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\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
Centro Cultural España Córdoba
10 x CCE.C
por Federico Falco.
A diez años de la inauguración del Centro Cultural España Córdoba,
un habitué repasa las políticas que convirtieron a la institución
en uno de los agentes culturales más sólidos de su ciudad. Bajo
la consigna general de “no bajar línea”pero con una neta actitud
renovadora, el CCE.C logró instalar, desbordando los límites de
su casa solariega, “una vanguardia en medio de la nada”.
LLa casa, por fuera, no dice mucho. Uno podría
pasar por el frente y no reconocerla. Las rejas
de las ventanas son proezas de la herrería,
pero uno podría no fijarse en ellas. Dos ventanas
y una puerta. Unas falsas columnas
corintias a mitad de la manzana. Nada más.
Tal vez ese sea uno de los motivos por el
cual, después de diez años, el Centro Cultural
España Córdoba sigue teniendo ese sabor
a secreto, a reducto un tanto clandestino, fuera
de la quietud y las normales reglas del arte y la
sociedad cordobesa.
La primera vez que alguien me habló del
CCE.C yo acababa de llegar a Córdoba. Tenía
veinte años. No conocía a nadie. Visitaba
indistintamente todos los museos, asistía a
todas las actividades gratuitas. Tardé un tanto
en llegar al CCE.C. La fachada de la casa no
había llamado mi atención. El Centro recién
inauguraba. Allí pasan cosas raras, murmuraban
las vecinas mientras baldeaban las veredas. Fui una tarde, me decepcionó. Tras la puerta de
doble hoja no se escondía nada escandaloso.
Una casa solariega, con restos coloniales. Dos
patios, un aljibe en el centro. En las paredes,
expuesta, una colección de rejas de balcones.
No debe haber nada más triste que esas rejas
sin ventanas, me dice mucho después Pancho
Marchiaro, el subdirector del Centro.
Rejas que protegen ventanas cegadas. rotegen
a nadie. Tanto lío para esto. Al fondo, en
el segundo patio, enredaderas y árboles en el
pulmón de la manzana. Más quietud. La primera
impresión fue de contradicción: supuestamente
allí anidaba “la movida” cordobesa,
pero el lugar parecía tan calmo como el claustro
del Museo San Alberto, a apenas una
manzana de distancia.
Gente joven. Extraños peinados nuevos a
finales de los noventa. Al parecer pasaban
cosas y en Córdoba las cosas suelen pasar con
retraso. La cultura cordobesa “oficial” había
dormitado durante la primavera alfonsinista y
durante el menemismo. Lo interesante ocurría
afuera. Entonces, a alguien se le ocurre una
idea genial. El cónsul español en Córdoba
propone abrir un centro similar al ICI de Buenos
Aires. Gustavo Santos, el secretario de
Gobierno, acepta. Idean una sociedad, de una
parte se hará cargo España, de otra, la Municipalidad
de Córdoba. El proyecto se encamina.
Marcha. No hay director. Llaman a concurso.
Daniel Salzano acababa de regresar a la
ciudad. Venía de un largo exilio español, conocía
cómo se manejaban las políticas culturales
en la península y, a su vez, nunca había perdido
el contacto con Córdoba, que lo seguía considerando
uno de sus hijos preferidos. Sus
columnas en el diario La Voz del In erior son lo
más leído del sábado, un resumen entrañable,
entre cómico y nostálgico, de lo ocurrido en la
semana. Salzano gana el concurso.
Lo más difícil, al principio, dice Salzano,
fue encontrar la voz propia. Los más necesitados
eran los más jóvenes. Eran también los
más interesados y los menos lastimados, los
que tenían menos facturas para pasar, dice Salzano.
Los jóvenes. El elemento ideal para trabajar.
El CCE.C se convirtió así en un polo de
atracción que mantuvo al tanto a las nuevas
generaciones de las nuevas formas de hacer
arte. Y el arte de fines de los noventa venía
marcado por la tecnología. Llenamos la casa
de máquinas, dice Salzano. Era el camino que
Europa nos estaba marcando. ¿Córdoba estaba
preparada para la vanguardia? No, porque había
perdido la retaguardia, dice Salzano. El España
Córdoba se transformó en vanguardia en medio
de la nada. Al fondo, las montañas.
