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\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
Arte-arquitectura
Ciudades flotantes
por Cecilia Vallina:
Lejos de los relatos de ciudades utópicas, que detallaban la representación
de un mundo organizado en el cual se consideraban todo y cada unos de los
conflictos comunitarios, el artista plástico y arquitecto Tomás Saraceno
produce artefactos imperfectos que no prometen el fin de las pasiones sino,
apenas, experimentar cómo sería la vida en el aire.
"L “La Geografía de la Percepción, conocida
también como Geografía de la Subjetividad,
nació allá por los ’60 para denunciar el
esquematismo de los modelos disciplinares
en los que la localización espacial de las
actividades en el territorio está dominada
por una perfecta racionalidad económica
del hombre. Pero fueron los mismos geógrafos
quienes advirtieron que determinados
elementos del paisaje urbano, como los
bordes o las líneas de separación, las sendas, los nodos, ciertos hitos, cobran un
valor diferencial en la configuración subjetiva
que los ciudadanos poseen del espacio
en el que habitan.
Quizás porque Tomás Saraceno ideó, a lo
largo de su vida, su propia superficie de percepción,
una nueva ciudad poblada de las
marcas que recogió en todas aquellas en las
que vivió y aprendió —desde Tucumán don
de nació en 1973, hasta las que conoció en
Italia donde vivió cuando sus padres se exiliaron,
las de clima seco en San Luis por las
que pasó, o las húmedas como Buenos Aires
donde se recibió de arquitecto en la UBA, o
las más frías de Alemania, como Frankfurt,
donde vive y trabaja ahora— le resulta familiar
hablar y dar forma a su proyecto “ciudades
flotantes”.
Es correcto decir que Saraceno trabaja en
sus obras un cruce entre arte y arquitectura.
No es un fenómeno nuevo y el fracaso del
proyecto utópico de la arquitectura moderna
cuenta ya con una larga tradición. Pero
Saraceno no se deja atrapar tan fácil. Sus
obras no le rinden pleitesía a ningún municipio
para subir el valor simbólico de su
imagen internacional y, por lo tanto, su
cotización como metrópoli en la que invertir
y hacer buenos negocios. Sus estructuras
moleculares, sus globos, sus formas plateadas
o transparentes movidas por la energía
del sol son objetos bellos que viajan por el
cielo con la aspiración de ser algo más de lo
que son ser, algún día, ciudades flotantes
en las que las personas puedan vivir. No
habitan aquí las viejas ambiciones moder
nas, no hay afán de permanencia, hambre
de monumento, aspiración de irrepetibilidad.
Las patentes que crea Saraceno quedan
liberadas después de un tiempo determinado
para que otros las puedan usar sin auto
rización. Pero, sin embargo, sus obras se
ubican más allá del mero cruce de disciplinas,
de saberes que se expanden hasta cruzar
límites ajenos.
Porque lo que Saraceno construye son
artefactos paraarquitectónicos elaborados
para dar cabida a nuevas situaciones sociales,
o, mejor, a “nuevas formas de sociabilidad”.
Artefactos construidos con el rigor del
cálculo matemático que exige cualquier
aparato que pretenda sostenerse en el aire,
impulsados por estímulos “neosituacionistas”
que permitan la deriva y la sorpresa sin
otro rumbo que el de la construcción abierta
y comunitaria. Un espacio habitable y disponible para ser ocupado por una nueva forma de vivir que no comienza en un futuro
utópico sino en el presente de la experiencia,
en el único tiempo que puede mar
car nuevos sentidos a la vida. Las obras de
Saraceno, concebidas como piezas de su
proyecto de creación de una comunidad
aérea, son On air, una instalación inflable
de tres pisos que se puede escalar y se asemeja
a una vivienda que puede volar y
albergar a muchos, se presentó en la 27º
Bienal de San Pablo, convocada bajo el lema
“Como vivir juntos”, nombre tomado de un
seminario de oland Barthes de 1977; On
water, un lago flotante sobre una superficie
transparente, prototipo de almacenamiento
del agua de la lluvia que habrá de abastecer a
los ciudadanos aeronautas; Flying Gardens ,
jardines adaptados para la habitabilidad
humana y para la germinación de un tipo
peculiar de planta sin raíces; Solar machine,
globos que elevan a pasajeros utilizando la
energía solar como combustible; y Air Port
Citys, plataformas globulares flotantes y
habitables que se unirían o se dividirían formando metrópolis nómades y cambiantes en las que no imperarían las fronteras
políticas, culturales o geográficas y en las
que regiría la legislación internacional.
