Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Foto: La Vanguardia, Barcelona, 30 de julio de 1936.

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Muestra

La derrota de la lignina

por Celina Vallina.
Una muestra sobre la Guerra Civil Española dispara reflexiones y preguntas sobre ese conflicto, la dictadura posterior y la transición a la democracia. La historiadora Paloma Aguilar Fernández, integrante de la generación de los “nietos de la guerra”, compara los debates sobre los pasados históricos de Argentina y España y afirma: “Aquí el nunca más no es contra la dictadura franquista sino contra la Guerra Civil”.


E

El papel con el que se imprimían los periódicos en las primeras décadas del siglo XX contenía una gran cantidad de lignina, una de las sustancias que producen la mutación cromática que da el típico color amarillo a los diarios viejos y que, además, los resquebraja y los debilita. Los periódicos que integran la muestra “Prensa y Guerra Civil Española. Periódicos de España e Iberoamérica 1936-1939”, curada por el periodista español Josep Bosch, que se exhibió en las galerías del Centro Cultural Parque de España entre el 17 de mayo y el 3 de junio, sobrevivieron a la corrosión producida por la lignina. Bosch fue el coleccionista que rescató los periódicos que integran la muestra y logró detener el proceso que culminaría, si no fuera por la restauración, en la disolución y el polvo.

Esa preocupación por preservar la memoria y construir un archivo con las publicaciones que sobrevivieron a la represión, la censura y a su propio deterioro, se inscribe, desde el punto de vista de las políticas del Estado español —lo que hoy equivale a decir, desde el lugar que está ocupando el recuerdo en el núcleo de la formación de una nueva ética democrática a nivel internacional—, en la voluntad de convivir con un presente que incluya el pasado histórico, un tiempo “presente pasado” que afronte sus responsabilidades: “Nos encontramos en un momento tendiente a valorar el sufrimiento y el recuerdo de todos los que conocieron, desde uno u otro bando, las penalidades de la guerra”, como afirma Alfons Martinell, director general de Relaciones Culturales y Científicas del gobierno español, en uno de los prólogos del catálogo que acompaña la muestra. Y desde un análisis crítico de la historia y la cultura, esta voluntad de construir archivos que, a su vez, permitan la intervención historiográfica y ayuden, además, a reponer los debates, las tensiones y las disputas de una época, puede leerse, según el crítico Andreas Huyssen, “como uno de los fenómenos culturales y políticos más sorprendentes de los últimos años.

El surgimiento de la memoria es una preocupación central de la cultura y la política de las sociedades occidentales, un giro hacia el pasado que contrasta de manera notable con la tendencia a privilegiar el futuro, tan característica de las primeras décadas de la modernidad del siglo XX”. Si la conciencia del tiempo de la modernidad que buscaba “asegurar el futuro” puede leerse en las fotos de los jóvenes milicianos republicanos que ilustran las tapas de diarios destinadas a insuflar ánimo y coraje, como el barcelonés La Vanguardia o el madrileño Ahora, quizás, la conciencia de fines del siglo XX y de principios del XXI, que busca en la recuperación de la memoria histórica una nueva fuente de energía y de sentidos, la portan hoy los nietos de esos jóvenes modernistas, los llamados “nietos de la Guerra Civil” que, después de setenta años, se atreven a hacer las preguntas que no hicieron sus padres en la época de la transición. Y si bien muchas de estas preguntas se producen de modo más visible en el campo de la historia, la literatura, la prensa y las asociaciones civiles que buscan principalmente reparaciones simbólicas, nadie ignora que esa búsqueda de historia no puede sólo producir efectos en los distintos campos profesionales, sino también en el campo político. Paloma Aguilar Fernández es historiadora, nació en 1965 y es una exponente de la generación de los llamados “nietos de la guerra". Es autora de Memorias y olvidos de la Guerra Civil Española y en esta entrevista con Transatlántico repasa los debates sobre el conflicto, la dictadura franquista y la transición en España.

"La Vanguardia", Barcelona, 20 de septiembre de 1936.

