Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 2, primavera de 2007

Todas las fotos: Guillermo Buelga / J. M. Alonso



Indice

1

   

El listado de 1990 y otras notas rosarinas

2

 

Ciclo sobre cultura y desarrollo

3

 

Festival de jazz

4

 

Barcelona de paso

5

 

Mosquerópolis

6

 

Acerca de la fabricación de los pensamientos

7

 

La odisea de un semionauta contemporáneo

8

 

La hora de Dionisio

9

 

Función social de la poesía

10

 

Dos hermanos

11

 

El magma de la cultura se subleva

12

 

Hoy no mido mis versos

13

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

Descargar Transatlántico nº2>

Descargar El listado de 1900 y otras notas rosarinas>

 
Imágnes de Rosario

El listado de 1990 y otras notas rosarinas

por Juan Manuel Alonso.


1990

Lugares, objetos y escenarios anotados en vista de posibles pinturas, de cuando estudiaba artes:
—Escaparates (las luces eléctricas que los iluminan y se reflejan en sus vidrieras).
—Escrituras publicitarias (pintadas en la pared, en los vidrios de los restaurantes —la que está en Salta y Ovidio Lagos por ejemplo—).
—Puestos de choripán por bulevar Seguí.
—El club de bochas de barrio Ludueña, el club que está por Junín, el club del barrio de las diagonales —Ovidio Lagos al 3600—, el que está por Sarmiento y Cerrito. Sus mostradores, sus mesas y sillas, los azulejos de colores.
—Tiendas (toldos a rayas, ropas dispuestas en los escaparates, los mostradores con cajoneras, la madera oscura, los mostradores con vidrio en la parte superior, lo que contienen).
—Balanzas (las que cuelgan y las de mostrador / se trata de balanzas pre eléctricas).
—Máquinas de cortar carne (la que vi en Dorrego y Gálvez, otras).
—El bar de Urquiza y Vera Mujica; el kiosco bar de Urquiza y Suipacha, cuando estaba pintado de verde; el bar de Urquiza y Francia. Los puestos de los mercaditos que están por Vera Mujica donde San Lorenzo se interrumpe en la doble manzana del Centenario. Toldos a rayas, ese nylon grueso que delimita cada puesto y que sirve de amparo en los días de lluvia a los ocasionales clientes.
—El bar de Camilo Aldao.

—El bar de Junín y República Dominicana (cortina de tiras multicolores, televisor en blanco y negro, mostrador con portavasos de aluminio y vasos, ventana verde claro con vidrios transparentes abajo y opacos arriba, la cortina de enrollar metálica y la cortina de tela que se corre, el nombre del bar pintado en el vidrio, las paredes: afuera, bicolor —azul y blanco descascarados—; interior, verde claro).

—Carriego y la vía, Barrio Ludueña. La casilla del guardabarreras, en invierno. El humo que sale de la chimenea de lata es gris claro y se esfuma en la noche contra el azul negro del cielo. La sombra de los árboles de la placita que está atrás de las vías.
Pequeñas luces dentro de la casilla: el guardabarrera hace mates (luz azulada de la llama en la hornacina); una radio encendida (luces rojas en el aparato); una estufa de hierro donde se queman algunas maderas (es la que produce el humo gris claro). Finalmente resplandores anaranjados: los focos de la placita iluminan la zona con una tonalidad anaranjada, por eso el azul es casi negro. La casilla, con la aureola anaranjada detrás de los árboles y en medio del descampado que atraviesan los rieles, tiene todos los vidrios empañados.
—La casilla que está sobre el cruce Alberdi.
—La otra casilla que está del otro lado, cerca, y se ve desde la avenida, perdida entre pastos secos y torres de señalización contra un cielo celeste claro.
—La estación de Paraná y Mendoza. (Por ahí cerca había un bazar con un escaparate muy lindo).
—El depósito del 225 y el bar donde está su parada y la placita de enfrente.


