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\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
Madrid
Incendiando Madrid
por Martín Guerra Muente.
Creada en el a o 2002 en un antiguo edificio con aire fabril de Lavapiés, el barrio madrileño de la migración, La Casa Encendida se perfila como un espacio
comunitario, cultural y artístico donde converge la expresión contemporánea con
una clara vocación social, plural e integradora.
"L “La Casa Encendida mola, tío”. “Mola mogollón”. “Está guay el lugar”. “Flipo hasta con el nombre”. Estas son las palabras que uno escucha,
en jerga modernísimamente española —la que se usa para definir lo
que está de moda, lo que gusta, lo que alucina a las nuevas generaciones—,
cuando recorre los pasillos, de una asepsia hospitalaria, de
este centro social y cultural. Pero no son sólo jóvenes, ni sólo españoles,
los que pasean por las salas de este lugar, pues su interesante
oferta de actividades convoca a gente de todas las edades y, ciertamente,
de muchos países. Ya sea para leer en la biblioteca o ver una película
de entre los 5.000 títulos con los que cuenta la videoteca, para
navegar en Internet o descansar oyendo la radio en uno de los cómodos
sillones que están por toda la casa, este lugar abre sus puertas para
todo aquel que quiera redimirse, a punta de fuego creativo, de la rutina
asfixiante de la vida diaria.
Llegar a La Casa Encendida es muy sencillo, pues se encuentra en
medio de ese corredor cultural que está eclosionando en Madrid.
Uno puede hacerlo por el Paseo de la Castellana, viniendo del sur, y
pasar por el Museo acional del Prado, el Thyssen y el Reina Sofía,
frente a la Estación de Atocha; o, también, por el norte pasando por
Matadero Madrid, flamante centro cultural del Ayuntamiento; y si uno
llega caminado, desde el centro de Madrid, evitando las grandes avenidas
y sumergiéndose en el laberinto de calles estrechas que caracterizan
a esta ciudad, va a pasar por Lavapiés, efervescente barrio donde
se encuentra ubicada La Casa, y que, más allá de cobijarla, parece ser
que la define como un espacio de convergencia social y artística. Y es
que Lavapiés es el barrio mítico de la migración madrileña, donde la
gente que llega de todas partes del mundo, pero sobre todo de África
y América latina, encuentra redes de ayuda para una mejor adaptación.
Consciente del espacio que ocupa, de su relevancia como punto de
encuentro de esa diversidad emblemática, la gente de La Casa Encendida,
que tomó por asalto un antiguo y ecléctico edificio de aire fabril,
pensó que, desde el diseño, debía invitar no sólo a los artistas, sino a
la población en general que suele sentirse intimidada por la solemnidad
institucional de ciertos espacios. Para ello ejecutó una política de
puertas abiertas, con el fin de integrar a la comunidad de la que La Casa
es parte, y otorgarle un cariz social a esa programación tan variada y
vanguardista que exhibe.
Con una estética desenfadada, fresca y rompedora, tanto en el
propio inmueble —su arquitectura receptiva y moderna invita a la permanencia:
wifien todo el edificio, terraza abierta al público, biblio
teca, salas con computadoras de uso público— como en los elemen
tos que usa para su difusión, La Casa Encendida se pensó como un
lugar donde la gente pudiera estar, ya sea consultando la videoteca o
la hemeroteca, siguiendo algún taller o curso, haciendo uso de Internet
o, simplemente, descubriendo algún rincón de la casa intervenido
artísticamente. Eso es lo que enfatiza David Descalzo, jefe de
comunicaciones de dicho centro, que encuentra que sin una morfología
adecuada, que represente una apertura simbólica para el barrio
que los alberga, no estarían correspondiendo con esa imagen de apertura
que los caracteriza desde su creación.
