Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 2, primavera de 2007

Ilustraciones: David Nahón.



Indice

1

   

El listado de 1990 y otras notas rosarinas

2

 

Ciclo sobre cultura y desarrollo

3

 

Festival de jazz

4

 

Barcelona de paso

5

 

Mosquerópolis

6

 

Acerca de la fabricación de los pensamientos

7

 

La odisea de un semionauta contemporáneo

8

 

La hora de Dionisio

9

 

Función social de la poesía

10

 

Dos hermanos

11

 

El magma de la cultura se subleva

12

 

Hoy no mido mis versos

13

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Cuento

Dos hermanos

por Milton Hatoum.


EÉl me había llevado a un boliche en la punta de la Cidade Flutuante. Desde allí podíamos ver las barrancas dos Educandos, el inmenso igarapé que separa el barrio anfibio del centro de Manaos. Era la hora del alborozo. El laberinto de casas levantadas sobre troncos hervía: un enjambre de canoas navegaba alrededor de las casas flotantes, los habitantes llegaban del trabajo, caminaban en fila sobre las tablas estrechas que forman una tela de circulación. Los más osados cargaban un botellón, una criatura, bolsas de harina; si no fuesen equilibristas se caerían en el Negro. Uno que otro desaparecía en la oscuridad del río y se convertía en noticia.

Durante los asuetos de los domingos, yo había recorrido los caminos de la Cidade Flutuante. Sin embargo, Halim conocía el barrio mejor que yo; lo conocía y era conocido. Cuando vendía más de lo que había pensado, cerraba el negocio más temprano y entraba en el trenzado de callecitas del barrio agitado. Iba de casa en casa, saludaba a unos y otros y se sentaba a la mesa del último boliche, donde tomaba unos tragos y les compraba pescado fresco a los compadres que llegaban de los lagos.

Antes de nuestra charla, le ofreció tabaco de hebra a un compadre del lago del Janauacá, Pocu, que venía a Manaos para vender serba, fibras de piazava y harina. Cuando no vendía sus cosas, las cambiaba por sal, café, azúcar e instrumentos de pesca. Siempre traía un pacú frito como tentempié y contaba anécdotas; había sido comandante de barco y había navegado por muchos ríos. Oímos el trechito de una historia que incluso Halim desconocía: la de una pareja de hermanos que vivía en un barco abandonado, escondido, encallado para siempre, allá cerca de la boca del río Preto da Eva. Dos seres de la misma sangre, hermanos, que vivían lejos de todo, sin ninguna señal de vida humana cerca. Un atardecer, al final de una gran pesca, Pocu los encontró y habló con ellos.

“Animales...”, murmuró Pocu. “Vivían como animales”. “¿Animales?” Halim balanceó la cabeza, miró la agitación del agua, los barcos amontonados en el pequeño puerto de las escalinatas dos Remédios.
“Eso mismo, animales. Sólo que parecían felices”.
“Conozco un animal, sólo que sin mucho coraje”. Halim soltó la lengua, tomó un trago más de arak, armó un cigarrillo, mientras la mirada vagaba entre la Cidade Flutuante y la selva.
Ahora oíamos el barullo de los que vagaban cargando cachivaches, el grito de los lancheros, gruñidos de cerdos, las voces vecinas, el llanto de los niños, la algarabía del anochecer.

“Un animal sin mucho coraje”, repitió él, con el cigarrillo en la boca. Combinó un encuentro con Pocu, que se diese una vueltita por el negocio, mañana, antes del sol a pique. El ex lanchero salió del boliche y por un momento me quedé imaginando el fin de la historia de los hermanos amantes. ¿Un invento de Pocu? ¿Y qué hay de verdad y mentira en las palabras de un navegante? Él había contado el suceso con convicción y ardor, como si fuese una verdad íntima, a tal punto que continué pensando en los dos hermanos acoplados en un barco.

“Eso mismo, majnun, un verdadero loco”. Halim chasqueó los dedos, después se rascó la barba canosa de tres días, que le avejentaba aún más el rostro. “Omar quiere vivir con emoción. No renuncia a eso, quiere sentir emoción a cada instante de vida. Zana pensó que nuestro hijo...” Halim miró la margen del río, como si intentase recordar algo. “¿Sabes una cosa? Yo también... creía que él había estudiado un semestre entero en un excelente colegio y que después podría entrar a una universidad. ¡Ni San Pablo corrigió a Omar! Por otra parte, ningún santo ni ninguna ciudad van a enderezarlo”.

