D De nuevo Rosario. Me parece increíble, estar aquí otra vez. Al llegar, el conductor del microbús que enlaza el aeropuerto con el centro recuerda vagamente al grupo de estudiantes de hace dos años, y me da la bienvenida, dejando claro que no se trata solamente de revisitar Rosario, sino de reencontrarla.
Paso fugazmente por el apartamento que me ha concertado la Universidad, el tiempo justo para dejar el equipaje. Desde la terraza veo la silueta, a contraluz, de la ciudad. Enseguida bajo a la calle: Rosario recaminada. Aunque el plano de la ciudad resulta absolutamente racionalista, como un ensanche infinito, y de coordenadas precisas para orientarse gracias a la numeración y los nombres de las calles, tengo nuevamente, como siempre tuve, la sensación de estar caminando en dirección contraria, la rectifico, y de repente tengo la sensación de que en realidad la anterior era la correcta, y así sucesivamente hasta que definitivamente me pierdo. No se trata exactamente de una falta de memoria, sino de su exceso: todas las calles son iguales, y no hay nada más desbaratador para la
memoria que las cosas idénticas, porque
finalmente lo que se memoriza es la
pérdida irreconocible, inevitable, uno de
mis recuerdos más nítidos de esta ciudad
sobre todo en momentos como este, con
prisas difícilmente justificables. Tardo un
tiempo exagerado en llegar adonde me
había propuesto ir, el café La Sede, pero
finalmente aparece su pequeño chaflán, su
esquina de Entre Ríos con San Lorenzo.
Desde fuera, por los ventanales ya
luminosos, puesto que se van oscureciendo
las calles en la tarde, adivino que se
encuentra intacto, que aquí todavía no ha
llegado la fiebre de modernización sintética
de los cafés que ha hecho ya bastante daño
en Buenos Aires. Quizá no es el más bello
café de Rosario, pero a dos manzanas de la
Facultad de Humanidades y Artes, es el que
me acogía sugiriéndome su nombre. Aquí,
debido a las carencias materiales, no se
puede ni soñar con tener un despacho
propio y los profesores universitarios suelen
atender, en horario público, en los cafés; yo
atendía en La Sede, que para mí lo era en
aquellas semanas en que vine a impartir un
seminario. Esto no tenía nada de excepcional
en mi biografía, porque si ahora soy profesor
universitario es como penitencia por mis
tiempos de estudiante universitario:
entonces, a excepción de alguna asignatura
en manos de sabios, no entraba nunca en un
aula; ahora no puedo salir de ellas. Toda la
carrera la hice de café en café, entre el bar de
la Facultad y la biblioteca y, sobre todo,
convirtiendo los cafés en biblioteca. Era la
única manera de no ahogarse en aquella
claustrofóbica filología positivista,
regenteada por auténticos fobólogos:
atrincherarse en los libros. Algunos de los
mejores profesores que entonces tuve ahora
son amigos de café. Quien no tiene nada que
decir sobre literatura sentado alrededor de
un café no tiene nada que decir sobre
literatura en ninguna parte.
Al entrar por la puerta, el vaho de la
calefacción me nubla las gafas al tiempo que
me rescata de la dominante humedad del
río. Durante unos instantes he visto La Sede
como temía recordarla con el paso del
tiempo, desaparecida entre nieblas.
A medida que se desvanece la nube en los
cristales, entre diminutas gotas que al
deslizarse fragmentan los recuerdos
reconocibles, reaparecen las mesas, vacías
las del centro de la sala, llenas de gente las
que se alinean junto a las ventanas, ligeros
de ropa incluso los habituales más cercanos
a los rincones donde se encuentran las
estufas; el suelo de madera fibrosa e
irregular camino de la barra, donde apenas
distingo los camareros como atareadas
apariciones, la escalera que lleva al
entresuelo, o más bien un entrecielo,
generalmente vacío, con mesas siempre
disponibles. Siempre que ocupé una de
ellas, aquella perspectiva no suficientemente
distanciada sobre todo el local hacía que me
sintiese excesivamente indiscreto: en los
cafés es tan importante ver como ser visto.
