| |
\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
Contratapa
La columna del director:
El presidente y el novelista
por Martín Prieto.
EEl Presidente —aunque ya no es presidente,
no se sabe si por protocolo, cortesía o
admiración, todos lo llaman “presidente”,
sentado en el patio, parece poner en foco su
mirada por primera vez después de un rato
y pregunta de qué año son los túneles y qué cosas eran las que se hacían allí. El funcionario —un traje de media estación con el que
tira todo el año, contando con que los inviernos no son tan fríos, los veranos no tan calientes y, sobre todo, con que los interlocutores sean siempre diferentes— da las explicaciones que la rutina le enseñó (túneles como silos, transporte de granos, “de cuando la Argentina era el granero del mundo”), pero ya sabe que el Presidente no lo escucha. Que tiene, otra vez, los ojos apagados, que piensa en otra cosa o que tal vez
no piensa en nada. Al funcionario le cuesta
escuchar cómo rebotan sus palabras dentro
de su cabeza: odia sus palabras, odia su
voz, o por lo menos la odia cuando la escucha:
como si fuera la voz de un muñeco,
que a la vez es él. El funcionario odia a su
muñeco. El Presidente, pero dirigiéndose
al novelista, que está sentado al lado —un
paradójico dandy grave, de mal humor—se
pregunta (y entonces tal vez estaba escuchando)
cómo es que las ciudades se empecinan
en vivir de espaldas al río o aún, de
espaldas al mar. Habla de la vieja Barcelona.
El novelista asiente, pero no dice nada. Y el
funcionario —que siente horror al vacío,
tanto que prefiere taparlo con el sonido
horrible de su voz, de la voz de su muñeco— improvisa entonces que es porque a ninguna
ciudad le gusta reconocerse en sus
bajos fondos y que es recién cuando se desvincula
la costa del mundo del trabajo y de
todo lo que segrega el mundo del trabajo, presidente
novelista cuando las ciudades vuelven su vista al río o
al mar.
El novelista sonríe: como si la hipótesis
hubiese tenido algo de verdad y algo de
garbo. El funcionario —pero no exactamente
el funcionario, sino el escritor que alguna
vez fue o quiso ser el funcionario, entonces,
mejor dicho, el cadáver del escritor que
fue o quiso ser el funcionario y que ahora
mora en alguna parte de su mente y de su
cuerpo— se pone contento: hace treinta
años hubiera dado una mano por la aprobación
de una frase o de un verso suyo por
parte del novelista. De ese o de cualquiera de
los otros tres o cuatro que formaban entonces,
todavía, más de quince años después de
su fundación, el club más selecto y popular
de la literatura de la parte del mundo donde
se escribía y se hablaba en español. Ése, por
otra parte, el cadáver del escritor, fue el que
habló a través del funcionario cuando el
novelista, flanqueado por el embajador y
por su diligente anfitrión, llegaba a los
modestos dominios que administraba el
funcionario. “Es un honor”, dijo el cadáver
del escritor, a través de la voz del funcionario.
Y el novelista, que sólo pudo ver al funcionario
mal entrazado, un notorio tercera
línea de una ciudad a la que tal vez no fuera
a volver en toda su vida y convencido —¿por
qué, después de todo?— de que dentro de
ese no había no digamos ya un escritor, ni
el cadáver de un escritor, sino, siquiera,
un anónimo lector capaz de haber sentido
alguna vez la música de las estrellas al leer
alguna, cualquiera de sus novelas de antes —esa deprimente sensación del funcionario,
cuando era un escritor: que los grandes
escritores lo son cuando, precisamente, aún
no lo son— sonrió con indiferencia y, sin
decir palabra ni aflojar su paso decidido,
siguió su camino.
Epifanía del barroco
1. El zorro de arriba y el zorro de abajo
por José María Arguedas.
U Un retrato al óleo del Che Guevara medio que presidía la oficina del padre Cardozo.
Otros cuadros más adornaban el despacho, entre ellos la figura de una
vieja vestida de mestiza, agobiada por el cansancio. Tenía toda la traza de haber
sido copiada de alguna fotografía. Maxwell y Ramírez se fijaron que debajo del Che
colgaba otro cuadro, un Cristo desigual pintado en una hoja grande de papel, forrado
en naylon. Había sido pintado con lápicescera escolares. El rostro del Cristo
aparecía muy indianizado por el color, la forma de los ojos, que eran unas rayas
negras oblicuas hechas a tinta, y por un loro azul dibujado a un costado del cuerpo,
junto a la herida.
De El zorro de arriba y el zorro de abajo (Buenos Aires, Editorial Losada, 1971).
Ciudades flotantes
2. Las casas espaciales
Arriba: Viviendas hidroespaciales en la constelación de Yael , 1970. Abajo: Ciudades hidroespaciales y Estructura de las Ciudades hidroespaciales
por Gyula Kosice.