Todas ellas fueron exhibidas en los centros
neurálgicos en los que se testean las más
sutiles vibraciones del arte contemporáneo
y, todas ellas, vuelven a poner en escena un
nuevo modo de conquista del espacio pero
ya no como un tema de la literatura de cien
cia ficción o de la carrera armamentística o
como misión de avanzada para clonar la
Tierra más allá de la Tierra, sino como la
necesidad de inventar, junto con la obra, el espacio que la circunda y el horizonte de
existencia que traería esa nueva vida en
común, esta vez, en el aire.
Gyula Kosice, el inspirador de Saraceno,
se había atrevido en su doble carácter de
artista —fue uno de los fundadores del
movimiento Madí en el que reclamaba
ambientes y formas móviles y desplazables—
y arquitecto a proclamar en el
Manifiesto de la Ciudad Hidroespacial, en
el ’71, “la construcción del habitat humano,
ocupando realmente el espacio a mil o mil
quinientos metros de altura, en ciudades
concebidas adhoc, con un previo sentimiento
de coexistir y otro diferenciado
‘modus vivendi’. La arquitectura ha depen
dido del suelo y las leyes gravídicas. Dichas
leyes pueden ser utilizadas científicamente
para que la vivienda hidroespacial pueda ser
una realidad”.
Las casas espaciales que Kosice construía
a fines de los sesenta con plexiglas,
transparentes y semiovaladas birlo en el sistema de las obras de arte que
se alinean en la corriente que el crítico fran
cés Nicolás Bourriaud denomina “estética
relacional”. Como en Air Port Citys, una obra
sobre la cual Saraceno advierte que “no se
trata tan sólo de estructuras dinámicas físicas
sino también de un pensamiento que
rompe con las estructuras culturales, sociales,
políticas o legales establecidas para
reconvertirlas en nuevos planteamientos
considerados por muchos como utópicos”. 2. Más sobre
las casas espaciales de Kosice>
Globos movidos por la energía del sol,
objetos que viajan por el cielo y que aspiran
a ser, algún día, algo más de lo que son:
lugares donde la gente pueda vivir
Sincronizados a la perfección, quizás
porque ambos habitan en el hemisferio
norte, Saraceno en Alemania y Bourriaud
en Francia, y ambos circulan por los mis
mos circuitos de exhibición y de crítica, el
francés había escrito en su libro dedicado a
describir la estética relacional “El combate
por la modernidad se lleva adelante en los
mismos términos que ayer, salvo que la van
guardia ya no va abriendo caminos, la tropa
se ha detenido, temerosa, alrededor de un
campamento de certezas. El arte tenía que
preparar o anunciar un mundo futuro hoy
modela universos posibles”.
¿Ex mundos futuros contra universos
posibles? La paradoja de las obras de Saraceno
quizás radique en la mezcla de ambos
paradigmas. Hay en sus estructuras flotantes que admiten el encastre infinito, en sus
globos que vuelan movidos por la energía
solar, en sus jardines aéreos por los que
corre el agua suspendida en el cielo, tanto ge la idea pos de la estética relacional de
“cómo habitar el mundo dentro de lo real
existente”, donde lo real ya existente aparece
subrayado con fuerza, e incorpora el problema
de cómo vivir en común característico de
esta corriente, sus obras no existen sin que
él las conciba, las calcule y las pese antes de
proyectarlas y elevarlas en el aire. Las obras
de Saraceno no son un real ya existente.
Punto fundamental que vuelve obsoletos
los principios posmodernos que sostienen
que aquel que postula universos posibles no
propone mundos futuros. “Hace más de un
año, —afirma Sarraceno respecto de su
obra— con la ayuda de ingenieros y abogados,
aproveché la aplicación de un nuevo
material, denominado aerogel, a vehículos
para que fueran más ligeros que el aire.
Estos vehículos necesitan un gas menos
pesado que el aire para elevarse helio,
hidrógeno, aire caliente o una mezcla de
estos o de otros. El uso de aerogel da a estos
automóviles la posibilidad de volar sólo con
energía solar y los convierte en la alternativa
más eficiente para nuestra futura movilidad
y para una posible colonización del cielo.
Ya no necesitaríamos más aeropuertos, la
polución del aire se acabaría; serían alternativas
eficientes para los nuevos satélites y
surgirían nuevas posibilidades para comunicarnos”.
