Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 5, invierno de 2008

(2001: A Space Odissey, Inglaterra, 1966-68, 140 minutos más intervalo. MGM; Ideal)

Indice

1

   

¿Fin de la impaciencia?

2

 

Tucumán Arde

3

 

La imaginación al poder

4

 

El PCI para los jóvenes

5

 

La evolución de la revolución

6

 

Tlatelolco

7

 

Rulfo: el silencio interrumpido

8

 

Vietnam

9

 

Un nuevo Zaratustra

10

 

Los poetas bajaron del Olimpo

11

 

Contratapa


Contratapa

Humor: Roberto Fontanarrosa

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Cine: 2001 Odisea del espacio

Un nuevo Zaratustra

por Edgardo Cozarinsky.


El prólogo del film (“La alborada del hombre”) propone imágenes de un período que, más adelante, se ubicará “hace unos cuatro millones de años”. En cuatro segmentos bien diferenciados, registra un paisaje, narra cómo un simio descubre que puede usar un hueso a modo de arma: para defender la posesión de un pozo de agua por su tribu, para ahuyentar a una tribu rival de simios, también paramanejar con mayor destreza sus extremidades anteriores, para incorporarse finalmente sobre las posteriores. Con un corte limpio, que sanciona una elipsis capaz de quitar el aliento del espectador más aguerrido al género de anticipación, el hueso arrojado al aire en festejo de la superioridad ganada cede su sitio en la imagen a una nave espacial, que en el año 2001 se dirige de la Tierra a la Luna y se dispone a hacer escala en una estación satélite.

Dos comprobaciones se imponen inmediatamente. En primer término, que los diez millones y medio de dólares invertidos en el film deben ser la jugada más audaz de la producción industrial contemporánea. El film se evade de todo género reconocido, aun de la ciencia ficción cuyo estímulo aprovecha; carece de estrellas; obedece sólo a una concepción absorbente de su autor y ni siquiera se distrae en hacer muy explícito su final. Muchos espectadores, fascinados por el despliegue tecnológico y el ingenio visual, quedarán, sin embargo, azorados por un desenlace que no es tal, sino una apertura al infinito (en este caso literalmente), un verdadero desafío a la imaginación.

En segundo término, debe reconocerse que esta construcción es lo mejor del film: un sistema inverso de cajas chinas, como si en vez de descubrir recipientes cada vez menores, uno dentro del otro, se los hallara cada vez mayores al emerger gradualmente hacia espacios más libres. Los simios del prólogo escapan a su condición de tales. El hombre de 2001 se impone a ese espacio que él no creó y a la máquina que ha fabricado y lo desafía. Pero su triunfo es sólo el principio de otra aventura, quizás aterradora, pues ya escapa a toda previsión posible y no puede concebirse en términos de percepción habitual.

En su primera mitad, 2001 oscila entre la ingenuidad y la ironía, sin entregarse a ninguna de estas claves. La ingenuidad es la de animar los mecanismos más complejos que puedan ser probables, dada la evolución tecnológica actual: el film no presenta ninguna máquina, ningún sistema de cómputo, alimentación o comunicación fantástico, sino, apenas, el desarrollo de lo implícito en las formas presentes. Esto le confiere una concreción notable, una suerte de naturalismo dentro del asombro. La imaginación de los autores es, en este aspecto, combinatoria. Pero sólo porque, en la sección final, se atreverán a saltar, no ya de lo probable a lo posible, sino a lo inconmensurable, que las palabras solo pueden rozar pero apenas describir, y nunca definir.

La ironía de Kubrick, afortunadamente, se absorbe también en un desarrollo que la supera, que le impide los fáciles contrapuntos de Dr. Strangelove (Doctor Insólito). Si las naves interplanetarias son de Pan- Am, si la estación satélite tiene su albergueHilton y una sucursal de las heladerías Howard Johnson, es para recordar al público que está a la misma distancia del año 2001 que de 1935, y que no cabe esperar demasiadas extravagancias. La gracia de la computadora Hal cuyas funciones calcan las del hombre, sin omitir el aspecto emotivo, pronto se transforma en una intervención siniestra, un último avatar del Golem de la tradición judía, que actuará con los dos tripulantes despiertos de una nave dirigida a Júpiter en un verdadero triángulo pasional.

Pocas veces, en un film largo que se proyecta en dos partes, el intervalo está colocado tan sabiamente corno en 2001. Dave y Frank fingen atender un desperfecto dentro de una cápsula para aislarse del control ubicuo deHal y discutir la posible falibilidad de la computadora sin que ésta los oiga. A su conversación, reticente, escueta, sigue una toma desde el punto de vista de Hal (fotografiada, como todas la que corresponden al ojo de la computadora, con el lente “ojo de pescado’ que exagera las perspectivas); en primer plano aparecen los labios de ambos astronautas, revelando a Hal el proyecto de desconectarlo. Luego, el cartel: Intervalo.

Es precisamente en el combate de Dave conHal donde el film alcanza, antes de ingresar en la terra incognita final, su tensión mayor y abandona el registro impecablemente cool que guardó hasta entonces. El único momento de pasión (pero una pasión laboriosa, concentrada) que anima a uno de estos personajes, cuyas vidas parecen perfectamente neutralizadas, es 1a obcecada desmantelación a que Dave se libra dentro del cuerpo de Hal mientras la voz de la computadora va registrando la pérdida de sus facultades intelectuales, de lamemoria y la emoción, hasta convertirse en un susurro ronco que entona Daisy, macabra caricatura de todo regreso a la infancia en el umbral de la muerte.