Dos comentarios, escritos 10 años después

  1. Hacia fines de los 80 los edificios de la Maltería eran un lugar emblemático de la ciudad. Esos paisajes contiguos al río, con su carga industrial en decadencia y la ilusión (perdida) del progreso inscripta en sus instalaciones podían asociarse sin esfuerzo al tono de El Astillero, de Onetti, y a su historia levemente cínica. El vaho húmedo de sus paredes parecía exudar, aún, ese momento de confianza único —al cual más que imprecisamente podríamos ubicar entre mediados de los 30 y mediados de los 60— cuando el capitalismo en la Argentina parecía revestirse de una pátina de romanticismo. La atención hacia esas ruinas era algo que estaba en el aire e iba a cambiar de signo. Algunos años después esos mismos edificios serían utilizados para mostrar las nuevas tendencias del diseño.
    El edificio, que ofrecía casi una estela arqueológica para una etnografía precaria, puesto que entrecortadamente aún susurraba, era definitivamente clausurado en tal sentido mediante la congelante mirada del buen gusto.

  2. Resentimiento. Nadie conocía a Edward Hopper entonces. Después sus imágenes sufrieron el proceso maltería.

De un ayuda memoria anterior (1989)

Todo el año en la casa de Pasaje Alemania. El 141, la placita enfrente del café de la parada de los colectivos, las vías, cruzar las vías, la casilla del guardabarreras, el frío, el humo que sale de la casilla del guardabarreras y se eleva con un color fantasmal en la noche, las noches, el barrio nocturno, los tapiales y Hopper, el supermercadito por Junín, la depresión (la inflación), los saqueos, el bar de la esquina, Junín, Vélez Sarsfield, el camión grande, la casa de enfrente con los patos, mi casa, las visitas de mis suegros y los asados de matambre, los zapallos, los miedos, el patio de atrás, el falso café, el árbol que me hace llorar, la bicicleta, andar en bicicleta al mediodía, a la noche.
A fin de año el dueño de la casa nos pidió que la dejáramos y nos indemnizó; con eso pagué seis meses del nuevo alquiler.


Enero de 1995

Visita a la casa de repuestos. El dueño del negocio es un tipo gordo y está sentado a un escritorio de esos de chapa que se ensanchan hacia la base. El hombre mantiene una larga conversación telefónica con un pariente acerca de un tercer familiar que está internado. Va a salir de la clínica, pero su mayor desafío no es la enfermedad sino su recuperación anímica, creo que le ocultan una muerte. El dueño se está haciendo cargo del enfermo, lo visita, lo alienta.

La casa comercial está dentro de una galería alejada del centro, concentra negocios relacionados al mercado automotor y enseguida se nota que pertenece a otra época, un cierto olor, determinada escenografía. El local es vidriado, con un mostrador de fórmica cuya base está cubierta por un revestimiento de goma acanalado. Inmediatamente detrás, en un amplio escritorio con cubierta de vidrio, un señor de edad que a todas luces revista de contador examina carpetas y saca cuentas en una máquina de calcular de esas grandes, sin prestar mayor atención a lo que sucede a su alrededor.

El escritorio del dueño está a la derecha, más alejado. El criterio predominante en el local es la acumulación, sobre los escritorios, en estanterías de chapa, afiches y almanaques en las paredes, cosas depositadas en el suelo. Es casi palpable la prosperidad anterior del negocio, todo concuerda: el cenicero que reproduce una rueda de auto con goma incluida, los escritorios ampulosos, las biromes publicitarias, la presencia del contador viejo que registra saldos y haberes con números escritos a lápiz... tan palpable como el halo de caída y deterioro que se percibe ineludible, aun cuando, a diferencia de la correspondencia anterior, no posea idéntica ubicuidad.

La luz afuera del negocio, la vejez del enfermo, la muerte de una persona que le era necesaria y el gordo con todo eso a cuestas, que no es lo más importante —porque seguramente en su cabeza debe ocupar un lugar preponderante qué hacer con ese negocio, cómo seguir, adónde cambiar, cómo escapar— pero sí lo más preciso, definido, nítido; algo que debe realizar en homenaje a un cariño, un afecto, para hacer más leve el declinar, menos lenta la lentitud. Y la inmovilidad que irá ganando ese ambiente, incluso a pesar de algunos movimientos, puertas que se abran y se cierren violentamente, la presencia de niños, mediodías, asados.


