| |
\\ Índice \ Número 5, invierno de 2008
Mayo francés
El PCI para los jóvenes
por Pier Paolo Pasolini.
EEs triste. La polémica
contra el PCI debería haberse hecho
en la primera mitad de la década pasada. Están retrasados, hijos.
Y no importa si entonces ustedes aún no habían nacido...
Ahora los periodistas de todo el mundo (incluidos
los de la televisión)
les lamen (como creo que aún se diga en el lenguaje
de las universidades) el culo. Yo no, amigos.
Tienen caras de hijos de papá.
Buena raza no miente.
Tienen el mismo ojo ruin.
Son miedosos, ambiguos, desesperados
(¡muy bien!) pero también saben como ser
prepotentes, chantajistas y seguros:
prerrogativas pequeño-burguesas, amigos.
Cuando ayer en Valle Giulia pelearon
con los policías, ¡yo simpatizaba con los policías!
Porque los policías son hijos de pobres.
Vienen de las periferias, campesinas o urbanas.
En cuanto a mí, conozco muy bien
su vida desde niños a muchachos,
las inestimables mil liras, el padre un muchacho también,
a causa de la miseria, que no da autoridad.
La madre encallecida como un changador, o tierna,
a causa de alguna enfermedad, como un canarito;
y tantos hermanos; la casucha
entre los huertos con la salvia roja (en terrenos
de otros, loteados); los bajos fondos
sobre las cloacas; o los departamentos en los grandes
conglomerados populares, etc.
Y además, miren cómo los visten: como a payasos,
con esa tela rústica que apesta a rancho,
galpones y pueblo. Lo peor de todo es, por supuesto,
el estado psicológico al que los reducen
(por unas cuarenta liras al mes):
sin sonreír ya nunca más,
sin más amistad con el mundo,
separados, excluidos (en una exclusión incomparable);
humillados por su pérdida de calidad de hombres
por la de policías (ser odiados lleva a odiar).
Tienen veinte años, la edad de ustedes, queridos y queridas.
Estamos obviamente de acuerdo contra la institución policial. ¡Pero agárrenselas contra el Poder Judicial, y verán!
Los muchachos policías
que ustedes por sacro vandalismo (de selecta tradición
resurgimental)
de hijos de papá, han apaleado,
pertenecen a la otra clase social.
En Valle Giulia, ayer, hemos tenido un fragmento
de lucha de clase: y ustedes, amigos (aunque de la parte
de la razón) eran los ricos,
mientras que los policías (que estaban de la parte
equivocada) eran los pobres. ¡Linda victoria, entonces,
la de ustedes! En estos casos,
a los policías se les dan flores, amigos.
Popolo y Corriere della sera, Newsweek y Monde
les lamen el culo. Son sus hijos,
su esperanza, su futuro: si les recriminan ¡no se preparan por cierto a una lucha de clase
contra ustedes! Cuanto más,
a la vieja lucha intestina.
Para quien, intelectual u obrero,
está fuera de esta lucha de ustedes, es muy divertida la idea
de que un joven burgués muela a palos a un viejo
burgués, y que un viejo burgués mande a la cárcel
a un joven burgués. Suavemente estulos
tiempos de Hitler retornan: la burguesía
ama castigarse con sus propias armas.
Pido perdón a aquellos mil o dos mil jóvenes hermanos míos
que operan en Trento o en Turín,
en Pavía o en Pisa,
en Florencia y un poco también en Roma,
pero tengo que decir: el Movimiento Estudiantil
no frecuenta los evangelios cuya lectura
sus aduladores de mediana edad les atribuyen,
para sentirse jóvenes y crearse inocencias chantajistas.
Sólo una cosa los estudiantes realmente conocen:
el moralismo del padre magistrado o profesional,
la violencia conformista del hermano mayor
(naturalmente encaminado por la vía del padre),
el odio a la cultura de su madre, de orígenes
campesinos, aunque ya lejanos.