—Nunca, desde el fin de la dictadura franquista hasta hoy, dejaron de aparecer decenas y decenas de libros, películas y ensayos sobre la Guerra Civil Española. Sin embargo, reaparece en diversos ámbitos la acusación sobre el olvido y el silencio que pesa sobre el tema. A propósito, un historiador español muy crítico con los estudios de memoria, Santos Juliá, plantea en el libro Memorias de la guerra y del franquismo —en el cual participás con un artículo—, que lo que cambia es la “percepción sobre el tema pero que la guerra en sí “nunca se dejó de discutir”. ¿Si, entonces, es esa percepción diferenciada según los diversos contextos histórico políticos la que modifica la visión de la guerra y la dictadura, cómo fue la evolución de esa percepción según las épocas?

—Yo creo que para hacer una distinción de las diferentes percepciones de la memoria histórica en torno a la Guerra Civil hay que distinguir entre tres ámbitos que funcionan de forma relativamente independiente y que tienen trayectorias distintas a lo largo de la democracia, de la transición a nuestros días. Hay un ámbito de producción cultural donde hay bastante oferta. Pasa que esa oferta fue variando desde los inicios de la transición al presente. Ahora, hay un tipo de producción vinculada con la reivindicación de la memoria que se interesa más en los aspectos represivos del régimen. Es verdad que estos temas también se abordaban en la época de la transición, pero no de una forma tan exhaustiva ni tan apabullante. Muchísimas de las publicaciones que hoy se editan sobre la Guerra Civil tienen que ver con la represión. El libro que editó Santos Juliá sobre la violencia en la Guerra Civil en los últimos años tuvo que llegar a la conclusión que la mitad de las provincias españolas no estaban suficientemente estudiadas para que hoy en día pudiéramos saber la dimensión de la violencia ejercida por los dos bandos durante la guerra. Es verdad que hay un vacío de investigación que se intenta cubrir en estos últimos años y que una parte de esa investigación —que tiene un tono muy reivindicativo de la causa republicana y de exaltación de la memoria de los que perdieron la guerra—, demanda poner en tela de juicio la falta de medidas de justicia retrospectiva que hubo en España a lo largo de la transición.

—Vos hacés un análisis de otros dos ámbitos en los cuales es posible analizar los diferentes momentos de la relación que la sociedad entabla con la producción de relatos y reivindicaciones de memoria: el social y el político.

—En el ámbito social, lo que ocurre en la transición es que la mayoría de los españoles lo que quiere es mirar hacia el futuro y no remover los aspectos más dolorosos del pasado. Entonces, sobre la Guerra Civil se llega a una especie de acuerdo muy general y un tanto vago de culpabilidades colectivas sin entrar en mucho detalle en quién mató más y quién fue responsable de que se desencadenara la guerra. Simplemente, hay una especie de reconocimiento general de que en los dos bandos se cometieron atrocidades que nunca más deben repetirse. Es interesante la comparación con el Cono Sur porque allí es nunca más la violencia de Estado, nunca más el terrorismo de Estado, nunca más las atrocidades cometidas por el Estado contra los disidentes, mientras que aquí el nunca más no es contra la dictadura franquista sino que es contra la Guerra Civil.

Entonces, hay un consenso sobre la Guerra Civil en ese sentido, pero no hay un consenso sobre cómo interpretar la dictadura ni qué hacer con ella. Es un pasado muy incómodo, ha durado muchos años, ha tenido un nivel de respaldo social que no es desdeñable, aún en el momento de la transición ya muchos españoles estaban dispuestos a vivir en democracia siempre y cuando la democracia les garantizara que bajo ese sistema no se iba a desencadenar una Guerra Civil como había ocurrido en los años 30 con la República. En los 70 y principios de los 80 —que es cuando se produce la transición—, lo que quiere la mayor parte de los ciudadanos es olvidarse de su pasado, que es un pasado muy incómodo y mirar hacia el futuro. Entonces, si uno observa cuáles fueron las películas que más éxito tuvieron, no fueron las que tuvieran que ver con el pasado español, pero en los casos en los que sí, eran las que tenían una visión más bien conciliadora de la Guerra Civil.

—Pero en los 90 llegó a la vida pública una nueva generación, la llamada de los “nietos de la guerra”.

