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\\ Índice \ Número 5, invierno de 2008
Literatura
Rulfo: el silencio interrumpido
por Miguel Briante.
EEl miércoles 26 de junio, Miguel Briante —prosecretario de
Confirmado—viajó a México con un solo propósito: entrevistar
a Juan Rulfo, al autor de Pedro Páramo y El llano en llamas,
los dos cortos libros que conforman su obra total y que le han
valido varios títulos: el de ser uno de los pocos autores americanos
cuyas obras se agotan sistemáticamente—10 ediciones
o más de cada uno de sus títulos—, el de haber sido traducido
al inglés, francés, alemán, sueco, holandés, serbio-croata, italiano,
polaco, danés, noruego y checo. Borrado de los estruendos
que producen los amplios lanzamientos, al costado de las
sociedades literarias y de sus modas, se alza como una sombra
—paterna, seguramente—difícil de eludir. Pero quiere ignorarlo.
La mitología tejida alrededor de su figura quiere que
Rulfo sea un ogro empecinado, que no asiste a congresos internacionales
y cierra la puerta a los periodistas.
Cuando Miguel
Briante arribó a México parecía que la leyenda iba a permanecer
intacta; Reynaldo Orfila Reynal, director de la Editorial
Siglo XXI—que editará Días sin floresta y La cordillera, los próximos
libros de Rulfo—se limitó a mostrar un mensaje garabateado
en un sobre, con lo que Rulfo contestaba al cable previamente
enviado desde la Argentina: “Estoy enfermo. Le agradezco
su preocupación. Ya le avisaré cuando todo esté bien”. Era
el jueves, de mañana. Por la tarde, el lacónico llamado de un
tercero comunicó: “Estaré listo para la entrevista mañana a las
nueve de la noche”. A las 21,30 del viernes, en el domicilio de
Orfila Reynal, el poeta Gabriel Zaid dijo: “Ya me parecía, no
viene”. A las 21,34 el novelista Fernando Del Passo miró hacia
la puerta que se abría y dijo: “Buenas noches maestro, tanto
tiempo”. Confirmado quiso registrar en dos notas sucesivas,
como un verdadero documento, una parte de las entrevistas en
las que Rulfo, por primera vez quizá en muchos años, se le
animó al grabador.
La Historia (I)
Hay un amanecer o una noche, en la vida de Juan Rulfo, que se
define por la llegada de un cuerpo cruzado sobre un caballo,
“y envuelto en un petate”. Hay varias muertes más a su alrededor,
y tal vez las cuente y tal vez no las cuente a lo largo de
esta charla. Hay, antes, un abuelo terrateniente y después un
padre que administraba una hacienda, “pero que en realidad
no era gente de campo”, y hay una abuela que presentía la
muerte. Pero él, para la síntesis prefiere contarlo así:
Nací en un pueblo del Estado de Jalisco, nombrado San
Gabriel, más o menos al sur de Guadalajara, la capital del
estado. Y viví allí hasta los diez años. Es uno de esos pueblos
que han perdido hasta el nombre. Ahora se llama ciudad Venustiano
Carranza. Ahí viví, con una abuela mía; y mis hermanos,
hasta que mataron a mi padre. (Hasta poco después que su
padre, ese cuerpo envuelto en un petate, llegara, cruzado sobre
el caballo, muerto por la espalda). De ahí pasamos a un orfanatorio
y allá estuve hasta la edad, más o menos, de 16 años. Es
decir, hasta que estalló la huelga de la universidad. Quiero
decir: hasta los 14 en el orfanatorio, hasta los 16 en Guadalajara.
La huelga estalló casi el mismo día que entré yo, y duró
como año y medio. Debido a eso me fui a la ciudad de México,
a proseguir los estudios. Se suponía que iba a estudiar la carrera
de abogado, que mi abuelo era abogado, y alguno tenía que
usar su biblioteca. Pero había pasado mucho tiempo, y algunas
materias las había olvidado. No pude pasar el examen extraordinario
a que nos sometían. Así que tuve que trabajar.
