Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Foto: M.P.

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Crónica

Madrid visto y oído

por Martín Prieto.
"Si bien era improbable que ese naranjo que yo estaba viendo tuviera realmente 400 años, el ambiente propiciaba la embriagante ilusión de la historia."


CConocí Madrid en 1971. Llegué con nueve años y me fui con diez. Entonces, la historia de España —y la de Madrid— era como la había retratado Jaime Gil de Biedma: triste, porque terminaba mal. La primera noche cenamos, recuerdo, en un comedor ruidoso en el que los mozos echaban cada propina recibida en una bolsa común, golpeaban una campana y gritaban “¡Bote!” Los comensales y los mismos mozos parecían salidos de las profundidades de un cuadro de Goya y un borracho, con persistencia, daba un golpe de puño contra la tabla de la mesa y vociferaba, desafiante: “¡Y conste que soy carlista, del nuevo gobierno!” Volví, treinta y tres años más tarde: pero ese será el relato de una memoria que ahora no viene a cuento. Y dos años después, un domingo de primavera a las siete de la mañana, llegué a Madrid por tercera vez.

En el viaje había estado leyendo los diarios españoles del día anterior y había anotado, de las agendas del fin de semana, todas aquellas cosas que pensaba que querría hacer si el trabajo, el dinero o la voluntad me lo permitían: una exposición de retratos “en el siglo de Picasso”, un concierto de Kiko Veneno (no sé porqué anoté eso: era notorio que no iba a ir, ni así fuera en el mismo lobby de mi hotel), una lectura de poetas de España y de Hispanoamérica, unos cuadros de una bailarina de flamenco cuyo nombre finalmente olvidé, un retrasado paseo al Rastro, adherido, contra mi voluntad, en mi cabeza —en la parte más cursi de mi cabeza— desde que lo instalara allí Joaquín Sabina. Ya saben: “y no volví más/ a la plaza del Rastro a comprarte/ mariposas de migas de pan/ soldaditos de lata”. Ante mi sorpresa, el Rastro sólo abre los domingos. Y yo llegaba a Madrid un domingo, sin demasiado qué hacer hasta el lunes más que atender una serie de recomendaciones contradictorias, según quien las formulara, para atenuar los efectos del jet-lag. La que más me gustaba de todas me la había dado un español: “Llegas y te emborrachas”. Fue justo a la que no me animé.

Bajamos en la imponente T4. Tomé un tren casi tan veloz como un avión, presenté sin dificultades mi pasaporte argentino y me encontré finalmente en el tremendo hall del nuevo Barajas, atento a la recomendación de mi hermana: “Ni se te ocurra tomarte un taxi, que te arrancan la cabeza”. Sabía que mi hotel quedaba en la estación Gregorio Marañón, pero no sabía que a la T4 aún no llegan las líneas del metro. Y me encontré parado ahí, en medio de la noche, en lo que me imaginé serían las afueras de las afueras de Madrid, temiendo perder la cabeza si me tomaba un taxi y no sabiendo qué tomarme a cambio, pues la oficina de informes estaba, naturalmente, cerrada, y los carteles indicaban de todo, menos cómo salir de allí. Se lo pregunté a un muchacho del servicio de limpieza, un amable ecuatoriano que me indicó dónde podía tomarme un ómnibus y dónde debía bajarme para después tomarme el metro. Al ómnibus lo manejaba una mujer. Pagué el boleto con una moneda de un euro. Entre el pasaje no había viajeros ni turistas, sólo trabajadores de las distintas industrias que se conglomeran en el aeropuerto y que volvían a esa hora a sus casas. Eso me hizo sentir inmediatamente en Madrid. Pero más en Madrid me sentí una vez arriba del metro cuando ya no los trabajadores sino multitudes de jóvenes gastando las últimas horas de la noche del sábado pegaban cada tanto uno que otro grito en los que se expresaba, nítida, la marca registrada de la ciudad: “coño”, “dar por culo”, con el mismo énfasis con que sus abuelos gritaban “¡bote!” en aquel comedor de 1971, aunque ahora yo ya no tuviera miedo. Cuando me bajaba en Marañón, una chica le dijo a su pretendiente ocasional: “¿Es que aún no me has preguntado el nombre y me estás invitando a desayunar?” Mi fe en la especie, y en los madrileños, puesta por un segundo entre paréntesis, se renovó apenas la chica aceptó la invitación.