—Claro. Llega una nueva generación que es la de los “nietos de la Guerra Civil”. Una generación a la que yo pertenezco. Lo que nos diferencia es que no tenemos ni las implicaciones directas de nuestros abuelos que lucharon en la guerra, ni el trauma de la guerra y la posguerra de nuestros padres, que les hizo silenciar mucho de lo que había ocurrido por miedo a las represalias, y cargar con cierta incomodidad por haber convivido por tantos años con una dictadura tan represiva. El crecimiento económico en los años 60 fue apabullante y se benefició una parte muy importante de la sociedad. Es en ese momento, el de la formación de una clase media sólida en España, cuando se consolida esa visión ambivalente que tiene una parte de la generación de nuestros padres hacia la dictadura que entra en crisis con la llegada de otra generación.

La evolución del derecho penal internacional y la lucha de las organizaciones internacionales de derechos humanos contra la impunidad de los dictadores y de las dictaduras represivas hacen que los nietos vuelvan a mirar atrás y se pregunten por qué en España no se adoptaron determinados tipos de medidas en la transición a la democracia.

—¿Es esta generación la que vuelve a poner en tensión quizás no tanto el tema de la guerra sino el de la dictadura de Franco?

—Es que los dos temas están muy ligados y son difíciles de desanudar. Sobre la Guerra Civil sigue habiendo un cierto consenso en cuanto a la barbarie que practicaron los dos bandos, aunque cada vez hay un consenso mayor en que en el hecho de que se desencadenara una Guerra Civil tuvo la culpa quien organizó y dio un golpe de Estado contra un régimen que, con todas sus insuficiencias y defectos, había sido legalmente instituido y era una democracia. Es quien desencadenó un golpe de Estado que ganó solamente la mitad del territorio, quien en última instancia fue responsable de que se desatara una Guerra Civil en toda España. Y luego hay una guerra de cifras sobre quién mató más y cuál fue el método represivo más condenable en términos éticos. Sobre este punto, la mayor parte de los historiadores de más reputación han llegado a la conclusión de que aunque las cifras son incompletas, en la mitad de las provincias que sí están exhaustivamente investigadas, frente a lo que había dicho el franquismo, resulta que los franquistas han matado más y el tipo de represión fue mucho más sistemática y mucho más apoyada por las autoridades que en el caso de las del bando republicano —donde al principio hubo una represión muy descontrolada, porque el mando republicano era muy plural y muy complejo—, que desde el principio condenaron esas prácticas represivas expeditivas que no tenían ningún tipo de legalidad. Estas dos reacciones tan distintas de los dos bandos y el hecho de que la cantidad de los crímenes fuera superior en un bando que en otro es una cosa que cada vez queda más claramente establecida. Luego vino la posguerra y aunque todavía no están cuantificadas con exactitud las ejecuciones políticas que comete la dictadura de Franco, se estima que son unas cincuenta mil. Hablamos de cincuenta mil ejecutados legalmente; porque esta es otra gran diferencia importante respecto de las dictaduras del Cono Sur porque el franquismo no oculta la mayor parte de sus crímenes, hay juicios públicos, hay sentencias públicas amparadas en una legislación que ha creado el régimen que tiene una preocupación por la legalidad aunque, claro, también hay muchísimas ejecuciones extrajudiciales. De esas atrocidades que se cometen en la posguerra ha habido poco debate público.

"Ahora", Madrid, 7 de septiembre de 1936.

—Entonces, ahora hay una nueva generación que lo que hace es revisar esa historia, no porque nunca se le haya prohibido a nadie investigar sobre ese período sino porque esa generación mira esa etapa con sorpresa y se da cuenta de que en la transición no se hicieron cosas que sí se han hecho en otros países de revisión del pasado desde una perspectiva de justicia retrospectiva.

—Esa sorpresa surge al mirar lo que ocurrió en el tercer ámbito, el político. Mirar, por ejemplo, el Parlamento, donde lo que hay es una especie de acuerdo tácito por no utilizar el pasado como un arma arrojadiza. Ese pacto funciona durante muchos años y es lo que hace que todos estén de acuerdo en reconocer la culpabilidad colectiva por la Guerra Civil, no hablar mucho de la dictadura, más bien dejarla de lado y concentrar los esfuerzos en aprobar unas nuevas reglas del juego que permitan el establecimiento de una democracia en España.

