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\\ Índice \ Número 4, otoño de 2008
New York
La Milla de las damas
por Reinaldo Laddaga.
Nadie conoce New York pero todos sus habitantes se sienten
dueños de alguna de sus esquinas. El deslinde barrial
más que el recorrido abarcador caracteriza la relación con
la ciudad. El pequeño sector que le tocó en suerte a
Reinaldo Laddaga incluye, entre otras alegrías, zonas vírgenes
de turismo, los domicilios de los personajes de
Henry James, y las calles de las viejas tiendas donde las
viejas damas hacían su paseo de compras.
¡E ¡Es una vergüenza! ¡No conozco la ciudad! A pesar de los quince años
que llevo en ella. Pero no es solamente mi problema: obviamente les
pasa a muchos otros. Pregunto entre mis relaciones quién conoce
verdaderamente esta ciudad, y no responde nadie. No es difícil encontrar
aquí, como en todas partes, personas que encuentran placer en
confesar su familiaridad con tal o cual esquina o bar o plaza inesperadas. Pero basta interrogar a estas mismas personas con alguna
insistencia para darse cuenta de que, como nosotros (como yo), conocen
(creen) una parte muy localizada de New York. ¿Por qué será? Tal
vez el fenómeno se deba a la velocidad extrema de los cambios, particularmente
en la última década, desde que los precios de las propiedades
han aumentado de manera tan drástica que multitudes se han
ido (entre ellos, muchísimos artistas) y otras multitudes han llegado;
tal vez sea que, como todo se mueve todo el tiempo, uno se siente
impulsado a dar ya por pasado lo que sucede en cualquiera de los pálidos
presentes: ¿para qué prestarles atención?
El segmento de la ciudad que me ha tocado conocer es una secuencia
de cuadras que se encuentra, en Manhattan, entre la calle 1 y la
23, de norte a sur, y, de este a oeste, entre Broadway y la Sexta Aveni
da. Dudo que el lector de esta revista haya visto imágenes de este polígono concreto de seiscientos metros de largo por trescientos de
ancho. Tal vez hayan visto, sí, alguna fotografía de uno de los edificios
más notables de New York, que está en el borde mismo de su perímetro,
en la calle 23: entre 1901 y 1903, la Empresa Fuller construyó
—siguiendo un diseño del arquitecto Daniel Burnham, de Chicago—
un edificio que llamaron Flatiron, porque su forma, pensaban,
era la de una plancha (una flatron). El edificio, si se viene desde el
norte de la ciudad, por Broadway, parece estirarse en un ángulo rápido
y brusco, con sus superficies cubiertas de un revestimiento de
terracota blanca. A pocas cuadras, el visitante que hubiera venido
desde el norte podría haber visto, si hubiera prestado atención (es difícil
no hacerlo), el Edificio Empire Estate, que, a pesar de su fama
universal, es usualmente ignorado por los que vivimos incluso en el
barrio. Hacia el suroeste de la calle 1, si este mismo visitante continúa su trayecto, podrá encontrar el llamado Greenwich Village, antigua
zona de bohemia que también propendemos, estos días, a ignorar,
como ignoramos más y más partes de esta ciudad que, sin prestar
atención a nuestras privadas protestas, se convierte en un parque de
recreo de turistas y un coto de caza de empresarios.
Pero para que ese proceso se consume, si alguna vez lo hace, falta
mucho. Mientras tanto, están las zonas vírgenes, o casi, que uno
puede encontrar en la mencionada secuencia de cuadras. El nombre
general de la zona es este: Distrito Histórico de la Milla de las Damas.
La milla tiene algo así como un kilómetro y medio, y las damas en cuestión
son las que iban a las grandes tiendas que, poco después de la Guerra
Civil, en la década de 1860, comenzaron a proliferar en el distri
to residencial que era entonces el barrio, cuando los remotos territorios
donde ahora se encuentra el Central Park, a partir de la calle 59,
eran sitios apenas explorados: los abogados, banqueros y empresarios
que los lectores pueden encontrar todavía en las novelas de Henry
James vivían por aquí (algo del esplendor de este mundo puede encontrarse
a dos pasos de la Milla de las Damas, en el parque Gramercy,
cerrado para todos excepto los que viven alrededor de él, que tienen llaves
que les permiten ingresar: cuando pasamos caminando, los vemos
con libros y perros). Las tiendas de Albert Constable y Lord & Taylor,
que vendían un poco de todo, abrieron en los últimos años de esa década.
La platería Gorham y W. & J. Sloane lo hicieron pocos años después.
Los edificios que hicieron construir estas difuntas compañías pueden verse en una parte donde Broadway, cuyo nombre significa
“camino ancho”, se angosta.
Las cinco breves cuadras, los doscientos o trescientos metros de Broadway
que van entre las calles 23 y 18, son, a mi juicio, uno de los reductos
más misteriosos de la ciudad. Cuando se camina por allí, hay que
mirar hacia arriba, regla que todo visitante a New York haría bien en
seguir constantemente: es en la altura donde se despliegan los mejores
espectáculos. No es que estas cuadras de esplendor de fin de siglo
(XIX) sean particularmente elevadas: para lo estándares posteriores,
son más bien bajas. Tal vez en esto resida su atractivo: las antiguas
grandes tiendas que se ven allí parecen haber sido miniaturizadas. Más
aún, dan la curiosa impresión de tratarse de edificios que hubieran sido
primero comprimidos y luego expandidos nuevamente, pero sin
dejarlos alcanzar su dimensión original. De ahí, pienso, el leve desconcierto
que puede experimentar el que camine por este breve pasaje
o corredor, donde la ciudad pareciera no haber podido decidir qué
hacer con sí misma.
