Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 4, otoño de 2008

Leyendo -T

Indice

1

   

El mes de las fiestas

2

 

Epifanía del barroco

3

 

La Milla de las damas

4

 

Incendiando Madrid

5

 

Ciudades flotantes

6

 

10 x CCE.C

7

 

Encuentro con el oráculo

8

 

Pasajera en trance

9

 

Qué me importa

10

 

Contratapa


Contratapa
De la libreta del Director

El presidente y el novelista

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Cuba

Epifanía del barroco

por Diego Giordano.


SSemanas antes de abordar en Ezeiza un vuelo con destino La Habana, caí, como cualquier viajero tecno, en el lugar común de creer que peinando Internet en detalle obtendría la información necesaria para recorrer a fondo los sitios que visitaría en pocos días más: fotos, crónicas, guías para turistas, mapas y agendas viajeras fueron la compañía de interminables noches de insomnio. El viaje, que comenzaba en La Habana, continuaba en Santiago de Cuba y culminaba en Holguín, tenía a la capital cubana como destino estrella. Años atrás, José Lezama Lima y Alejo Carpentier me habían inoculado el virus de la ruta habanera del barroco y ahora yo esperaba recorrerla palmo a palmo con un cuaderno de apuntes y una cámara fotográfica a mano. De Santiago de Cuba sólo sabía que estaba ubicada cerca de la cámara de torturas norteamericana de Guantánamo, que era una de las más antiguas ciudades de la isla además de su primera capital, que su aporte a la independencia y revolución cubanas alcanzaba ribetes de leyenda, que en ella había una fortaleza del siglo XVI, construida para repeler a los piratas franceses, y que podía visitar el Museo de la Trova, cuna del son, y la tumba de José Martí. Pero mi gran objetivo era el barroco de La Habana.

Lezama Lima le asignaba a la estética barroca un sentido revolucionario, de contraconquista, a través de la correlación de dos categorías complementarias, la tensión y el plutonismo, y verificaba una política de transculturación, apropiación y metamorfosis de la herencia española. La tensión formal es la contraseña del barroco americano y en su origen, en su raíz mixta e inestable, se funden palabras, geometrías y colores. El resultado es mágico y tirante, como la composición generada por el loro azul, el Cristo aindiado y el cuadro del Che Guevara que colgaban en el despacho del cura Cardozo, en una de las escenas finales de El zorro de arriba y el zorro de abajo, del peruano José María Arguedas. 1. Más sobre El Zorro...>

Sin embargo, después de patear durante cinco días las calles de La Habana, de visitar la casa en la que Carpentier situó su novela El siglo de las luces y de examinar con ojo obsesivo el mobiliario del escritorio de Lezama Lima, me invadió el abatimiento. La Habana me ofrecía todo su esplendor barroco, sus patios frescos llenos de sombra, su parloteo capitalino y su yuxtaposición de estilos arquitectónicos, pero al final del día no podía dejar de pensar que todo aquello que la ciudad me mostraba era precisamente lo que tenía preparado para los ojos del viajero, no su esencia sino un antifaz.


Un avión soviético: la revancha

Para llegar a Santiago de Cuba hay que manejar poco más de ochocientos kilómetros en dirección sudeste, pero el huracán Noel había dejado los caminos en mal estado por lo que la única opción disponible era subirse a un avión ruso. Mucho había escuchado acerca del estado de esas reliquias soviéticas: que temblaban, que echaban humo dentro de la cabina, que les faltaban tornillos, que el ruido en el interior era insoportable... Lo cierto es que el humo que comenzó a salir del suelo al momento de la partida no era monóxido de carbono sino un refrescante vapor de agua, que las vibraciones no eran muy distintas de las que se sienten en cualquier pájaro metálico y que la pericia de los pilotos hizo que tanto el despegue como el aterrizaje fueran maniobras suaves y flexibles. Por eso, y porque durante los años de mi infancia coleccioné fotografías de aviones rusos imantado por el alfabeto cirílico, una vez en tierra sentí que esa plácida hora y media de vuelo tenía el carácter de una revancha secreta. Pueblerina de tan amigable pero activa como cualquier ciudad grande, Santiago de Cuba me obligó a dejar de lado el cuaderno de apuntes para someterme a su propia lógica de tesoro olvidado.

