Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 4, otoño de 2008

Leyendo -T

Indice

1

   

El mes de las fiestas

2

 

Epifanía del barroco

3

 

La Milla de las damas

4

 

Incendiando Madrid

5

 

Ciudades flotantes

6

 

10 x CCE.C

7

 

Encuentro con el oráculo

8

 

Pasajera en trance

9

 

Qué me importa

10

 

Contratapa


Contratapa
De la libreta del Director

El presidente y el novelista

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Madrid

Incendiando Madrid

por Martín Guerra Muente.
Creada en el a o 2002 en un antiguo edificio con aire fabril de Lavapiés, el barrio madrileño de la migración, La Casa Encendida se perfila como un espacio comunitario, cultural y artístico donde converge la expresión contemporánea con una clara vocación social, plural e integradora.


"L “La Casa Encendida mola, tío”. “Mola mogollón”. “Está guay el lugar”. “Flipo hasta con el nombre”. Estas son las palabras que uno escucha, en jerga modernísimamente española —la que se usa para definir lo que está de moda, lo que gusta, lo que alucina a las nuevas generaciones—, cuando recorre los pasillos, de una asepsia hospitalaria, de este centro social y cultural. Pero no son sólo jóvenes, ni sólo españoles, los que pasean por las salas de este lugar, pues su interesante oferta de actividades convoca a gente de todas las edades y, ciertamente, de muchos países. Ya sea para leer en la biblioteca o ver una película de entre los 5.000 títulos con los que cuenta la videoteca, para navegar en Internet o descansar oyendo la radio en uno de los cómodos sillones que están por toda la casa, este lugar abre sus puertas para todo aquel que quiera redimirse, a punta de fuego creativo, de la rutina asfixiante de la vida diaria.

Llegar a La Casa Encendida es muy sencillo, pues se encuentra en medio de ese corredor cultural que está eclosionando en Madrid. Uno puede hacerlo por el Paseo de la Castellana, viniendo del sur, y pasar por el Museo acional del Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, frente a la Estación de Atocha; o, también, por el norte pasando por Matadero Madrid, flamante centro cultural del Ayuntamiento; y si uno llega caminado, desde el centro de Madrid, evitando las grandes avenidas y sumergiéndose en el laberinto de calles estrechas que caracterizan a esta ciudad, va a pasar por Lavapiés, efervescente barrio donde se encuentra ubicada La Casa, y que, más allá de cobijarla, parece ser que la define como un espacio de convergencia social y artística. Y es que Lavapiés es el barrio mítico de la migración madrileña, donde la gente que llega de todas partes del mundo, pero sobre todo de África y América latina, encuentra redes de ayuda para una mejor adaptación. Consciente del espacio que ocupa, de su relevancia como punto de encuentro de esa diversidad emblemática, la gente de La Casa Encendida, que tomó por asalto un antiguo y ecléctico edificio de aire fabril, pensó que, desde el diseño, debía invitar no sólo a los artistas, sino a la población en general que suele sentirse intimidada por la solemnidad institucional de ciertos espacios. Para ello ejecutó una política de puertas abiertas, con el fin de integrar a la comunidad de la que La Casa es parte, y otorgarle un cariz social a esa programación tan variada y vanguardista que exhibe.

Con una estética desenfadada, fresca y rompedora, tanto en el propio inmueble —su arquitectura receptiva y moderna invita a la permanencia: wifien todo el edificio, terraza abierta al público, biblio teca, salas con computadoras de uso público— como en los elemen tos que usa para su difusión, La Casa Encendida se pensó como un lugar donde la gente pudiera estar, ya sea consultando la videoteca o la hemeroteca, siguiendo algún taller o curso, haciendo uso de Internet o, simplemente, descubriendo algún rincón de la casa intervenido artísticamente. Eso es lo que enfatiza David Descalzo, jefe de comunicaciones de dicho centro, que encuentra que sin una morfología adecuada, que represente una apertura simbólica para el barrio que los alberga, no estarían correspondiendo con esa imagen de apertura que los caracteriza desde su creación.