19 de agosto de 1995

Desaparecieron la veterinaria de calle San Lorenzo (entre San Martín y Sarmiento), sus fabulosos verdes interiores, los vidrios facetados, las peceras con peces anaranjados y piedras y burbujitas; y la marítima de San Lorenzo y Maipú (oficina arquetípica, máquina de escribir depositada en el olvido sobre el archivero metálico, expuesta hacia la ventana de la ochava, inutilidad, perennidad de las cosas).


8 de noviembre de 1996

Paisaje 2: Un paisaje viejo; hay paisajes que persisten. Es el de un dibujo, unas sillas y mesas de chapa vistas desde arriba y un pequeño alerito de chapas, en un lugar que es un club de pescadores, en la bajada España, contra el río, bajo el sol, con las sombras de las sillas y de las mesas y del techito. El dibujo es del 25 de agosto de 1988 y hoy es 8 de noviembre de 1996; me parece que esas sillas y mesas deben estar ahí todavía —ínfimo temor a que la escena haya desaparecido. Perfección e inasibilidad, sumergida en esa luz pálida—. Es un paisaje pre-menemista, un condensador de todo lo que me importa, una idea de afuera, de la felicidad.


Fines de 1997

Anochecer. Primero un deslizamiento hacia el fondo, un obrero último cerraba la puerta del alambrado que encierra el terreno de la fábrica. Luces eléctricas encendidas, anochecer de un día nublado. Las cosas comienzan a oscurecerse y el blanco, que ha durado todo el día, es intensamente brillante. Se produce un efecto de contraluz. En esa parte trasera algunos paisajes son de Van Gogh. Pinos, cipreses, fondos de árboles, casitas. Sobre todo los pinos entre construcciones envejecidas, los tapiales con ornamentos, el mar de verde. ¿Estarán habitadas esas casas?, parecen casas de campo. Regresando, pero sólo unos metros después, el paisaje se vuelve aceradamente urbano. Un baldío donde hay una cancha de fútbol desierta, la tierra clara y lisa, reverberando, sin pastos. Atrás, las luces de los edificios de departamentos, el pasar de los colectivos iluminados, el taxi en la calle detrás del hueco del baldío. Una plataforma cuyos bordes son el límite de las huertas y la línea de casas de chapa.

Todavía más hacia acá, el supermercado iluminado, el kiosco sobre la avenida, la visión de la hilera de casitas entre árboles frondosos detrás del foso por donde pasan las vías, el predio donde guardan los camiones, los colores de las luces de la avenida sobre el metal de los camiones como líneas de neón, el tono del azul que toma el cielo por contraste con el naranja del alumbrado público.


Miércoles 17 de junio de 1998

Los negocios en las noches de invierno.
El paulatino descubrimiento —después de la mudanza— de pequeños almacenes que, al otro lado del foso del ferrocarril y de la calle Necochea, parecen sentir menos el efecto de los súper (además del favorecedor interregno en que el súper de 27 estuvo cerrado por el cambio de firma). Las luces en las ventanas y las pequeñas estanterías como excavadas en la negrura, los colores superpuestos en el interior, casi siempre piezas a la calle que no fueron diseñadas para eso, desiertas; los que atienden siempre están en la pieza contigua, cocina o comedor conectada al negocio, mirando el noticiero en la televisión. El emocionante intento por reconstruir un mundo fabuloso en la actualidad. La ligazón de ese intento con una idea de pobreza.


2004. Abril

La carnicería de Gamarra: la mesa en la vereda, al costado de la parrilla de chapa donde se hacen los asados, más allá del toldo metálico al frente del local. El mediodía diferido se encima con el horario co­mer­cial posterior a ese entremés sin siesta. Amenazado, perdura sin embargo de algún modo en los barrios.
Contraste con el ajetreo del uso comercial del tiempo: los autos que pasan, la gente que pasa, los negocios que reabren, y esa mesa donde aún brilla el frío de la cerveza en los vasos, los restos de ensalada, el pan, el celeste del cielo, el calor de abril o mayo.

