Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 1, invierno de 2007

Foto: Facundo A. Fernández.

Leyendo -T


Indice

1

   

Rosario otra vez

2

 

Buenos Aires rewind

3

 

Madrid visto y oído

4

 

Una pasión extremadamente notoria

5

 

La derrota de la lignina

6

 

El reportaje

7

 

El paseo

8

 

Bombo, tradición y vanguardia

9

 

Cultura y desarrollo

10

 

Ventanas de la madrugada

11

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Crónica

Rosario otra vez

por Antoni Martí Monterde.
Fragmentos de La erosión, Barcelona, Edicions 62, 2001. (Título original: L’erosió). Traducción del catalán realizada por el autor.


D De nuevo Rosario. Me parece increíble, estar aquí otra vez. Al llegar, el conductor del microbús que enlaza el aeropuerto con el centro recuerda vagamente al grupo de estudiantes de hace dos años, y me da la bienvenida, dejando claro que no se trata solamente de revisitar Rosario, sino de reencontrarla.

Paso fugazmente por el apartamento que me ha concertado la Universidad, el tiempo justo para dejar el equipaje. Desde la terraza veo la silueta, a contraluz, de la ciudad. Enseguida bajo a la calle: Rosario recaminada. Aunque el plano de la ciudad resulta absolutamente racionalista, como un ensanche infinito, y de coordenadas precisas para orientarse gracias a la numeración y los nombres de las calles, tengo nuevamente, como siempre tuve, la sensación de estar caminando en dirección contraria, la rectifico, y de repente tengo la sensación de que en realidad la anterior era la correcta, y así sucesivamente hasta que definitivamente me pierdo. No se trata exactamente de una falta de memoria, sino de su exceso: todas las calles son iguales, y no hay nada más desbaratador para la memoria que las cosas idénticas, porque finalmente lo que se memoriza es la pérdida irreconocible, inevitable, uno de mis recuerdos más nítidos de esta ciudad sobre todo en momentos como este, con prisas difícilmente justificables. Tardo un tiempo exagerado en llegar adonde me había propuesto ir, el café La Sede, pero finalmente aparece su pequeño chaflán, su esquina de Entre Ríos con San Lorenzo.

Desde fuera, por los ventanales ya luminosos, puesto que se van oscureciendo las calles en la tarde, adivino que se encuentra intacto, que aquí todavía no ha llegado la fiebre de modernización sintética de los cafés que ha hecho ya bastante daño en Buenos Aires. Quizá no es el más bello café de Rosario, pero a dos manzanas de la Facultad de Humanidades y Artes, es el que me acogía sugiriéndome su nombre. Aquí, debido a las carencias materiales, no se puede ni soñar con tener un despacho propio y los profesores universitarios suelen atender, en horario público, en los cafés; yo atendía en La Sede, que para mí lo era en aquellas semanas en que vine a impartir un seminario. Esto no tenía nada de excepcional en mi biografía, porque si ahora soy profesor universitario es como penitencia por mis tiempos de estudiante universitario: entonces, a excepción de alguna asignatura en manos de sabios, no entraba nunca en un aula; ahora no puedo salir de ellas. Toda la carrera la hice de café en café, entre el bar de la Facultad y la biblioteca y, sobre todo, convirtiendo los cafés en biblioteca. Era la única manera de no ahogarse en aquella claustrofóbica filología positivista, regenteada por auténticos fobólogos: atrincherarse en los libros. Algunos de los mejores profesores que entonces tuve ahora son amigos de café. Quien no tiene nada que decir sobre literatura sentado alrededor de un café no tiene nada que decir sobre literatura en ninguna parte.

Al entrar por la puerta, el vaho de la calefacción me nubla las gafas al tiempo que me rescata de la dominante humedad del río. Durante unos instantes he visto La Sede como temía recordarla con el paso del tiempo, desaparecida entre nieblas.