Eso fue por 1936. Rulfo había nacido en mayo de 1918.
Los lugares
La verdad, Juan Rulfo rehúye las preguntas sobre su obra.
Como si quisiera taparla, como si no le importara. Parece
capaz de hablar horas y horas, vigilando el grabador de reojo,
sorteándolo. Cuando enfrenta el micrófono, no hay manera de
hacerle preguntas directas; se entiende que ya no caben preguntas
sobre estructura o lenguaje, sobre técnica literaria.
Los lugares y los hombres son la carne de Rulfo, su armazón;
de eso puede hablar horas, soltarse por ese rumbo con la
palabra justa, campesina, y el gesto irónico, el adjetivo casi
mortal. Se le puede preguntar, por ejemplo: “¿El día que mataron
a su padre—Rulfo tenía seis años—fue la primera vez que
usted vio la violencia de cerca?”. Y ahí está Juan Rulfo, el
narrador:
Bueno, yo ya la había visto. Fue, es una zona, hasta hace
poco tiempo, una zona violenta. En realidad, casi toda la tierra
caliente del país es violenta ¿no? Ahora, nada más se ha quedado
un poco concentrada en el Estado de Guerrero. Pero
antes, Michoacán, Jalisco, otros estados, los sitios por donde
cruza la tierra caliente, eran zonas de mucho conflicto. Hay
explicaciones. En primer lugar, son zonas muy aisladas. La
tierra caliente le da una característica a la persona muy especial,
en donde importa muy poco la vida. Por lo general, las
gentes que viven en ese suelo tienen “el mal del pinto” —allá
le llaman Chiriua—, tienen las manos pintas. Entonces, eso
mismo les crea un complejo de que…, pues, son tipos que no les
importa que losmaten en cualquier momento ¿no? Y al mismo
tiempo el clima, siempre caliente, porque es una zona que está
entre el altiplano y la sierra. Es tierra baja, sin brisa. Y el calor,
el bochorno, la misma miseria que sufre esa gente, pues creo
que causan el carácter violento. A menos, no hay otra explicación
¿no? La otra razón es que ésa es zona despoblada; la gente
o se ha ido hacia la costa o se ha ido hacia el altiplano. O ha emigrado
a los Estados Unidos. Así son esos pueblos de la tierra
caliente, los de Jalisco. Y así los hombres, pues, así son.
Y se le puede preguntar:
—Usted se acuerda de la muerte de su padre—como para
que siga hablando.
Y él dirá:
—Me acuerdo, sí, me acuerdo —como para no hablar
más.
La obra: El llano en llamas
Hay fragmentos de la historia deRulfo que promueven a las
preguntas directas; como ese recuerdo suyo que ubica una
guerra —la de los cristeros— en sus años del pueblo. La guerra
de los cristeros me tocó a mí, parte en mi pueblo y parte en
Guadalajara, entre el 26 y el 29. Las primeras guerrillas me
tocaron en el pueblo. Y enciende uno de los negros a mitad de
camino entre el cigarro de hoja y el cigarrillo —como si ya previera
la pregunta—. “Lo que usted ha escrito pertenece de
algún modo a la experiencia que usted tuvo durante esos
años”, como si ya estuviera empezando a contestar:
—Fíjese usted: nada pertenece a nada. Se le quita todo, nomás,
y queda el mero fondo. No, es que no son vivencias personales
—hace como que miente—, son todas imaginaciones. Pertenecen
hasta un cierto punto la ubicación de los lugares ¿no?—
días después, en Bogotá, la escritora argentina Marta Traba va
a decir: Lo increíble de Rulfo es que todo cuanto narra es cierto.
Más o menos el aspecto de la tierra y del paisaje. Quizá
usted habrá observado: no tienen fisonomía los personajes. Y
no están caracterizados porque no los conozco. Nunca he visto
a esas personas. No sé exactamente cómo tienen la cara.
