Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 4, otoño de 2008

Leyendo -T

Indice

1

   

El mes de las fiestas

2

 

Epifanía del barroco

3

 

La Milla de las damas

4

 

Incendiando Madrid

5

 

Ciudades flotantes

6

 

10 x CCE.C

7

 

Encuentro con el oráculo

8

 

Pasajera en trance

9

 

Qué me importa

10

 

Contratapa


Contratapa
De la libreta del Director

El presidente y el novelista

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Literatura

El mes de las fiestas

por Nora Avaro.
¿Concibe usted que exista hoy un hombre capaz de divertir la gota de rocío que es su insignificante alma con la redacción amañada de un diario íntimo? Roberto Arlt

 

1. No es que crea que, porque el monstruo le robó su diario íntimo, algo muy de sí misma, ahora involuntariamente ventilado para lectura personal del monstruo, haya estado escrito en el lugar. No lo cree. Pero en la noche (en ésta el calor de las fiestas de fin de año enfunda en una bolsa de palitos y hojitas y cortecitas aun más rígida y viscosa su existencia de bicho canasto) no puede dejar de imaginar al monstruo creyendo, él sí, que si no pudo abrirle la cabeza con el hacha que guardaba bajo el colchón de dos plazas para alguna oportunidad y que formaba sobre el colchón de dos plazas una meseta de la que ella debería haber sospechado con más convicción, pudo sin embargo descubrir, leyendo su diario íntimo en las noches (muchas noches de aquí en más para interpretarlo de muchas maneras cada noche pero con el fin de encontrar por fin una única) qué había adentro de ésa su cabeza en ciertos momentos en que, colgada de su rama de bicho canasto, sencillamente se dejaba ir en pensamientos del todo ignotos que jamás, aunque en eso se esforzara y se esforzara, podría haber ordenado para luego escribirlos tan campante en su diario íntimo, apoyados los codos en su escritorio de madera de pino y mirando de a ratos el río, el mar, el laguito que no están en su ventana.

2. Llegan dos a decir la violencia del monstruo.

3. ¿Qué comer? La heladera no cierra bien sobre su goma y el hielo del congelador desborda por los costados de la puerta como la espuma que caía de un vaso lleno y rebasado de cerveza una vez que, sentados, ella y el monstruo en un bar lejos de la costa, tomaron café. Siempre el monstruo tomaba café para no dormir mientras ella sí dormía, para entonces despierto caminar por la casa desnudo, dar vueltas sobre sus ansiedades de monstruo que persigue una forma, contar con su hacha, pensar que de última tendrá su hacha. Y su día.

4. Una ensalada sucesiva sin tenedor ni condimentos. Primero, un tomate perita; segundo, un huevo duro; tercero, una zanahoria; cuarto, la hoja de lechuga. Todo de parada.

5. Llega uno más a decir la violencia del monstruo.

6. En la velada de la noche vieja los desconocidos planean una travesía en catamarán por el río Santa Cruz hasta el glaciar Perito Moreno. Se ven entusiastas, viejos, pelados y gordos. Imposibles para la aventura.

7. Un larguísimo tratamiento contra la rabia después de que el murciélago dejara sobre su brazo la marca de la mordida. Los dos puntos rojos separados por una distancia que se le hace grande pero que en realidad es chica.

8. El tercero que llega a decir la violencia del monstruo la saca a comer choripanes a la vera del laguito. Ahí, la Isla de la Fantasía. Ahí, los patos del Central Park que en el invierno de allá se vienen para acá. Helou patitos. Yo debería haber estudiado inglés.

9. El monstruo creía que si alguien quiere comunicarse con él tiene que aprender su lengua y tener inmensos deseos de comunicarse con él.

10. El diario íntimo no tiene tapas. Tiene nombres, citas, unas envidias, unas vergüenzas, unos chismes, unos malestares, unos fracasos, unas acciones. No tiene palabras de amor. En el diario íntimo “Miércoles 7 de octubre de 1998. Hiervo un alcaucil”. El monstruo interpreta las capas y capas que hay que hacharle a un alcaucil para llegar al corazón.

11. Se compró un capote largo y un sombrero impermeable. Le impuso un defecto al verano para esperar el invierno.

12. Un cuarto le escribe sobre la violencia del monstruo. De mañana salgo temprano a la panadería, compro pan, compro leche. Estoy decidido a llevar una vida ordenada. Una vida ordenada empieza temprano a la mañana procurando pan fresco. El pan de ayer no es de vida ordenada. Lo mejor será que te olvides del monstruo que dormía de día y vivía de noche. Deberías estar contenta peor hubiera sido que te abra la cabeza con el hacha. Pensá.

13. Lo que tiene lo peor en potencia no la salva de lo malísimo en acto. Toma una pastilla por las noches que suele tardar menos que las que tomaba antes de que el monstruo leyera su diario intimo. Tardar menos en dormirla. Sueña, seguro, pero la impresión que le viene en la mañana es la de no haber soñado nada y de haber bien dormido. Cuando se despierta supone que el monstruo ronca sobre su hacha cara al techo; entre las sábanas, las hojas dispersas de su diario íntimo. Anoche el monstruo seguro que pensó algunas cuantas cosas sobre la siguiente frase “Viernes 18 de diciembre de 1987. En los boliches de Rosario no importa el decorado, los propios rosarinos son el decorado”.

14. Los nuevos programas de televisión del verano. Todos muestran las playas y el mar. El monstruo no va a la playa, no va al mar, pero ella no puede ver televisión. Teme que sentado bajo una sombrilla, en short de baño, aparezca en la pantalla el monstruo leyendo las hojas de su diario íntimo. O persiguiendo con su urgencia de monstruo entre lonas y reposeras las hojas de su diario íntimo. Que se las llevó el viento, mirá bien se las lleva el viento.