A medida que se desvanece la nube en los cristales, entre diminutas gotas que al deslizarse fragmentan los recuerdos reconocibles, reaparecen las mesas, vacías las del centro de la sala, llenas de gente las que se alinean junto a las ventanas, ligeros de ropa incluso los habituales más cercanos a los rincones donde se encuentran las estufas; el suelo de madera fibrosa e irregular camino de la barra, donde apenas distingo los camareros como atareadas apariciones, la escalera que lleva al entresuelo, o más bien un entrecielo, generalmente vacío, con mesas siempre disponibles. Siempre que ocupé una de ellas, aquella perspectiva no suficientemente distanciada sobre todo el local hacía que me sintiese excesivamente indiscreto: en los cafés es tan importante ver como ser visto. Una vez recuperada la transparencia de los cristales distingo el rostro de los camareros hasta hacerlo coincidir vagamente con mi frágil memoria para las caras, y también descubro una única mesa libre, junto a la ventana de la calle San Lorenzo, la mesa donde tomaba el café cada tarde.

Al sentarme, una sensación de continuidad me hace pensar por un instante que no han pasado dos años, quizá ni dos días. Es como si el cuerpo reconociese la posición en que me siento en esta silla como su verdadera posición fetal, aquella en que se dice que uno duerme más cómodo. Los codos encajan perfectamente a la altura de la mesa, amplia, alargada; las piernas se extienden sin contorsiones, bajo la silla los pies descansan sin peso; el alféizar de la ventana tiene la estatura de mi mirada, por la calle San Lorenzo sigue pasando el mismo colectivo. Cierro los ojos, los abro. Al acercarme a la barra para hacerme con la prensa y pedir un café con leche, bajo mis pies, la madera pronuncia algunas palabras que entiendo. No creo que los camareros me recuerden, aunque yo sí creo reconocer alguna voz, que siempre retengo mejor que las caras. Me traen el café con leche en una taza de loza pesada.

En un lado del plato está el nombre del café, La Sede, describiendo un arco encerrado en un semicírculo. Es el logotipo que también figura en la puerta, y que reaparece en el interior de la taza a medida que se va bebiendo. El vidrio de la ventana, medio convertido en espejo por contraste con el anochecer, me devuelve una imagen impalpable de mi sonrisa. Sostengo la taza en el aire, en equilibrio, entre trago y trago.

El café contiene toda la memoria que necesito, a juzgar por la cara que me descubro en este improvisado espejo. Más allá de mi reflejo se ve el tráfico, a punto de estrellarse contra sí mismo. Una camarera sale por la puerta llevando en equilibrio, por encima de su cabeza, una bandeja repleta de tazas y platos, y se pierde en la acera, entre los coches, entre la calle llena de transeúntes, y no alcanzo a comprender cómo no acaba toda la vajilla por el suelo. Al cabo de un rato, regresa con una expresión de absoluta indiferencia, ajena a la proeza que acaba de realizar. Le pido otro café con leche como quien pide una caricia a una heroína imposible.

El blanco tiende a permanecer indiferente a sí mismo, a su propia podredumbre, al oscurecimiento inevitable, el blanco permanece por encima de su desaparición. Lo que ha sido blanco tiende a continuar siéndolo, no como recuerdo, sino como esfuerzo. La antigua estación de ferrocarril de Rosario Central es blanca. De un blanco esforzado, tenaz.

Cuando vine por primera vez y me enteré de que en toda Argentina no existían los trenes de viajeros de largo recorrido decidí no visitar sus estaciones, pensé que no estaba preparado para su abandono, si bien las de Buenos Aires no había tenido tiempo de verlas, las de Rosario estaban siempre reclamándome de manera paradójica. Aguanté como pude; de hecho, las eludí.