Más allá de lo que pudiera parecer una coincidencia geográfica, La
Casa Encendida fue creada en 2002 con la voluntad de ser un dinamizador social. acida como producto de la obra social de Caja
Madrid (en el sistema financiero español, a diferencia de los bancos,
las cajas de ahorro han de dedicar una parte importante de sus beneficios
a obras sociales, medio ambientales o culturales) este centro se
ha perfilado como un lugar donde la expresión contemporánea y vanguardista
(frente al tradicional y rígido enfoque museístico de otros
centros) se fusiona con una clara vocación social, plural e integradora.
Su filosofía está impregnada de la concepción de que en la actualidad
acción cultural y acción social son un binomio necesario.
Pero, ¿en qué se diferencia un centro social como éste de un cen
tro cultural tal como lo conocemos? David Descalzo nos dice que el
proyecto se concibió desde el principio tomando en cuenta la ubicación,
y, sobre todo, para acoger una serie de iniciativas que vayan de
lo cultural a lo social: “La Casa Encendida es un centro social y cultural
donde se mezclan cuatro áreas de actuación: la solidaridad, la
cultura, el medio ambiente y la educación, que para nosotros no son
espacios compartimentados sino que los vemos y los presentamos
como ejes transversales de un mismo objetivo.”
Es por ello que entre las actividades culturales que presentan a
diario (cine experimental, exposiciones e intervenciones de artistas
jóvenes, y algunos consagrados, conciertos, etcétera) están también esas
otras actividades que no dejan de ser creativas pero tienen objetivos que
apuntan al bienestar social. Así La Casa acoge una serie de proyectos
como los puntos de información al voluntariado, que convocan a
O G´s , con talleres y presentaciones; o la tienda de comercio justo
que, gestionada por la O G Solidaridad Internacional, difunde valores
de equidad en el intercambio y el rechazo a la explotación laboral.
Asimismo, La Casa Encendida ofrece una amplia oferta formativa
de cursos y talleres de bajo coste y altísima calidad, con un profesorado
que es selectivamente convocado para desarrollar el eje educativo
de este centro. Tanto en técnicas artísticas —arte multimedia,
programación, animación, cine documental— que han sido, de
alguna manera, los talleres que más resonancia han tenido; en gestión
—elaboración de proyectos de cooperación para el desarrollo,
acción cultural para el desarrollo, gestión cultural, etcétera—; o en
temas de actualidad como la ecología o la interculturalidad. Pero también
en teorías contemporáneas, como el feminismo, o la cyberpolítica;
y en literatura, como el que dictó, muy poco antes de morir,
Roberto Bolaño.
Residencia y disidencia
La Casa Encendida tiene una plataforma de proyectos que, en este caso,
generan una dinámica expositiva más amplia y democrática. En este
lugar los jóvenes artistas, que no suelen encontrar canales de difusión
adecuados ni espacios de experimentación por los soportes poco ortodoxos
con los que trabajan, encuentran una vía de ayuda muy importante.
Está, por ejemplo, el programa de becas Generación, donde los
representantes del arte español emergente, así como artistas de otras
partes del mundo que residen en España, y que trabajan con temáticas
de problemática social de sus países de origen, tienen la posibilidad
de confrontarse con el público del centro.
En esta misma línea de impulso a las nuevas propuestas se
encuentra el concurso de jóvenes comisarios que se celebra todos
los años a principios de verano. o importa ni el nombre ni la trayectoria
de quien dirija el plan curatorial, lo que importa es la creatividad
del proyecto expositivo, así como los problemas que
puede plantear tanto en la parte formal como en la parte temática. El ganador de este concurso expone en una de salas principales
del centro dando así a conocer su propuesta.
Otros proyectos son Artistas en Residencia, que concede becas
a la investigación, a la manera de un work in progress, en danza contemporánea;
el concurso Ráfagas que promueve la creación de
pequeñas piezas audiovisuales que, como intersticios efímeros,
no pueden durar más de tres minutos y que, en algunos casos, han
tenido una duración de diez segundos; y Encasa, que ofrece espacios
poco usuales de intervención para que los artistas puedan trabajar
en ellos y con ellos (la fachada del edificio, los baños, las escaleras,
los pasillos, etcétera). Para este último proyecto se ha convocado
a artistas como Maider López, que intervino la fachada con unos
toldos de colores, o el más reciente happening conceptual elaborado por el
artista Joseph Kosuth, que ha incendiado la casa con una instalación lumínica
—también en la fachada— donde se pueden leer frases de Jorge Luis
Borges, Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti.