Esto, queridos hijos, es lo que ustedes saben.
Y lo aplican a través de dos inderogables sentimientos:
la conciencia de vuestros derechos (se sabe, la democracia
los toma en consideración sólo a ustedes) y la aspiración
al poder. Sí, sus slogans mencionan siempre
la toma del poder.
Leo en sus barbas ambiciones impotentes,
en sus palideces snobismos desesperados,
en sus ojos huidizos disociaciones sexuales,
en su rebosante salud prepotencia, en su escasa salud desprecio
(sólo en aquellos pocos entre ustedes que viene de la burguesía ínfima, o de alguna familia obrera,
estos defectos tienen cierta nobleza: ¡conócete a ti mismo y a la escuela de Barbiana!).
Ustedes ocupan las universidades
pero digan que la misma idea la realicen
los jóvenes obreros.
Y entonces: ¿Corriere della sera y Popolo, Newsweek y Monde
tendrán tanto interés
en tratar de comprender sus problemas? ¿La policía se limitará a recibir algunos golpes
dentro de la fábrica ocupada?
Es una observación banal;
y chantajista. Pero sobre todo vana:
porque ustedes son burgueses
y, por lo tanto, anticomunistas. Los obreros, ellos,
han quedado en 1950 y más atrás incluso.
Una idea antigua como la de la Resistencia
(que debía ser contestada hace veinte años,
y peor para ustedes si no habían nacido)
vive todavía en los pechos populares, en la periferia.
Será que los obreros no hablan ni el francés ni el inglés,
y sólo alguno, pobrecito, por la noche, en la sede del Partido,
se afana en aprender un poco de ruso.
Acábenla con seguir pensando en sus derechos,
acábenla con pedir el poder.
Un burgués redimido debe renunciar a todos sus derechos,
y erradicar de su alma, de una vez por todas,
la idea del poder. Todo eso es liberalismo:
déjenselo a Bob Kennedy.
Maestros se hacen ocupando fábricas,
no en las universidades, sus aduladores (también comunistas)
no les dicen la sencilla verdad: que son una nueva
especie idealista de “qualunquistas” como sus padres,
como sus padres, todavía, hijos.
En efecto, ¡los estadounidenses, vuestros adorables coetáneos,
con sus insensatas flores, se están inventando,
ellos mismos, un lenguaje revolucionario “nuevo”!
¡Se lo inventan cada día!
Pero ustedes no pueden hacerlo porque en Europa ya tienen uno: ¿lo pueden ignorar?
Sí, ustedes quieren ignorarlo (con gran satisfacción
del Times y del Tempo).
Lo ignoran yendo, con el moralismo de las profundas provincias, “más a la izquierda”. Es extraño,
abandonando el lenguaje revolucionario
del pobre, del viejo, togliattiano, oficial
Partido Comunista,
han adoptado una variante herética
pero en base a la jerga más baja
de los sociólogos sin ideología (o de los papis burócratas).
Hablando así,
piden todo de palabra,
mientras, en los hechos, piden sólo eso
a lo cual tienen derecho (como buenos hijos burgueses):
una serie de improrrogables reformas,
la aplicación de nuevos métodos pedagógicos,
la renovación de un organismo estatal.
¡Buenos! ¡Santos sentimientos! ¡Que la buena estrella de la burguesía los asista!
Embriagados por la victoria contra los jovencitos
de la policía constreñidos por la pobreza a ser siervos,
(y emborrachados por el interés de la opinión pública
burguesa, con la que se comportan como mujeres
sin amor, que ignoran y maltratan
al pretendiente rico)
ponen a un lado el único instrumento verdaderamente peligroso
para combatir contra sus padres:
es decir, el comunismo.
Espero que hayan comprendido
que comportarse como puritanos
es un modo de impedirse
una acción revolucionaria verdadera. ¡Pero vayan, más bien, hijos, a tomar Federaciones! ¡Vayan a invadir Sedes! ¡Vayan a ocupar las oficinas
del Comité Central! ¡Vayan, vayan
a acampar en Via delle Botteghe Oscure!
