Octubre, 2007
I
Cuando uno ha vivido cierto número de años y vuelve la vista atrás suele lamentar las oportunidades perdidas —pero con un sentimiento de pérdida moderado por el conocimiento fehaciente, que da la experiencia, de que en su momento las oportunidades no eran oportunidades; no eran nada, era lo que pasaba, nada más, por lo tanto era imposible ganarlas o perderlas. Sólo la mirada retrospectiva las vuelve oportunidades, valiosas, únicas, irrepetibles. Ahí es cuando se lamenta “no haberlo sabido”. Es casi inevitable añorar, aun sabiendo lo inútil que es hacerlo, las ventajas que nos habría deparado “haberlo sabido” entonces; aunque para haberlo sabido entonces deberíamos haber sido videntes del futuro. Lo somos ahora, al ver el futuro que ya pasó. Aquel presente estaba lleno, completamente lleno, centímetro a centímetro y minuto a minuto, de oportunidades que nos habrían beneficiado tanto o más que la varita mágica del hada más generosa.
Sólo habría que volver al pasado, reteniendo el conocimiento adquirido por la experiencia mientras ese futuro era presente, y mediante el regreso se lo vuelve a hacer futuro, pero transparente, ya vivido. Entonces sí, se lo sabría todo, y entonces sí se haría verdad, literal e implacable, lo de “saber es poder”. Porque sabiendo lo que va a pasar no se perdería ninguna apuesta ni se desperdiciaría ninguna iniciativa. No sólo saber el número de la lotería que saldrá premiado, sino tantas otras cosas: el potencial de ganancias de un negocio que dejamos pasar porque en su momento parecía un negocio más, riesgoso como todos; la cotización que alcanzaría un artista al que conocimos joven y vendiendo sus cuadros por sumas insignificantes; el interés que despertaría en el público un tema sobre el que podríamos haber escrito un libro... Con cualquiera de estas oportunidades perdidas podríamos habernos hechos ricos. ¡Y era tan fácil! Sólo había que saber qué pasaría. Pero, por supuesto, nadie puede saber de antemano qué pasará. Se lo sabe después, cuando ya pasó, y la ocasión de sacar provecho también pasó.
De ahí puede venir, y es casi inevitable que en algún momento venga, un fantaseo de hombre maduro: volver a sus veinte años, cuatro o cinco décadas atrás, pero sabiendo todo lo que iba a ocurrir en esas décadas, que ahora volverá a vivir sabiendo (recordando) todo el futuro inmediato y mediato dentro de ese lapso de su salto atrás. Las posibilidades que se abren son innumerables. ¿Qué no podría hacer? De dinero ni hablemos, porque acertaría con los negocios y las inversiones más jugosos. Y si quisiera fama y prestigio en alguna rama de las artes o el espectáculo, o la empresa, o el saber, o la moda... En el caso de que le interesara el poder, no le costaría obtenerlo: la política no tendría secretos para él, porque la política es el arte del tiempo y la oportunidad, y aquí nuestro soñador jugaría con cartas perfectamente marcadas. Lo más probable es que querría todo eso, y más. Podría ser el Rey del Mundo, lo que es el resultado tradicional de todo fantaseo; éste sería inagotable por la cantidad de elementos a considerar; cada recuerdo arrastraría un tesoro de posibilidades, la enciclopedia de la vida se animaría de triunfo, goce, erotismo, eficacia...
De este ocioso juego de la imaginación surge una necesidad inesperada: la de saber. El que fantasea con esta posibilidad de regreso y segunda vida cuenta con el saber acumulado en su primera vida. De hecho, no se demoraría en esta ensoñación si no fuera la clase de hombre a los que se califica de “informados”, con la suficiente curiosidad intelectual como para mantenerse al tanto de la marcha del mundo, pero también para saber de historia, de arte, de ciencia y técnica, de las modas y sus causas y efectos, de los resortes de la sociedad. Ha captado el aire y el espíritu de su época, así como sus detalles puntuales. Y advierte que si el viaje hacia atrás se hiciera realidad, y emprendiera su carrera triunfal por el presente revivido, no lograría sus fines sólo con información: necesitaría combinar los datos con el gusto, el discernimiento, con cierto refinamiento ético y artístico. Esto puede ser toda una revelación. Es probable que él se haya preguntado de qué le sirvieron tantos años de lecturas, de reflexión, de aprendizaje, de cultivo del espíritu (y quizás se lo preguntó con cierta amargura, porque este trabajo sutil le insumió un tiempo y una energía que podría haber usado con fines más prácticos, y prosperar). Pues bien, aquí tiene la respuesta: lo hizo para darle materia a este fantaseo. O, desde adentro del fantaseo: para aprovechar como es debido la insólita oportunidad de haber vuelto cuarenta años atrás en el tiempo.
