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\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
Bob Dylan
Encuentro con el oráculo
por Pablo Makovsky.
Bob Dylan aprendió a cantar de nuevo en los últimos años: un fraseo áspero como viento arenoso. En esa voz, cuyos desvíos dejan intacta la grandeza clásica de las canciones, muchos volvieron a escuchar, el último 18 de marzo en el Hipódromo Independencia de Rosario, la banda de sonido de sus vidas.
“E“El gato está en el pozo y el lobo mira hacia
abajo. Su cola espesa y enorme barre todo el
piso. El gato está en el pozo, la dulce dama
está dormida. No escucha nada, el silencio se
le pega al abismo”.
El 18 de marzo pasado, el día que Bob Dylan
estuvo en Rosario, amaneció con bruma. Un
velo delgado enturbiaba el aire y flotaba sobre
el río sereno. A la noche, a eso de las diez y
cinco, cuando Dylan hacía una versión de
“Don’t think twice, it’s all right”, unas nubes se
encrestaban contra la luna mientras el rocío
descendía sobre el Hipódromo apenas colmado.
El aire estaba quieto y, aun así, todos sus
signos hacían balancear la inminencia de algo.
Lque sucedería. Dylan trajo eso: una suspensión
del tiempo, una atmósfera; acaso la proximidad de algo que ya había sucedido. Me gusta
creer que en lo que fue, según todos los especialistas, el mejor concierto de Dylan en Argentina,
el hombre eligió con cierta complicidad
su primer tema: “Cat’s in the well”: “El gato está
en el pozo y el criado está en la puerta. Los
tragos ya están listos y los perros se van a la guerra”.
Well es un tipo particular de pozo: un
agujero, pero del que mana algo. “Oil well”:
pozo petrolero. Es el último tema de nder
the red sky, un disco de 1990, cuando Irak
había invadido Kuwait y ya se olía la guerra.
Bajo el cielo enrojecido es también un disco de la inminencia. “Esta es la llave del reino y esta
es la ciudad. Y este es el caballo ciego que nos
guía por acá”, dice el estribillo de la canción que
le da nombre al disco.
Soundtrack
A las ocho de la noche en la avenida Dante
Alighieri, la que atraviesa el Parque Independencia,
las caballerizas del Hipódromo expelían
el vaho dulzón de la bosta de caballo. En
la larga cola que llegaba hasta la rotonda de
Ovidio Lagos, Gabriela (196 ) se irguió sobre
una de las raíces de un eucalipto para saludar.
Su esposo y su hija de diez años la esperaban
en casa. Pero ella estaba ahí: “Vine a escuchar
la banda de sonido de mi vida”, dijo. Claro. Y
más atrás había un matrimonio mayor que
miraba de reojo el discreto ritual de los vendedores
de remeras. Todos habíamos llegado un
poco tarde a ese ritual: los vendedores, porque
su esquiva clientela ya había acumulado demasiadas
remeras; Gabriela, porque ya había
visto la película y conocía la banda de sonido...
Pero todos teníamos algo que escuchar, acaso
todos nos habíamos perdido parte de la película.
“God knows”.
“Don’t think twice, it’s all right” fue el
segundo tema del concierto. “Aún quisiera
que hubiese algo que puedas hacer o decir,
algo que puedas intentar para hacer que cambie
de idea y me quede. Pero nunca hablamos
demasiado, de todos modos. Así que no lo
pienses dos veces, está bien así”. 3. Más sobre
esta letra> La letra, cierto.
Pero nadie entendía demasiado las
letras. Dylan —me dice Diego, me
dice Robbie— aprendió a cantar de nuevo en
estos últimos años. Su canto es un rumor
áspero, un viento de arena que irrumpe en la
madera partida del granero. Pero es un canto,
que es todo lo que se puede desear de un cantor
popular.
A las 22.50, después de que una banda
increíble, capaz de combinar el sonido de los
crooners de club nocturno de los 50 con la
mejor tradición del blues de Memphis, el rock
and roll más violento y eléctrico con la suave
ironía acústica del folk y el country; a esa hora,
decía, llegó el único guiño hacia el público, la
serena ejecución de “Like a rolling stone”, que
debimos escuchar de pie como si de repente
hubiera resucitado Karol Wojtyla ahí adelante,
para sacralizar el escenario del Hipódromo.
