Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 2, primavera de 2007

El artículo que aquí se reproduce fue leído en el III Argentino de Literatura, organizado por la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral, que se realizó en la ciudad de Santa Fe los días 16 y 17 de agosto de 2007.



Indice

1

   

El listado de 1990 y otras notas rosarinas

2

 

Ciclo sobre cultura y desarrollo

3

 

Festival de jazz

4

 

Barcelona de paso

5

 

Mosquerópolis

6

 

Acerca de la fabricación de los pensamientos

7

 

La odisea de un semionauta contemporáneo

8

 

La hora de Dionisio

9

 

Función social de la poesía

10

 

Dos hermanos

11

 

El magma de la cultura se subleva

12

 

Hoy no mido mis versos

13

 

Contratapa


Contratapa

Folletín por Max Cachimba

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Literatura

La hora de Dionisio

por María Moreno.
Invitada a un congreso de escritores, una periodista y también escritora reclama el derecho a gozar con los excesos de la lengua y recorre las variaciones históricas por las que atravesó el concepto de verdad en el periodismo. Así, y para desgranar lo que va del testimonio a la ficción y de la ficción a la mentira, pasarán por su collar de argumentos las crónicas de José Martí, las piezas testimoniales de Rodolfo Walsh y la prosa sobreescrita del chileno Pedro Lemebel.


N No importa cuán fuera de lugar esté ni su cualidad para denostar al periodismo, al que Juan Bautista Alberdi consideraba la búsqueda de una verdad a sueldo y José María Ramos Mejía un oficio de hombres carbono, siempre cuento la anécdota de cuando Raúl Damonte Taborda debía pasar un módico examen para llenar una vacante en el diario Crítica y Natalio Botana le exigió: “Escriba sobre Dios”, a lo que él respondió “¿A favor o en contra?” Lejos de ilustrar sobre cualquier relación entre el oficio y la ética creo que Damonte Taborda pretendía examinarse sobre el arte de la argumentación, algo cercano a la literatura sin necesidad de poner en duda la voluntad de saber por qué la ministra Felisa Miceli ha olvidado siquiera hasta el casero principio inmigratorio de guardar el dinero bajo los tirantes del colchón. Así iba a empezar yo a hacerme la simpática de haber continuado siendo el título de esta mesa “Periodismo y literatura”, título en donde, sospechaba, un cierto disvalor de corte moral pesaba sobre el primer término en beneficio del segundo: se trataba, entendía, de describir las tensiones entre el ganapán y el deseo, el mercado y la obra prístina, de denunciar, en nombre de la novela, la irrupción bajo la forma de libro de notas estiradas y escritas según los talleres 1 y 2 de TEA sobre lo que hasta ayer habían sido notas de tapa, de hacer la postmoderna hablando de la disolución de los géneros a manos de los blogs o de pulverizar la dicotomía entre la gestión y la obra, entre el artículo y la novela, dicotomía que Barthes describe tan bien en La preparación de la novela. Pero ya más cerca de las jornadas me llega por email el título de “Lenguaje y verdad en el periodismo” con un acápite que, amén de convocar a la runfla de mis fantasmas de autodidacta, me da la impresión de que hubiera sido mejor respondido por Jorge Lanata o Luis Majul. Entonces decidí correr entre una consigna y otra como corriera mi colega Giovanni Guareschi cuando en la Navidad de 1936, y exigido de entregar antes sus habituales colaboraciones para el periódico Cándido y el semanario Oggi, corrió a quitar de este último el artículo ya compuesto para llevarlo al primero que cerrara media hora antes.

Yo iba a empezar diciendo también: La relación entre periodismo y literatura hoy parece un tema liquidado, aunque de apariencia más contemporánea desde que los periodistas nostálgicos de la obra no efímera renovaron el mito según el cual, para escribir la gran novela es preciso convertirse en un escritor con vista al mar como Guillermo Saccomano o Juan Forn.

Y como es más cómodo empezar por la negociación diré algo de la crónica, ese género tan iberoamericano en el que escribir rajando no excluye la literatura, y que nace entre nosotros indefectiblemente enlazada al descubrimiento de lo desconocido (otras geografías, otros hombres llamados “salvajes”) y a la necesidad de dominarlo, no sólo a través de las armas, sino del lenguaje. La crónica no viene con la conquista, es también la conquista. Luego, al decir de Carlos Monsivais, contribuye a la feria de la nación describiéndola y los cronistas representan a las minorías de vanguardia que hablan en nombre de las mayorías astrosas.

Sería tentador considerar al literato metido a cronista como el que aferrado a un sueldo se apresta a ver perdida su autonomía estética y encima bajo las puyas de ese supuesto transcriptor de lo real que es el reporter, al que Tom Wolfe bautizara, años más tarde, periodista del pisotón. Dice Julio Ramos en su libro Desencuentros de la modernidad en América Latina: “Habría que pensar el límite que representa el periodismo para la literatura —en el lugar conflictivo de la crónica— en términos de una doble función en varios sentidos paradójica: si bien el período relativiza y subordina la autoridad del sujeto literario, el límite, asimismo, es una condición de posibilidad de “interior”, marcando la distancia entre el campo propio del sujeto literario y las funciones discursivas otras, ligadas al periodismo y a la emergente industria cultural urbana. Es decir, en oposición al periódico, en el periódico, el sujeto literario se autoconsolida precisamente al confrontar las zonas antiestéticas del periodismo y la cultura de masas”. Es decir el periódico es, en principio, uno de los caminos para la autonomía de la literatura. También sería tentador afirmar que la renovación tecnológica y de lenguaje periodístico enfatizó los conflictos entre los cronistas literatos y los espacios de visibilidad de sus textos.