Está ese otro fin de almuerzo que vi una vez en una galería que sobrevivía, no de pleno centro, un poco desplazada, en Tucumán casi Corrientes, por ahí. Locales de venta de repuestos de auto. Ya el mediodía había pasado, el local cerrado a posibles clientes, adentro, en clausura y exposición los comensales detrás de las vidrieras y las rejas bajas, en ese lugar acotado por mostradores, estanterías, calcomanías en los vidrios, molikote, bardall, la mesa pequeña con botellas, sifones de soda, una torta trozada, una mujer joven no atractiva, dos hombres, uno de cierta edad, de traje, maletín.
¿Qué celebran? Hay un olor como a despedida, a final, a separaciones. Están sentados a la mesa improvisada, pequeña, cuadrada, un poco baja, sentados en sillas distintas, plegables, sillones de escritorio, sentados en ese lugar donde se paran los clientes, el único con una escasa capacidad para aceptar la mesa y las sillas.

Parentesco con la escena anterior (aunque ésta suceda en un interior: se trata de lugares no cotidianos donde se come, no se trata del hogar, la cocina, el comedor, pero tampoco del restaurant o el bar. Cercano tal vez al puesto de choripán o a esos bares al paso de la periferia, relacionados al mediodía de esos trabajadores volátiles y empobrecidos —albañiles, gomeros, vendedores ambulantes—; pero no exactamente. No exactamente porque en los primeros (lo de Gamarra, la galería) hay una reiteración de la mesa como sitio, un uso del tiempo prolongado, una exhibición de la alegría sin razones aparentes o, más bien, contra un fondo que se empeña en desmentirla. Y es este desfasaje o contraste el que otorga a la escena una sensación de anomalía; como si distinguiéramos un desamparo en esos comensales y ellos, no necesariamente inconscientes, se empeñaran en ignorarlo.

Puede que ese fondo amenazante no tenga por qué estar directamente vinculado a “los tiempos que corren”, y de este modo no exprese otra cosa que la traslación de un sentimiento incontrastable y supra temporal de precariedad de la alegría, de la fugacidad de encuentros y acontecimientos.
Pero no estoy tan seguro de que sea ésta la única amenaza que se dibuja sobre el telón de la escena y, por otra parte, la certeza de que está precedida por un firme sedimento económico parece irrefutable.
En lo de Gamarra y en la galería se percibe además esa relación ambigua de proximidad entre el uso comercial del tiempo y su cesación. Y una sensación de angustia.
No es la fiesta, el descanso, la comida al aire libre de domingo, el patio con árboles, el sol en la calle poco transitada de los barrios, el fondo del club, los clubes de pesca, la mesita contra el río.
Es el declive.

Gamarra: Gordo, papada a la Troilo en la cara joven, rubio, pero de pelo amarillo, casi amarillo oscuro, como teñido. Anda, la carita en alto, sobre un ciclomotor que parece chico bajo su figura enorme. Debe vender bien poco. Un hombre de la cuadra que vuelve del trabajo bastante pasado el mediodía hace una parada diaria en la carnicería y sale con su botella de tinto para el almuerzo. Carnicería y anexos.

Empezó haciendo asados de noche, sobre todo pescado, bogas en esa parrillita de latas y chapas pintada de azul que está al frente de la carnicería. Todavía sólo para llevar, caliente, recién hecho. De a poco se convirtió en su actividad central, empezaron los asados al mediodía, las tiras, los chorizos; ahí apareció esa mesita al sol o debajo del techo que de noche es apenas iluminada por la luz que sale del interior del local; ahí empezó ese humo que revolotea en el sol del mediodía alargado o sube azulado en las tardecitas.


Lunes 2 de junio de 2003

Ayer, domingo, caminata por avenida San Martín. Atardecer en el Lido, sus parroquianos sólo hablan de fútbol, el flaco de pelo largo con lentes comenta el partido, jóvenes y viejos se mezclan. Leer el diario ajado, el mozo de ojos achinados, el día azul, el reloj rectangular, Vélez-Gimnasia. Luego, en la iglesia con sus fuertes paños rojos de terciopelo, un niño pregunta
—señalando a los santos del altar— si esos son los malos. La confusión que provoca el principio de placer sobre la percepción.