Entonces Yaqub reveló la verdad, en su versión. Se la contó sólo al padre, que lo dejó desahogarse. Esta vez, el ingeniero lacónico se largó a hablar mal del hermano: “Un malagradecido, un primitivo, un irracional, arruinado hasta el tuétano. Nos ninguneó a mi mujer y a mí”.
Halim había escuchado al hijo doctor con un aire serio, compenetrado. Ahora, en la mesa del boliche, contraía el rostro y largaba una carcajada que daba miedo.

Pues bien, el Menor mandó la primera postal de Miami; después mandó otras, de Tampa, Mobile y Nueva Orleans; contaba sus farras y peripecias en cada ciudad. Yaqub había rasgado todas las postales menos una, que le entregó al padre: “Queridos mano y cuñada, Louisiana es América en estado bruto e incluso brutal, y el Mississippi es el Amazonas de este paraje. ¿Por qué no se dan una vueltita por acá? Aún salvaje, Louisiana es más civilizada que ustedes dos juntos. Si vienen, traten de teñirse el pelo de rubio, así van a ser superiores en todo. Mano, tu mujer, que ya es linda, puede rejuvenecer con el pelo dorado. Y tú puedes enriquecerte mucho aquí en América. Abrazos del mano y cuñado Omar”.

“Durante cien días tu hijo fue disciplinado como no lo había sido en casi treinta años, pero fueron cien días de farsa”, le dijo Yaqub al padre. “Robó mi pasaporte y viajó a los Estados Unidos. ¡El pasaporte, una corbata de seda y dos camisas de lino irlandés!”

Yaqub estuvo seguro de eso cuando recibió la primera postal. Ya había despedido a la empleada, porque ella había llevado a Omar al departamento cuando la esposa y él estaban en Santos durante el feriado del 15 de noviembre. La empleada había confesado casi todo: Omar la había llevado a pasear al Trianon y al Jardim da Luz; habían almorzado en Brás y en los restaurantes del centro. ¡Dos vagos! Todo eso con el dinero que ustedes mandaban, dijo Yaqub iracundo. Después Yaqub se acordó de los dos volúmenes viejos y empolvados de cálculo integral y diferencial, libros que había comprado por una pichincha en una librería de usados de la calle Aurora. Restañaba los dientes, las manos trémulas casi no lograban hojear el primer volumen; en el otro había guardado los billetes de veinte. Hojeó los dos libros, página por página, después los sacudió, y cayeron billetes de un dólar. ¡El zafado! Muy bien, que el sinvergüenza se llevase el pasaporte, la corbata de seda, las camisas de lino, pero dinero... “Dejó una cosa de nada, dejó lo que él es. Ése es tu hijo. ¡Un harami, un ladrón!”

“Gritó ladrón tantas veces que pensé que estaba refiriéndose a mí”, dijo Halim. “Bueno, él hablaba de mi hijo y, de alguna manera, me tocaba. Pero dejé que Yaqub hablase, quería que desembuchase todo. Después dije: ‘¿No se pueden olvidar esas cosas?: ¿Perdonar?’: ¡Dios mío, fue peor!”

Yaqub pasó de la acusación a la recriminación. No se tranquilizaría mientras el hermano no le devolviese los ochocientos veinte dólares robados. ¡Una fortuna! El ahorro de un año de trabajo. Un año calculando estructuras de casas y edificios en la capital y en el interior. Un año inspeccionando obras. Zana debía conocer esa historia y, entonces, sí, entendería el verdadero carácter de su menorcito, el peludito frágil. ¡Mimen a ese crápula hasta que acabe con ustedes! ¡Vendan el negocio y la casa! ¡Vendan a Domingas, vendan todo para estimular su descaro!