La prolijidad de la construcción tecnológica realizada para esta sección del filmes del tipo que deslumbrará a los espectadores auténticos e irritará a muchos intelectuales reacios al entusiasmo, cuya idea de sofisticación excluye la solemnidad de toda metafísica que osa decir su nombre fuera de la literatura “seria”. Pero el film de Kubrick sólo puede objetarse a partir de su clave elegida, la de un romanticismo exaltado, la de una visión antropomórfica del universo, tan herética como propicia para el desborde.

Es posible que los mayores admiradores de 2001 sean, precisamente, quienes nunca habían gustado demasiado de otros films de Kubrick, a pesar del talento que trasuntaban: The Killing (Casta de malditos) era sólo una construcción brillante en el plano temporal, con un remate prestado por Huston; Paths of Glory (La patrulla infernal) y Spartacus se resentían por el izquierdismo escolar con que Calder Willingham, Howard Fast y Dalton Trumbo habían desteñido sobre sus libros; Lolita descubría un tono inédito para la relación sentimental, pero desperdiciaba esa visión fantástica de los USA que Nabokov le ofrecía, por culpa de un filmación inglesa; el celebrado Dr. Strangelove mezclaba el humor de cabaret centroeuropeo con el vehículo para Peter Sellers, sin más resultados que el chiste ocasionalmente logrado.

Pero, en su última sección, 2001 escapa a toda formulación verbal y resulta casi inapresable en términos lógicos, sólo comprensible como pura metáfora. La travesía culmina con una caída vertiginosa entre destellos multicolores que surcan la oscuridad, como chispas centrífugas de una conflagración inalcanzable. La cápsula se interna luego en un paisaje yermo cuyos colores refutan las percepciones familiares: como las ilustraciones llamadas “psicodélicas”, omiten el negro para señalar la sombra, invierten las áreas de color, usan el negativo por positivo. De pronto, la cápsula aparece en un interior inglés y dieciochesco, como si los salones de Kenwood, en Hampstead Hill, hubieran sido iluminados a través del piso y no por candelabros.

Aquí, Kubrick emprende la audacia mayor: calla toda explicación, quiebra las asociaciones de sentido común sin faltar a un rigor severísimo, del mismo modo en que la ausencia de gravedad cancela las relaciones habituales del hombre con su contorno pero no implica la ausencia de otras leyes, mayores o, simplemente, anteriores.

Desde la cápsula, Dave ve el cuarto; luego está en él y la cápsula ha desaparecido; mientras inspecciona el decorado, su piel se apergamina dentro de la escafandra; se ve a sí mismo, ancianísimo, terminando una comida; la termina, sin rastros de sí mismo en traje de astronauta; y se ve ahora en el lecho, agonizando con la misma respiración asmática que delataba el desperfecto de la aeronave; agoniza —apenas un pellejo alrededor de un cráneo—y extiende la mano, como los monos del prólogo, como los astronautas en la Luna, hacia ese monolito que, súbitamente, está al pie de la cama y emite sus ondas, ese objeto impenetrable que en distintos momentos de la experiencia humana ha traído el anuncio de una realidad distinta, desconocida, probable.

Lo que ocurre entonces, y culmina el film aunque no lo cierra, es quizá lo más pasible de interpretación, y conviene no mencionarlo siquiera para no imponer al espectador un simbolismo que deberá proyectar o recibir por sí mismo, o rehusar hacerlo si prefiere. Bastará señalar que al final, los mismos, sobrehumanos acordes de Así hablaba Zaratustra de Richard Strauss, que marcaron los momentos en que el hombre se proyecta a un futuro inalcanzable, por alzarse en dos patas y tomar un hueso cuya capacidad de arma acaba de descubrir, por emerger a un conocimiento nuevo, acompañan una nueva partida: la de quien agota un ciclo vital y descubre un infinito exterior, en el momento mismo de reconocer los límites de su forma anterior. En este sentido, no sólo el niño es el padre del hombre, como escribió Wordsworth en su oda “Intimations of Inmortality”. El hombre es también padre de ese niño en que él mismo se convierte al acceder a una dimensión nueva, embriagadora, quizá inagotable.

Es, precisamente, al alcanzar los límites de la grandilocuencia, cuando Kubrick se muestra más libre y poderoso. Cierto gusto moderno por lo sensato y lo eficaz condena implícitamente el gesto amplio, la respiración exaltada del romanticismo; en la poesía de Victor Hugo, o en el mejor cine de Abel Gance, o en la música de Richard Strauss descubren el ridículo de un énfasis sin densidad, de un ademán “que mucho abarca y poco aprieta”, para recaer en un residuo verbal del pragmatismo, que la sabiduría burguesa gustó repetir a sus hijos durante generaciones.

Kubrick hace aceptar la grosería (filosófica, no visual) del darwinismo invocado por su prólogo, incluso el discutible uso del vals Danubio Azul para acompañar las evoluciones de la nave en el espacio: podrá darle, según sus deseos, un tono ingenuo a la proeza, pero está cargado de asociaciones demasiado precisas para que su ironía se integre sin rechinar en la ficción. Si éstas y otras debilidades menores no impiden que 2001 sea su mejor film, y una experiencia exaltadora por su ateísmo casi nietzschiano, por su reverente y a la vez alborozada celebración del hombre “medida de todas las cosas”, es porque el lenguaje de Kubrick halla aquí la clave retórica más apropiada y generosa. [9]


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