Una vez recuperada la transparencia de los
cristales distingo el rostro de los camareros
hasta hacerlo coincidir vagamente con mi
frágil memoria para las caras, y también
descubro una única mesa libre, junto a la
ventana de la calle San Lorenzo, la mesa
donde tomaba el café cada tarde.
Al sentarme, una sensación de
continuidad me hace pensar por un
instante que no han pasado dos años, quizá
ni dos días. Es como si el cuerpo
reconociese la posición en que me siento en
esta silla como su verdadera posición fetal,
aquella en que se dice que uno duerme más
cómodo. Los codos encajan perfectamente a
la altura de la mesa, amplia, alargada; las
piernas se extienden sin contorsiones, bajo
la silla los pies descansan sin peso; el
alféizar de la ventana tiene la estatura de mi
mirada, por la calle San Lorenzo sigue
pasando el mismo colectivo. Cierro los ojos,
los abro. Al acercarme a la barra para
hacerme con la prensa y pedir un café con
leche, bajo mis pies, la madera pronuncia
algunas palabras que entiendo. No creo que
los camareros me recuerden, aunque yo sí
creo reconocer alguna voz, que siempre
retengo mejor que las caras. Me traen el
café con leche en una taza de loza pesada.
En un lado del plato está el nombre del
café, La Sede, describiendo un arco
encerrado en un semicírculo. Es el logotipo
que también figura en la puerta, y que
reaparece en el interior de la taza a medida
que se va bebiendo. El vidrio de la ventana,
medio convertido en espejo por contraste
con el anochecer, me devuelve una imagen
impalpable de mi sonrisa. Sostengo la taza
en el aire, en equilibrio, entre trago y trago.
El café contiene toda la memoria que
necesito, a juzgar por la cara que me
descubro en este improvisado espejo.
Más allá de mi reflejo se ve el tráfico, a
punto de estrellarse contra sí mismo. Una
camarera sale por la puerta llevando en
equilibrio, por encima de su cabeza, una
bandeja repleta de tazas y platos, y se pierde
en la acera, entre los coches, entre la calle
llena de transeúntes, y no alcanzo a
comprender cómo no acaba toda la vajilla
por el suelo. Al cabo de un rato, regresa
con una expresión de absoluta indiferencia,
ajena a la proeza que acaba de realizar. Le
pido otro café con leche como quien pide
una caricia a una heroína imposible.
El blanco tiende a permanecer
indiferente a sí mismo, a su propia podredumbre, al oscurecimiento inevitable,
el blanco permanece por encima de su
desaparición. Lo que ha sido blanco tiende
a continuar siéndolo, no como recuerdo,
sino como esfuerzo. La antigua estación de
ferrocarril de Rosario Central es blanca. De
un blanco esforzado, tenaz.
Cuando vine por primera vez y me enteré
de que en toda Argentina no existían los trenes
de viajeros de largo recorrido decidí no
visitar sus estaciones, pensé que no estaba
preparado para su abandono, si bien las de
Buenos Aires no había tenido tiempo de
verlas, las de Rosario estaban siempre reclamándome
de manera paradójica. Aguanté
como pude; de hecho, las eludí.
En cambio, en esta ocasión, pocos días
después de llegar a la ciudad me he encaminado
en su busca. He llegado a una calle
que, según el plano, desemboca en las vías,
junto al río. No están; todo indica que han
sido levantadas, pero también deduzco que,
río abajo, tienen que reaparecer, y que
siguiendo las vías llegaré a la estación.
Recorro la orilla largo rato, sin mirar al río,
sé que es sólo cuestión de pasos que su
silueta, para mí desconocida, se recorte
junto a la costanera y se haga adivinar apremiándome.