Confirmado—¿Para usted forman parte del paisaje?
Juan Rulfo—Forman parte de una conciencia, de un modo de
pensar, de una mentalidad que tal vez existe ¿no? Pero no la
logro localizar bien.
C.—Usted, Rulfo, empezó a escribir a los 18 años, ya en México.
¿Qué fue lo primero que rescató de su obra?
J.R.—Bueno, entonces escribí una novela más o menos larga,
sobre la soledad y esas cosas. Pero no me gustó, no creo haber
rescatado nada de eso. Parece que una revista, hace muchos
años, publicó un fragmento, como un cuentecito, de todo eso.
Pero lo demás lo tiré. Yo lo primero que publiqué fueron cuentos,
en una revista que hacíamos con Arreola, donde pagábamos
cada cual su colaboración. Ahí publiqué: “Nos han dado la
tierra”; y luego “Es que somos muy pobres”. Esos pasaron a El
llano en llamas.
C.—El libro está organizado de alguna manera especial; ¿de
acuerdo al tiempo en que los escribió, por ejemplo? El cuento
que lo inicia, “Macario”, ¿por qué época lo escribió?
J.R.—Fue más o menos de la primera época. Fue al principio
como podría haber ido al final; en realidad lo organizaron los
editores, creo.
C. —¿Había algún autor que usted prefiriera, por aquella
época?
J.R.—Sí, los escritores rusos de la literatura presoviética o casi
soviética. Ya había leído a Dos Passos, pero los norteamericanos
—Poe sí, claro— no se conocían por entonces. Pero lo
que yo elegía eran Knut Hamsun y Lord Domsany esos Cuentos
de un soñador.
C.—En ese tiempo, muy pocos escritores habían logrado arribar
al lenguaje que usted consiguió, digamos “mexicano”, o
americano. ¿El de ustedes era un movimiento literario?
J.R. —Mire, no sé si sería un movimiento. Creo yo que era una
idea. Yo, personalmente, escribía de una forma muy rebuscada,
casi declamatoria ¿verdad? Y traté de evitar ese idioma, y me
ejercité en la forma del lenguaje que había oído hablar cuando
era muchacho.
Pensé que debía ejercitarme para defenderme de la retórica,
llegar a lo simple. Y utilizar personajes que tengan un lenguaje muy
reducido, que no me exigieran frases de esas rebuscadas,
ajedreteadas ¿no? Y caí en lo simple, digo que caí en la
simpleza, total. Y ahora, pues, no puedo salir de ahí. Creo que
me estaba llenando de retórica por andar en la burocracia.
Me estaba empapando de ese modo de hablar, de ese modo de
tratar todas las cosas.
Historia (II)
Así que tuve que trabajar. Dejé los estudios porque a mí no me
jalaban las leyes. Empecé a trabajar como agente de inmigración,
en la secretaría de gobernación. Sí, pescaba extranjeros.
Perninicioooosos. Primero aquí, en la ciudad de México. Después
tuve que salir: estuve en Tampico, en casi todo el país. Llegué
a Guadalajara, otra vez. Los agentes de inmigración revisaban
el documento de los extranjeros. Los que estaban ilegalmente
en México, los que habían cometido algún delito. Entonces
se los busca y se los deporta. Total: una tarea policíaca. Era
molesto, pero la gente agradable. Además había mucha libertad,
porque usted estaba comisionado en un sitio, pero de allí
podía movilizarse fácilmente porque, como había columnas
volantes, que abarcaban todo el país, uno se iba de una parte
a otra. Fue un largo viaje de unos dos, tres años. En realidad, por
aquella época, cuando vinimos de Guadalajara a México, no
había trabajo. Todo era burocracia. Entonces Rulfo debió acomodarse
a la burocracia ¿no? Entré a los 18 a Inmigración;
después recién a los 32 años, entré en una compañía fabricante de llantas de hule.