Sin embargo, cuando el diario La Nación adquiere en 1877 el telégrafo y la información internacional puede obtenerse casi al mismo tiempo que se han producido los sucesos, cuyas noticias antes llegaban luego de costosos y largos viajes en barco, muchos escritores modernistas trabajan como corresponsales. Aquí salto a eso de la verdad y el lenguaje en el periodismo. En la crónica la verdad es aquello que persuade al público, seduciéndolo y cuya única garantía es la mirada del cronista. No se trata de “esto es así” sino de “yo lo he visto con mis propios ojos”. “O lo he leído yo mismo en el diario local”. ¡Ah los tiempos en que José Martí leía en un ejemplar del New York Herald un caso de violencia étnica sucedido en Nueva Orleáns y, muy lejos del lugar, se sentaba ante su Rémington, y escribía una crónica fabulosa para La Nación titulada “El asesinato de los italianos” en donde la sangre salpicaba al lector!

La pregunta por la relación entre periodismo y literatura formó parte de las inquisiciones de los periódicos culturales de los sesenta y setenta. Pero las negociaciones eran diversas. A menudo se optaba por la separación de géneros. Del lado de la literatura, Juan Gelman y Francisco Urondo hacían poesía, Tomás Eloy Martínez, novela. No creo que sus ensayos publicados fuera del periodismo fueran muy diferentes a sus prosas de prensa como no creo que haya un Miguel Bonasso escindido entre su estilo en Recuerdos de la Muerte y sus artículos en Página12. En el caso de los escritores militantes la escisión era de contenidos, entre la prensa burguesa y la clandestina, la novela era nostalgia denegada de la novela burguesa y plan de una forma revolucionaria en cuyo despliegue un Rodolfo Walsh, por ejemplo, se dilataba bajo la forma de preguntas atormentadoras que atraviesan sus papeles privados. En muchos casos el periodismo era la cobertura de la militancia clandestina y no el espacio de ejercer la crítica. La interpelación sobre la ética periodística se ejercía en nombre de la ética revolucionaria y desde grupos que no militaban en la clandestinidad. A menudo un escritor militante toleraba mejor el periodismo precisamente cuando no militaba a través de éste, sino fuera.

En un artículo titulado “Testimonios de los sobrevivientes”, Héctor Schmucler planteaba cómo en el interior de los grupos revolucionarios de la década del setenta en Argentina persistían la escisión capitalista que separaba a los ideólogos de los hombres de acción, a los que desean y a los que luchan, a los que quieren transformar la subjetividad y a los que intentan tramar colectivos. Ese modelo fragmentador se inscribió en los géneros del periodismo aparecido en el período democrático a través del trabajo de algunas figuras ligadas a la militancia con la evidente hegemonía de la investigación y, dentro de ésta, la de las violaciones a los derechos humanos. La prosa de prensa separa en crónicas color, columnas especializadas, análisis político, zonas de entretenimiento, a los que piensan de los que narran, a los que interpretan de los que levantan testimonio. La estrella pasó a ser el cronista en peligro como garante del cumplimiento de la ley jurídica, que en el periodismo se homologa a periodismo político: la verdad coincide con la sentencia y el estilo, aunque no renuncie al rasero literario marcado por Rodolfo Walsh, instala un ademán, un despliegue ascético y apolíneo, como si adoptar una lírica modernista para los derechos humanos fuera una violación de los mismos en el corazón de una lengua herida a través de las nuevas acepciones de la palabra “desaparecido”. Como si para contar ciertas cosas hubiera que renunciar a los goces de la retórica y el uso del español debiera limitarse, en una suerte de voto de abstinencia, a su función instrumental, a la manera de un ritual de duelo que no cesa.

Entonces uno se pregunta qué humus político produjo una figura como la del chileno Pedro Lemebel, que suele extraer la sustancia mayor de lo nimio, su soporte económico político y entonces es capaz de describir a Claudia Victoria Poblete en los siguientes términos: “Al mirar su foto y leer su edad de ocho meses al momento de la detención, pienso que es tan pequeña para llamarla Detenida Desaparecida. Creo que a esa edad nadie tiene un rostro fijo, nadie posee un rostro recordable, porque en esos primeros meses, la vida no ha cicatrizado los rasgos personales que definen la máscara civil (…). Desde qué sueño infantil recuperarla sobresaltada, bruscamente despierta por los bototos pateando la puerta. Los enormes zapatos que entraron en su mundo pitufo, pisando los juguetes que le tenían sus papis en aquella pascua”.