Fundada en 1515, tuvo como primera autoridad española al Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar, también primer gobernador de la isla. La casa del funcionario, ubicada en una de las esquinas de la plaza principal, frente al Hotel Casagranda y la Catedral, es actualmente un museo que reúne el mobiliario de la aristocracia colonial. Candelabros, canceles de inspiración árabe, sillas diminutas, platos, urinarios con motivos florales, biombos con incrustaciones de marfil que narran episodios de antiguas guerras griegas, mecedoras, espejos y blasones conviven apiñados en un gran caldero barroco. Como la mayoría de las casas coloniales, el centro es un gran patio con aljibe, plantas y árboles, y como en la mayoría de los museos en Cuba, la seguridad está a cargo de mujeres entradas en años con cara de pocos amigos.

El centro de la ciudad es similar al centro de cualquier otra ciudad: hay peluquerías, almacenes, tiendas y gente en las calles. En la peatonal, los transeúntes miran al extraño con sorpresa, saludan y propo nen la charla, que casi siempre comienza con la pregunta: “¿Qué lo trajo hasta aquí ”. Santiago de Cuba, queda claro a poco de recorrerla, difiere de La Habana en la naturalidad de sus habitantes. El habanero es amable y confianzudo, pero como todo capitalino, no parece dispuesto a perder el tiempo charlando con turistas. En Santiago, en cambio, en cualquier esquina puede aparecer uno de los fundadores del efímero Partido Peronista Cubano, que consultará al viajero argentino sobre la actualidad del movimiento con preguntas del tipo “¿Cómo ha hecho el peronismo para refundarse después de Menem ”, antes de analizar la política económica de la primera presidencia de Perón y establecer las comparaciones de rigor entre Fidel Castro y el caudillo argentino. A esta altura quedaba claro que la información recopilada en Internet carecía de utilidad.


Lugar común, la política

Un día después conocí a Osvaldo, conductor de un auto de alquiler, con quien recorrí Santiago y sus aledaños. Ardoroso defensor de la revolución, Osvaldo lleva siempre encima un recorte del diario Granma con la noticia de la inclusión de su hija en la lista de mejores promedios estudiantiles. En la foto se la ve junto a Raúl Castro, y en un recuadro lateral se publica el discurso que la pequeña leyó ante un auditorio numeroso. Luego, en el lugar común más común que caracteriza toda charla entre un cubano y un rosarino, aparece el nombre del Che Guevara. “Se me eriza la piel cuando hablamos de Ernesto” —dice Osvaldo—, “él era argentino pero para nosotros es un cubano más”. Luego me pregunta si conozco la casa del Che en Rosario. Le cuento que vivo a tan sólo una cuadra del coqueto edificio de Urquiza y Entre Ríos, pero que allí no hay un museo. Sus ojos en el espejo retrovisor muestran des confianza pero también curiosidad. Le explico que si bien en las canchas de fútbol y en los recitales de rock se ven banderas y remeras del Che, pervive en el imaginario de gran parte de los argentinos la idea de que el Che era un terrorista sediento de sangre inocente. Osvaldo duda en silencio algunos segundos y luego me dice: “No sé cuál será su opinión, pero aquí en Cuba somos mayoría los que pensamos que el mundo sería un lugar mejor si todos fuéramos un poco como el Che”.

Algunos minutos después, en un poblado llamado San Luis, nos detenemos en un pequeño hotel. Mientras camino por la recepción, compruebo que las paredes, al igual que en los hoteles de La Habana y Santiago, están cubiertas de fotografías, mapas, textos y dibujos que narran las batallas de la independencia cubana y la revolución del 59, y pienso que, dejando de lado opiniones políticas y debates ideo lógicos, los cubanos están orgullosos de su historia y de conocerla a fondo. Algo similar me había ocurrido en La Habana con un taxista que durante los diez minutos que duró el viaje lanzó todo tipo de invectivas contra el régimen de Castro. Pero sus ataques no estaban dirigidos al corazón de la revolución sino a lo que él denominaba “su falta de renovación”. Citaba a José Martí y ponderaba que las prioridades del régimen fueran la salud y la educación para todos pero detestaba el sistema político que perpetuaba en el poder a Castro y sus discípulos. Mientras hablaba, nos acercábamos al edificiorobot que los soviéticos construyeron para sus diplomáticos, y entre las palabras del taxista y la visión de esa suerte de estación espacial de cemento y vidrio enclavada en una ciudad de casas bajas, reconozco que me sentí desorientado. Palabras como modernidad, socialismo, disidencia y orgullo se amontonaban a los codazos en mi cabeza. Estaba confundido.