Si quieren el poder, apodérense, al menos, del poder
de un Partido que está todavía en la oposición
(aunque un poco golpeado, por la autoridad de señores
en modestos sacos cruzados, bochófilos, amantes de la litotes,
burgueses coetáneos de sus estúpidos padres)
y tiene como objetivo teórico la destrucción del Poder.
Que él se decida a destruir, mientras tanto,
lo que de burgués hay en él,
lo dudo mucho, incluso con el aporte de ustedes,
si, como decía, buena raza no miente...
De todos modos: ¡¡el PCI para los jóvenes!!
Pero, ay, ¿qué les estoy sugiriendo? ¿Qué les estoy
aconsejando? ¿A qué los estoy incitando? ¡Me arrepiento, me arrepiento!
He tomado el camino que conduce al mal menor
que Dios me maldiga. No me escuchen. ¡Ay, ay, ay,
extorsionado extorsionador
estaba dando aliento a las trompetas del buen sentido!
Me he detenido justo a tiempo,
salvando al mismo tiempo,
el dualismo fanático y la ambigüedad...
Pero he llegado al borde de la vergüenza...
(¡Oh Dios! ¿debo tomar en consideración
la eventualidad de hacer junto a ustedes la Guerra Civil
dejando a un lado mi vieja idea de Revolución?)
Apología
Pier Paolo Pasolini
P. P. P., Roma — ¿Qué son los “versos malos” (como presumiblemente estos, de “¡El PCI para los
jóvenes!!”). Es muy simple, los versos malos son
aquellos que no bastan por símismos para expresar
lo que el autor quiere expresar: es decir, donde las
significaciones están alteradas por las co-significaciones
y, al mismo tiempo, las co-significaciones
oscurecen las significaciones.
Ya se sabe que la poesía toma los signos de diversos
campos semánticos, haciéndolos ensamblar, a
menudo arbitrariamente; por lo tanto, hace de cada
signo una especie de estratificación de la cual cada
estrato corresponde a una acepción del signo extraída
de un campo semántico diverso, pero provisoriamente
unidos con los otros (gracias a un demonio).
Entonces; los versos malos son comprensibles,
pero para comprenderlos es necesario cierta buena
voluntad.
Dudo de la buena voluntad de muchos de los
lectores de estos malos versos: también porque, en
muchos casos, deberé prever para ellos, por así
decir, “una mala voluntad con buena fe”. Es decir,
una pasión política tan válida como la mía, que
tiene esperanzas y amarguras, ídolos y odios como
la mía.
Quede claro que a estosmalos versos los he escrito
sobre diversos registros contemporáneamente:
y, por lo tanto, están todos “desdoblados”, es decir,
son irónicos y auto-irónicos. Todo está dicho entre
comillas. Las estrofas sobre los policías es un fragmento
de ars retorica, que un escribano boloñés
enloquecido podría definir, en este caso, una captatio
malevolentiae: las comillas son, por lo tanto, las
de una provocación. Espero que la mala voluntad de
mi buen lector “acepte” la provocación, dado que se
trata de una provocación a nivel de simpatía. (Las
que no se aceptan son las provocaciones de los fascistas
y de la policía). Entre comillas están también,
por ejemplo, los segmentos correspondientes
a los viejos obreros que van a aprender ruso durante
la noche a la sede del Partido, y la evolución del
viejo, bueno y achacado PCI: además del hecho que
objetivamente esa figura de obrero y de PCI corresponde
también a la “realidad”; aquí, en esta poesía
mía son figuras retóricas y paradójicas: también
provocadoras.