—Pero en los años noventa esos pactos empiezan a resquebrajarse.

—Estos acuerdos políticos empiezan a tambalearse un poco a medida que el Partido Socialista, en los años 90, empieza a perder espacios de poder y considera que para desacreditar a la derecha hay un instrumento que no ha utilizado, que es que la derecha española —parte de ella— procede del régimen franquista. En el camino a la democracia hay una ruptura gradual pero no una ruptura drástica con el pasado. Una transformación legal, lo que llaman aquí “de la ley a la ley”. De las propias leyes del franquismo se evoluciona hacia formas democráticas. La izquierda, entonces, empieza a pensar que una forma de desacreditar al adversario ideológico es echarle en cara el pasado franquista.

Sobre todo una vez que el Partido Popular llega al poder, el socialismo empieza a hacer proposiciones de condena a la dictadura que no había impulsado cuando era él quien estaba en el poder. Entonces, como en la primera Legislatura conservadora el PP no tenía mayoría absoluta, se logran aprobar una serie de medidas. Pero ya en la segunda Legislatura, el PP tiene mayoría absoluta y bloquea este tipo de iniciativas. Lo que ocurre después con el socialismo en el gobierno es que se ha producido un cambio generacional y (José Luis) Zapatero, cuyo abuelo fue fusilado por los franquistas, pertenece a la generación de los “nietos de la Guerra Civil”.

Yo creo que esta nueva generación de socialistas, igual que otros sectores, tiene una mirada de menor inquietud a la hora de mirar el pasado porque no considera que la democracia se vaya a desestabilizar por ello ni que los arreglos fundacionales vayan a tambalear. Simplemente es una cuestión de justicia hacia las víctimas tratar de reparar algún tipo de lagunas que todavía existen, sobre todo en términos simbólicos.

—¿Hasta dónde pueden llegar las reivindicaciones de justicia retrospectiva o reparación simbólica?

—En principio, en términos de reparación material se ha avanzado mucho desde el principio pero se ha hecho en forma muy gradual y todavía quedan algunas zonas pendientes. En cambio, en cuanto a iniciativas de reparación simbólica, en España no existe nada equivalente al Museo de la Memoria de Rosario, ni al Museo de la Esma en Buenos Aires. Es más, El Valle de los Caídos (un gigantesco monumento funerario tallado en piedra ubicado en las afueras de Madrid y situado en la cima de un cerro en el que están sepultados los restos de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera) sigue igual desde el día en que sepultaron a Franco. Yo no creo que haya que derribarlo porque es una parte de la historia que se debe conservar como museo, pero hoy el sitio no está señalado sino que funciona, de alguna manera, con su sentido original, como sitio de peregrinación y homenaje. Existe un proyecto en el Parlamento para convertirlo en una especie de museo y decir de forma explícita que fueron los presos políticos de la dictadura los que arriesgaron sus vidas y construyeron el monumento. Pero lo que el gobierno no se atreve a hacer es a trasladar los restos de Franco y de Primo de Rivera de allí y mientras no se trasladen los restos de estas dos personas este monumento seguirá siendo un lugar de peregrinación de la extrema derecha.

—¿Como lo es hoy?

—Es que no ha dejado de serlo nunca. Lo que pasa es que la extrema derecha en España es muy poco importante. No hay un solo partido de extrema derecha que haya obtenido, salvo en el año 79 cuando obtuvieron un escaño, representación parlamentaria. Y aunque la extrema derecha no sea una fuerza importante, el 20 de noviembre, que es la fecha en la que se conmemora el aniversario de la muerte tanto de José Antonio como de Franco sigue yendo allí la extrema derecha “a celebrar el caudillo”, como ellos dicen.

—¿Existe algún museo de la República, o de la Guerra Civil?