“Él no paraba, no lograba parar de insultar al hijo mimado de mi mujer. Parece que el diablo hace fuerza para que una madre elija un hijo...”. Halim me encaró; los ojos turbios parecían querer decir algo más. Se aplomó. “No estaba furioso sólo a causa de los dólares. La empleada ya le había contado a Omar quién era la esposa de Yaqub. Se enfureció porque el Menor entró al departamento y escudriñó todo, encontró las fotos del casamiento, de los viajes, y debe haber visto otras cosas. Sólo yo sabía que Lívia, la primera novia de Yaqub, había viajado a San Pablo a pedido de él. Él quería mantener ese secreto, pero Omar acabó sabiéndolo. No sé cuál de los dos se puso más celoso, pero la verdad es que Yaqub no perdonó los dibujos obscenos que Omar hizo en las fotos de casamiento...”.

Halim se puso las manos sobre la cabeza y confirmó: “Eso mismo: Omar llenó el rostro de Lívia de obscenidades, cubrió las fotografías del álbum de casamiento con palabrotas y dibujos... Yaqub se puso loco... No había perdonado la agresión del hermano en la infancia, la cicatriz... Eso nunca se lo había sacado de la cabeza. Juró que algún día se iba a vengar”.

Ahora él parecía melancólico y tomaba arak con hielo; raramente tomaba otra cosa. Dos botellitas azules en la mesa, con la etiqueta de Zahle, compradas a un contrabandista. Tomó tres, cuatro tragos, armó un cigarrillo más. El río y el cielo se confundían y, a lo lejos, una procesión de canoas iluminadas dibujaba una línea sinuosa en la oscuridad. El viento traía el perfume de la selva no muy distante. El vocerío llegaba a su fin, la Cidade Flutuante se aquietaba.

¿Halim terminaría de hablar de él? Me encaró una vez más, se mordió el labio inferior con rabia. Pegó un puñetazo en la mesa, como si pidiese silencio.
“¿Sabes lo que hice después de esas acusaciones?” Parecía agitado, medio borracho, qué sé yo. “¿Sabes lo que uno debe hacer cuando un hijo, un pariente o un fulano cualquiera se alborota a causa de dinero? ¿Lo sabes?”.
“No”, dije, sin darme cuenta.

“Pues bien. Dejé que Yaqub terminase. Estaba alterado, nunca había visto así a mi hijo. Después del desahogo, se fue marchitando, se convirtió en un aguapé fuera del agua. Entonces dije: ‘Está bien, voy a arreglar eso’. Pensó que yo saldría atrás de su hermano, o que le contaría todo a Zana. Me levanté, volví a casa, llené de orquídeas los floreros del cuarto, armé la hamaca y grité el nombre de mi mujer... ¡Hijos! Por Dios, nunca tenía que olvidar todas esas porquerías, los ochocientos veinte dólares, el pasaporte, la corbata, las camisas y la porquería de Louisiana... Zana entró al cuarto y me vio en la hamaca. Me vio y entendió. Declamé unas palabras de Abbas... Era la señal...”.

Fue la primera vez que vi a Halim tambalearse; estaba grogui, por poco no se cayó de la silla. Quiso quedarse allí unos minutos más, sin decir ni mu. Una pequeña lancha se acercó a los troncos, el comandante lanzó las cuerdas y yo lo ayudé a atarla. Atracó cerca del boliche, el farol de la lancha giró lentamente, enfocó los amparos de madera, nuestra mesa, el rostro de Halim. Vi su labio inferior enrojecido, herido en el rostro en brasas. Le pedí al comandante que iluminase nuestra mesa y ayudé a Halim a levantarse. Lo acompañé de vuelta a casa; los dos juntos, abrazados, atravesamos pasajes estrechos, caminamos sobre las tablas arqueadas de la Cidade Flutuante. De vez en cuando alguien lo llamaba, pero él no contestaba, continuaba caminando conmigo en la oscuridad. El silencio de Halim. Yo ya sospechaba qué era lo que él más temía. El ingeniero se engrandecía, adinerado. Y el otro gemelo no necesitaba dinero para ser lo que era, para hacer lo que hizo. ≈


Milton Hatoum nació en Manaos, Brasil, en 1952. Es hijo de un inmigrante libanés musulmán y de una brasileña cristiana de origen libanés. Estudió en San Pablo, ciudad donde se graduó en arquitectura y actualmente vive. Se especializó en Literatura Francesa en la Sorbona, París. Publicó tres novelas: Relato de um certo Oriente (1989), Dois irmãos (2000) y Cinzas do Norte (2005). Sus obras fueron traducidas en España, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, entre otros países.


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