15. El que le escribió sobre la violencia del monstruo le escribe sobre una familia rusa recién mudada a su edificio padre, madre, hija. La madre tiene ojos tristes, debe extrañar la estepa, pero ayer la vi volver de una fiesta o algo así. Elegante y rusa. Toda una mujer. Opino que deberías salir vos también un poco, volverte un poco rusa, un poco elegante.

16. En el diario íntimo “Miércoles 28 de julio del 2000. Haber llegado hasta acá y quedarme sólo para estar quieta y hacer listas”.

17. La noche anterior a la navidad leyó una novela sobre bichos canasto, justamente. n padre y su hijo cuidan los árboles de su pueblito. Les limpian de las ramas todos los bichos canastos que son plaga de mucho peligro, que hacen peligrar la fronda de las calles. En una gran bolsa de arpillera echan los bichos canasto, montones, miles de millones, para quemarlos después. Pero después no pasa la quema sino otras cosas propias de la relación padre e hijo. El hijo termina mal.

18. La comunión con el monstruo. Cuando el monstruo se ríe no esconde el hacha. No la muestra tampoco. No la guarda. Nunca la tuvo. Es en el fondo sensible como todos los demás monstruos.

19. Debajo de la cama están todos los zapatos que usó en el mes de las fiestas. Algunos sobre las pelusas, otros bajo las pelusas.

20. En percepción estricta no es más que agua, aunque mucha, corriendo siempre en la misma dirección. Lo demás los picnics, los chicos jugando a la pelota, los termos y canastas, el gordo tirado al sol, el muro de los edificios lujosos sobre la costa, en los balcones pinos artificiales y lucecitas de colores, las islas verdes al frente y el entusiasmo del tercero que llegó a decir la violencia del monstruo, son decorado y marionetas que procuran con buen ánimo meterle un poco de gracia al río. De ver el paisaje, el monstruo no dudaría. En el diario íntimo “Miércoles 12 de agosto de 1992. Ataque masivo de rimas agudas en ón”.

21. Entre la navidad y el año nuevo estuvo dándole vueltas al asunto y no escribió su diario íntimo. La sensación de que el monstruo, como todo monstruo, utilizaría poderes extraordinarios y ocultos para enrabiarla aún más le llevó la semana sin que una sola idea adquiriera buen volumen. Por ahí unos conatos de punta erguida que a poco se diluían empastados, en parte aguachentos y turbios. De abrir su cabeza con el hacha, el monstruo habría encontrado la pasta informe como goma a medias derretida, abandonada hasta por el fuego, sin color definido, con un olor fuerte a flores descompuestas de un velorio cuyo muerto le importara a poquísima gente.

22. Ve una película sobre el Espíritu de la Navidad. nas cuantas personas inglesas encuentran el amor a las doce en punto de la noche mientras suenan villancicos. Otra persona inglesa no lo encuentra pero, para preservar el equilibrio del sistema Espíritu-de-la-Navidad, la otra persona inglesa se encuentra a sí misma cuando relee su diario íntimo. También a las doce en punto de la noche. De un saque.

23. El agua y el monstruo el río, el mar, el laguito.

24. Una de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo le cuenta que leyó una novela en la que un tipo lee a su vez el diario íntimo de la tipa mientras ella no está en la casa. Cuando la tipa llega a la casa el tipo le dice “te dejo”. Y se va, de veras se va, te quiero decir no aparece más en la novela.

25. En percepción estricta no es más que agua, aunque muchísima, viniendo y yendo desde atrás para adelante y al revés; formando espuma en los bordes y, también en la plena superficie, aquí y más allá, espumas menores en una de esas sólo a causa de la distancia y no de una baja en la viveza del movimiento pendular que adelante hace mucha bulla pero que atrás, aunque la haga, nadie va a escucharla. Salvo el monstruo del mar.

26. En el diario íntimo: “Viernes 25 de Octubre de 2002. Anoche encerré una cucaracha en un vaso, en un vaso culo para arriba, y ahí la tengo. Esta mañana descubrí que a las cucarachas también se les empañan los vidrios como si viajaran en colectivo ochocientos kilómetros hacia el mar una noche de invierno. Mi cucaracha también odia que le pasen videos, me parece”.

27. En la madrugada se activa otra vez la alarma del auto blanco. En su cabeza, como en la madrugada la alarma del auto blanco, se activa otra vez una escena en la que desnuda se levanta de la cama, va hasta la cocina, abre la heladera, saca dos huevos o tres, sale al balcón y los estrella en el parabrisas del auto blanco.

28. La venganza del monstruo consiste en saber esperar el momen to en que hará uso de su hacha. La venganza del monstruo coincide con el tiempo y la intensidad de su amor. No importa que le robe o no le robe el diario íntimo, que le abra o no le abra la cabeza con el hacha. Que haya desenlace.

29. Llega uno que ignora la violencia del monstruo. Es un viajero. En su relato de viajero hay la niña que canta blues y duerme su cansancio de niña que canta blues.

30. El calor del mes de las fiestas alza columnas de aceite del piso al techo de las habitaciones y multiplica sus personalidades. odas, columnas y personalidades, unas pegadas a las otras, le impiden atravesar su casa sin padecer cada paso, su correspondiente microemprendimiento y varios minutos autogestionarios entre ella y todas las que ella es.

31. En el diario íntimo: “Lunes 19 de febrero de 1996. El vaivén de los brazos del caminante. Esta mañana todos los brazos de la ciudad están separados del cuerpo unos centímetros más de lo habitual. Los caminantes parecen pollos que en el calor de la siesta extienden a medio trecho sus alas para refrescarse un poco. Los pollos también abren el pico, por la sed. Yo misma abro el pico por la sed”.