—Para nada. En toda España no hay un solo museo de la Guerra Civil ni tampoco un monumento a las víctimas de la dictadura franquista. En mi libro Memorias y olvidos de la Guerra Civil cuento que hay un pequeño monumento que existía desde hacía muchísimos años para conmemorar a los españoles que habían muerto en la guerra contra la invasión francesa de principios del siglo XIX. Ese monumento se reinaugura en el año 85 con motivo del décimo aniversario de la coronación del Rey que es lo mismo que el décimo aniversario de la muerte de Franco. Como el Rey en España siempre ha querido vincularse a la idea de la reconciliación nacional, se reinaugura ese monumento y se lo nombra como el monumento a todos los que cayeron por España, incluso en la Guerra Civil. En el acto no se hace ninguna alusión a la guerra pero el Rey lleva unos pocos ex combatientes del bando republicano y a unos pocos del bando nacional como muestra de confraternización. Como que ese monumento intentaría simbolizar aquello que no puede simbolizar El Valle de los Caídos. Pero ese monumento no lo conoce casi nadie y está rodeado de una valla, muy cerca del Museo del Prado.

—¿Pero se está discutiendo montar algún espacio de memoria sobre la República?

—No.

—¿Te llama la atención que los sectores que se reivindican de izquierda, o que por lo menos han mantenido esa tradición y no han renegado de ella no construyan o recuperen un espacio donde esa historia se vuelva visible?

—Es que esos grupos no han mantenido ideológicamente esa tradición. ¿Qué rechazan? Durante la Segunda República había gente que consideraba que su idea partidista de República era superior a la idea de democracia. Entonces hubo gente que defendió de una forma muy sectaria la República entendiendo que la República era lo que ellos creían que era. Entonces, en España, el ideal de democracia no es la República, salvo por lo que se refiere a determinados tipos de políticas culturales que hoy en día se recuerdan con nostalgia por parte de la izquierda, porque entonces sí se aprobaron una serie de medidas muy revolucionarias en su época y muchas más que hubieran sido muy deseables si el gobierno republicano hubiera continuado durante más tiempo.

Pero mucha gente también reconoce que durante ese régimen se ampararon una serie de prácticas que no son deseables para la idea que tenemos de cómo debe funcionar una democracia. Si hoy en día si hiciera una encuesta sobre el tema, la visión positiva no sería mayoritaria y la visión negativa todavía estaría muy extendida. Por eso, a medida que llegan otras generaciones a la esfera pública, por cuestiones ideológicas a veces se soslayan los aspectos más negativos de la República e incluso se llega a reivindicar, y más aún, a mitificar esos aspectos más positivos de aquella primera experiencia democrática.

Esto tiene sentido porque la Segunda República fue tan denostada durante la dictadura que le atribuyó la culpa de todo lo que había ocurrido y, luego, durante la transición nadie se atrevió a reivindicarla. Entonces, hay de nuevo un movimiento reivindicativo de que esa experiencia no debería haberse truncado y que si se le hubiesen dado más oportunidades podría haberse consolidado.

"La Vanguardia", Barcelona, 20 de septiembre de 1936.

—¿Con qué obstáculos se topa este movimiento reivindicativo que cuestiona los pactos que sostuvieron la ausencia del tema de la dictadura durante la transición?

—Hay, por ejemplo, archivos militares que están desordenados. Hablamos de los que están porque hay algunos archivos que se hicieron desaparecer justo a la muerte de Franco —como gran parte de los de Falange Española—, y tardas muchísimos días en buscar la documentación. Durante muchos años fue muy difícil consultar esas fuentes que aún no están sistematizadas. Pero más significativo es que hay ciertas cosas que si hoy en día publicas puedes tener cierto tipo de problemas. Como el caso de un investigador en Galicia que publicó los nombres de las personas que delataron a gente que luego fue ejecutada por la dictadura y los nietos de esos delatores han ido contra el historiador. Hoy sigue siendo muy difícil conocer el perfil del delator; ya no de los últimos años del franquismo sino de los primeros. En los hechos hay una especie de acuerdo no escrito de no publicar los nombres de los responsables. Esto pondría fuera de sus casillas a Santos Juliá y a otros, pero yo nunca he visto publicados los nombres de los responsables de las delaciones o un listado de los jueces que más sentencias de muerte dictaron en los años 40 o de los que testificaron en contra de personas que luego se ha sabido que no tenían delitos de sangre.

