E El otro día mi viejo, un tornero que habrá leído, como mucho, diez libros en toda su vida, dijo de un cuento que le mostré: “esto me interesa porque está escrito como se habla en la realidad”. Ciento cincuenta años antes, un piloto del Mississippi, llamado Samuel Langhorne Clemens, pensó lo mismo, y a la hora de plasmarlo en el papel, se impuso una consigna fundamental: escribir como se habla. De allí que su prosa se fue enriqueciendo de numerosas frases comunes, que vincularon su literatura al mundo y a la época, una literatura que, además, no se nutría de los libros, sino de aquello que hace a un escritor realmente único: su experiencia de vida. El interés por las frases comunes lo llevó a tal punto que hasta se reflejó en la firma de sus narraciones, pues dejó de lado el nombre verdadero y adoptó uno nuevo, un seudónimo particular, conocido en el mundo entero como Mark Twain, hoy sinónimo de la mejor literatura juvenil y humorística, pero que antes de sus famosas aventuras apenas sonaba en los ríos norteamericanos como una simple expresión marinera, que anunciaba dos brazas de profundidad: ¡Marca dos!
Su obra es fundacional. Un compatriota suyo, Ernest Hemingway, afirmó: “Toda la moderna literatura americana arranca de un libro de Mark Twain titulado Huckleberry Finn”.
A partir de este gran libro —observa Borges en Introducción a la Literatura Norteamericana—, que abunda en admirables evocaciones de las mañanas, de las noches y de las aterradoras riberas del río, surgieron después otros dos libros cuya línea general es la misma: Kim, de Kipling (1901), y Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes (1926). Huckleberry Finn se publicó en 1884; por primera vez un escritor norteamericano utilizaba el lenguaje de Norte América sin afectación. John Mason Brown escribió: “Huckleberry Finn enseñó a hablar a toda la novela norteamericana con frases comunes”.
Es importante diferenciar frase común de lugar común. Lo segundo tiene que ver con el sentido. Es una metáfora trillada, un cliché, una asociación previsible que, por eso, ha perdido originalidad. La frase común también se ha dicho muchas veces, pero no importa, porque no es el sentido lo que prevalece, sino el sonido, hecho quizás de muchas palabras, que el tiempo y el uso convirtieron en unidad, en algo indivisible. Si desfragmentáramos el lenguaje como lo hacemos con la información almacenada en un disco rígido, cada frase común ocuparía sólo el lugar de un cluster, no se podría partir más. Puede ser un giro, una expresión, una parte de un refrán. La frase común pertenece al habla, como el lugar común pertenece, mayormente, a la escritura. Al hablar, lo que se dice brilla o se apaga según cómo suena, y al escribir, en cambio, lo que se dice preocupa tanto, por quedar documentado, que muchos escritores se complican la vida en poder explicarlo. Sería bueno que recordaran a Mark Twain tantos “artistas” de la prosa, que todavía hoy siguen haciendo de sus escrituras parrafadas barrocas e hiperestilizadas que, salvo lectores masoquistas, nadie puede entender.≈
Juan Diego Incardona nació en Villa Celina, 1971. Publicó El ataque (Eloísa Cartonera, 2007), y relatos en las antologías No hay cuchillo sin rosas (Eloísa Cartonera, 2007), Buenos Aires Escala 1:1 (Entropía, 2007) e In Fraganti (Sudamericana, 2007). Antes de fin de año, publicará una novela breve, Objetos maravillosos, por Editorial Tamarisco, y en 2008 su novela en relatos Villa Celina, por Editorial Norma. Actualmente, dirige la revista El interpretador (www.elinterpretador.net) y administra el blog Días que se empujan en desorden.
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