Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 4, otoño de 2008

Leyendo -T

Indice

1

   

El mes de las fiestas

2

 

Epifanía del barroco

3

 

La Milla de las damas

4

 

Incendiando Madrid

5

 

Ciudades flotantes

6

 

10 x CCE.C

7

 

Encuentro con el oráculo

8

 

Pasajera en trance

9

 

Qué me importa

10

 

Contratapa


Contratapa
De la libreta del Director

El presidente y el novelista

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New York

La Milla de las damas

por Reinaldo Laddaga.
Nadie conoce New York pero todos sus habitantes se sienten dueños de alguna de sus esquinas. El deslinde barrial más que el recorrido abarcador caracteriza la relación con la ciudad. El pequeño sector que le tocó en suerte a Reinaldo Laddaga incluye, entre otras alegrías, zonas vírgenes de turismo, los domicilios de los personajes de Henry James, y las calles de las viejas tiendas donde las viejas damas hacían su paseo de compras.


¡E ¡Es una vergüenza! ¡No conozco la ciudad! A pesar de los quince años que llevo en ella. Pero no es solamente mi problema: obviamente les pasa a muchos otros. Pregunto entre mis relaciones quién conoce verdaderamente esta ciudad, y no responde nadie. No es difícil encontrar aquí, como en todas partes, personas que encuentran placer en confesar su familiaridad con tal o cual esquina o bar o plaza inesperadas. Pero basta interrogar a estas mismas personas con alguna insistencia para darse cuenta de que, como nosotros (como yo), conocen (creen) una parte muy localizada de New York. ¿Por qué será? Tal vez el fenómeno se deba a la velocidad extrema de los cambios, particularmente en la última década, desde que los precios de las propiedades han aumentado de manera tan drástica que multitudes se han ido (entre ellos, muchísimos artistas) y otras multitudes han llegado; tal vez sea que, como todo se mueve todo el tiempo, uno se siente impulsado a dar ya por pasado lo que sucede en cualquiera de los pálidos presentes: ¿para qué prestarles atención?

El segmento de la ciudad que me ha tocado conocer es una secuencia de cuadras que se encuentra, en Manhattan, entre la calle 1 y la 23, de norte a sur, y, de este a oeste, entre Broadway y la Sexta Aveni da. Dudo que el lector de esta revista haya visto imágenes de este polígono concreto de seiscientos metros de largo por trescientos de ancho. Tal vez hayan visto, sí, alguna fotografía de uno de los edificios más notables de New York, que está en el borde mismo de su perímetro, en la calle 23: entre 1901 y 1903, la Empresa Fuller construyó —siguiendo un diseño del arquitecto Daniel Burnham, de Chicago— un edificio que llamaron Flatiron, porque su forma, pensaban, era la de una plancha (una flatron). El edificio, si se viene desde el norte de la ciudad, por Broadway, parece estirarse en un ángulo rápido y brusco, con sus superficies cubiertas de un revestimiento de terracota blanca. A pocas cuadras, el visitante que hubiera venido desde el norte podría haber visto, si hubiera prestado atención (es difícil no hacerlo), el Edificio Empire Estate, que, a pesar de su fama universal, es usualmente ignorado por los que vivimos incluso en el barrio. Hacia el suroeste de la calle 1, si este mismo visitante continúa su trayecto, podrá encontrar el llamado Greenwich Village, antigua zona de bohemia que también propendemos, estos días, a ignorar, como ignoramos más y más partes de esta ciudad que, sin prestar atención a nuestras privadas protestas, se convierte en un parque de recreo de turistas y un coto de caza de empresarios.

Pero para que ese proceso se consume, si alguna vez lo hace, falta mucho. Mientras tanto, están las zonas vírgenes, o casi, que uno puede encontrar en la mencionada secuencia de cuadras. El nombre general de la zona es este: Distrito Histórico de la Milla de las Damas. La milla tiene algo así como un kilómetro y medio, y las damas en cuestión son las que iban a las grandes tiendas que, poco después de la Guerra Civil, en la década de 1860, comenzaron a proliferar en el distri to residencial que era entonces el barrio, cuando los remotos territorios donde ahora se encuentra el Central Park, a partir de la calle 59, eran sitios apenas explorados: los abogados, banqueros y empresarios que los lectores pueden encontrar todavía en las novelas de Henry James vivían por aquí (algo del esplendor de este mundo puede encontrarse a dos pasos de la Milla de las Damas, en el parque Gramercy, cerrado para todos excepto los que viven alrededor de él, que tienen llaves que les permiten ingresar: cuando pasamos caminando, los vemos con libros y perros). Las tiendas de Albert Constable y Lord & Taylor, que vendían un poco de todo, abrieron en los últimos años de esa década. La platería Gorham y W. & J. Sloane lo hicieron pocos años después. Los edificios que hicieron construir estas difuntas compañías pueden verse en una parte donde Broadway, cuyo nombre significa “camino ancho”, se angosta.

Las cinco breves cuadras, los doscientos o trescientos metros de Broadway que van entre las calles 23 y 18, son, a mi juicio, uno de los reductos más misteriosos de la ciudad. Cuando se camina por allí, hay que mirar hacia arriba, regla que todo visitante a New York haría bien en seguir constantemente: es en la altura donde se despliegan los mejores espectáculos. No es que estas cuadras de esplendor de fin de siglo (XIX) sean particularmente elevadas: para lo estándares posteriores, son más bien bajas. Tal vez en esto resida su atractivo: las antiguas grandes tiendas que se ven allí parecen haber sido miniaturizadas. Más aún, dan la curiosa impresión de tratarse de edificios que hubieran sido primero comprimidos y luego expandidos nuevamente, pero sin dejarlos alcanzar su dimensión original. De ahí, pienso, el leve desconcierto que puede experimentar el que camine por este breve pasaje o corredor, donde la ciudad pareciera no haber podido decidir qué hacer con sí misma.