Salzano habla pausado. Pareciera pensar
cada frase, o haberla memorizado hace mucho
y ahora sólo buscarla y pronunciarla de nuevo,
en el momento justo. La frase tiene una cadencia.
No es de las personas que piensan al
hablar. Salzano ya tiene todo pensado desde
antes y sólo se dispone a pronunciar, con cierta
maestría, lo que antes guardaba para sí.
Siempre nos interesó traer cosas, gente,
muestras, obras que permitan ver nuevos puntos
de vista. No bajar línea, dice Salzano. Mostrar
lo nuevo para que después cada uno elija
y construya su propio punto de vista, dice Salzano.
La lista de cosas nuevas puede ser interminable
si una piensa en los últimos diez años
del España Córdoba.
Paso rápidamente las hojas de mi diario
personal. Escribo en cuadernos espiralados.
Diez años son casi trece cuadernos. De tanto
en tanto aparece una entrada llamada “CCE.C.”
O, simplemente, “en el España”. Anoche fui al
España a ver la última obra de Camertoni.
Me gustó. Anoche fui al España, tocaba una
banda, no recuerdo el nombre. asé a ver la
muestra del España. Está buena. A la tarde
me llegué al España, la última muestra es una
cagada. asé por el España y hablé con Pancho,
le propuse hacer... Si me tomara el trabajo de
armar un gráfico, las entradas de mi diario
referidas al España aumentarían después del
año dos mil y volverían a bajar después del
dos mil seis. Una curva. Una etapa de coqueteos,
el enamoramiento, un puro romance al
que le sigue el consabido desgaste, pequeños
distanciamientos, un afecto que queda pero
más apaciguado, calmo. Diez años en total.
En esos diez años, géneros como la performance,
la intervención urbana, el arte interactivo
hicieron pie en el Centro antes que en
ninguna otra institución de la ciudad. Tal vez
ya sucedían en Córdoba desde hacía un buen
tiempo, pero el CCE.C fue el lugar donde esos
géneros —y otros—lograron ingresar al área de
lo institucionalizado.
Los movimientos del CCE.C siempre tuvieron esa particularidad. En pocos años la institución
se posicionó como uno de los agen
tes culturales más sólidos de la ciudad. Ciertas
cosas eran atraídas hacia el Centro. Cosas
que nadie más atraía y que, a su vez, el resto
de los agentes de la cultura casi podían llegar
a desdeñar. El España Córdoba era un imán.
Reprocesó lo que ya se daba en las calles y, de
alguna manera, lo institucionalizó. Sólo en
pocas ocasiones este tipo de acciones degeneró
en un movimiento similar al de la museificación
de las vanguardias. La política del Centro
se guardó muy bien de caminar por esa
delgada línea entre lo independiente y lo estatal.
Conocen su poder de agenda y lo miden
con maestría.
Aunque es lo último que el visitante ve, el
patio del España Córdoba es el corazón de la
casa. Imposible enumerar la cantidad de cosas vividas entre esos árboles. En invierno, o
cuando el foco de las actividades pasa por el
auditorio o la sala de exposiciones, el patio es
el refugio al cual fugarse para charlar en paz, o
para descansar, o para leer en medio del ajetreo,
o para fumar. ero ni bien despunta la pri
mavera, el patio se enciende. Desde obras de
teatro hasta conferencias. Sobre todo, los
encuentros del ciclo “Letra y música”, quietos
y tranquilos. Cuando la cantidad de sillas se
veía rebasada, la gente se sentaba en el piso.
Un poeta leía. Un músico (o una banda) que
nunca antes había estado en contacto con el
poeta, tocaba. No eran dos cosas intercaladas.
Eran dos cosas diferentes, unidas y transformadas
en una nueva, especial, que sólo
existía por una noche, al pie de los árboles, en
el corazón del España.
Si algo caracterizó al España todos estos años es su papelería, sus modos de difusión.
En el logo del Centro hay un toro de lidia
español y una vaca (holando) argentina.