32. El monstruo revalida una de sus razones: junto al mar nadie suda.

33. Le avisan por teléfono que la que nunca pudo decir la violencia del monstruo se murió. Durante el mes de las fiestas y por períodos breves estuvo visitándola en el pueblo cercano en su cama de enferma. En la última visita miraron viejas fotos de amigas queridas y clasificaron las fotos según un interés autobiográfico común. La que se murió guardó todas las fotos que faltaban mirar dentro de una caja de zapatos, las destinó a una próxima vez. Ella va en una de las tardes del mes de las fiestas al velorio de la adolescente con su vestido blanco de piqué corto, las piernas largas, el pelo larguísimo vadeando la cintura fina, los ojos que miran el objetivo de la cámara con desazón prematura.

34. En percepción estricta no es más que agua, aunque en cantidad suficiente como para componer un módico paisaje, un remanso de verde y de aire y, claro, de agua: el sosiego urbano. Los que comen milanesa picada con pickles y papas fritas, los que navegan en las lanchas, los que vigilan a los chicos que corren a las palomas, que cascotean a los patos, los que venden pororó, globos, los que miran la orilla de la islita, el centro de la islita, tienen, como toda evidencia y bienestar, su propia fe en algo, algo, algo: algo que viene de la madre naturaleza y de los consecutivos intendentes municipales. Cuando el monstruo llegó, una vez primera llegó, su olfato de monstruo lo condujo directo al agua, al laguito.

35. En una vitrina de la sala de lectura estaba la pipa de Leopoldo Marechal. En otra, un ejemplar del plan quinquenal firmado por Juan Perón. Entre las cajas de libros de la mudanza, antes de la inauguración de la Biblioteca del escritor peronista ocurrida en los primeros días del mes de las fiestas, el que no dice la violencia del monstruo pero la presiente encontró una pechera de frac blanca y sin estrenar plegada sobre un cartón, una agenda con anotaciones de gastos domésticos, un afiche escrito a mano que anunciaba lecturas de poemas de poetas peronistas en una unidad básica de Villa Crespo, papeles de caramelos media hora, el resultado de un análisis químico de la sangre del escritor peronista, y demás cosas. La pipa y el plan quinquenal resultaron lo suficientemente nobles como para acceder a las vitrinas. Se descartaron la pechera del frac, el afiche, la agenda, los papeles de caramelos media hora, el análisis de sangre y demás cosas. El día de la inauguración de la Biblioteca de Marechal, donada con tribulaciones por su viuda Elbiamor a la Facultad de Humanidades de la ciudad, se sirvieron empanaditas y vino, y se recordó en el estrado al escritor peronista: bastante como escritor y también un poco como peronista. Días después, entre la navidad y el fin de año, en la plena semana sin peripecias, la bibliotecaria de turno, narcotizada por la canícula, la insidia y el hábito, descubrió en un vistazo que las vitrinas que guardaban la pipa de Leopoldo Marechal y el plan quinquenal firmado por Juan Perón estaban vacías. Y se acaloró suficientemente.

36. Seguidilla de robos en el mes de las fiestas: el plan quinquenal, la pipa de Marechal, el diario íntimo.

37. Durante la cena de nochebuena, una de las primas le dice te veo mal pero si no querés contar te cuento yo. Si el gerente no me aumenta el sueldo yo me voy, le digo que me voy y no me voy, espero a ver qué dice cuando le diga que me voy. El tema es que si le digo que me voy y no me aumenta voy a tener que irme. Porque vos viste que así somos nosotros, la familia, no retrocedemos, si hay que irse nos vamos. La otra de las primas prefiere no sentarse con la pata de la mesa entre las piernas porque todavía espero volver a casarme.

38. En el diario íntimo: “Jueves 21 de diciembre del 2000. Me tomaré el verano como paréntesis. Se abre curvo en la navidad y se cierra curvo cuando consiga un trabajo”.

39. El que no dice la violencia del monstruo pero la presiente la llama por teléfono para anunciarle que se va de vacaciones con sus hijos y su nueva mujer. Alquilamos una casa con nombre, la casa Ballesta. La casa Ballesta nos espera a la orilla de un mar que no tiene monstruos. Escuché que las bibliotecas públicas de la ciudad estarán abiertas durante el verano. Vuelvo en quince días.

40. En el diario íntimo: “Lunes 8 de julio de 2002. Cita: Sencillamente no podría soportar ahora su a veces ostentosa segur dad en sí mismo”.

41. El monstruo relee y aprueba. Se arrepiente de haberse permitido leer lo que aprueba.

42. En el horizonte del mar hay algo menos que un obstáculo donde afinar la puntería. El monstruo se ejercita en los detalles. Cada detalle es un blanco cuya posible excelencia depende en todo del conjunto de puntos descartados. La línea limpia y fina del horizonte no resulta buen símil de la situación, y lo sabe, el obstáculo tampoco, pero al monstruo lo pierde el enorme mar irresoluto, la frontera precisa y su gusto por las alegorías imperfectas. Y además quiere un amor enorme como el mar, aunque más concluyente. Afina su puntería sobre el obstáculo sobre el horizonte. Pero es un monstruo y la brutalidad, su destino. Lejos de la costa compra el hacha. Camina con el hacha en mano firme. Piensa en pedazos desprolijos y abruptos. Confirma que no alcanzará su forma.

43. Pierde la cuenta de los que llegan y dicen; y de los que escriben y dicen; y de los que no, porque ignoran; y de los que no, porque callan la violencia del monstruo. Hay uno más. Ayer estaba pensando sobre las montañas. Hacía frío y viento, así que bajé y eso fue todo.

