Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 4, otoño de 2008

Leyendo -T

Indice

1

   

El mes de las fiestas

2

 

Epifanía del barroco

3

 

La Milla de las damas

4

 

Incendiando Madrid

5

 

Ciudades flotantes

6

 

10 x CCE.C

7

 

Encuentro con el oráculo

8

 

Pasajera en trance

9

 

Qué me importa

10

 

Contratapa


Contratapa
De la libreta del Director

El presidente y el novelista

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Centro Cultural España Córdoba

10 x CCE.C

por Federico Falco.
A diez años de la inauguración del Centro Cultural España Córdoba, un habitué repasa las políticas que convirtieron a la institución en uno de los agentes culturales más sólidos de su ciudad. Bajo la consigna general de “no bajar línea”pero con una neta actitud renovadora, el CCE.C logró instalar, desbordando los límites de su casa solariega, “una vanguardia en medio de la nada”.


LLa casa, por fuera, no dice mucho. Uno podría pasar por el frente y no reconocerla. Las rejas de las ventanas son proezas de la herrería, pero uno podría no fijarse en ellas. Dos ventanas y una puerta. Unas falsas columnas corintias a mitad de la manzana. Nada más. Tal vez ese sea uno de los motivos por el cual, después de diez años, el Centro Cultural España Córdoba sigue teniendo ese sabor a secreto, a reducto un tanto clandestino, fuera de la quietud y las normales reglas del arte y la sociedad cordobesa.

La primera vez que alguien me habló del CCE.C yo acababa de llegar a Córdoba. Tenía veinte años. No conocía a nadie. Visitaba indistintamente todos los museos, asistía a todas las actividades gratuitas. Tardé un tanto en llegar al CCE.C. La fachada de la casa no había llamado mi atención. El Centro recién inauguraba. Allí pasan cosas raras, murmuraban las vecinas mientras baldeaban las veredas. Fui una tarde, me decepcionó. Tras la puerta de doble hoja no se escondía nada escandaloso. Una casa solariega, con restos coloniales. Dos patios, un aljibe en el centro. En las paredes, expuesta, una colección de rejas de balcones. No debe haber nada más triste que esas rejas sin ventanas, me dice mucho después Pancho Marchiaro, el subdirector del Centro. Rejas que protegen ventanas cegadas. rotegen a nadie. Tanto lío para esto. Al fondo, en el segundo patio, enredaderas y árboles en el pulmón de la manzana. Más quietud. La primera impresión fue de contradicción: supuestamente allí anidaba “la movida” cordobesa, pero el lugar parecía tan calmo como el claustro del Museo San Alberto, a apenas una manzana de distancia.

Gente joven. Extraños peinados nuevos a finales de los noventa. Al parecer pasaban cosas y en Córdoba las cosas suelen pasar con retraso. La cultura cordobesa “oficial” había dormitado durante la primavera alfonsinista y durante el menemismo. Lo interesante ocurría afuera. Entonces, a alguien se le ocurre una idea genial. El cónsul español en Córdoba propone abrir un centro similar al ICI de Buenos Aires. Gustavo Santos, el secretario de Gobierno, acepta. Idean una sociedad, de una parte se hará cargo España, de otra, la Municipalidad de Córdoba. El proyecto se encamina. Marcha. No hay director. Llaman a concurso. Daniel Salzano acababa de regresar a la ciudad. Venía de un largo exilio español, conocía cómo se manejaban las políticas culturales en la península y, a su vez, nunca había perdido el contacto con Córdoba, que lo seguía considerando uno de sus hijos preferidos. Sus columnas en el diario La Voz del In erior son lo más leído del sábado, un resumen entrañable, entre cómico y nostálgico, de lo ocurrido en la semana. Salzano gana el concurso.