Pero a la herencia modernista —experimental aún en el pase de datos, sobreescrita— que preserva Pedro Lemebel, los porteños la perdimos de cuajo en dos momentos muy largos —y esta es una hipótesis en estado de inmadurez—: El primero fue cuando la consolidación del Estado a manos de la generación del ‘80 y las que vinieron exigió una ficción de ser nacional que patologizó la lírica modernista con la etiqueta de “neurastenia” y pasión desestabilizadora. Sylvia Molloy conoce muy bien los versos perfectos del poeta anónimo, autor del “Poema de la pantera y La Venus Felatriz” publicados en los Cuadernos de Psiquiatría de José Ingenieros, donde la nota al pie asociaba el despilfarro de tropos a una fiebre antisocial no rentable por el Estado. La nueva ascética instalada por Borges y el grupo Sur, que marcó aún a sus adversarios ideológicos y que asociaba los fastos del español a la guarangada consumista de nuevos ricos, sirvió para consolidar ideales económicos en el lenguaje.


Flores a la verdad

Josefina Ludmer opone en su libro El cuerpo del delito el cronista al investigador. Podríamos detallar que el cronista está del lado del testigo y el investigador del lado del juez y que en los híbridos del periodismo actual el modelo es jurídico-policial. ¿Quién actuó en perjuicio de quien? ¿Quiénes fueron testigos? ¿Cuáles son las pruebas? Aun en la muerte por anorexia de una modelo o las correrías de la mujer que porta el fascinante nombre de Paris Hilton.

En su “Carta a Vicky”, verdadera carta abierta y por eso política, Rodolfo Walsh menciona la carta de un soldado donde se relata con detalles sobrecogedores cómo murió Vicky. Más allá de que existiera o no, se puede sospechar que la carta dentro de la carta es un artificio retórico de Walsh debido a la necesidad de crear, como lo hiciera en el comienzo de Operación Masacre —adonde era el grito de un colimba durante la represión del levantamiento del general Valle lo que generaba la investigación— una tercera instancia, algo así como un representante del civil inocente entre dos ejércitos enfrentados. ¿Quiere decir esto que ninguno de los dos soldados existieron? La pregunta está mal planteada porque la ficción es de un orden diferente a la mentira. O, más bien, sólo no lo es cuando se trata de una falsificación de pruebas destinada a refutar un argumento contrario. Y Walsh, en el comienzo de la carta, dice que, por una vez, las noticias no tergiversaron los hechos.

Sin embargo la verdad no puede dirimirse entre hechos falsos o verdaderos. A fines de la Segunda Guerra Mundial la prensa exhibió fotografías que documentaban la experiencia de los campos de concentración nazis para que formaran parte de las pruebas en los juicios a los criminales y sus cómplices. Pero en ciertos campos, de los que había testimonios de sobrevivientes, no había registros gráficos y solían ser precisamente los de prácticas más inhumanas dentro de lo inhumano. Entonces los diarios utilizaron fotografías de otros campos para ilustrar los suplicios ocurridos en aquellos de los que no había imágenes. ¿No era ésta una verdad más radical que otra meramente fáctica? No tenemos imágenes de los suplicios sufridos por los detenidos en los campos de concentración de la Argentina. Paradójicamente, son las fotografías de los concursantes a la materia llamada “campo de prisioneros” del curso de comandos del Ejército y de sus verdugos las que funcionan como testimonio: de lo que algunos de sus antecesores les hicieron a otros —por ser precisamente otros y por eso amenazantes—, hasta la aniquilación.

Si en la ficción la verdad es autónoma, en periodismo, cuando se la hace coincidir con la sentencia y, por tanto, con la exigencia de sanción, difundirla requiere medir sus efectos más allá del imperativo abstracto de la libertad de prensa: Cuando allá por los años ochenta un grupo de bien intencionados denunció que en el hospital Muñiz los enfermos de sida que sufrían condena o estaban procesados eran mantenidos atados a sus lechos, el resultado no fue la liberación sino la vuelta a la cárcel donde difícilmente se continuaría con el tratamiento. Durante la dictadura una psicoanalista argentina tuvo acceso a una carta donde se denunciaba la presencia de un represor en una institución psicoanalítica brasileña. El resultado fue la expulsión de ese espacio de quien había enviado la carta. La verdad de la prensa debería ser estratégica, la de la literatura puede eximirse de ese mandato.

Sería tentador decir que, como intenté argumentar, la verdad no es equivalente a la sinceridad y a la sentencia y que suele presentarse por desplazamiento. En “Emma Zunz” podemos imaginar el relato borgiano dentro del periodismo y la historia que se impuso a todos como ficción; ambas versiones proponen una verdad más allá de la judicial. Recordemos como tantas veces:

“La historia es increíble, en efecto, pero se impuso a todos porque sustancialmente es cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también el ultraje que había padecido: sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.≈


María Moreno nació en Buenos Aires. Es periodista, escritora y crítica cultural. Publicó El affaire Skeffington (1992), El petiso orejudo (1994), A tontas y a locas (2001), El fin del sexo y otras mentiras (2001), La entrevista cultural (2004), Vida de vivos (2005) y Banco a la sombra (2006).


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