44. En el diario íntimo: “Martes 30 de abril de 1985. Resultas que la nochebuena me tocó a la izquierda de tía gorda que dice antes de decir: ‘¿querés que te diga una cosa?’. Yo no quería. Le digo, querido diario, que tenía ganas de no querer las cosas que decía ni sus maquillajes Avon unos colorados y azules para mejorar. Dice ‘¿querés que te diga una cosa? esto seguro te mejora’. Después los ahora puntuales no me alcanzaron para serle en más breve así: ya mismo, querido diario. Pero me apuré igual y desconté algo: días, horas, ratitos, lo que usted ve lo que usted sabe ver, si lo digo mejor, para respetarme la agudeza, la celebración esa del incidir conjunto con uno del amor monstruoso que tanto hizo conmigo desde que quise resultarle inmediata más que nunca. Y nunca usted verá, querido diario, es el más redondo de los tiempos. Redondo redondo sin tapa y sin fondo y otras ingenuidades por el estilo”.

45. Una de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo hizo una interpretación feminista del episodio del diario íntimo. Mientras ella moqueaba su inmenso papel de víctima, la que llegó se esforzó durante un largo rato, y sin abandonar su encuadre, en componer un juicio que fuera a la vez refinado y definitivo. Pero en pocas líneas, y puesta a escribir en su propio diario íntimo su idea sobre el episodio del diario íntimo, la que llegó habría anotado: “Los hombres son todos iguales”. Cualquier pensamiento ideológico degrada en lugar común.

46.46. Aunque no salió mucho durante el mes de las fiestas, y sólo al pueblo cercano, a la cama doliente de la que nunca pudo decir la violencia del monstruo, una tarde se encontró en la calle con el que no veía desde hace tiempo. El que no veía desde hace tiempo, y que ignoraba la violencia del monstruo y hasta la existencia del monstruo, le contó de otro que ninguno de los dos veía desde hace tiempo. Lo internaron en algún lugar de la provincia de Buenos Aires, en una de esas granjas de recuperación que montan algunos avivados para recibir subsidios públicos, después de que empezara a desconocer, incluso a no registrar, a eludir, te digo, que sus conocidos eran conocidos y, acaso, hasta como sus hermanos. Un mal día dejó de saber, liquidado por la merca y el alcohol puro. Hubo que sacárselo de encima. Porque estaba, literalmente hablando, encima de la gente. Era como tener colgada una radio de la oreja, una radio de único locutor cuya abundancia de temas era infinita y sus demandas disparatadas. Endeudaba a todo el barrio, sacaba a cuenta a nombre de cualquiera en todos los rubros posibles: el kiosco de la Canora, la rotisería del Negro Leto, el bar de Juancho, la farmacia de Isabela que le proveía el alcohol puro y hasta la librería de don Justo en donde compraba decenas de cuadernos de espiral para escribir palabras, una palabra por hoja, una palabra por día, por ejemplo, 25/9/90DESCAPOTABLE o 7/6/94 AROS o 13/2/97 CASTIGO o 20/12/2000 MOLLERA. Como un diario íntimo, no sé si me entendés. Pero indescifrable. O más indescifrable.

47. En la velada de la noche vieja otro desconocido recuerda haber manejado un colectivo hacia Ezeiza en el 73, no por peronista sino por colectivero. Los que planean una travesía en catamarán, recuerdan haber viajado en colectivo hacia Ezeiza en el 73, no por peronistas sino por curiosidad.

48. La palabra escudriñar. Durante mucho tiempo el monstruo la escudriñó. Escudriñaba su cara al conversar cara a cara, y su perfil si ella lavaba los platos, veía televisión o leía. También la escudriñaba mientras tomaba una ducha o hablaba por teléfono o si cruzaba la calle a comprar cigarrillos o si conversaba con otro que no era el monstruo. La escudriñaba mientras dormía. Ella no sabe si su cara era hermética, misteriosa o inexpresiva. Después, directamente un día, el monstruo se compró el hacha.

49. Lo que se oculta termina por saberse.

50. Nunca hay nada que ocultar.

51. Nadie sabe lo que oculta.

52. Pasa un par de días alejada de las columnas de aceite y de sus personalidades. Cuando vuelve en el contestador automático hay varios mensajes. Hablo para que me hables. Cuando entrés, llamá. Quería saber cómo estabas. Nada, para hablar. Hola, hola, hola. ¿Te fuiste? Tenía para fumar, pero no te encontré. No sé si estás y no atendés o si no estás y por eso no atendés. Última diferencia entre hechos y conjeturas.

53. Cuando vuelve después de pasar unos días alejada de las columnas de aceite y de sus personalidades, escucha trinos quedos y aleteos quedos y lejanos por detrás de la tapa del calefón. uevamente. Veinte minutos después, durante los que no piensa mucho ni en soluciones, abre la llave del gas y enciende la llama del piloto con un fósforo. La pileta de acero está seca y muestra el lecho blanco de un río, un mar, un laguito que se murió en su ausencia. Pone el calefón al máximo y abre la canilla del agua caliente. Los aleteos se intensifican, no así los trinos, las llamas azules viran al verde al amarillo al naranja, de la pileta de acero sube un vapor constante. El chorro de agua borra el lecho del río, del mar, del laguito, y apaga el aleteo.

54. En el diario íntimo: “Sábado 20 de enero de 199 . El diario íntimo de Katherine Mansfield está lleno de pájaros. Pero ella los ama”.

55. El monstruo se sentaba a su mesa y tomaba mate. En la ventana se veía una fracción de mar. De un lado, a pocos metros, el muro blanco del edificio vecino, del otro lado y más lejano, el edificio gris de la manzana de enfrente. Entre los dos, la fracción de mar que correspondía al monstruo y que el monstruo agotaba mientras tomaba mate. Una mañana, mientras el monstruo dormía sobre su hacha, ella midió con una regla la fracción de mar que el monstruo consideraba propia. Entre el muro blanco y el edificio gris, un centímetro y medio.

56. Otra de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo vuelve de pasar las fiestas del mes de las fiestas en la ciudad del mar del monstruo. Caminamos por la peatonal para que la niña vea las estatuas vivientes. Una había dejado de ser estatua y fumaba sentada en el banquito donde debía estar parada e inmóvil como una estatua. o sé si eso te diga algo de todo.