Miércoles 12 de noviembre de 2003

Después del tornado, árboles caídos por todos lados.
En la cuadra “cayeron” dos paraísos, y una acacia en la placita. Las bajas son relativamente pocas comparadas con otras calles. En casi todos los casos los árboles fueron arrancados de cuajo; propagaban un extraño espectáculo: se conservaron completos —copas intactas plenas de follaje— volcados de lado como navíos escorados. Sus retorcidas extremidades exhiben la revelación obscena de la violencia. Si el enrarecimiento acerca siempre el horror, observar árboles desde la raíz lo confirma y constituye una imagen intranquila. Las profusas raíces descubiertas, a las que costras de tierra arcillosa permanecen adheridas, nos recuerdan la subterránea voluntad simétrica de los árboles. No la reducción a cenizas, a escombros; el árbol reclinado y la tierra abierta se empeñan en conservar las marcas de lo que fue y apenas, quieren ellos, ha cambiado; pero inclinación y rajaduras introducen modificaciones definitivas, ya veremos en pocas horas acercarse las grúas, las cuadrillas municipales, motosierras. La vida debe seguir y la calle ser transitable, ya están en otras cuadras, los he visto, llegarán.

De todas maneras, no sería posible levantar la estructura del árbol con un movimiento majestuoso —sogas gruesas y complicadas poleas— como se eleva la fachada de un decorado; demasiadas cosas están cortadas, demasiadas se han desunido. De camino al colegio, sin embargo, los ojos de las niñas contemplan maravillados las posibilidades que intuyen en el paisaje alterado. Atraviesan “por dentro” la acacia y reconocen su cualidad de refugio, recuerdan con alegría otra tormenta, la que dejó tantas ramas a los costados de la calle que la cuadra tuvo casi dos meses un encanto de aserradero.

Constato cómo se repite, cada fin de octubre o principios de noviembre, con increíble puntualidad e idéntica magnitud, una tormenta oscura. En el 2000, sucedió la madrugada que murió Aldo, fue aquella cuyos resultados —las maderas apiladas a la vera de la calle— la niña recuerda como una fiesta, celebraciones apenas vividas que la memoria de la breve infancia termina por instituir en hito. Al año siguiente fue en noviembre; esa abanicó el aguaribay pero entonces no consiguió doblegarlo. La del 2002, también en noviembre, lo desencajó, y a la larga lo mató. “Nada, no se puede hacer nada; le entró aire en la raíz”. Ahora, este año, para la misma fecha casi, arrancó los árboles de cuajo.

Las sucesión de tormentas —las anotadas y otras que no presencié, y otras aun, que no recuerdo— modificó la percepción de la callecita que mucho antes de venir a vivir aquí espiábamos a hurtadillas desde el otro lado del foso.

Nos llegábamos, de caminata y a la tardecita, hasta donde la calle Esmeralda, cruzando 27, se interrumpe de pronto al borde del foso por el que corren las vías —y eventualmente el tren—. Apoyábamos la cara contra el tejido y mirábamos hacia esa fabulosa callecita de casas iguales y techos de tejas, enfrente, semiperdida en el follaje de los paraísos. Las luces del alumbrado público titilando entre las hojas se reflejaban en el naranja de los techos y las copas de los árboles formaban una especie de túnel que encapotaba un fragmento de cielo azul-noche. Debajo se alineaban las casitas blancas y sus tapiales y ventanas. El resultado era una postal imborrable que el tiempo y el recuerdo no se cansan de mejorar. Una calle perdida, pasaje, cuento de invierno, con habitantes en las cocinas iluminadas tomando los mates previos a la cena. Probablemente en el interior de las piezas todo fuera distinto. Pero la posibilidad de la imagen es, de hecho, todavía una afirmación.