Dije que no bastaría con la información. Quiero decir que la información podría suplirse con un auxiliar mágico, como el Almanaque de Resultados Deportivos de los próximos veinte años (está en una película, y el que lo usa es el villano). Con él puede ganar todas las apuestas y hacer una gran fortuna. Pero un fantaseo así sería mecánico, mezquino, primitivo. Para que valga la pena como experiencia vital tendría que implicar todos esos conocimientos que hacen (que han hecho para ese hombre culto y sensible) el placer de la cultura.
Aquí llegamos a una paradoja que es todo lo contrario de una paradoja: la sospecha de inutilidad que sobrevuela los trabajos de la alta cultura, del refinamiento de la sensibilidad, el cultivo del gusto, la lectura, el pensamiento, se disipa... pero sólo para revelar que su única utilidad se manifestaría en el caso de que se produjera un milagro que nunca se producirá.
Pero un hombre así de culto no puede ignorar que su intervención provocaría divergencias, que irían haciéndose más marcadas con el tiempo. Cuando más provecho sacara de su conocimiento mágico, mayores serían las divergencias. De hecho, podrían ser algo más que divergencias y anular toda la ventaja. Comprarle su producción a ese joven y desconocido pintor que en el futuro recordado llegará a ser un Picasso puede hacer que no llegue a ser un Picasso; porque en su “verdadera” historia llegó a serlo, entre otras cosas, porque no vendió un solo cuadro en su juventud. Al venderlos ahora, en la “repetición” del fantaseo, puede decidir casarse, o beber, o irse de viaje, o hacer cualquier otro uso del dinero de las ventas que trunque su carrera tal como “fue”. Lo mismo, o cosas peores, pasarían con los negocios o la política o cualquier otro campo de acción. Sacaría algún provecho con sus primeras inversiones, pero muy pronto todo habría cambiado respecto de su primera pasada por el presente, ya no reconocería nada de lo que antes vivió, y no tendría ninguna ventaja relativa respecto del resto de la humanidad, o de lo que fue su vida anterior.
La conclusión es que no podría hacer nada, nada distinto de lo que hizo la primera vez, si quiere seguir reconociendo el mundo tal como fue. Ni siquiera en su vida privada, hasta en la más íntima. Debería respetarlo todo. Sería un caso de “amor fati”, amor a los hechos y a la realidad tal como fue, tal como vuelve a ser, sin el menor cambio. Amor que le cuesta caro, pues debe pagarlo viviendo por segunda vez su vida de pobreza, de errores, de frustraciones. Salvo que quizás, con su inteligencia y su sensibilidad, pueda apreciar, ya que lo está contemplando por segunda vez, el delicado mecanismo de lo real, los resortes causales infradelgados que mantienen cada cosa en su lugar del espacio y del tiempo, como un gran rompecabezas armado por manos sobrenaturales (y sin embargo, por definición, naturales). Un espectáculo nunca compensa una acción real, pero ésta quizás equivaldría a una experiencia mística.
II
Yo jamás podría ser un “dandy”, ni siquiera extendiendo a su máxima amplitud la definición del término. Me lo impediría mi desaliño, mi desinterés por la ropa, mis modales aparatosos, lo
desaforado de mi conversación, el tono patético que domina mis transacciones con el prójimo... Podría seguir.
Pero además, aunque esto parezca lo de la zorra y las uvas, no quiero serlo. No tanto porque no me gusta la actitud distanciada, cuidadosa, deliberada, en el fondo limitada, del dandy, como por un motivo muy específico, que tiene que ver con el ridículo.
El rasgo que mejor define al dandy es su evitación del ridículo. Ese es su alfa y su omega. Y yo tengo por fundamental la experiencia del ridículo; de hacerlo, no de presenciarlo o examinarlo. Le doy tanta importancia porque es la experiencia clásica, el modelo, del deseo de volver atrás en el tiempo. El que ha hecho el ridículo, y lo sabe (siempre lo sabe), no quiere otra cosa que trasladarse mágicamente atrás, al instante anterior al que dijo o hizo lo irrevocable. Hay muchas circunstancias en las que uno querría volver atrás en el tiempo; pero sólo cuando se ha caído en el ridículo, en el más atroz (siempre lo es), ese deseo se manifiesta ardiente, devorador, en la carne, a la vez que se lo sabe imposible. En otros casos puede ser un mero fantaseo, una especulación; gracias al ridículo, encarna como experiencia vital. Y el que no ha tenido esa experiencia no puede saber lo que es la literatura, al menos como yo la entiendo.