S Sí, dentro de un espacio, pero ocupando el espacio-tiempo con todos sus atributos.
Y no como una alteración de la aventura humana sino como una explicable
necesidad que emite nuestra condición humana.
Probablemente aparecerán otros condicionamientos pero en la ciudad hidroespacial
nos proponemos destruir la angustia y las enfermedades, revalorizar el
amor, los recreos de la inteligencia, el humor, el esparcimiento lúdico, los deportes,
los júbilos indefinidos, las posibilidades mentales hasta ahora no exploradas,
la abolición de los límites geográficos y del pensamiento. ¿Idealismo utópico? En
absoluto. Los que no creen en su factibilidad es porque siguen aferrados a la
caverna, a las guerras y diluvios. Por lo tanto disolver el arte en la vivienda y en la
vida misma es preanunciar síntesis e integración.
En la célula hidroespacial el hidrociudadano en su pluralidad inventa no solamente
su arquitectura, nombra y elige sitios y lugares para vivir, que podrán o no
acoplarse a miles de viviendas, plataformas y accesos suspendidos en el espacio.
Hidroespacializar, aterrizar, amerizar, alunizar, venusizar, tender posteriormente
conexiones galácticas e interplanetarias atravesando los años luz, serán alternativas
multiopcionales. Habrá lugares para tener ganas, para no merecer los
trabajos del día y la noche, para alargar la vida y corregir la improvisación, para olvidar
el olvido, para disolver el estupor del por qué y para qué y tantos otros lugares
como nuestra inagotable imaginación amplifique y conciba.
De La ciudad hidroespacial (Buenos Aires, 1971).
Milton Glaser: Greatest hits album / Dylan
Encuentro con el oráculo
3. No lo pienses dos veces, está bien así
por Bob Dylan.
N No lo pienses dos veces, está bien así
No tiene sentido sentarse y preguntarse por qué, nena.
De todos modos, no importa.
Y si a esta altura no lo sabés,
no tiene sentido sentarse y preguntarse por qué.
Cuando cante el gallo al romper el alba
y te asomes a la ventana ya me habré ido.
Vos sos la razón de mi viaje.
No lo pienses dos veces, está bien así.
No tiene sentido que prendas la luz, nena.
Esa luz que nunca conocí.
Ahora estoy en el lado oscuro del camino,
así que no tiene sentido que prendas la luz.
Aún quisiera que hubiese algo que puedas hacer o decir,
algo que puedas intentar para hacer que cambie de idea y me quede.
Pero nunca hablamos demasiado, de todos modos.
Así que no lo pienses dos veces, está bien así.
No tiene sentido que digas mi nombre, nena,
como no lo hiciste antes.
Ya no puedo escucharte,
así que no tiene sentido que digas mi nombre.
Mientras desciendo por la carretera pienso y me pregunto
cómo es que un día amé a una mujer, a la niña de la que me hablaban,
le di mi corazón, pero resulta que quería mi alma.
Pero no lo pienses dos veces, está bien así.
Desciendo ahora aquel largo y solitario camino, nena,
y no podría decir dónde termina.
Pero adiós es una palabra demasiado buena, querida,
así que sólo diré “Ve con Dios”.
No digo que me hayas tratado sin cortesía,
aunque podría haber sido mejor y no me importa.
Es como si hubieses gastado un tiempo precioso.
Pero no lo pienses dos veces, está bien así.
De: The Freewheelin' Bob Dylan (1963). También incluida en Greatest Hits Vol. 2— compilación de Bob Dylan—(1971); en Before the flood, en vivo con The Band (1974);
y en Live at Budokan (1979). Traducción: PM
Qué me importa
4. Sobre Juan Carlos Onetti
por Idea Vilariño.
T Teníamos la relación más difícil y más imposible. Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles
de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas
veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche
me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba
y lo dejé por ir a pasar la noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue
ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui.
De Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti, escrita por María Esther
Giglio y Carlos Domínguez (Buenos Aires, Planeta. 1993).
Humor
Los aventureros del culo del mundo
por Max Cachimba.
Folletín en periódicas entregas
Capítulo IV: Fauna marina, emoción, romance, literatura y deporte.
Transatlántico
Periódico de arte, cultura y desarrollo
del Centro Cultural Parque de España / AECID,
Sarmiento y río Paraná, (2000) Rosario,
Provincia de Santa Fe, Argentina.
Teléfonos: (+54 341) 426-0941 y 440-2724
Consejo editorial: Martín Prieto, Pedro Cantini,
Cecilia Vallina, Gastón Bozzano, Nora Avaro.
Diseño: Pablo Cosgaya, Marcela Romero.
|