Lunes 4 de abril, 2004

El otro día, al venir desde el sur, un domingo, nublado, en colectivo; Rosario. Veía las casas bajas contra el cielo gris, las calles desiertas del domingo, la ciudad descolorida, casi triste, pero nítida, sólida, continua, desfilando afuera por la ventanilla sucia del colectivo, bella.
Y enfrentada a aquella anotación del 91, donde previsiblemente se adivinaba toda la decrepitud que en los años siguientes caería sobre los hogares suburbanos, se me ocurre que esa incipiencia de pobreza que producía una sensación de angustia a comienzos de los 90 estaba más directamente vinculada a la idea de finalización de la época precedente.
Todos estos barrios organizados en acuerdo a la rejilla urbana, regulares, pero cuyas casas proceden de emprendimientos particulares y cuentan con al menos ocho metros de frente, muchas veces algo retirado de la línea de edificación para dejar lugar a ese indeleble y un poco inútil patio delantero, con garages o sin ellos, con rosales individuales saliendo del cuadrado de tierra en el porlan, etcétera; esos barrios que comienzan en los 50, pero es en las décadas siguientes que se extienden y consolidan con una suerte de pujanza, o movilidad al menos, atraviesan los 80 aún impelidos por esta inercia.
Esa movilidad o pujanza es lo que termina. Y es ese cierre —que visiblemente se manifiesta en una como repentina pobreza de la pared descascarada y el porlan partido en el piso de los patios, pobreza que si advertimos como repentina no es porque no existiera ya sino porque en ese momento se revela definitiva, instalada, duradera—, en contraste con la pujanza o movilidad anterior (ese estado de convulsión y cambio del aspecto visual, estado que no excluía asperezas o fisuras y que sin embargo, incluso sin esplendor, exhibía vitalidad), lo que produce la angustia. Más, mucho más que la percepción de la inmovilidad que llega. El vaticinio, por otra parte, no dejó de ser certero: ese barrio que pasa por la ventanilla del colectivo está congelado, y si pudiéramos prescindir de los automóviles estacionados en el cordón de la calle —que sí fueron renovados— recorreríamos casi un paisaje de infancia, una visión pretérita, un viaje en el tiempo. De esa fijeza viene el gris y el tono tristón de su belleza.

Clase media suburbana: obreros, muchos de ellos industriales, con buenos sueldos. Esto fue hasta que esa rama a la que pertenecían —la industrial— además de soportar la brutal y generalizada depreciación del salario que comienza en la Argentina a mediados de los 70 (Rodrigazo, dictadura), debió enfrentar a partir de los 90 una impresionante merma de su actividad, el deterioro de sus condiciones e incluso la amenaza de su mera posibilidad de existencia. Estos obreros, cuando aún contaban con algún excedente, pudieron en su momento declinar la oferta de monoblocks, y entonces levantaron o compraron —o fueron refaccionando— las viviendas en una todavía no tan poblada periferia.

Obreros: Gustavo recuerda la infinidad de pequeños talleres metalúrgicos que había en la zona sur, cuya existencia determinó en gran medida la fisonomía de esos barrios. La producción de esos talleres se reducía a uno o dos componentes que eran comprados en exclusiva por empresas muy grandes (Acindar, Somisa...).


1990/91

Cuatro hombres miran televisión, en blanco y negro, en el salón de un club donde funciona un bar. El salón es amplio y las personas parecen más solas o pocas, despojadas. La luz amarilla y pobre, la puerta central a la calle, el mostrador, la estructura metálica del portavasos. Las poses de maniquíes de las personas recuerdan a los estudios de Cezanne para sus Jugadores de Cartas. Las noches de los días de semana.

Una manta de nylon amarillo cubre un viejo Peugeot, estacionado en el patio delantero de una casa, piso de porlan y cuadrados de tierra con rosas. Casas de clase media, la pobreza que se va instalando. ¿Hubo felicidad en esas casas, antes? ≈


Juan Manuel Alonso nació en Viale, provincia de Entre Ríos, en 1966. Allí vivió hasta los 18 años, cuando se trasladó a Rosario, donde actualmente reside. Estudió arquitectura hasta la mitad y bellas artes casi hasta el final. Trabaja en medios gráficos como diseñador infografista. En 1999 recibió una mención en el Concurso Iberoamericano de Poesía organizado en forma conjunta por Diario de Poesía y Vox. En breve publicará el libro Escrito en el aire, en coautoría con Guillermo Buelga, que incluye algunas de las notas que se publican aquí y de donde fueron tomadas las fotografías que las ilustran.


Cooperación ExteriorMinisterio de asuntos exteriores y de cooperación | AECIDMunicipalidad de RosarioCCPE | AECID Centro Cultural Parque de Espaņa