III
Un día en el cine mientras esperaba que empezara la película, dejando vagar sin rumbo el pensamiento, una jovencita descubrió que podía hablar al revés, es decir pronunciando los sonidos de una palabra del último al primero, por ejemplo “palabra-arbalap”, y una frase como “estoy en el cine” se volvía “iotse ne le enis” (pues las palabras quedaban en el orden original). Podía hacerlo sin ningún esfuerzo, muy rápido, del modo más natural. No le costaba nada. Era un don que aceptaba muy contenta, y sólo le sorprendía haber tardado tanto en descubrirlo (tenía dieciséis años). Aunque quizás no lo había tenido siempre sino que le llegaba ahora, como un cambio más de los que sobrevenían en la etapa del crecimiento. Esto era lo más probable, porque no recordaba ningún antecedente, que habría debido aparecer en algún momento de la infancia, en medio de los juegos de lenguaje tan frecuentes en los niños. Aun así, no podía evitar el sentimiento de haber nacido con el don; también era posible: había tanto que uno ignoraba de sí mismo, y que iba descubriendo poco a poco. Así sucedía con los dones, y no podía asombrarle no haber pensado antes que podía tener uno tan curioso e inútil como el de hablar al revés.
No tardó en exhibirlo ante sus compañeros de colegio y su familia. Su padre, al oírla (estaban sentados a la mesa, comiendo) le mostró que él también podía hacerlo, y a ella se le reveló que el don incluía la capacidad de entender lo que otros decían al revés. Intercambiaron unas frases con las palabras dadas vuelta, ante la perplejidad de la madre y los otros hermanos, de la madre sobre todo, ya que en más de veinte años de matrimonio nunca había sabido que su marido tuviera esa habilidad. Terminó todo en risas y admiración. No valía la pena que sus hermanos menores propusieran palabras difíciles, ella las invertía al instante, sin necesidad de pensar ni concentrarse. Querían imitarla y no podían, o podían laboriosamente, tratando, decían, de visualizar la palabra escrita y de leerla de atrás para adelante. Ella, descubriendo en ese momento la mecánica de sus inversiones, dijo que lo hacía sólo por el sonido, no como una lectura. El padre asentía, pensativo, un poco distante.
Al día siguiente, cuando la llevaba al colegio en auto, volvieron a ejercitarse en su extraño modo de hablar, más a gusto por estar solos. Pero aquí, no interrumpidos por comentarios o desafíos, la hija notó que su padre, si bien podía mantener el ritmo, no lo hacía tan bien como ella. En realidad lo hacía igual de bien, pero no con la misma naturalidad, cosa que se observaba en pequeños detalles: una pausa casi imperceptible, un sonido cambiado de lugar, el entrecejo fruncido pensando... No era tan automático como en ella. Se lo hizo notar y él la felicitó por su poder de observación. En efecto, a él no le había venido como un regalo del cielo: había tenido que aprenderlo. Lo había aprendido bien, dijo la chica. Él asintió sonriendo. Sí, lo había aprendido bien. Mejor de lo que él mismo creía: lo advertía al recuperar la habilidad después de tantos años sin practicarla. Le contó por qué había aprendido. Cuando era un adolescente, de la misma edad que su hija tenía ahora, había tenido una noviecita (se apresuró a aclarar que poco después las circunstancias los habían alejado, sin mucho drama porque esos amoríos de chicos eran superficiales y pasaban sin dejar huella, y no la había vuelto a ver ni saber nada de ella), una noviecita que tenía el don natural de hablar al revés. Para él era una magia, y con el entusiasmo y la facilidad de aprender de la juventud se había esforzado por imitarla, y lo había logrado, y durante todo un verano habían intercambiado, en esa especie de código secreto, palabras de amor, del amor puro de los niños grandes que juegan al amor, y sin saberlo aman de verdad. No se lo cuentes a tu madre, agregó: las esposas son muy susceptibles con la historia de sus maridos. ≈
César Aira es escritor. Nació en Coronel Pringles en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires. Es uno de los escritores más prolíficos de la literatura argentina. Fue traducido y editado
en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela. Lleva publicados más de sesenta libros, entre novelas, ensayos y obras de teatro. Entre los primeros libros, Ema, la cautiva (1981), La liebre (1991), y entre los últimos, Cómo me reí (2005), El pequeño monje budista (2006), Pequeño manual
de procedimentos (2007) y La vida nueva (2007).
|