—¿Forma parte del pacto, de las cosas que no se hablan, conocer mucho más el perfil de las víctimas que el perfil de los represores?

—Forma parte de los acuerdos. En ningún momento se dice explícitamente “no podemos hablar del pasado ni rendir tributo a las víctimas”, ni se afirma “no podemos reparar económica y materialmente a las víctimas”, pero sí, de alguna forma, empezar a hurgar —como se dice en España, los verbos que se usan aquí son muy reveladores: desenterrar, hurgar, remover—, que es una forma de referirse a lo que se está haciendo ahora, que es exhumar cadáveres que son de los años treinta, no le gusta a mucha gente. En fin, yo creo que a nadie debería escandalizar esto, que los familiares les den una sepultura digna a víctimas de los años 30. No tiene ningún sentido, como algunos sostienen, que esto afecte la democracia, que sería muy vulnerable si fuera a tambalear por este tipo de reparaciones. Fue con la llegada del último gobierno que por primera vez se están dando subvenciones públicas para que las asociaciones de víctimas lleven a cabo acciones de tipo simbólico, como las exhumaciones pero también la colocación de, por ejemplo, una placa en un pueblo en memoria de las víctimas del franquismo.

—¿Quiénes se oponen a estas políticas de reparación de la memoria histórica?

—Esta es la posición de la generación mayor del Partido Socialista en España. Aquí hay una línea de ruptura generacional, entonces gente que puede votar al mismo partido que yo, pero que es de la generación de mis padres, no está de acuerdo conmigo en este tipo de cosas. No está de acuerdo Santos Juliá, y yo no tengo el mismo discurso de gente de izquierda más radical o las asociaciones de víctimas que tienen una visión de la historia distorsionada y sectaria.

—¿La justicia retrospectiva entra en este tipo de reparaciones?

—En España a nadie se le ocurrió llevar a juicio a los funcionarios de la dictadura. Lo máximo a lo que se están acercando ahora algunas fuerzas políticas es a intentar conseguir que en el Parlamento se anulen las sentencias judiciales de los años cuarenta, que causaron esas 50.000 ejecuciones. Amparándose en que esas sentencias se dictaron bajo una legislación injusta, discriminatoria en términos ideológicos, y que los juicios se celebraron sin ningún tipo de garantías legales.

"Avance", Valencia, 2 de abril de 1939.

—¿Cuál es tu posición en relación con los debates que circulan respecto del testimonio y su validez para construir el relato histórico?

—Mi posición particular es que historia es una cosa y memoria otra, pero yo no trazaría una distinción tan drástica como hacen Santos Juliá u otros autores. Yo considero que la historia debe alimentarse de una pluralidad de fuentes. Y si bien no puede alimentarse sólo de testimonios orales tampoco debe desaprovecharlos.

No quiere decir que todos los testimonios sean válidos ni que con el tiempo no haya gente que haya distorsionado su propia experiencia. Frente a eso, hay que trabajar con muchos testimonios para contrastar y saber las cosas incontrovertibles, las polémicas, a lo que se le suman las percepciones subjetivas de cada persona. La labor del historiador será contrastar la validez de esas fuentes, sean escritas u orales. Por otra parte esta descalificación global de las fuentes orales es muy curiosa porque los historiadores durante toda su existencia han utilizado memorias de protagonistas de los acontecimientos como parte de las fuentes válidas para construir la historia. En muchos casos las fuentes escritas también mienten o distorsionan la realidad, y no por eso se han escrito tratados descalificando las fuentes escritas.

—¿Qué falta investigar?

—Desde un punto de vista historiográfico, falta mucho por saber del franquismo. La mayor parte de las investigaciones se han dedicado a los primeros años del régimen, que son los años de la represión, y de ese período quedan muchas cosas por investigar; no hay ni siquiera un listado de las personas que fueron fusiladas por el régimen. En cuanto a la dimensión pública, falta debatir mucho sobre el franquismo. Y no hay fuerzas conspirativas que lo impidan, sólo que hay muchísima gente que no quiere que el debate político coloque ese pasado en un lugar muy visible.

