Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 2, primavera de 2007



Indice

1

   

El listado de 1990 y otras notas rosarinas

2

 

Ciclo sobre cultura y desarrollo

3

 

Festival de jazz

4

 

Barcelona de paso

5

 

Mosquerópolis

6

 

Acerca de la fabricación de los pensamientos

7

 

La odisea de un semionauta contemporáneo

8

 

La hora de Dionisio

9

 

Función social de la poesía

10

 

Dos hermanos

11

 

El magma de la cultura se subleva

12

 

Hoy no mido mis versos

13

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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POesía y prosa

Hoy no mido mis versos

por Fabio Morábito.


Hoy no mido mis versos

Hoy no mido mis versos,
no disciplino mi corazón,

dejo picotearme las manos
por las gallinas hambrientas,

doy de comer a los burros,

a los pollos
de este
gallinero,

apenas sucios,
apenas ruidosos,
clásicos
a su manera.

(Burros, gallinas:
pendiente
en bajada,
reino animal
sin espinas.)

Hoy mi corazón es un gallinero
sin alambrado, en él
hay confusión y algarabía,

a él acuden los versos
como estas gallinas acuden
a mis manos de ciudad,

versos llanos,
los menos empinados
de mi corazón,

hermanos menores
de todos los versos,

como gallinas y burros
son hermanos menores
del ave, del caballo,

eso dicen,

porque no poseen
la libertad y belleza
de aquéllos, aunque tienen
algo mejor: la santidad,

mucho más espaciosa,
mucho más misteriosa.

Hoy no mido mis versos
alguien los mide por mí,

no son piedras mis versos,
son aire

a tientas, lento
en las vértebras,

frontera fugaz
en ningún sitio,
versos apátridas
como todas las gallinas,
los burros, los charcos.

Hoy no disciplino mis versos,
no mido mi corazón,

mi corazón
a veces
se inclina hacia alguna parte
como un burro
cansado,

se hincha
de sombra,
de alguna mala
hierba, no
sé,

busco entonces
un lugar
abierto y baldío,
lujoso como
una sonaja,

un tranvía vacío
un puente
un gallinero
como éste,

y no tener corazón,
me digo, sino un pandero,
todo exterior
y sin profundidad;

burros y gallinas,
panderos: ésa
es mi música,

la danza enterrada
en mis tobillos,

de adentro
hacia afuera
más próxima

 

a todo
aire en vilo;

hoy no mido mis versos
no disciplino mi corazón,

mi sangre
se fuga
como alambre en la red

se calienta
se afina
me reconcilia

corre ligera
como un
barandal.

No tener casa

¿Cómo orientar la casa,
cómo orientar lo que no tengo?
Unos la orientan
al amanecer,
otros la orientan al crepúsculo.
Yo que no tengo casa aún
puedo orientarla hacia las cosas
más minúsculas.
Puedo tener la casa
junto al mar
pero de espalda al mar,
de frente a lo que está hechizado
por el mar,
puedo orientar la casa
por intuiciones súbitas,
a costa de perderla,
de no alcanzarla nunca.
Yo sé que cada muro
es el comienzo
de una nueva casa,
es el atisbo de una casa
aún posible,
de otra manera de vivir.
Quiero una casa que no apague
esos vislumbres,
que no se oriente hacia ningún
país feliz,
que esté empezando siempre,
sin ángulos mortales,
sin muros decisivos
ni esfuerzos muy profundos
(estoy cansado de heroísmos).
Quiero una casa
que se oiga,
que no haga esquina,
que no haga ningún verde
previsible.
Quiero una casa que regrese
a la primera piedra cada día,
que se despoje de sus muros
en la imaginación de los que duermen,
que ayude a conciliar su sueño,
que sea una casa abierta
a toda profecía.


5 poemas

Mientras escribía, me picó una avispa.
Apliqué hielo a la hinchazón del dedo
y cambié el lápiz de dedo, luego de mano,
escribí con la mano que no escribe
mientras la mano con que siempre escribo
se hinchaba a causa del veneno
y la mano con que nunca escribo,
como si la escritura fuera un avispero,
también se hinchaba.

* * *

Por fin
puedo asomarme,
pongo a remojo la mirada,
pongo a ramaje los sentidos como un árbol
y descubro
que los árboles se asoman,
que todo: el tronco que se subdivide
y vuelve a dividirse
hasta sentir un día el ala de una mosca,
busca lo mismo que yo busco.

* * *

¿Por qué no sé asomarme?
¿Por qué sólo asomarme
si te espero?
¿Por qué no hacerlo
sin esperarte a ti ni a nadie,
por el gusto de hacerlo?
Todos los días me digo lo mismo
y estoy a punto de asomarme
y lo pospongo,
tal vez por miedo,
al asomarme así, por puro gusto,
de descubrir que no te necesito.

* * *

Me baño, estés pendiente del teléfono, me dices.
Mientras estoy pendiente del teléfono, te bañas.
Puedo dejar de estar pendiente del teléfono,
pero no del suave ruido de tu baño,
si bien es más difícil que pender de un timbre,
y estoy tan al pendiente de tu baño que el teléfono,
si suena, me causa un sobresalto.
Responde, están llamando, me gritas desde el baño,
pues no has dejado de pender del timbre del teléfono.
Bien sabes que al pedirme
que esté pendiente del teléfono,
estoy pendiente de tu cuerpo que se baña,
sabiendo cada gesto de tu baño.
Por eso me lo pides.

* * *

Siempre me piden poemas inéditos.
Nadie lee poesía
pero me piden poemas inéditos.
Para la revista, el periódico, el performance,
el encuentro, el homenaje, la velada:
un poema, por favor, pero inédito.
Como si supieran de memoria lo que he escrito.
Como si estuvieran colmados de mi poesía
y ahora necesitaran algo inédito.
La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,
pero ellos lo ignoran porque no leen poesía,
sólo piden poemas inéditos.


Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio que no supimos resolver.


Emigrantes

Los tíos se mueren lejos,
en medio está el Atlántico,
los primos envejecen.
Desde hace años
no nos mandamos otras fotos
que las de nuestros hijos.
Qué enorme goma de borrar
es el océano,
con más verdad
que todas las promesas.
Ahora, si escribiera,
escribiría a los que ya murieron:
a Ettore, por ejemplo,
o a tío Roberto;
se han vuelto los parientes
más cercanos,
se han vuelto transparentes.
Tal vez espero
que los otros mueran
para amarlos,
para entenderlos,
para decir
crucé el Atlántico de veras.


La esponja

Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelto irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ello menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de terror pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más mirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es acrítica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitamos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja. ≈


Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955. Vivíó de niño en Milán, Italia, y en 1969 se radicó en Ciudad de México, donde vive actualmente. Publicó Lotes baldíos (1985), Material de construcción (1989), La lenta furia (1989), De lunes todo el año (1992), También Berlín se olvida (2004), y una antología de su obra poética, La ola que regresa (2006). Los tres primeros poemas que aquí se publican fueron seleccionados por Transatlántico de su obra édita, mientras que cinco poemas se publican por primera vez, especialmente elegidos por su autor.


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