un best seller. Sin embargo el autor insistía con otra cosa: “La potencia dramática del tema tratado...”, lo oí repetir a lo largo de la entrevista, como si estuviera convencido de que la mera utilización de determinados referente reales serviría para garantizar ciertos efectos en el plano narrativo. “Mi maestro”, había dicho citando a Tomás Eloy Martínez, a quien por momentos volvía a aludir llamándolo “Tomás”, a secas, y cuya mención parecía servirle a la manera de una muletilla para redondear una frase o rematar una anécdota.

...“Tomás, Tomás”, yo oía este nombre repiqueteando en mi mente, como un sonajero en una habitación vacía, mezclándose ahora con los ruidos de la calle, con el tibio sol otoñal calentándome la cabeza, mientras avanzo por calle Alvear hacia Urquiza.

Antes de llegar a la esquina, comprendo que estoy perdido. A menos de diez metros, distingo al pelirrojo, los reflejos de su pelo color zanahoria destellando en la humeante luz solar, como un espejismo. Entonces, en lugar de retroceder, aprieto el paso. Y cuando llego junto a él, me detengo. Está sentado sobre las baldosas rotas de la vereda, con la espalda apoyada en la pared y las manos regordetas y blancas enlazadas entre las rodillas de sus piernas recogidas. A su lado, todavía a medio llenar, veo el botellón de dos litros de gaseosa. “Tengo mucha sed”, me oigo balbucear. ≈


Enrique Carné es músico y periodista.



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