Tras unas vallas casi impracticables,
del otro lado de un paso subterráneo,
aparecen finalmente los raíles, casi sin
traviesas. Asediada por bloques de pisos en
construcción, medio ahogada entre medianeras,
surge la vacía oscuridad de una bóveda;
aún empequeñecida por la lejanía,
enmarcada por una delicada línea blanca,
con el sol de primera hora de la tarde tropezando
como en unos frisos que se apoyasen
entre sí, ha aparecido como una aureola la
Estación Rosario Central. Una aureola
doble, puesto que a medida que avanzo va
distinguiéndose la imagen de la pasarela
que une los andenes por delante mismo de
la salida de trenes, cuando salían. La playa
de vías de la que había sido la estación más
importante de la ciudad la precede, pero
medio borrada, como un presagio enfermo.
Por estas mismas vías llegó Santiago
Rusiñol… «les tanques es van espesseint; es
veu alguna xemeneia, trobem
rengles de vagons, desvíos, guardagulles,
més vagons, una estació, i sense
un sotrac, sense una torta, sense pujar ni
baixar, a dret fil i a peu pla, ens trobem a
dintre de Rosari». La hierba crece entre el
balasto, los hierros son rojizos, casi amarillentos,
no parecen metálicos, sino de barro
cocido en exceso. Las traviesas, durmientes,
apenas son visibles, y las vías enteras se
hunden repentinamente para reaparecer al
cabo de unos pasos, también de forma inesperada.
Camino dubitativo, cada vez con
mayor dificultad, mirando constantemente
por dónde: bajo el peso de mi paso todo
rezuma, mis zapatos se tiñen de óxido. No
hay ningún tren.
Según voy acercándome la bóveda
muestra decididos surcos de herrumbre que
penetra en las grietas de la madera, donde
se confunde con un musgo posiblemente
tóxico. Tras la pintura rumorean maderas
fibrosas, pronunciando la humedad como
una forma de oscuridad. Tropiezo con lo
que queda de un andén exterior, erosionado
por las mismas plantas que lo ocultan. Un
trozo de hierro, quizá los restos de una
señalización arrancada o de la caseta del
guardagujas, me retiene, tira de mi abrigo,
como advirtiéndome que no debo pasar,
que he llegado tarde, que es demasiado tarde para venir a esta estación. Que no he
llegado tarde al tren, sino a la estación.
Desenredo la ropa, me la ajusto al cuerpo,
como si supiese que una vez en el andén el
frío será más intenso y penetrante.
La quietud permite escuchar algo que
parece el rumor de agua del Paraná, como
un ruido erosivo, como la vibración de un
derribo imparable. En los andenes, ningún
billete en el suelo, ninguna maleta olvidada.
En una torre situada junto a la playa de
andenes exterior, que no parece formar
parte de las instalaciones ferroviarias pero
ejerce como si lo fuese, el reloj marca, desde
la primera vez que lo he mirado, las cuatro
menos cuarto. Ahora, desde aquí, descubro
que en otra de sus esferas son las nueve en
punto. La hora de los que llegan es distinta
de la de quienes se marchan. ¿A qué hora
partió el último tren?
En las paredes, el blanco se esfuerza por
mostrarse. En algunos rincones, junto a las
grietas del techo, ya no es ni un olvido. De
repente, entre la suciedad, se hace legible
una pintada:
El espejo
Un man espantosamente feo entra y se
mira al espejo.
—¿Pork se mira usted en el esp. Si sólo
puede verse en él degradado?
El hombre espantosamente feo le
responde:
—Sr., según los inmortales principios del
‘89, todos los hombres somos iguales en los
derechos; x consiguiente, yo poseo el
derecho de mirarme. K’sea kon desplacer o
kon disgusto es algo que sólo atañe a mi
conciencia. En nombre del buen sentido, yo
tenía razón, sin duda, p’ desde el [un ojo
dibujado] de la ley, él no se equivocava.
Baudelaire.