Pero nadie pudo seguir la letra (“¿Qué
se siente estar a la deriva y librado a uno
mismo, como canto rodado, sin rumbo a
casa?”), la versión, como otras, jugaba demasiado
con el nuevo fraseo de Dylan y los músicos
parecían estar demasiado ocupados en
esas armonías que habían encontrado en una
canción que ya tiene cuarenta y cinco años.
Ruedas en llamas
Dylan también interpretó “This wheel’s on
fire”, fue el tema número once de una lista
que incluyó maravillas de Modern times como
“When the deal goes down”, “Spirit on the
water” o “Working man’s blues #2” en una
versión más melosa, en esa frontera de la
música popular en la que el sonido dice tanto
de la música que toca como de las cosas con las
que trafica la canción. Pero “This wheel’s on
fire”, el tema que hacía con The Band –cuya grabación quedó involuntariamente archivada
en las Basement tapes, después del accidente de
moto de Dylan, en 1966–, fue una gema única
que sólo hizo en Rosario, ante una platea que
incluía fumadores de pipa, concejales con
remeras de ack Daniels y hasta un edil de la
bancada opositora que había pagado la entrada
y recibía el caluroso saludo de unos amigos
periodistas.
Nacho, un veinteañero porteño que recorre
el país siguiendo bandas de rock, incluso aquellas
que ya vio en Buenos Aires, cuenta en su
blog que Dylan “estuvo de mucho mejor humor
que cuando tocó en Vélez hace unos días. Por
momentos dejaba el teclado y bailaba y sonreía
con complicidad a su banda y cuando terminaba alguna canción que la gente le festejaba
mucho, él se acercaba y levantaba los brazos. Es
todo un logro para Dylan y todo un honor
para la gente de Rosario”.
Música de radio
Siempre me pareció, y sobre todo después de
ver No direction home (2005), el documental de
Martin Scorsese sobre el período fundacional de Dylan (1961-1965), que en Dylan había
algo de lo oracular en el sentido más clásico,
más griego. Hank Williams, Robert ohnson,
The Almanac Brothers, entre otros, eran los
músicos que Dylan conoció en su juventud a
través de la radio, en el pueblito de Minnesota
donde nació en 1941. Ese sonido, el de la
música que llega a través de la radio, fue el
que buscó en sus discos y, mejor aún, en sus
canciones, como si la misma radio fuese capaz
de arrastrar en sus ondas el Sermón de la Montaña, cosa que dice, incluso, en la ejemplar
canción “Shooting star”. Pero el momento
oracular de Dylan –el héroe clásico enfrenta el
oráculo antes de partir– es el encuentro en el
60 con Woody Guthrie, internado en un hospicio,
antes de que Dylan compusiera una sola
de sus líneas.
El mismo Dave Van Ronk,
muerto poco antes del estreno de No direction
home, en 2005, dijo en una entrevista que aún
cuando Dylan no había comenzado a escribir
ya contaba con admiradores entre los músicos
de la escena neoyorkina. Esa admiración era el
aura de ese encuentro, cuando Guthrie estaba
tumbado en la cama y deliraba por el avance
del mal de Huntington: Dylan no sólo fue a las
raíces, aprendió de su delirio. Guthrie fue un
oráculo porque cuanto había por decir y escuchar
se consumaría en una obra.
Un oráculo: la abuela Valentina, que cumplió
cien años el año pasado, nació en Rusia
antes de la Revolución. Su padre, un bolchevique nacido en Grecia, fue deportado por el
ejército del zar a Siberia, donde murió antes de
octubre de 1917. Valentina vino a Argentina
con su madre viuda y casi ochenta años más
tarde, en 1986, visitó la URSS. “Fui al Mausoleo
de Lenin —me decía la mujer hace una
década—, pero no lo pude ver”. Literalmente:
había llorado desde que se acercó al lugar
hasta que partió. No lo vio, pero Valentina
habita ese Mausoleo desde antes de su encuentro.
Eso que a duras penas se descifra de esta
visita de Dylan, ese poder oracular de su
música, es algo que habitamos.
“El gato está en el pozo, las hojas comienzan
a caer. Buenas noches, mi amor, que el Señor
se apiade de todos nosotros”. ≈ |