Una descripción del aspecto
material de un proyecto que aspira a dejar
atrás la trama de las relaciones sociales pro
poniendo, en principio, un pacto ético por
el cual todo conflicto social quedaría anclado
en la tierra.
Quizás seria interesante que Saraceno
sumara a sus investigaciones —que abarcan
desde la resistencia y el peso de materiales
como el aerogel, a partir de los cuales sería
posible pensar el desarrollo de estructuras
habitables suspendidas en el cielo, hasta las
posibilidades de sobrevivir en una ciudad
flotante de la “tillandsia”, una planta conocida
como “clavel del aire”, debido a que sus
requerimientos de agua son mínimos y, sin
raíces, son capaces de absorber gotas de niebla
o de lluvia para cubrir su necesidad de
nutrientes—el pensamiento de cientistas
sociales que le aportaran una plataforma
más desarrollada para “la vida en común”
que propone al autor. Tal vez se trate menos
del sueño utópico del oland Barthes que,
en Cómo vivir juntos, propone un ideal de
comunidad humana organizada por una
lengua capaz de procesar diferencias, deseos
y desigualdades regida sólo por el sueño
común del “bien vivir” pero que mira más a
los antiguos y su vidas comunitarias entre
iguales de las que estaría erradicada la violencia
al estar suspendida la contradicción,
que del concepto incorporado por el geógrafo
marxista David Harvey de “espacios de
esperanza” que comparte con Saraceno, al
menos en su base, la idea de combinar en un
mismo ámbito comunidad y diferencia sin
que se excluyan. Porque mientras Saraceno
propone para el aire ciudades sin fronteras políticas, culturales ni, por supuesto, geográficas,
Harvey, desde la tierra entiende que
es necesario torcer la idea de que vivir en
comunidad es vivir entre iguales sin conflictos.
Lo que Harvey ve en tierra, por ejemplo,
en asentamientos de población pobre en
Asia, en el movimiento de campesinos en
Brasil o en muchas comunidades vecinales
que tratan de mejorar las formas de vida en
las ciudades con diferentes maneras de hacer
las cosas, es precisamente la creación de
“espacios de esperanza”. “La gente tiene que
vivir, y si no pueden vivir en Manhattan o en
los barrios ricos de Madrid tiene que buscar
otros lugares. Este no es el tipo de urbanismo
que queremos; queremos algo diferente, que
congregue a la gente en lugar de segregarla,
que es en realidad lo que ha estado pasando
en estos últimos treinta años”, dice Harvey
para explicar su concepto.
“Air Port Citys es como un aeropuerto
volante tendrás la capacidad de viajar legal
mente en cualquier parte del mundo con las
ventajas de la regulación de los aeropuertos.
El hecho de trabajar con estas estructuras
quiere ser una respuesta a las restricciones
políticas, sociales, culturales y militares que
son aceptadas actualmente en un esfuerzo
por establecer nuevos conceptos de sinergia.
Todo se movería mucho más fácilmente,
creando relaciones e interrelaciones continuas
y más rápidas, y teniendo la posibilidad
de escoger las condiciones de vida y los
climas preferidos. Serían como entidades
en un permanente estado de transformación,
similares a las ciudades nómadas. Air Port Citys es como una inmensa estructura
sintética que trabaja para conseguir
una transformación económica real. Ir de
una creencia personal a una colectiva es el
primer paso para la realización de esta
idea” explica Sarraceno.
Air Port Citys parece guardar alguna
correspondencia con “Edilia”, un ejercicio
de imaginación utópica presente en el último
capítulo de Espacios de Esperanza en el
que Harvey esboza una posible sociedad
postcapitalista en cual las técnicas infor
máticas contemporáneas utilizadas para los
intercambios mercantiles impulsarían for
mas distintas de organización social y política.
Si “Edilia”, desde las ciencias sociales,
propone la creación de nuevos espacios de
sociabilidad a partir de las tecnologías de la
información y de la comunicación, Air Port
Citys experimenta nuevas formas de relación,
de intercambio social, características
de la estética relacional pero a la que de
inmediato desestabiliza al desplegar su obra
en un nuevo espacio ético-estético y no en el
real ya existente. Sin nostalgias por la armonía
perdida ni ansiedad por sostener una
esperanza de largo aliento, Saraceno diseña
la ciudad voladora. Una galería de imágenes
que bien podrían haber sido la fábula compartida
de una de esas vanguardias que
enseñaron a inventar mundos y, sobre todo,
invitaron a convertir la existencia en arte. ≈
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