En cambio, en esta ocasión, pocos días después de llegar a la ciudad me he encaminado en su busca. He llegado a una calle que, según el plano, desemboca en las vías, junto al río. No están; todo indica que han sido levantadas, pero también deduzco que, río abajo, tienen que reaparecer, y que siguiendo las vías llegaré a la estación. Recorro la orilla largo rato, sin mirar al río, sé que es sólo cuestión de pasos que su silueta, para mí desconocida, se recorte junto a la costanera y se haga adivinar apremiándome. Tras unas vallas casi impracticables, del otro lado de un paso subterráneo, aparecen finalmente los raíles, casi sin traviesas. Asediada por bloques de pisos en construcción, medio ahogada entre medianeras, surge la vacía oscuridad de una bóveda; aún empequeñecida por la lejanía, enmarcada por una delicada línea blanca, con el sol de primera hora de la tarde tropezando como en unos frisos que se apoyasen entre sí, ha aparecido como una aureola la Estación Rosario Central. Una aureola doble, puesto que a medida que avanzo va distinguiéndose la imagen de la pasarela que une los andenes por delante mismo de la salida de trenes, cuando salían. La playa de vías de la que había sido la estación más importante de la ciudad la precede, pero medio borrada, como un presagio enfermo. Por estas mismas vías llegó Santiago Rusiñol… «les tanques es van espesseint; es veu alguna xemeneia, trobem rengles de vagons, desvíos, guardagulles, més vagons, una estació, i sense un sotrac, sense una torta, sense pujar ni baixar, a dret fil i a peu pla, ens trobem a dintre de Rosari». La hierba crece entre el balasto, los hierros son rojizos, casi amarillentos, no parecen metálicos, sino de barro cocido en exceso. Las traviesas, durmientes, apenas son visibles, y las vías enteras se hunden repentinamente para reaparecer al cabo de unos pasos, también de forma inesperada. Camino dubitativo, cada vez con mayor dificultad, mirando constantemente por dónde: bajo el peso de mi paso todo rezuma, mis zapatos se tiñen de óxido. No hay ningún tren.

Según voy acercándome la bóveda muestra decididos surcos de herrumbre que penetra en las grietas de la madera, donde se confunde con un musgo posiblemente tóxico. Tras la pintura rumorean maderas fibrosas, pronunciando la humedad como una forma de oscuridad. Tropiezo con lo que queda de un andén exterior, erosionado por las mismas plantas que lo ocultan. Un trozo de hierro, quizá los restos de una señalización arrancada o de la caseta del guardagujas, me retiene, tira de mi abrigo, como advirtiéndome que no debo pasar, que he llegado tarde, que es demasiado tarde para venir a esta estación. Que no he llegado tarde al tren, sino a la estación. Desenredo la ropa, me la ajusto al cuerpo, como si supiese que una vez en el andén el frío será más intenso y penetrante.

La quietud permite escuchar algo que parece el rumor de agua del Paraná, como un ruido erosivo, como la vibración de un derribo imparable. En los andenes, ningún billete en el suelo, ninguna maleta olvidada. En una torre situada junto a la playa de andenes exterior, que no parece formar parte de las instalaciones ferroviarias pero ejerce como si lo fuese, el reloj marca, desde la primera vez que lo he mirado, las cuatro menos cuarto. Ahora, desde aquí, descubro que en otra de sus esferas son las nueve en punto. La hora de los que llegan es distinta de la de quienes se marchan. ¿A qué hora partió el último tren?

En las paredes, el blanco se esfuerza por mostrarse. En algunos rincones, junto a las grietas del techo, ya no es ni un olvido. De repente, entre la suciedad, se hace legible una pintada:


El espejo

Un man espantosamente feo entra y se mira al espejo.

—¿Pork se mira usted en el esp. Si sólo puede verse en él degradado?

El hombre espantosamente feo le responde:

—Sr., según los inmortales principios del ‘89, todos los hombres somos iguales en los derechos; x consiguiente, yo poseo el derecho de mirarme. K’sea kon desplacer o kon disgusto es algo que sólo atañe a mi conciencia. En nombre del buen sentido, yo tenía razón, sin duda, p’ desde el [un ojo dibujado] de la ley, él no se equivocava. Baudelaire.