Ambos al mismo nivel. Dialogando. ¿Besándose?
Le pregunto a Pancho de quién fue la
idea. Al parecer, hay varios que la defienden
como propia. No importa. Es una idea genial.
Desde el principio ése fue uno de los rasgos del
España: la osadía, el desenfado, el animarse a
hacer cosas que nadie más haría. Una especie
de locura controlada y en buenas manos.
Pancho Marchiaro trabajó en el España
desde el primer día. Al principio, según él
mismo cuenta, era un pinche. Entonces tenía
veintiún años. Ahora es el subdirector. Hubo
un día en que Pancho se convirtió en mi ídolo
personal. Junto a un grupo de personas habíamos
hecho una clínica interdisciplinaria con
el poeta Arturo Carrera. De ahí surgió la idea.
Una intervención urbana pero no sobre la ciudad
misma sino sobre uno de sus soportes
mediáticos: los clasificados del diario. La idea
era un delirio irrealizable. Había que convencer
al diario de que nos dejara publicar (gratis)
ocho poemas diarios, entremezclados con el
resto de los avisos. Se lo contamos a Pancho.
Pancho dijo se puede hacer. Déjenme a mí. Si
algo sé es que, para esa obra (que se llamó
Troquel) todos trabajamos muchísimo. Pero
ancho Marchiaro se llevó el premio a la gestión.
Ese día entendí qué era un gestor cultural.
ancho no preguntó sobre los significados
implícitos de la intervención, sobre qué queríamos
decir, sobre por qué lo hacíamos. ancho
confió en nosotros como artistas y mantuvo
reuniones, tomó café y habló por teléfono con
la gente con la que lo debía hacer, hasta concretar
la idea.
En Córdoba, el Centro Cultural España
Córdoba es el lugar donde uno se siente tratado
como un profesional. Eso es lo que me quedó
claro después de ver a ancho trabajar. Si se
convirtió en mi ídolo es, simplemente, porque
no hay muchos otros lugares donde se pueda
trabajar como un profesional.
En todos estos años, el staff del Centro se
fue renovando. Fue cambiando. Igual que su
público. Salzano calcula que por el Centro ya
pasó una generación de cordobeses. Me animo
a decir que está equivocado. Cuando empecé
a trabajar con el Centro, cuando acerqué mis
primeros proyectos, por ahí ya había pasado
una generación. Gente más grande que ya no
estaba. Algunos se habían ido a estudiar/trabajar
fuera del país. Otros a Buenos Aires.
Otros habían abandonado el arte y se transformaron
en oficinistas. or un par de años, la
gente de mi generación copó el Centro. Uno se
sentía algo así como el recambio. Hasta que
también llegó el momento de irse, de alejarse.
Ahora el público del Centro son mis
alumnos.
Doy clases de Arte Contemporáneo en la
carrera de Comunicación Audiovisual de una
universidad privada. En la primera clase, suelo
mostrar el urinario de Marcel Duchamp.
Antes, mis alumnos se escandalizaban. Ahora,
las nuevas camadas lo miran con indiferencia.
En ningún momento dudan de si eso es arte. Y
todos preguntan si conozco el España Córdoba.
Ellos son asiduos. Algunos trabajan o
trabajaron allí como pasantes. Otros tienen
amigos que mostraron en el Centro, otros tienen
enemigos que mostraron en el Centro.
En diez años, el CCE.C se transformó en el
equivalente cordobés de una pieza clave de la
vanguardia del siglo XX. ara algunos es
motivo de escándalo. Otros todavía lo consideran
algo marginal. Otros, cada día más, dan
por sentado que el España es ineludible a la
hora de entender la cultura cordobesa. ≈
Federico Falco nació en
General Cabrera
(Córdoba en 1977).
Es escritor, docente y
video artista. Publicó
los libros de cuentos 222 patitos (La
Creciente, 2004),
00 (Alción, 2004)
y El pelo de la Virgen
(Tamarisco, 2007)
Participó en las
antologías La joven
guardia, nueva
narrativa argentina (Norma, 2005) e In
Fraganti (Mondadori,
2007), entre otras.
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