La obra: El llano en llamas
Entonces se propuso eso: aproximarse al lenguaje hablado,
alejarlo de la retórica. Buscar personajes a los que pudiera darles
tratamiento más simple, dice. Y hubo un cuento clave: “Ese... ése de ‘Nos han dado la tierra’”. Hasta que llegó a “Macario”,
que es otra cosa. Porque en todos los pueblos hay un
loquito y entonces, entrar en el monólogo del personaje, significaba
dar otra clave. A lo mejor buscaba un lenguaje más
primitivo, aún,más elemental. No sabe. Sabe que le fue válido
utilizarlo pero que al mismo tiempo descubrió que era demasiado
fácil: Porque una vez que se entraba en una mente desquiciada
se tenía demasiada libertad, se podían dar saltos y saltos
totalmente arbitrarios. El se dio cuenta: había llegado a ser
muy largo ese cuento. Corrigió; ¿qué busca Juan Rulfo cuando
corrige? Llegar al tratamiento que me he asignado. No es
una cuestión de palabras. Siempre sobran, en realidad. Sobran
un qué o un cuándo, está un de o un más demás, o algo así ¿no?
Y una vez que entró en la técnica, la desechó, por fácil. Porque
una de las características de Rulfo es el rigor, que no es lo
mismo que la pobreza. Basta leer sus cuentos, para darse
cuenta. Le parece fácil, como en “Macario”, la fluencia del
pensamiento, como le parece fácil cualquier estructura ya
usada. Aunque él no se propuso eso de ser riguroso. Le puedo
decir que los cuentos son casi espontáneos o naturales. Si no
están desarrollados como están imaginados —cosa difícil,
siempre— más o menos se puede decir, de la versión final,
que eso era lo que yo quería decir. No hay ambigüedad en ninguna
de las historias. A excepción de una que otra que tal vez
no tenga importancia. A pesar de que ninguna debe tener
importancia, en realidad.
Él, de sus cuentos elige “Luvina”: porque allí el monólogo está
hecho en otra forma; allí el monólogo se enfrenta ante un
oyente, el hombre está hablando. Claro que el que escucha no
interviene para nada; el que habla relata al que oye sus propios
movimientos ¿no?
—¿Y no es “Luvina” un anticipo de Pedro Páramo?
—Bueno, yo creo que sí. El clima ya está allí, un poco dado.
Pero es que Pedro Páramo venía desde antes. Estaba, ya, casi
se puede decir planeado. Pues, como unos diez años antes ¿no?
No había escrito una sola página, pero le estaba dando vueltas
en la cabeza. Y hubo una cosa que me dio la clave para sacarlo,
es decir, para desenhebrar ese hilo aún enlanado. Fue cuando
regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré
deshabitado.
Los lugares (II)
Es un pueblo que he conocido yo, de unos siete mil, ocho mil
habitantes. Tenía 150 habitantes, cuando llegué ¿no? Entonces,
las casas aquellas inmensas —es uno de esos pueblos muy
grandes ¿no?, las tiendas ahí se contaban por puertas, eran
tiendas de ocho puertas, de diez puertas—y cuando llegué las
casas tenían candado. La gente se había ido, así. Pero a alguien
se le ocurrió sembrar de casuarinas las calles del pueblo. Y a
mí me tocó estar allí una noche, y es un pueblo donde sopla
mucho el viento, está al pie de la sierra madre. Y en las noches
las casuarinas mugen, aúllan. Y el viento. Entonces comprendí
yo esa soledad de Comala, del lugar ése. El nombre no existe,
no. El pueblo de Comala es un pueblo progresista, fértil. Pero
la derivación de comal—comal es un recipiente de barro, que
se pone sobre las brasas, donde se calientan las tortillas—, y
el calor que hay en ese pueblo, es lo que me dio la idea del
nombre. Comala: lugar sobre las brasas.
—Pero, ése es su pueblo.
—Sí, es y no es. Es el lugar. Pero no son las casas, no son las
gentes. No son nada. [7]
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