Lo más difícil, al principio, dice Salzano, fue encontrar la voz propia. Los más necesitados eran los más jóvenes. Eran también los más interesados y los menos lastimados, los que tenían menos facturas para pasar, dice Salzano. Los jóvenes. El elemento ideal para trabajar. El CCE.C se convirtió así en un polo de atracción que mantuvo al tanto a las nuevas generaciones de las nuevas formas de hacer arte. Y el arte de fines de los noventa venía marcado por la tecnología. Llenamos la casa de máquinas, dice Salzano. Era el camino que Europa nos estaba marcando. ¿Córdoba estaba preparada para la vanguardia? No, porque había perdido la retaguardia, dice Salzano. El España Córdoba se transformó en vanguardia en medio de la nada. Al fondo, las montañas.

Salzano habla pausado. Pareciera pensar cada frase, o haberla memorizado hace mucho y ahora sólo buscarla y pronunciarla de nuevo, en el momento justo. La frase tiene una cadencia. No es de las personas que piensan al hablar. Salzano ya tiene todo pensado desde antes y sólo se dispone a pronunciar, con cierta maestría, lo que antes guardaba para sí. Siempre nos interesó traer cosas, gente, muestras, obras que permitan ver nuevos puntos de vista. No bajar línea, dice Salzano. Mostrar lo nuevo para que después cada uno elija y construya su propio punto de vista, dice Salzano. La lista de cosas nuevas puede ser interminable si una piensa en los últimos diez años del España Córdoba.

Paso rápidamente las hojas de mi diario personal. Escribo en cuadernos espiralados. Diez años son casi trece cuadernos. De tanto en tanto aparece una entrada llamada “CCE.C.” O, simplemente, “en el España”. Anoche fui al España a ver la última obra de Camertoni. Me gustó. Anoche fui al España, tocaba una banda, no recuerdo el nombre. asé a ver la muestra del España. Está buena. A la tarde me llegué al España, la última muestra es una cagada. asé por el España y hablé con Pancho, le propuse hacer... Si me tomara el trabajo de armar un gráfico, las entradas de mi diario referidas al España aumentarían después del año dos mil y volverían a bajar después del dos mil seis. Una curva. Una etapa de coqueteos, el enamoramiento, un puro romance al que le sigue el consabido desgaste, pequeños distanciamientos, un afecto que queda pero más apaciguado, calmo. Diez años en total.

En esos diez años, géneros como la performance, la intervención urbana, el arte interactivo hicieron pie en el Centro antes que en ninguna otra institución de la ciudad. Tal vez ya sucedían en Córdoba desde hacía un buen tiempo, pero el CCE.C fue el lugar donde esos géneros —y otros—lograron ingresar al área de lo institucionalizado.

Los movimientos del CCE.C siempre tuvieron esa particularidad. En pocos años la institución se posicionó como uno de los agen tes culturales más sólidos de la ciudad. Ciertas cosas eran atraídas hacia el Centro. Cosas que nadie más atraía y que, a su vez, el resto de los agentes de la cultura casi podían llegar a desdeñar. El España Córdoba era un imán. Reprocesó lo que ya se daba en las calles y, de alguna manera, lo institucionalizó. Sólo en pocas ocasiones este tipo de acciones degeneró en un movimiento similar al de la museificación de las vanguardias. La política del Centro se guardó muy bien de caminar por esa delgada línea entre lo independiente y lo estatal. Conocen su poder de agenda y lo miden con maestría.

Aunque es lo último que el visitante ve, el patio del España Córdoba es el corazón de la casa. Imposible enumerar la cantidad de cosas vividas entre esos árboles. En invierno, o cuando el foco de las actividades pasa por el auditorio o la sala de exposiciones, el patio es el refugio al cual fugarse para charlar en paz, o para descansar, o para leer en medio del ajetreo, o para fumar. ero ni bien despunta la pri mavera, el patio se enciende. Desde obras de teatro hasta conferencias. Sobre todo, los encuentros del ciclo “Letra y música”, quietos y tranquilos. Cuando la cantidad de sillas se veía rebasada, la gente se sentaba en el piso. Un poeta leía. Un músico (o una banda) que nunca antes había estado en contacto con el poeta, tocaba. No eran dos cosas intercaladas. Eran dos cosas diferentes, unidas y transformadas en una nueva, especial, que sólo existía por una noche, al pie de los árboles, en el corazón del España.