A KikoVeneno no fui a verlo. Tampoco vi los retratos de la bailaora (sin haberme enterado si eran de ella como modelo o como artista, ni qué atractivo les había encontrado en la agenda de los diarios, además del imán que podría significar en mi mente de viajero a España la palabra “flamenco”). Fui, en cambio, a la casa de Lope de Vega, aceptando una información casi secreta de un amigo de Madrid, que me había dicho que ese, sin colas y casi sin público, era el mejor museo de la ciudad. Lo busqué, convencionalmente, en la calle Lope de Vega, pero un joven que atendía una farmacia me señaló que quedaba en la próxima paralela: en la calle Cervantes, como si el municipio madrileño, alguna vez, hubiera tenido que tomar una decisión de valores literarios, y encontrándose con que en una época que hoy nos parece fabulosa habían vivido en la misma calle, con diferencia de pocos metros y pocos años, Cervantes y Lope de Vega, el nombre de la calle debía recordar al primero y no al segundo. Golpeé la puerta de la casa de Lope de Vega. Una mujer abrió la mirilla y me dijo que el museo ya estaba cerrado. Le expliqué que me iba esa misma tarde y que me habían dicho que ese era el mejor museo de Madrid, y que prefería no irme sin conocerlo. Me dejó entonces sumarme, a cambio de dos euros que podría pagar a la salida, a la última visita que había comenzado hacía unos minutos. La guía repartía comentarios en inglés para dos turistas norteamericanos y en castellano para mí, aunque yo me encontré muy rápidamente favorecido en el reparto, y si la chica, en la habitación de las hijas de Lope, me mostró la particularidad de un espejo negro de plata, cuya función no era reflejar las imágenes de los habitantes de la casa, sino amplificar las luces de los candelabros, a los yanquis los conformaba con un denotativo: “this is a silver mirror”, mientras me decía, un poco por lo bajo —pero no tanto—: “lo que pasa es que mi inglés es pésimo, y si no lo hablo, mejor”. Y después, en la habitación de la servidumbre, les dice a los angloparlantes: “this is the servant’s room”, y por lo bajo otra vez, como un aparte al público de una comedia del dueño de casa: “imagínate como será, que la vez pasada, mientras decía esto mismo, unos visitantes muy alborotados me preguntaron si aquí dormía Cervantes”. Pero pude saber, también, que ese jardín que se veía a través de la ventana era el de los famosos versos “Mi jardín, más breve que cometa”, y que si bien era improbable que ese naranjo que yo estaba viendo tuviera realmente cuatrocientos años, el ambiente propiciaba la embriagante ilusión de la historia.

Fui: al Museo Thyssen y a la Fundación Caja Madrid a ver la exposición de los retratos, titulada “El espejo y la máscara. El retrato en el siglo de Picasso”. Vi, de lejos, fatuos, a los poetas que participaban de un encuentro internacional dedicado a Juan Ramón Jiménez, cenando en el comedor de mi mismo hotel, y ya no tuve ganas de escucharlos. Fui a la inauguración de una exposición de arte cinético en el Reina Sofía, a La casa encendida, a Casa de América, al Gijón a tomar un café carísimo, a la galería sin sentido, en el festivo barrio de Chueca, donde habíamos estado dos años atrás, en el viaje de cuyo relato aún no llegó la hora, fui a conocer el nuevo circo Prize, y el Matadero Madrid en el Paseo de la Chopera. Tomé: cañas sobre todo, y un whisky cada noche, en el bar del hotel, para noquear los fantasmas del insomnio y de la soledad. Comí: jamón. En El museo del jamón, en El palacio del jamón, y en otros lugares de nombres menos autorreferenciales donde sin embargo vendían, sobre todo, jamón. Vi, en la televisión, el gol de Iniesta que le dio el triunfo a España contra Islandia y mantuvo al combinado en carrera en las eliminatorias de la Eurocopa del 2008, y unas peleas políticas picantes, donde los que son de derecha dicen que lo son, los que son de izquierda dicen que lo son, y quien detenta transitoriamente el poder del gobierno debate cara a cara con quien transitoriamente detenta el poder de la oposición. Vi, desde la ventanilla del auto de Pablo, el imponente Santiago Bernabeu y, muy de lejos, las Ventas. Vi, desde la máscara vidriada del casco de copiloto de la moto de Kike, todo Malasaña —tomamos, recuerdo, en La Paca, donde la moza, que parecía a la vez la dueña, tal vez ella misma la Paca, estaba maquillada como una muñeca, un carajillo fuerte para aventar el frío de la calle—. Vi Cibeles, la Puerta del Sol, la Puerta de Alcalá —y esa canción horrible del dúo monárquico republicano que no podía sacarme de la cabeza—, la calle Mayor, la Gran Vía. Me senté, en una plaza hermosa frente a Tribunales, cuyo nombre no recuerdo, a fumarme un cigarrillo —yo, que no fumo, pero cómo no fumarse un Ducados en Madrid—. Vi, desde esa plaza, las ventanas de los edificios bajos que la rodeaban, las persianas abiertas que dejaban ver, al final de la tarde, las luces amarillas del interior, y me pregunté, como Arlt, qué crímenes estarían cometiéndose detrás de cada una de esas apacibles ventanas de la burguesía madrileña.