La humedad de mis zapatos se convierte en barro, un barro cada vez más denso según voy recorriendo los andenes. Con hierros y maderas diversos han improvisado un cobertizo en medio de la nave para guardar algo, incomprensiblemente. El vestíbulo, lleno de cascotes, tiene todas las puertas cerradas o tapiadas, salgo por un derrumbe.

He llegado tarde a la estación.

(...)

En la costanera del Paraná hay un parque que incluye un centro cultural y otras diversas edificaciones, alternándose entre plazas aterrazadas con vistas al río, con un pavimento de adoquines artificiales. Todo el conjunto se ha construido sobre lo que parecen unos antiguos túneles ferroviarios convertidos en sala de exposiciones redescubiertos al preparar la cimentación. Los túneles habían quedado enterrados por la sedimentación de limos que, al tropezar con un obstáculo, se habían ido condensando de manera minuciosamente implacable, hasta hacerlos desaparecer; pero, al modificarse la fisonomía del obstáculo, las corrientes también han rectificado su acción.

Cuando lo visité hace dos años, a la salida misma de la galería de arte había unas vallas que impedían el acceso a todo un sector bajo del parque, una especie de expla nada que había perdido todo rastro de horizontalidad, y presentaba unas dunas de ladrillos que incluso hacían brotar aristas desencajadas y movedizas. Mientras todo el paraje se esforzaba por mantener una ordenada y angulosa disposición, aquella parte parecía una inmensa cama deshecha, con mantas de pliegues densos y sudados después de una noche de sueño imposible. Aquel sector clausurado estaba invadido de cercos blanquecinos que la humedad iba modificando de un día para otro, filtrándose por unos adoquines mal escogidos para el entorno, de constitución esponjosa, absorbente. No sólo en el pavimento, también en los muros la elección de los materiales parecía nefasta, y desautorizando la geometría enladrillada de la construcción, proponiendo nuevas ordenaciones para ventanas y puertas, crecían floraciones de diversos musgos.

La corriente, insomne, estaba arrancando el subsuelo donde se asentaban aquellos edificios, de forma que se estaban quedando sin cimientos, perdían pie en el río, y se hundían cada vez más; en cualquier momento podía producirse un desprendimiento. Igual que había enterrada una construcción anterior, parece como si, al detectar que los hombres pretenden aprovechar su decisión de consolidar un territorio adaptándole otras, el río rectificase su decisión para volver a demostrar que nadie puede tomar ninguna determinación sobre él, que todo cuanto se vincule al río, necesariamente, debe someterse a su voluntad, puesta en claro en el antiguo puerto fluvial, arrancado hace años.

Hoy sí podía accederse a aquella zona del parque, convenientemente reformada. Se trata de un rincón ciertamente amable con los paseantes cansados o perezosos, muy tranquilo, convenientemente distante de los juegos infantiles y, con los ruidos de los automóviles recogidos hábilmente por muros y arbustos, unos bancos mecidos por la visión del agua.

Aun así, la gente no parece frecuentarlo; la densidad de paseantes es sensiblemente inferior al resto del parque.

Una pelota inesperada rueda ignorando la línea recta, y demuestra que, todavía invisibles, van reapareciendo geografías imprevistas en la plaza. Al fondo, unos hombres miran al suelo, hacen rozar sus zapatos entre los adoquines más cercanos al pretil y, pensativos, se marchan. ≈


Antoni Martí Monterde nació en 1968 en Torís, Valencia, España. Es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona. Su libro L’erosió es el relato de un viaje literario a la Argentina, por el que obtuvo el Premi de la Crítica dels Escriptors Valencians. Su novela Poética del café en la que el autor explora este espacio literario y su papel decisivo en la modernidad cultural europea, fue finalista del Premio de Ensayo Anagrama 2007.



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