Si algo caracterizó al España todos estos años es su papelería, sus modos de difusión. En el logo del Centro hay un toro de lidia español y una vaca (holando) argentina. Ambos al mismo nivel. Dialogando. ¿Besándose? Le pregunto a Pancho de quién fue la idea. Al parecer, hay varios que la defienden como propia. No importa. Es una idea genial. Desde el principio ése fue uno de los rasgos del España: la osadía, el desenfado, el animarse a hacer cosas que nadie más haría. Una especie de locura controlada y en buenas manos.

Pancho Marchiaro trabajó en el España desde el primer día. Al principio, según él mismo cuenta, era un pinche. Entonces tenía veintiún años. Ahora es el subdirector. Hubo un día en que Pancho se convirtió en mi ídolo personal. Junto a un grupo de personas habíamos hecho una clínica interdisciplinaria con el poeta Arturo Carrera. De ahí surgió la idea.

Una intervención urbana pero no sobre la ciudad misma sino sobre uno de sus soportes mediáticos: los clasificados del diario. La idea era un delirio irrealizable. Había que convencer al diario de que nos dejara publicar (gratis) ocho poemas diarios, entremezclados con el resto de los avisos. Se lo contamos a Pancho. Pancho dijo se puede hacer. Déjenme a mí. Si algo sé es que, para esa obra (que se llamó Troquel) todos trabajamos muchísimo. Pero ancho Marchiaro se llevó el premio a la gestión. Ese día entendí qué era un gestor cultural. ancho no preguntó sobre los significados implícitos de la intervención, sobre qué queríamos decir, sobre por qué lo hacíamos. ancho confió en nosotros como artistas y mantuvo reuniones, tomó café y habló por teléfono con la gente con la que lo debía hacer, hasta concretar la idea.

En Córdoba, el Centro Cultural España Córdoba es el lugar donde uno se siente tratado como un profesional. Eso es lo que me quedó claro después de ver a ancho trabajar. Si se convirtió en mi ídolo es, simplemente, porque no hay muchos otros lugares donde se pueda trabajar como un profesional.

En todos estos años, el staff del Centro se fue renovando. Fue cambiando. Igual que su público. Salzano calcula que por el Centro ya pasó una generación de cordobeses. Me animo a decir que está equivocado. Cuando empecé a trabajar con el Centro, cuando acerqué mis primeros proyectos, por ahí ya había pasado una generación. Gente más grande que ya no estaba. Algunos se habían ido a estudiar/trabajar fuera del país. Otros a Buenos Aires. Otros habían abandonado el arte y se transformaron en oficinistas. or un par de años, la gente de mi generación copó el Centro. Uno se sentía algo así como el recambio. Hasta que también llegó el momento de irse, de alejarse. Ahora el público del Centro son mis alumnos.

Doy clases de Arte Contemporáneo en la carrera de Comunicación Audiovisual de una universidad privada. En la primera clase, suelo mostrar el urinario de Marcel Duchamp. Antes, mis alumnos se escandalizaban. Ahora, las nuevas camadas lo miran con indiferencia. En ningún momento dudan de si eso es arte. Y todos preguntan si conozco el España Córdoba. Ellos son asiduos. Algunos trabajan o trabajaron allí como pasantes. Otros tienen amigos que mostraron en el Centro, otros tienen enemigos que mostraron en el Centro. En diez años, el CCE.C se transformó en el equivalente cordobés de una pieza clave de la vanguardia del siglo XX. ara algunos es motivo de escándalo. Otros todavía lo consideran algo marginal. Otros, cada día más, dan por sentado que el España es ineludible a la hora de entender la cultura cordobesa. ≈


Federico Falco nació en General Cabrera (Córdoba en 1977). Es escritor, docente y video artista. Publicó los libros de cuentos 222 patitos (La Creciente, 2004), 00 (Alción, 2004) y El pelo de la Virgen (Tamarisco, 2007) Participó en las antologías La joven guardia, nueva narrativa argentina (Norma, 2005) e In Fraganti (Mondadori, 2007), entre otras.


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