Cada opinión que escuché en Cuba, a favor o en contra del régimen, tenía su fundamento en un argumento de tipo político. Ideología, Estado, doctrina, palabras que en Latinoamérica quedaron en el arcón de los trastos oxidados después de los años neoliberales, fluyen de manera natural en las conversaciones. Para viajar en avión se requiere de cierto dinero, por lo que no sorprende que a lo largo del camino que lleva al viajero hasta cualquier aeropuerto se multipliquen los anuncios publicitarios destinados al consumo de teléfonos celulares o perfumes. Bien, en Cuba, el mismo trayecto transcurre entre carteles con consignas políticas referidas al bloqueo norteamericano o a la cantidad de chicos que mueren en el mundo diariamente por desnutrición y enfermedades curables: “Ninguno es cubano”, es el remate de este último.

Podría decirse que los cubanos, con sus sillas en la vereda y sus voces saltarinas, viven en estado de asamblea callejera permanente, pero tal vez esto nada tenga que ver con avatares políticos y sí con una marca de idiosincrasia. Ya en su ensayo “La ciudad de las columnas”, Carpentier había escrito que “la calle cubana es parlera, indiscreta, fisgona” y que “el estilo cubano se ha definido para la calle”.


Por fin

 

Para llegar a la iglesia de la Virgen del Cobre hay que internarse en las sierras que rodean Santiago de Cuba. El camino, que atraviesa las huertas del Estado y nunca propone una línea recta, está poblado de boyeros y vendedores de efigies religiosas, bananas y adornos hechos con girasoles. odos se acercan al auto para ofrecer su trabajo, todos sonríen al despedirse. Desde la iglesia puede verse la vieja mina de cobre que la nombra.

Debo reconocer que ingresé al templo un tanto desprevenido, agobiado por el calor y la humedad. Pero, finalmente, ahí me esperaba la visión espontánea que La Habana, astuta y previsora, me había escamoteado: en el altar, sobre las ofrendas —flores, televisores, muñecos— y las cartas dirigidas a la Virgen, colgaba un Cristo ladeado por la foto de un pontífice y un saxofón de cobre.

Podrá argumentarse que el saxofón, lo mismo que el papado, es un invento europeo y que su ubicación en el altar de la iglesia de la Virgen del Cobre no representa de manera cabal el mestizaje latinoamericano. Error: la identidad barroca latinoamericana no depende de la referencia nativa sino del modo en que sus componentes se funden en la percepción del extrañamiento. En Santiago de Cuba, los fragmentos aislados otorgan a la ciudad su sentido; en la combinación está la clave de la totalidad rota.

La experiencia de la ciudad y el arte moderno se cifra en la extrañeza, en un fuera de contexto incluido en eso que llamamos realidad, en un caso, y realismo, en el otro. A comienzos del siglo XX, las vanguardias artísticas europeas convirtieron esta idea en dogma y teoría, es decir, le quitaron su carga reactiva. En Latinoamérica, donde inicialmente el gesto europeo se repitió de manera automática, César Vallejo, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y José María Arguedas comprendieron que para forjar una vanguardia estética en este lado del mundo no había que inventar nada sino detenerse en aquello que es insólito en su cotidiana naturalidad.

Por eso, caminar por Santiago de Cuba equivale a un trance onírico que no precisa de ademanes vanguardistas para mostrar el nervio descarnado de la alegoría: la epifanía barroca, su condición de quimera creativa, aparece en estado puro. Lo insólito, lo moderno, se vuelve habitual entre casonas derruidas, huertas comunitarias, guardias militares que custodian la tumba de un poeta y carros tirados a caballo.≈


Diego Giordano nació en Rosario, en 1974. Es periodista y músico. Entre 2003 y 2005 editó RIEL (Revista de Investigaciones y Estudios Literarios).


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