57. En la velada de la noche vieja, el desconocido que manejó hacia Ezeiza en el 73 cuenta que una vez fue chofer de un tour de compras a Uruguayana y que esa misma vez conoció a la reina de los trabajadores del 1º de mayo de 1974 que iba de compras a Uruguayana.

58. Una de las veces que salió durante el mes de la fiestas fue al velorio de la que nunca pudo decir la violencia del monstruo. En la tarde, tomó el micro hacia el pueblo cercano y, ya llegada, se mantuvo despierta toda la noche. En la noche, caminó por el pueblo hasta la iglesia y esperó el amanecer a la orilla de la ruta. También permaneció horas sentada entre una corona de flores y dos viejas desconocidas que dormían y conversaban en lapsos bastante regulares. En mitad de la mañana, el cortejo partió hacia el cementerio bajo un sol azul y calcinante. Cinco hombres cargaron el féretro desde las puertas del cementerio hasta el nicho imparcial. Al mediodía, ella dejó en el cementerio a las dos adolescentes muertas y tomó el micro en la ruta. Regresada a su casa, se enterró en el vacío que abrían una par de columnas de aceite y tres personalidades.

59. En el diario íntimo: “Miércoles 4 de enero de 1989. Cita: Ella está a al fin libre de sí y de nosotros. No se asusten, morir es un instante, pasa de prisa, lo sé porque aca o de morir con la chica”.

60. En la vereda de su casa, la copa del árbol es más frondosa en chillidos que en hojas, ramas, retoños, matices de verdes, verdes en general. Al crepúsculo, antes de embalsamarse hasta el crepúsculo siguiente y en contrario y cada día que empieza y termina y vaticinan la luz y la añoran y en el mismo sentido y con la misma voluntad, los pájaros trinan en maraña de agudos. Duran lo que dura un monstruo.

61. Recapitula. Lo más seguro es que el episodio del diario íntimo sucedió mientras se duchaba una tarde. Mientras ella se duchaba una tarde, el monstruo le habló de un primo desconocido que le escribía desde Iowa City pidiéndole información sobre la rama de la familia que había llegado al sur. El primo pertenecía a la rama de la familia que había llegado al norte, a Iowa. El monstruo habló en timbres altos y, aunque ella no receló nada mientras se duchaba una tarde, ahora se le hace que el monstruo también habló sin pausa, con excesivas precisiones sobre el primo de Iowa City y con una vehemencia que el asunto no merecía. Mientras ella se secaba las piernas una tarde, el monstruo entró al baño para adorarle los pies. Ya le había robado el diario íntimo.

62. Un monstruo: tan razonable como sólo puede serlo quien no le pone límites a su lógica.

63. Uno de los que callan la violencia del monstruo se divierte con sus propias veleidades. Asegura que la más cabal imagen de sí mismo bien podría ser la de un tipo que alquila una casa aislada en el bosque, o aislada en la orilla del mar, o aislada en la montaña, para escribir sus memorias, o el diario íntimo de su vida solitaria, o un relato en primera persona que tenga como materia narrativa el cúmulo de sus vivencias. El tipo aislado en el bosque, la playa o la montaña, se despierta bien temprano, toma un café negro y amargo e inmediatamente se sienta a su mesa de trabajo. Escribo “Amanece punto”. Veinte minutos después me pregunto qué carajo voy a hacer solo una semana en este lugar, llámese bosque, mar o montaña.

64. Colgada a su rama de bicho canasto pasa los atardeceres tórridos del mes de las fiestas atenta a cualquier soplo fresco. O lo que piensa no puede registrarse o no piensa. Directamente.

65. Una vez, cuando el monstruo abrió el calefón, aparecieron cadáveres de pájaros reconocibles sólo por las plumitas chamuscadas y las chamuscadas pajitas de lo que había sido un nido con poca suerte comarcal. Ante la pregunta ¿cómo llegaron ahí?, ella no tuvo respuesta. La indignación del monstruo creció justo hasta el límite de su compostura y en ese punto se lavó las manos. Ella juntó con la pala los cadáveres de pájaros y los restos del nido, las plumitas y la pajitas, los tiró a la basura y atornilló la tapa del calefón. Si hubiera estado atenta, el hallazgo de los cadáveres de pájaro le habría permitido prever futuras acciones y reacciones del monstruo, el arrebato inexplicable y la higiene de manos, y, sobre todo, controlar su evolución. Porque ya está viendo bien que la compostura del monstruo amplió sus territorio a lo largo de los años hasta trastornarse por completo. O quizá no. No olvida que no usó el hacha.

66. En el diario íntimo. “Viernes 15 de octubre de 1999 Plaga de pájaros. Nidos de hornero en la ventana del baño, en la tapa del acondicionador. Trinos chillones en la chimenea del calefón. Esta mañana el acabose primaveral tres pájaros volando en mi cocina”.

67. El hacha es el confín.

68. El monstruo se siente asediado por su nula afición a la caza. Tarde en la noche de los inocentes, una jauría silenciosa cruza el parque hasta la vereda oeste de los Tribunales para echarse a dormir.

69. En una de las esquinas de la calle peatonal de la ciudad del mar del monstruo, una vez un payaso discute con su suegra. La mujer le tironea una de las mangas del traje colorido, lo llama sinvergüenza mal nacido irresponsable aprovecharse así de una mujer viuda engatusar a la estúpida de la hija robarle la pensión tirarla en el tragamonedas hacerle de payaso a los turistas perder lo poquito que tiene de dignidad. Las estatuas vivientes tranquilizan a la mujer, amparan al payaso.