Más allá de lo que pudiera parecer una coincidencia geográfica, La Casa Encendida fue creada en 2002 con la voluntad de ser un dinamizador social. acida como producto de la obra social de Caja Madrid (en el sistema financiero español, a diferencia de los bancos, las cajas de ahorro han de dedicar una parte importante de sus beneficios a obras sociales, medio ambientales o culturales) este centro se ha perfilado como un lugar donde la expresión contemporánea y vanguardista (frente al tradicional y rígido enfoque museístico de otros centros) se fusiona con una clara vocación social, plural e integradora. Su filosofía está impregnada de la concepción de que en la actualidad acción cultural y acción social son un binomio necesario. Pero, ¿en qué se diferencia un centro social como éste de un cen tro cultural tal como lo conocemos? David Descalzo nos dice que el proyecto se concibió desde el principio tomando en cuenta la ubicación, y, sobre todo, para acoger una serie de iniciativas que vayan de lo cultural a lo social: “La Casa Encendida es un centro social y cultural donde se mezclan cuatro áreas de actuación: la solidaridad, la cultura, el medio ambiente y la educación, que para nosotros no son espacios compartimentados sino que los vemos y los presentamos como ejes transversales de un mismo objetivo.”

Es por ello que entre las actividades culturales que presentan a diario (cine experimental, exposiciones e intervenciones de artistas jóvenes, y algunos consagrados, conciertos, etcétera) están también esas otras actividades que no dejan de ser creativas pero tienen objetivos que apuntan al bienestar social. Así La Casa acoge una serie de proyectos como los puntos de información al voluntariado, que convocan a O G´s , con talleres y presentaciones; o la tienda de comercio justo que, gestionada por la O G Solidaridad Internacional, difunde valores de equidad en el intercambio y el rechazo a la explotación laboral. Asimismo, La Casa Encendida ofrece una amplia oferta formativa de cursos y talleres de bajo coste y altísima calidad, con un profesorado que es selectivamente convocado para desarrollar el eje educativo de este centro. Tanto en técnicas artísticas —arte multimedia, programación, animación, cine documental— que han sido, de alguna manera, los talleres que más resonancia han tenido; en gestión —elaboración de proyectos de cooperación para el desarrollo, acción cultural para el desarrollo, gestión cultural, etcétera—; o en temas de actualidad como la ecología o la interculturalidad. Pero también en teorías contemporáneas, como el feminismo, o la cyberpolítica; y en literatura, como el que dictó, muy poco antes de morir, Roberto Bolaño.


Residencia y disidencia

La Casa Encendida tiene una plataforma de proyectos que, en este caso, generan una dinámica expositiva más amplia y democrática. En este lugar los jóvenes artistas, que no suelen encontrar canales de difusión adecuados ni espacios de experimentación por los soportes poco ortodoxos con los que trabajan, encuentran una vía de ayuda muy importante. Está, por ejemplo, el programa de becas Generación, donde los representantes del arte español emergente, así como artistas de otras partes del mundo que residen en España, y que trabajan con temáticas de problemática social de sus países de origen, tienen la posibilidad de confrontarse con el público del centro.

En esta misma línea de impulso a las nuevas propuestas se encuentra el concurso de jóvenes comisarios que se celebra todos los años a principios de verano. o importa ni el nombre ni la trayectoria de quien dirija el plan curatorial, lo que importa es la creatividad del proyecto expositivo, así como los problemas que puede plantear tanto en la parte formal como en la parte temática. El ganador de este concurso expone en una de salas principales del centro dando así a conocer su propuesta.