Pero el placer que me produce andar por estas cuadras y observar las formas extravagantes o erráticas que alojan es menor que el placer más austero de caminar por las cuadras laterales. Allí estaban los locales de servicios de aquellos notables almacenes. Allí se fabricaban los vestidos y los platos y las tazas, allí se encuadernaban los libros y se ejecutaban las terminaciones de los muebles que luego se exponían en la planta baja o en el primer piso de estos negocios, donde eran inmediatamente visibles desde el tren elevado que corría por la Sexta Avenida y que hace mucho tiempo que no existe. Estos talleres se convirtieron luego en lofts. El proceso comenzó en el momento de menos prestigio de la zona, cuando en Union Square, a unas cuadras, acampaban breves ejércitos de homeless y drogadictos. Allí estaba también la Factory, el sitio de producción y exhibición, el salón y residencia temporaria del artista Andy Warhol. Allí estaba Max’s ansas City, sede principal de las bandas que, como Velvet Underground, ensayaban, a finales de los años 60, cruzar la tradición de la música experimental de linaje norteamericano y ciertos desarrollos más o menos laterales del rock. Entonces, como ahora, las cuadras de talleres y depósitos, la calle 17, o la 19, o la 21, se extendían en la sombra. Es que son más bien angostas, y los frentes de edificios que las flanquean, monótonamente elevados, de manera que es raro que, incluso en el verano más cenital, algún rayo de luz alcance el cemento del piso.

El espacio en estas calles no se parece a ningún otro que me haya tocado transitar. Tienen algo de calles bancarias, pero no lo son: hay, como decía, residencias a uno y otro lado, pero están en la altura, en los antiguos talleres, atravesadas por cañerías expuestas y cerradas por cielorrasos de lata. Al nivel de la calle, hay vastísimos negocios: espacios que, habiendo sido talleres o depósitos son informes y muy extendidos. Es como si no hubiera límites para estos salones de ventas de sillones, de papeles especiales, de libros usados, de juguetes. Da la impresión de que si uno quisiera establecerse definitivamente en alguno de ellos, nadie nos presentaría objeciones. Una vez probé: entré en un negocio de muebles para oficinas llevando materiales de lecturas. Me dirigí a la sección de sillas giratorias; me senté en una de ellas con mis papeles. Media hora después ningún vendedor se me había acercado; me di por satisfecho y me fui con la impresión de que en estos interiores había regiones bajo disputa, márgenes de propiedad incierta, terrenos todavía disponibles.

Tiene que haber algún motivo (pero no sé cuál es) para que la zona se haya convertido en la mayor concentración de restaurantes de lujo en la ciudad. De restaurantes de chefs ambiciosos, como tantos chefs de esta ciudad, que resulta ser algo así como la meca de los cocineros, como antes lo sería, pienso, de los músicos y artistas (que, como decía más arriba, últimamente se han puesto a emigrar). Esto le ha dado un prestigio que antes no tenía al mercado que en la mencionada Union Square abre de miércoles a sábado, mercado de productores locales donde para cada pieza individual de vegetal o animal se nos solicita a nosotros, potenciales compradores, una particular atención: a veces nos parece que las cosas que adquirimos nos hubieran sido encomendadas en cuidado. Debe ser por eso que ahora la zona está en constante arreglo y embellecimiento. El signo más visible de esta ansiedad de conservación es que los edificios son constantemente lavados. Para eso se montan tinglados en torno a ellos; a veces se los envuelve. Todo el tiempo se escucha, en estas calles por lo demás silenciosas, el ruido de las máquinas. Hay algo de alarmante en el fenómeno: por momentos da la impresión de que a la zona completa hubiera que mantenerla, con dificultad, en vida. Es como si estuviera en terapia.

Me gusta pensar que el centro secreto de esta zona está apenas saliendo del perímetro que le he designado. Allí hay una hilera de cinco casas bajas. Decimos que son casas pero en verdad, cuando fueron construidas, cuando los residentes del barrio se movían en carruajes, eran caballerizas. Como puede verse en la fotografía que tomé, hoy estos sitios están ocupados por negocios que tal vez no tengan clientes. Si los tienen, me pregunto cómo es que estos clientes los han encontrado. No es tanto el caso de Nagel Waterproofing, adonde acudirán arquitectos y contratistas. Pienso más bien en cierto negocio de fuentes trabajadas, muy barrocas, que está al lado, y que parece menos un local de exhibición que un escondite. Lo que sé es quiénes van al mostrador de cambio de cheques: individuos que, al no tener cuentas bancarias, se ven instados a visitarlo. A cualquier hora, una cola se extiende hasta un mostrador protegido por vidrios antibalas. La luz es de neón y está siempre encendida. Este es un núcleo de momentánea incertidumbre en la general celebración (aunque de algún modo circunspecta) que define el tono del barrio y que a veces a nosotros, sus residentes, nos parece inapropiada.≈


Reinaldo Laddaga nació en Rosario, en 1963. Es doctor en Filosofía por la New York University y actualmente es profesor en la Universidad de Pennsylvania. Publicó la novela La euforia de Baltasar Brum (Tusquets, 1999) y los libros de ensayo Literatura indigente y placeres bajos. Felisberto Hernández, Virgilio Piñera, Juan Rodolfo Wilcock (Beatriz Viterbo, 2000), Estética de la emergencia (Adriana Hidalgo, 2006) y Espectáculo de realidad. Ensayo sobre la narrativa latinoamericana de la última dos décadas (Beatriz Viterbo, 2007).


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