70. El monstruo recuerda haber viajado a Ezeiza en el 73. No por curiosidad sino por peronista.

71. Otra vez, mucho antes del episodio del diario íntimo, ella pudo entrever, aunque apenas en indicios leves e inciertos y sin dar crédito a sus ojos ni a sus presunciones, la posible monstruosidad del monstruo. El monstruo la espera en la terminal de micros de la ciudad del mar. Desde la ventanilla del micro ella ve al monstruo perfectamente. Lleva una camisa azul sobada y sucia. Como si no hubiera dormido por un largo tiempo, y en ese tiempo no hubiera hecho más que fumar, caminar, sufrir transformaciones y comprar un hacha, el monstruo fuma y camina de un andén a otro de su extravío personal. La ve llegar ansiosa en la ventanilla del micro pero no la mira, se hace el que no la ve, se hace el que la ve pero no la mira, la ve pero no puede ni mirarla.

72. Tirada en la cama de su madre, una de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo cambia los canales del televisor y le dice no dramatices. Lo propio de uno va en circulación continua como un río de sangre que, si coagula en remansos de por allí y de por acá, es sólo para precipitarse de inmediato. Lo propio de uno opera por celeridad y por contraste ínfimo. Si hace costra, si la herida hace costra, cascarita, si uno cree o espera que la herida haga costra, madure, cicatrice y desaparezca, se equivoca. Porque lo propio de uno, el circulante, no evoluciona en postas naturales. Eso de que el tiempo lo cura todo y etcétera, no corre, es un error. Vos, por ejemplo, le metés una vuelta al error. Con la uña estás dale que dale dándole a la herida para que el río de sangre no deje de fluir y porque creés que, en última instancia, el río de sangre va a coagular en el recto sentido de tu cascarita y de tu drama, y va a señalar una ruta que es tu ruta. Olvidate no hay tu ruta, ni tu diario de ruta, ni una, ni uno, ni mil. No hay nada que pueda llamarse propiamente tuyo, ni de nadie, ni siquiera el momento rojo del aleteo o de la mordida. Por eso te digo que no dramatices no estuviste ahí cuando te hirieron. Ni estarás ahí cuando te abran la cabeza con el hacha.

73. El día de navidad, la niña pregunta si Papá Noel es alguna clase de monstruo bondadoso.

74. En el diario íntimo “Viernes 27 de septiembre de 1996. Los monstruos. Saldo cuentas busco al ciego. Le pregunto al paralítico por el manco. Al manco por el sordo. Al sordo por el mudo. Al mudo por el ciego. Y le compro el bastón blanco al ciego”.

75. El monstruo juega su vaso de fichas en el tragamoneda. Sólo cuando juega sus fichas merma la insidia de su atención magnética. Si no fuera porque suele ganar, se perdería en las vueltas maquinales de la fortuna. A ella la omite, se distrae del bicho canasto y del hacha. asan y ruedan una sandía, tres guindas en su tallo, una banana. Sólo cuando el monstruo juega sus fichas y se distrae, ella puede cumplir la serie progresiva de su amor: observar al monstruo, emanciparse de su control, encontrar al varón que la exalta. Su boda solitaria con el monstruo.

76. Si lo que aletea en la noche es hacha, pájaro o murciélago sólo lo sabrá cuando se despierte en la mañana y note las consecuencias.

77. En el diario íntimo: “Martes 2 de marzo de 1993. Miro el ventilador de techo, giran las paletas de madera. No puedo hacer la siesta sin melancolía”.

78. Cuando fue al velorio de la que nunca pudo decir la violencia del monstruo, sacó su pasaje en la boletería de la empresa de transporte que lleva micros al pueblo cercano. Sobre el mostrador, el empleado trazaba líneas finas de muy diversos colores y tonalidades en las páginas de un cuaderno de tapas duras Rivadavia. El empleado estaba absorto sobre su línea fina del momento. Esparcidos sobre la tapa rebatible del mostrador había decenas de lápices o fibras o lapiceras de los muy diversos colores y tonalidades que el empleado elegía y manipulaba en el logro de su limpia línea fina. Una limpia línea fina pegada a otra limpia línea fina de curvas ascendentes y descendentes, y a otra, y otra, cubrían la totalidad de la página y armaban, en su conjunto, un engendro psicodélico de figuraciones periódicas. Impresionada por los esmeros del empleado, ella no se atrevió a interrumpir el trazo de la línea fina del momento. Esperó a un costado de la ventanilla espiando intermitentemente a través del vidrio, y de las ramas de muérdago, y de los moños rojos, hasta que el empleado alzó su mano de la página con el lápiz, la fibra o la lapicera triunfante. Ella lo enfrentó entonces, pidió su boleto e indicó su destino. Antes de retirarse hacia el anden del micro que llega al pueblo cercano, pudo ver sobre una repisa de la boletería en la que se amontonaban carpetas, talonarios, esferas navideñas, un mate grande y cosas que no supo identificar, varios pilares prolijos de cuadernos de tapa dura Rivadavia, unos pegados a los otros, que ocupaban un estante completo. El casi imperceptible grosor de las páginas atesoraba, alternando monstruos y trazos impecables, todas las líneas finas del empleado. La que se murió una tarde había dejado de esperar su próxima visita.

79. En el diario íntimo: “27 de agosto de 1997. Inconvenientes de mudarse al pueblo: 1) entra mucha tierra que ensucia pisos y muebles, 2) posibilidad de ratas, 3) intrusión de pájaros y murciélagos, 4) existencia de sapos, 5) inexistencia de café exprés. Compensaciones: 1) crepúsculos, 2) silencio, 3) anacronismo, 4) amistad”.

80. En los atardeceres más bochornosos del mes de las fiestas, sus personalidades juntaron palitos y hojitas y cortecitas en el laberinto espeso de las columnas de aceite. alitos, hojitas y cortecitas flotaban a la altura de las narices o se hundían hasta el fondo del piso parqué. La personalidad más decidida abrió la tapa del calefón para aprovechar los deshechos de los pájaros calcinados. Durante el mes de las fiestas sus personalidades hicieron un acopio interesante de materiales que, bien administrados, sirvieron en la construcción del bicho canasto. El bicho canasto detuvo la multiplicación bochornosa de fenómenos idénticos, duplicó el interior de su casa a escala diminuta eliminando posiciones y columnas de aceite, unificó la masivas invariantes en una permanencia sosegada y única, y encapsuló sus personalidades. Bien colgada de su rama.