Otros proyectos son Artistas en Residencia, que concede becas a la investigación, a la manera de un work in progress, en danza contemporánea; el concurso Ráfagas que promueve la creación de pequeñas piezas audiovisuales que, como intersticios efímeros, no pueden durar más de tres minutos y que, en algunos casos, han tenido una duración de diez segundos; y Encasa, que ofrece espacios poco usuales de intervención para que los artistas puedan trabajar en ellos y con ellos (la fachada del edificio, los baños, las escaleras, los pasillos, etcétera). Para este último proyecto se ha convocado a artistas como Maider López, que intervino la fachada con unos

toldos de colores, o el más reciente happening conceptual elaborado por el artista Joseph Kosuth, que ha incendiado la casa con una instalación lumínica —también en la fachada— donde se pueden leer frases de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti.

Si bien es cierto que hay un entusiasmo casi unánime en los jóvenes

artistas cuando se los interroga por la importancia de un centro como éste, pues la posibilidad de contar con el apoyo de una institución que combina la seriedad con una sensibilidad underground es una novedad, para algunos no todo es color de rosa. Mientras que aquellos celebran su innovación, su búsqueda constante de lo extraño, su familiaridad para trabajar con los artistas, para los más escépticos la propuesta no contribuye a abolir el elitismo del circuito artístico. Los testimonios son diversos: para algunos colectivos, la supuesta libertad creativa se ve coactada por alguna censura en los contenidos, o en el propio método de selección y comisariado que se les delegaría a empresas que harían de la relación artistainstitución algo muy impersonal.

Existen otros, en cambio, que encuentran que esta disposición para romper con cierto conservadurismo rancio, sin caer en un exceso de glamour y de snobismo fashion, es lo mejor que le ha podido pasar a una ciudad como Madrid. Es así que en medio de los diversos comentarios aparece el nombre de Lucía Casani, coordinadora en el área de audiovisuales, quien para muchos se ha convertido en una cazadora de arte, una suerte de etnógrafa que va detrás de aquello que no suele tener un escaparate idóneo y que, sin embargo, es de lo más interesante que se puede ver.

Lo que queda claro es que no se puede complacer a todos, pero, y en esto me atrevo a decir que hay cierto consenso, La Casa Encendi da cumple un papel social sumamente importante y, de hecho, es la gente de a pie la que más apoya sus iniciativas de inserción de la población en actividades de las que suelen estar excluidos. Ya sea que se complazca a unos o a otros —a los epígonos de un cosmopolitismo artístico, de todo lo que sea a antgarde o a los que quieren que todo lleve un toque de modernidad o tenga, por lo menos, algo de ethno art— o no lo haga —como con los anarquistas más quisquillosos o los predicadores de cierto outsider art—la iniciativa pedagógica que supone esta empresa es digna de celebrarse.

Con cinco salas expositivas (dos en el sótano y tres que se extienden invitando al visitante desde la entrada), un patio y una terraza, que sirven, también, como sala de conciertos, cine al aire libre o sala expositiva a la intemperie, La Casa Encendida ha visto desfilar por sus paredes, aulas de trabajo y pantallas de proyección a personajes como Andy Warhol, Arthur Rimbaud, Alberto García Alix, Patty Smith, Aki Kaurismaki, Liam Gillick, Wong Kar Way, el mencionado Bolaño, Ray Loriga, Enrique Vila Matas, Ignacio Ramonet y muchos más.

Y aunque no termine de ser el espacio okupa(do) y heterogéneo que podría ser, La Casa Encendida tiene ese toque de libertad postmoderna y futurista que es la nueva tendencia de los centros culturales del mundo. Con dosis iguales de multiculturalismo, vanguardia chic, y una dinámica oferta cultural y educativa, este centro cultural es uno de los lugares más guays de la movida arty madrileña. ≈


Martín Guerra Muente nació en Lima (Perú), en 1976. Es antropólogo y poeta. Publicó el libro de poemas Imagen sin nombre (2002). Fue editor entre los años 2004 y 2006 de Facto revista de arte y tendencias el Centro Cultural de España en Lima. Actualmente es miembro el consejo editorial de Intermezzo Tropical: tribulaciones del sujeto descentrado latinoamericano.


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