La humedad de mis zapatos se convierte
en barro, un barro cada vez más denso
según voy recorriendo los andenes. Con
hierros y maderas diversos han improvisado
un cobertizo en medio de la nave para
guardar algo, incomprensiblemente. El
vestíbulo, lleno de cascotes, tiene todas las
puertas cerradas o tapiadas, salgo por un
derrumbe.
He llegado tarde a la estación.
(...)
En la costanera del Paraná hay un parque
que incluye un centro cultural y otras
diversas edificaciones, alternándose entre
plazas aterrazadas con vistas al río, con un
pavimento de adoquines artificiales. Todo el
conjunto se ha construido sobre lo que
parecen unos antiguos túneles ferroviarios
convertidos en sala de exposiciones
redescubiertos al preparar la cimentación.
Los túneles habían quedado enterrados por
la sedimentación de limos que, al tropezar
con un obstáculo, se habían ido condensando de manera minuciosamente implacable, hasta hacerlos desaparecer; pero, al
modificarse la fisonomía del obstáculo, las
corrientes también han rectificado su
acción.
Cuando lo visité hace dos años, a la salida misma de la galería de arte había unas
vallas que impedían el acceso a todo un
sector bajo del parque, una especie de
expla nada que había perdido todo rastro de
horizontalidad, y presentaba unas dunas de
ladrillos que incluso hacían brotar aristas
desencajadas y movedizas. Mientras todo el paraje se esforzaba por mantener una
ordenada y angulosa disposición, aquella
parte parecía una inmensa cama deshecha,
con mantas de pliegues densos y sudados
después de una noche de sueño imposible.
Aquel sector clausurado estaba invadido de
cercos blanquecinos que la humedad iba
modificando de un día para otro,
filtrándose por unos adoquines mal
escogidos para el entorno, de constitución
esponjosa, absorbente. No sólo en el
pavimento, también en los muros la
elección de los materiales parecía nefasta, y
desautorizando la geometría enladrillada de
la construcción, proponiendo nuevas
ordenaciones para ventanas y puertas,
crecían floraciones de diversos musgos.
La corriente, insomne, estaba arrancando
el subsuelo donde se asentaban aquellos
edificios, de forma que se estaban quedando
sin cimientos, perdían pie en el río, y se
hundían cada vez más; en cualquier
momento podía producirse un desprendimiento.
Igual que había enterrada una
construcción anterior, parece como si, al
detectar que los hombres pretenden aprovechar
su decisión de consolidar un territorio
adaptándole otras, el río rectificase su decisión
para volver a demostrar que nadie
puede tomar ninguna determinación sobre
él, que todo cuanto se vincule al río, necesariamente,
debe someterse a su voluntad,
puesta en claro en el antiguo puerto fluvial,
arrancado hace años.
Hoy sí podía accederse a aquella zona
del parque, convenientemente reformada.
Se trata de un rincón ciertamente amable
con los paseantes cansados o perezosos,
muy tranquilo, convenientemente distante
de los juegos infantiles y, con los ruidos de
los automóviles recogidos hábilmente por
muros y arbustos, unos bancos mecidos por
la visión del agua.
Aun así, la gente no parece frecuentarlo;
la densidad de paseantes es sensiblemente
inferior al resto del parque.
Una pelota inesperada rueda ignorando
la línea recta, y demuestra que, todavía
invisibles, van reapareciendo geografías
imprevistas en la plaza. Al fondo, unos
hombres miran al suelo, hacen rozar sus
zapatos entre los adoquines más cercanos
al pretil y, pensativos, se marchan. ≈
Antoni Martí Monterde nació en 1968 en
Torís, Valencia, España. Es profesor de Teoría
de la Literatura y Literatura Comparada de
la Universidad de Barcelona.
Su libro L’erosió es el relato de un viaje literario
a la Argentina, por el que obtuvo el Premi de la
Crítica dels Escriptors Valencians.
Su novela Poética del café en la que el autor
explora este espacio literario y su papel decisivo
en la modernidad cultural europea, fue finalista
del Premio de Ensayo Anagrama 2007.
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