Si bien es cierto que hay un entusiasmo casi unánime en los jóvenes
artistas cuando se los interroga por la importancia de un centro como éste,
pues la posibilidad de contar con el apoyo de una institución que combina
la seriedad con una sensibilidad underground es una novedad, para
algunos no todo es color de rosa. Mientras que aquellos celebran su
innovación, su búsqueda constante de lo extraño, su familiaridad para trabajar
con los artistas, para los más escépticos la propuesta no contribuye
a abolir el elitismo del circuito artístico. Los testimonios son diversos:
para algunos colectivos, la supuesta libertad creativa se ve coactada por
alguna censura en los contenidos, o en el propio método de selección y
comisariado que se les delegaría a empresas que harían de la relación
artistainstitución algo muy impersonal.
Existen otros, en cambio, que encuentran que esta disposición para
romper con cierto conservadurismo rancio, sin caer en un exceso de glamour
y de snobismo fashion, es lo mejor que le ha podido pasar a una
ciudad como Madrid. Es así que en medio de los diversos comentarios
aparece el nombre de Lucía Casani, coordinadora en el área de audiovisuales,
quien para muchos se ha convertido en una cazadora de arte,
una suerte de etnógrafa que va detrás de aquello que no suele tener un
escaparate idóneo y que, sin embargo, es de lo más interesante que se
puede ver.
Lo que queda claro es que no se puede complacer a todos, pero, y
en esto me atrevo a decir que hay cierto consenso, La Casa Encendi
da cumple un papel social sumamente importante y, de hecho, es la
gente de a pie la que más apoya sus iniciativas de inserción de la
población en actividades de las que suelen estar excluidos. Ya sea que
se complazca a unos o a otros —a los epígonos de un cosmopolitismo
artístico, de todo lo que sea a antgarde o a los que quieren que
todo lleve un toque de modernidad o tenga, por lo menos, algo de
ethno art— o no lo haga —como con los anarquistas más quisquillosos
o los predicadores de cierto outsider art—la iniciativa pedagógica
que supone esta empresa es digna de celebrarse.
Con cinco salas expositivas (dos en el sótano y tres que se extienden
invitando al visitante desde la entrada), un patio y una terraza,
que sirven, también, como sala de conciertos, cine al aire libre
o sala expositiva a la intemperie, La Casa Encendida ha visto desfilar
por sus paredes, aulas de trabajo y pantallas de proyección a
personajes como Andy Warhol, Arthur Rimbaud, Alberto García
Alix, Patty Smith, Aki Kaurismaki, Liam Gillick, Wong Kar Way,
el mencionado Bolaño, Ray Loriga, Enrique Vila Matas, Ignacio
Ramonet y muchos más.
Y aunque no termine de ser el espacio okupa(do) y heterogéneo
que podría ser, La Casa Encendida tiene ese toque de libertad
postmoderna y futurista que es la nueva tendencia de los centros
culturales del mundo. Con dosis iguales de multiculturalismo,
vanguardia chic, y una dinámica oferta cultural y educativa, este centro cultural es uno de los lugares más guays de la
movida arty madrileña. ≈
Martín Guerra Muente nació en
Lima (Perú), en 1976.
Es antropólogo y
poeta. Publicó el libro
de poemas Imagen sin
nombre (2002). Fue
editor entre los años
2004 y 2006 de Facto
revista de arte y
tendencias el Centro
Cultural de España en
Lima. Actualmente es
miembro el consejo
editorial de Intermezzo
Tropical: tribulaciones
del sujeto descentrado
latinoamericano.
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