81. Uno que jamás se detendría a considerar la violencia del monstruo, y que suele definirse como agresivo por sistema, le escribe a favor de las distracciones pero en contra de privilegiar la parte por el todo. Su sino dominante lo lleva a una conclusión que sufre considerar provisoria. En efecto, a mí me interesa más mi papá peronista que Perón, o lo que es lo mismo: para mí mi papá peronista es Perón.

82. El monstruo se recuerda estúpido, imberbe.

83. Lee en el suplemento dominical que publican el diario íntimo de una poeta suicida y prestigiosa. El periodista informa que los familiares de la poeta limpiaron del diario una época entera, la última y previa al suicidio, la época de la locura, o de la mayor locura o la época loca y procaz, la época de la desgracia o de la mayor desgracia. La época sucia. Agraviante y perversa, la familia de la poeta suicida. No hay diario íntimo sin un acto póstumo de lealtad.

84. Ella es tan inoportuna para el amor conyugal que el monstruo consigue su misterio favorito.

85. En el diario íntimo: “Viernes 10 de junio de 1994. Me resfrío. El pañuelo que se hizo cosmos”.

86. Tiempo antes de morirse una tarde, sentada en su cama de enferma, la que nunca pudo decir la violencia del monstruo separó las fotos triviales de las axiomáticas en dos cajas de tamaños diferentes. Escribió sobre una de las tapas las letras LVN. Y extrajo de su próxima visita, como si de algún agujero seco agua clara, un pacto.

87. En el diario íntimo: “Viernes 1º de noviembre de 2002. Ni el murciélago, la cucaracha, los pájaros perduran. Ni los bichos canasto. Luego, nada perdura”.

88. Los monstruos perduran.

89. A lo largo de los años el monstruo estuvo desconfiando y dándole vueltas al asunto. En cada nueva vuelta tomó una nueva actitud frente a su misterio favorito: desdén, tolerancia, cólera, veneración, indulgencia, impostura, docilidad, perfidia, etcétera. El monstruo se rompió la cabeza de muchas maneras. Atado a sus transformaciones intentó perfeccionar, a lo largo de los años, su búsqueda formal. Un buen día, después de sufrir un insomnio prolongado, escribió en cada página de su agenda la palabra “PRESENTE”. Fue el mal día del hacha.

90. La única verdad es la realidad.

91. Dormida en su rama de bicho canasto procesa materias químicas, orgánicas, oníricas. O lo que sueña no puede contarse, o no sueña. Directamente.

92. El intendente socialista anuncia en la televisión el espectáculo de fuegos artificiales del mes de las fiestas. Explotarán en el laguito y con la última luz del crepúsculo del último día del año. Con la última luz del crepúsculo, y aún antes de los estampidos de los fuegos artificiales, ella escucha a través de las persianas de su ventana un fragor insólito de millones de pájaros en fuga. Bandadas de casi todas las especies, aturdidas por las intenciones comunitarias del intendente socialista, vuelan desde el parque hacia el centro de la ciudad, desde la fronda verde hacia las cornisas grises, desde las casuarinas a su calefón.

93. La que llega a celebrar la violencia del monstruo, y gusta de la fábula neta sin predicamento, le pregunta si para merecer las aventuras es necesario pasar por algún número establecido de fastidios aventureros.

94. Camina por la casa sin rumbo. Después, o antes, escribe: “camina por la casa sin rumbo” o si no “camino por la casa sin rumbo”. Sea aventura o diario íntimo.

95. El que se divierte con sus propias veleidades anuncia su lista de verano. Voy a leer El Quijote, La guerra y la paz, el lises y La Divina Comedia.

96. Desde el calefón vuelan plumitas cenicientas. Algunas llegan hasta el dormitorio y se asientan debajo de la cama y sobre las pelusas de los zapatos que usó durante el mes de las fiestas. Libertarias e inmunes a la adherencia de los cadáveres de pájaro, de las columnas de aceite y de sus personalidades, plumitas y pelusas defienden la última levedad de la casa.

97. Antes de comprar el hacha el monstruo padeció los destrozos.

98. En el diario íntimo: “Domingo 24 de diciembre de 1989. Pico barras de hielo / en la pileta / del lavadero”.

99. La prima que espera volver a casarse pretende imponerle un giro brusco a su vida. Hará un paréntesis y no se meterá en la cama con nadie. Después de veinte minutos, y con motivo del brindis de la nochebuena, la prima que espera volver a casarse le impone un giro brusco a su vida. Hago un paréntesis y me meto en la cama con cualquiera.

100. En el diario íntimo: “ ueves 21 de abril de 1994. Divergencia fulminante: buscaba sexo rápido y se topó con amor a primera vista”.

101. Cualquier noche del mes de las fiestas despide el año y come dorados en la costa con el viajero y con otra de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo. Apenas sentada, otra de las primeras que llegó a decir la violencia del monstruo saca un espiral de su cartera, lo pincha en el centro con un tenedor, lo enciende y lo acomoda cerca de la pata de la mesa. Pasan barcos y va la luna por el río. Laberintos, mosquitos, humo y humedad, cual sólidas vigas maestras, sostienen la conversación durante los primeros veinte minutos de la velada.