...

Me bajé, aquel domingo a las nueve de la mañana, después de haber dejado la valija en el hotel, en La Latina, y pedí un café con churros en un barcito donde se mezclaban sin aparatosidad los jóvenes ya borrachos y agresivos de la noche anterior tomándose los últimos tragos y los viejos de la mañana que esperaban, como yo, que abriera el mercado. Y otra vez, en el bar y en la calle, en boca de todo género y de toda edad: “coño”, “dar por culo”. Y ahora, por ahí, el hijo o el nieto del carlista de 1971 parado en una esquina sacando, muy desde el fondo de su cuerpo, un vozarrón enorme, con los puños apretados, informándonos a los transeúntes que los policías son todos travestis y maricas: lo que parece ser una fantasía universal.

Escuché, en el metro, ese canto a las sibilantes que hacen los madrileños: un sonido para la x (como un sh, pero más suave), otro para la s, otro para la c: “Próxima estación: Alfonso Cano; próxima estación: Canal; próxima estación: Islas Filipinas”. Y ahí me bajaba, cada mañana, cinco mañanas, como si fuese uno más, hasta el trabajo. Tomaba la avenida hasta los hospitales, los evitaba por izquierda y entraba, a las 10 en punto, al número 4 de los Reyes Católicos.

El viernes siguiente volví a la T4 y al rato estaba sentado en una butaca de una aerolínea española, junto a una inglesa sesentona con el pelo teñido de verde, que estudiaba algo parecido a filosofía oriental —según pude comprobar mirando de reojo sus papeles—. A la hora de la cena —o esa hora que nadie sabe cuál es y en la que en los aviones dan la cena— una azafata formulaba a cada pasajero las numéricamente modestas opciones del menú, que en este caso parecían menos el producto de una decisión culinaria que del afán de aliteración que pudo tener el jefe de la cocina: “¿Pollo o paella?” Y la inglesa, emergiendo de sus apuntes, completamente desconcertada, le pregunta a la azafata: “¿Paella? ¿Qué es paella?” Y la azafata, sin contestarle nunca la pregunta, más desconcertada aún: “¿No sabe qué es paella?”

Ahí, con ese nuevo e imprevisto enfrentamiento de las armadas española e inglesa como música de fondo, me empecé a dormir, pensando, como cada vez que viajo, en las personas que quiero. No porque tenga la superstición de que si pienso en ellos el avión no estallará, sino porque pienso que si estalla, me gustaría irme feliz, con ellos en la cabeza.≈


Martín Prieto nació en Rosario, Argentina, en 1961. Publicó cuatro libros de poemas, una novela y Breve historia de la literatura argentina (2006). Desde enero de 2007 dirige el Centro Cultural Parque de España de Rosario. nació en Rosario, Argentina, en 1961. Publicó cuatro libros de poemas, una novela y Breve historia de la literatura argentina (2006). Desde enero de 2007 dirige el Centro Cultural Parque de España de Rosario.



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