El único fragmento no provocador, aunque dicho
en un tono fatuo, es el exhortatorio final. Aquí sí
presento, aunque a través de la pantalla irónica y
amarga (no podía convertir de golpe al demonio
queme ha frecuentado, inmediatamente después de
la batalla de Valle Giulia —insisto en la cronología
sobre todo también por los no filólogos), un problema
“verdadero”, en el futuro se coloca un dilema:
¿guerra civil o revolución?
No puedo hacer como muchos de mis colegas,
que fingen confundir las dos cosas (¡o las confunden
verdaderamente!), y arrebatados por la “psicosis
estudiantil” se han dejado caer como cuerpos
muertos de parte de los estudiantes (adulándolos, y
obteniendo su desprecio); no puedo ni siquiera afirmar
que toda posibilidad revolucionaria se haya
agotado, y que, por consiguiente, es necesario optar
(como con un destino histórico diverso ocurre en
Estados Unidos o en la Alemania Occidental) por la
“guerra civil”. En efecto, a la guerra civil la burguesía
la combate contra sí misma, como ya he repetido
varias veces. Ni, en fin, tampoco soy tan cínico
(como los franceses) como para pensar que se
podría realizar la revolución “aprovechando” la guerra
civil desencadenada por los estudiantes —para
después hacerlos un lado, o quizás eliminarlos.
Es desde este estado de ánimo que han nacido
estos malos versos, cuyo carácter dominante es, de
todos modos, la provocación (que manifiestan
indiscriminadamente, a causa de su fealdad). Pero,
éste es el punto, ¿por qué he sido tan provocador
con los estudiantes (tanto que algún servil diario
patronal podría especular con ello)?
La razón es clara: hasta mi generación, incluso,
los jóvenes tenían frente a sí a la burguesía como un
“objeto”, un mundo “separado” (separado de ellos,
porque, naturalmente, hablo de jóvenes excluidos,
excluidos por un trauma: y tomemos como trauma
típico el de Lenin jovencito de diecinueve años que
ha visto al hermano ahorcado por las fuerzas del
orden). Nosotros podíamos mirar la burguesía, así
objetivamente, desde afuera (aunque estábamos
horrendamente implicados en ella, historia, escuela,
iglesia, angustia): el modo de mirar objetivamente
a la burguesía se nos ofrecía, según un esquema
típico, gracias a la “mirada” posada sobre ella de
eso que no era burgués: obreros y campesinos (de lo
que después se habría llamado el Tercer Mundo).
Por eso, nosotros, jóvenes intelectuales de hace
veinte o treinta años (y, por privilegio de clase, estudiantes), podíamos ser anti-burgueses incluso fuera
de la burguesía: a través de la óptica que nos ofrecían
las otras clases sociales (revolucionarias, o revoltosas
que fueran).
Hemos crecido, entonces, con la idea de la revolución
en lamente: de la revolución obrera-campesina
(Rusia del ‘17, China, Cuba, Argelia, Vietnam).
Por consiguiente, hemos hecho del odio traumático
hacia la burguesía, también una justa perspectiva
en donde integrar nuestra acción: en un futuro
no evasivo (al menos parcialmente, porque todos
somos un poco sentimentales).
Para un joven de hoy la cosa se presenta distinta.
Para él es mucho más difícil mirar a la burguesía
objetivamente a través de la mirada de otra
clase social. Porque la burguesía está triunfando,
está volviendo burgueses a los obreros, por una
parte, y a los campesinos ex coloniales, por la otra.
En suma, a través del neocapitalismo, la burguesía
se está convirtiendo en la condición humana.
Quien ha nacido en esta entropía, no puede de
ninguna manera, metafísicamente, estar fuera.
Todo ha acabado. Por eso provoco a los jóvenes,
ellos son, presumiblemente, la última generación
que ve a los obreros y a los campesinos: la próxima
generación no verá a su alrededor más que la
entropía burguesa.