Los fusilados de Fontanosas

Durante la Guerra Civil, a muchos les tocó combatir en un bando u otro según en qué territorio estaban. Podía tratarse de un republicano que vivía en una comunidad controlada por los nacionales que no había llegado a escapar y su única opción ante el fusilamiento seguro era combatir para el bando dominante. Este tipo de historias no era una novedad para los españoles. Sí, en cambio, lo fue la carta anónima que recibió en abril de 2004 Emilio Valiente, el alcalde de Fontanosas, una aldea de la provincia de Ciudad Real, en la que un hombre confesaba que en 1941, mientras cumplía con el servicio militar, fue obligado a fusilar a unos vecinos de la aldea. En la carta se indicaba con precisión el sitio en el que habían sido enterrados los fusilados.

Al investigador Francisco Caudet, de la Universidad Autónoma de Madrid, le llamó la atención, al oír esa noticia, “que no se hiciera la menor referencia a que eran soldados del ejército franquista los que fueron obligados a cometer ese crimen y que, por tanto, el responsable del crimen era el régimen de Franco”, como señala en su artículo “Las abarcas de Fontanosas, o cuando la memoria/escritura es la memoria/escritura de uno mismo”, publicado en el número 8 de Olivar. Revista de Cultura y Literatura. El pedido del ex soldado se cumplió de inmediato. El alcalde ordenó abrir la fosa y allí lo primero que apareció fueron un par de abarcas, el calzado que usaban los campesinos pobres en esos años, hecho con gomas de neumáticos. “Tienen que ser ellos, aquí a nadie se le enterraba con calzado de trabajo; siempre con sus mejores zapatos, por muy pobre que fuera, y si no, descalzos”, dijeron las mujeres más viejas el sábado que todo el pueblo de Fontanosas se reunió frente a la fosa, según contaron las crónicas del día.

Para una historia de la transición

Para los españoles, la transición refunda un concepto de democracia y es —sostiene Paloma Aguilar Fernández— “el período de la historia con el que están más reconciliados”. En las encuestas hechas en España en los últimos años, un ochenta por ciento contesta que “siente orgullo por el modelo de democracia instaurado a la muerte de Franco”. Esa valoración no es tan contundente entre los más jóvenes, una franja en la que tiende a disminuir, pero sigue siendo abrumadoramente mayoritario el porcentaje de gente que reivindica el período, según consigna la historiadora, que investiga actualmente el contexto de violencia política que acompañó los primeros tramos del proceso y que, sin embargo, ha quedado desdibujado en la imagen dominante.

“Hay gente que ha tendido a mitificar la transición minimizando todo lo que tuvo de violencia y de tensión, que fue muchísima —dice Aguilar Fernández—. Estoy haciendo una investigación sobre la violencia en la transición y fue muy elevada. No sólo la de ETA, que desde luego fue la más importante. La extrema derecha también llegó a matar a lo largo de la transición a cerca de setenta personas. Y también hubo un comportamiento brutal de la policía a la hora de reprimir manifestaciones pacíficas y al combatir el terrorismo. En muchos casos, la violencia de extrema derecha estuvo amparada por una cierta tolerancia por parte del aparato policial y de algunos jueces que habíamos heredado de la dictadura y que se comportaron con mano blanda con aquellos grupos de derecha que mataban a gente del entorno de ETA o a gente independentista vasca o a manifestantes de izquierda que reivindicaran cualquier cosa de forma pacífica. Por cierto, con la colaboración de grupos de extrema derecha argentinos que tuvieron una presencia importantísima en la transición española junto con grupos de extrema derecha italianos. En mi investigación aparecen nombres argentinos por todos los lados, sobre todo vinculados a la Triple A. Hay gente que vuelve la mirada atrás y te habla de la transición como si fuera un cuento. Eso no es cierto, hubo momentos de mucha tensión y, precisamente, yo creo que la memoria traumática de la República actuó de forma eficaz en cuanto a la contención de las fuerzas políticas y de la tolerancia al adversario, porque la violencia y la tensión era lo que hacía creíble que pudiera otra vez desencadenarse un conflicto en España y eso era lo que nadie quería”..≈


Cecilia Vallina es periodista y licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario.



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