102. El viajero que ignora la violencia del monstruo cuenta la historia de un genovés vanidoso y emprendedor que a principios del último cuarto del siglo XIX construyó una pirámide en la isla para honrar a la bandera. Así como les digo, una pirámide, y en la isla, fue el primer monumento de la ciudad, y su modelo más simple y directo, más a mano en la cabeza del genovés, fue Keops o Kefrén, pero sin cámaras ni galerías subterráneas ni otras molestias egipcias. La pirámide costó mucho y duró poco. Antes de su inauguración oficial, una crecida, archivada en la historia local como “La grande”, anegó los cimientos, desmenuzó el adobe y separó los bloques de ladrillos. Desagregó la materia y se llevó la forma. Por este río.

103. El episodio del diario íntimo clausura la era de los hechos.

104. Como las cartas de Juan Perón.

105. Ante cualquier soplo fresco, las plumitas se agitan sobre las paredes orgánicas del bicho canasto como sobre un globo desinflado.

106. En el diario íntimo: “Domingo 22 de octubre del 2000. Leo los papeles personales del muerto: poemas, ensayos, pensamientos, listas, y les busco un motivo”.

107. El que primero le escribió sobre la violencia del monstruo y después sobre una familia rusa recién mudada a su edificio, le escribe ahora sobre lo particular y lo general. No nos importa hablar del comportamiento de unos y otros en la misma situación. No nos importa verificar cuánto se parecen las situaciones y cuánto el comportamiento de unos y otros. Nos importa el monstruo. Su rencorosa singularidad de monstruo.

108. Durante el mes de las fiestas escasean las peripecias. Olas peripecias se reducen a las compras navideñas, el plan vacacional, las celebraciones, el armado del árbol. Algunos ponen moños rojos en las ramas; otros, bolas brillantes de variados colores, en la punta una estrella y luces por doquier; los menos agregan un pesebre en la base. Pero están los que no arman el árbol, ni hacen compras navideñas, ni celebran, ni planean vacaciones. Están los que se mueren y los que roban diarios íntimos. Están los deudos y los saqueados. Pero en todos los casos, lo que escasea durante el mes de las fiestas son las peripecias.

109. En el diario íntimo. “Martes 19 de diciembre de 1995. Preparo la reposera y no reposo. Nadie reposa con este calor”.

110. Una vez se despierta en alarmas. A su lado el monstruo duerme benigno y apacible. El hacha sostiene sueño, gozo y señorío. Pero ella se desangra sobre su espanto. La mancha penetra en el satén blanco de las sábanas. Se adhiere al colchón como a las paredes internas de un bicho canasto. Desciende por los orificios de la gomaespuma en forma de columna de aceite. Un río, un mar, un laguito de sangre roja moja la hoja virgen del hacha.

111. En el diario íntimo: “Viernes 13 de marzo de 1998. Me consuelo y pienso en una velocidad propia del diario íntimo cuya fuerza de avance redunde en menoscabo semántico. A una determinada velocidad, que no necesariamente tiene que ser vertiginosa, ya no importa lo que se cuenta. Lo que sí importa es el ritmo que toman los hechos, y más aún cuando se someten a dos de las más perfectas farsas de la literatura: la de la intimidad y la del presente. (Me alivia la forma, me atormentan los contenidos)”.

112. ¿Quién, quién podría prescindir de un monstruo?

113. Una vez estuvo sola en la vida mientras se duchaba. Cayó el agua sobre su cabeza y sobre su cuerpo la espuma del champú. El jabón se le escapó de las manos y fue a parar detrás del bidé. Pero la verdadera adversidad tuvo lugar al final de la ducha, cuando ya se anudaba el pelo con una toalla. A un paso de sus pies húmedos y expuestos, yacente en el suelo, el murciélago abría la roja boca encuadrada en el pellejo mórbido de su cuerpecito. Los que caen al suelo, inservibles las alas, tienen la rabia; los que se cuelan por el ventiluz del baño que mira al oeste tienen la rabia; los que se irritan frente a su desnudez tienen la rabia.

114. Somos la rabia.

115. No hace falta cumplir cincuenta años para reblandecer el pasado o endurecerlo, mejor, en serie de heroísmos de, al menos, tres componentes: cuando llegó a Ezeiza por peronista o cuando se fue de la plaza por montonero o cuando robó su diario íntimo por amor.

116. Lee a una rara que se habituó, no a la saña, sino a la indiferencia del monstruo. Adiestrada en la contienda erudita puede camuflar la esquivez del monstruo opuesto con tres argumentos filosóficos, dos políticos, uno íntimo. Todos iguales entre sí.

117. Se entera que Tolstoi llevaba tres diarios íntimos. Uno por si lo encontraba su mujer. Otro por si aun lo encontraba su mujer. El último para que no lo encontrara su mujer.

118. La mujer de Tolstoi también llevaba un diario íntimo. Uno solo.

119. Escribe poemas admonitorios. En el diario íntimo: “Viernes 13 de diciembre de 1996: Yo persigo una forma / dijo el Monstruo. Y la niña: / es mi vestido blanco / de blanco broderie. // Los agujeros distaban / con florida armonía / y entre unos y otros / el blanco consabido / el blanco que ya sigue / la divina verdad. // Yo persigo una forma / que no encuentre su estilo / dice el Monstruo y agrega: / Me importan los agujeros / distancia y simetría / pero más que el agujero / la planicie y la huida / la nula extravagancia / del Blanco y sólo el Blanco / de todo tu vestido / de todo el broderie”.

120. En caso de haber pensado en algo futuro, algo futuro muy desparejo, tirando a extraordinario o, también, siquiera a habitual, jamás habría llegado al punto de pensar que el mes de las fiestas se saldría tan de quicio tan de forma queda. Pero no había pensado en nada futuro. O en nada casi futuro. O en nada.

121. Gótica, el monstruo, el bicho canasto, el diario íntimo, las personalidades, los pájaros, el murciélago, uan Perón, el hacha, la ducha, el río, el mar, el laguito, la sangre, la que se murió una tarde, la forma, el contenido, la enumeración.

122. Y se va, de veras se va, te quiero decir: no aparece más en la novela.

(A Marina Serenelli, en su memoria)

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