Ahora bien, personalmente (mi privada exclusión,
mucho más atroz que la que le toca, supongamos,
a un negro o a un hebreo, desde muchacho) y
públicamente (el fascismo y la guerra, con los que
he abierto los ojos a la vida: ¡cuántos ahorcamientos,
cuántas ejecuciones!) estoy demasiado traumatizado
por la burguesía, y mi odio hacia ella es ya
patológico. No puedo esperar nada de la burguesía,
ni en cuanto totalidad, ni en cuanto creadora de
anticuerpos contra ella misma (como sucede con las
entropías. Los anticuerpos que nacen en la entropía
estadounidense sólo tienen vida y razón de ser porque
en Estados Unidos están los negros: los cuales
tienen para un joven estadounidense la función
que han tenido para nosotros cuando éramos jóvenes
los obreros y los campesinos pobres).
Dadami desconfianza “total” hacia la burguesía,
rechazo, por lo tanto, la idea de la guerra civil, que
quizás a través del estallido estudiantil, la burguesía
combatiría contra sí misma. Ya los jóvenes de
esta generación, diría, son físicamente mucho más
burgueses que nosotros. ¿Entonces? ¿No tengo
derecho a provocarlos? ¿De qué otro modo ponerme
en relación con ellos, sino es así? El demonio
que me ha tentado es un demonio, como se sabe,
lleno de vicios: esta vez ha tenido también el vicio de
la impaciencia y del desamor por esa vieja obra artesanal
que es el arte; ha hecho un sólo burdomazo de
todos los campos semánticos que son sede de las
comunicaciones no lingüísticas: presencia física y
acción... Para concluir, entonces, los jóvenes estudiantes
de hoy, pertenecen a una “totalidad” (los
“campos semánticos” sobre los cuales, ya sea a través
de la comunicación lingüística como a través
de la no-lingüística, semanifiestan), están estrechamente
unificados y cercados: entonces, ellos no
están en condiciones, creo, de comprender por sí
mismos que, cuando se definen “pequeños-burgueses”
en sus autocríticas, comenten un error elemental
e inconsciente.
En efecto, el pequeño-burgués
de hoy ya no tiene abuelos campesinos: sino
bisabuelos o tal vez tatarabuelos; no ha vivido una
experiencia anti-burguesa revolucionaria (obrera)
pragmáticamente (y ésta es la causa de los inanes
tanteos en búsqueda de los compañeros obreros); ha
experimentado, en cambio, el primer tipo de cualidad
de vida neocapitalista, con los problemas de la
industrialización total. El pequeño-burgués de hoy,
entonces, ya no esmás el que es definido por los clásicos
del marxismo, por ejemplo Lenin. (Como,
tampoco, la China actual ya no es más la China de
Lenin: y, por lo tanto, citar el ejemplo de la “China”
del librito sobre el imperialismo de Lenin, sería
una locura). Además, los jóvenes de hoy (que se
apuren a abandonar también la horrible denominación
clasista de estudiantes, y a convertirse en jóvenes
intelectuales) no se dan cuenta en qué medida
es repelente un pequeño-burgués de hoy: y que a ese
modelo se están conformando tanto los obreros
(pese al persistente optimismo del canon comunista)
como los campesinos pobres (pese a la mitificación
realizada por los intelectuales marcusianos
y fanonianos, me incluyo, pero ante litteram).
A esa conciencia maniquea del mal burgués
entonces los estudiantes pueden llegar (para recapitular):
- reanalizando —fuera tanto de la sociología
como de los clásicos del marxismo—los pequeños burgueses
que son (que nosotros somos) hoy.
- abandonando la propia autodefinición ontológica
y tautológica de “estudiantes” y aceptando
ser simplemente “intelectuales”.
- realizando la última elección aún posible—en
la vigilia de la identificación de la historia burguesa
con la historia humana—en favor de lo que no es
burgués (cosa que ellos ya sólo pueden hacer sustituyendo
la fuerza de la razón por las razones traumáticas
personales y públicas a las que me refería:
operación, ésta, extremadamente difícil, que implica
un auto-análisis “genial” de sí mismos, fuera de
toda convención). [4]
|