Pero el placer que me produce andar por estas cuadras y observar
las formas extravagantes o erráticas que alojan es menor que el placer
más austero de caminar por las cuadras laterales. Allí estaban los
locales de servicios de aquellos notables almacenes. Allí se fabricaban
los vestidos y los platos y las tazas, allí se encuadernaban los libros
y se ejecutaban las terminaciones de los muebles que luego se exponían
en la planta baja o en el primer piso de estos negocios, donde
eran inmediatamente visibles desde el tren elevado que corría por la
Sexta Avenida y que hace mucho tiempo que no existe. Estos talleres
se convirtieron luego en lofts. El proceso comenzó en el momento
de menos prestigio de la zona, cuando en Union Square, a unas
cuadras, acampaban breves ejércitos de homeless y drogadictos. Allí
estaba también la Factory, el sitio de producción y exhibición, el
salón y residencia temporaria del artista Andy Warhol. Allí estaba
Max’s ansas City, sede principal de las bandas que, como Velvet
Underground, ensayaban, a finales de los años 60, cruzar la tradición
de la música experimental de linaje norteamericano y ciertos desarrollos
más o menos laterales del rock. Entonces, como ahora, las cuadras
de talleres y depósitos, la calle 17, o la 19, o la 21, se extendían en
la sombra. Es que son más bien angostas, y los frentes de edificios que
las flanquean, monótonamente elevados, de manera que es raro que, incluso en el verano más cenital, algún rayo de luz alcance el
cemento del piso.
El espacio en estas calles no se parece a ningún otro que me haya
tocado transitar. Tienen algo de calles bancarias, pero no lo son: hay,
como decía, residencias a uno y otro lado, pero están en la altura, en
los antiguos talleres, atravesadas por cañerías expuestas y cerradas por
cielorrasos de lata. Al nivel de la calle, hay vastísimos negocios: espacios
que, habiendo sido talleres o depósitos son informes y muy extendidos.
Es como si no hubiera límites para estos salones de ventas de
sillones, de papeles especiales, de libros usados, de juguetes. Da la
impresión de que si uno quisiera establecerse definitivamente en
alguno de ellos, nadie nos presentaría objeciones. Una vez probé:
entré en un negocio de muebles para oficinas llevando materiales de
lecturas. Me dirigí a la sección de sillas giratorias; me senté en una de
ellas con mis papeles. Media hora después ningún vendedor se me
había acercado; me di por satisfecho y me fui con la impresión de que
en estos interiores había regiones bajo disputa, márgenes de propiedad
incierta, terrenos todavía disponibles.
Tiene que haber algún motivo (pero no sé cuál es) para que la zona
se haya convertido en la mayor concentración de restaurantes de lujo
en la ciudad. De restaurantes de chefs ambiciosos, como tantos chefs
de esta ciudad, que resulta ser algo así como la meca de los cocineros,
como antes lo sería, pienso, de los músicos y artistas (que, como decía
más arriba, últimamente se han puesto a emigrar). Esto le ha dado un
prestigio que antes no tenía al mercado que en la mencionada Union
Square abre de miércoles a sábado, mercado de productores locales
donde para cada pieza individual de vegetal o animal se nos solicita a
nosotros, potenciales compradores, una particular atención: a veces
nos parece que las cosas que adquirimos nos hubieran sido encomendadas
en cuidado. Debe ser por eso que ahora la zona está en constante
arreglo y embellecimiento. El signo más visible de esta ansiedad
de conservación es que los edificios son constantemente lavados. Para
eso se montan tinglados en torno a ellos; a veces se los envuelve. Todo
el tiempo se escucha, en estas calles por lo demás silenciosas, el ruido
de las máquinas. Hay algo de alarmante en el fenómeno: por momentos
da la impresión de que a la zona completa hubiera que mantenerla,
con dificultad, en vida. Es como si estuviera en terapia.
Me gusta pensar que el centro secreto de esta zona está apenas
saliendo del perímetro que le he designado. Allí hay una hilera de
cinco casas bajas. Decimos que son casas pero en verdad, cuando fueron
construidas, cuando los residentes del barrio se movían en carruajes,
eran caballerizas. Como puede verse en la fotografía que tomé, hoy
estos sitios están ocupados por negocios que tal vez no tengan clientes.
Si los tienen, me pregunto cómo es que estos clientes los han encontrado.
No es tanto el caso de Nagel Waterproofing, adonde acudirán
arquitectos y contratistas. Pienso más bien en cierto negocio de fuentes
trabajadas, muy barrocas, que está al lado, y que parece menos un
local de exhibición que un escondite. Lo que sé es quiénes van al mostrador
de cambio de cheques: individuos que, al no tener cuentas bancarias,
se ven instados a visitarlo. A cualquier hora, una cola se extiende
hasta un mostrador protegido por vidrios antibalas. La luz es de neón
y está siempre encendida. Este es un núcleo de momentánea incertidumbre
en la general celebración (aunque de algún modo circunspecta)
que define el tono del barrio y que a veces a nosotros, sus residentes,
nos parece inapropiada.≈
Reinaldo Laddaga nació en Rosario, en 1963. Es doctor
en Filosofía por la New York University y
actualmente es profesor en la Universidad de
Pennsylvania. Publicó la novela La euforia de
Baltasar Brum (Tusquets, 1999) y los libros de
ensayo Literatura indigente y placeres bajos.
Felisberto Hernández, Virgilio Piñera, Juan
Rodolfo Wilcock (Beatriz Viterbo, 2000),
Estética de la emergencia (Adriana Hidalgo,
2006) y Espectáculo de realidad. Ensayo
sobre la narrativa latinoamericana de la última dos décadas (Beatriz Viterbo, 2007).
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