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\\ Índice \ Número 5, invierno de 2008
México
Tlatelolco
por Carlos Monsiváis, México DF.
LLa recuperación
litúrgica de la fecha. En la ciudad de
México el drama y el patetismo de lo
irremediable se representan, no en el
Panteón de Dolores ni en el Panteón
Jardín, sino en un espacio insólito.
Tlatelolco es el lugar del retorno. Desde
muy temprano, ante la inextricable y
vigilante reserva de los granaderos y la
policía, la Plaza de las Tres Culturas se va
poblando con los vecinos del lugar y los
amigos y los familiares de los desaparecidos
un mes antes. Allí fue: todos lo
saben y algunos lo repiten como una
hipótesis, quizás para aminorar el estupor,
tal vez para convencerse a sí mismos
de que no ha sido cierto, de que la
pesadilla es un vacío resplandeciente.
Hace un mes, hubo un mitin en
Tlatelolco.
(Eran los meses del Movimiento Estudiantil
y en toda la interminable unidad
habitacional Nonoalco-Tlatelolco
sus moradores habían ayudado a los
estudiantes de la Vocacional Siete y a
las brigadas y habían asistido a los
mítines y habían resistido a los granaderos
arrojándoles agua caliente y
macetas y objetos domésticos y obscenidades
familiares.)
Era la tarde del mitin. Faltaban diez
días para que diesen principio los XIX
Juegos Olímpicos y fuese notificado el
planeta entero de cuánto habíamos progresado
desde que Cuauhtémoc arrojó
la última flecha. Y eran las cinco ymedia
y la gente se agrupaba, absorta en la fatiga
de quien presiente la transferencia
que lo convertirá en el asistente del próximo
mitin y estaban los Comités de
Lucha con sus pancartas y los brigadistas
y los padres y madres de familia seguros
de la calidad de su apoyo y había simpatizantes
de clase media y empleados o
profesionistas arraigados en la justicia
del Movimiento Estudiantil y periodistas
nacionales y reporteros de todo el mundo
y quienes vendían publicaciones radicales
y quienes vendían dulces y curiosos y
habitantes de Tlatelolco.
Hace un mes: estudiantes y maestros
de primarias y obreros ferrocarrileros y
maestros universitarios y del Politécnico
y militantes de los grupúsculos acudieron
a la Plaza de las Tres Culturas, con su
historia acumulada que aprovechan
edificios donde la propaganda ha improvisado
“un nivel de vida superior”, con
sus tesis explícitas sobre la asechanza de
lo indígena, de lo colonial y de lo contemporáneo.
Y el mitin se inició, al instalarse
los dirigentes del Consejo
Nacional deHuelga en el tercer piso del
Edificio Chihuahua. Dieron comienzo
los discursos que cercenaban el desánimo
y sembraban la reciedumbre porque
la victoria estaba próxima. El número de
los asistentes se incrementaba. Por el
micrófono un aviso: para contradecir los
rumores de una represión del ejército,
se suspendía la marcha de Tlatelolco al
Politécnico. No podían correrse riesgos
después del 18 de septiembre, cuando el
ejército ocupó la Ciudad Universitaria,
cuando el humorismo darwiniano a propósito
de los ejecutores de la represión se
petrificó ante esa hosca fisonomía
implacable que se repetía, se desdoblaba,
insistía en su corporeidad, volvía a dar
órdenes, obligaba a los detenidos a acostarse
en el suelo, postergaba cualquier
estado de ánimo, revisaba listas, conducía
a los estudiantes hacia los camiones,
les ordenaba alzar las manos, les exigía
continuar tendidos, se vanagloriaba de la
influencia que las armas tienen siempre
sobre las víctimas.
Y eran las seis y diez de la tarde y de
pronto, mientras el equipo de sonido
divulgaba otra exhortación, rayó el cielo
el fenómeno verde emitido por un helicóptero,
el efluvio verde, la señal verde de
una luz de bengala “desde la niebla de los
escudos”, desde el reposo de lo inesperado.
Y se oyeron los primeros tiros y
alguien cayó en el tercer piso del Edificio
Chihuahua y todos allí arriba se arrojaron
al suelo y brotaron hombres con la
mano vendada o el guante blanco y la
exclamación “¡Batallón Olimpia!”, y el
gesto era iracundo, frenético, como detenido
en los confines del resentimiento,
como hipnótico, gesto que se descargaba
una y mil veces, necedad óptica, engendro
de la claridad solar desaparecida,
descomposición del instante en siglos
alternados de horror y de crueldad.
Y el gesto detenido en la sucesión de
reiteraciones se perpetuaba: la mano con
el revólver, la mano con el revólver, la
mano con el revólver, la mano con el
revólver.
Y alguien alcanzó a exclamar desde el
tercer piso del Edificio Chihuahua: “¡No
corran. Es una provocación!” Y como
otro gesto inacabable se opuso la V de la
victoria a la mano con el revólver y el
crepúsculo agónico dispuso de ambos
ademanes y los eternizó y los fragmentó
y los unió sin término, plenitud de lo
inconcluso, plenitud de la proposición
eleática: jamás dejará la mano de empuñar
el revólver, jamás abandonará la
mano la protección de la V.
Y los tanques entraron a la Plaza y
venían los soldados a bayoneta calada y
los soldados disponían al correr de esa
pareja precisión que el cine de guerra
ha eliminado (por infidelidad de la
banda sonora) y que consiste en la certidumbre
de la voz de mando, una voz
de mando que se transformará en estatua
o en gratitud de la patria, pero que
antes es coraje y alimento, cansancio y
fortaleza, severidad de los huesos,
simiente de obstinación, voz de mando
que distribuye los temores y las incitaciones.
Y cesó la imagen frente a la imagen
y el universo se desintegró, ¡llorad
amigos! Y el estruendo era terrible como
apogeo de un derrumbe que puede ser
múltiple y único, inescrutable y límpido.
El clamor del peligro y el llanto diferenciado
de lasmujeres y la voz precaria
de los niños y los gemidos y los alaridos,
se reunieron como el crecimiento preciso
de una vegetación donde los murmullos
son del tamaño de un árbol y lo
plantado por el hombre resiste las inclemencias
de la repetición. Y los alaridos
se hundieron en la tierra preñándolo
todo de oscuridad.
Y los hombres con el guante blanco y
la expresión donde la inconsciencia
clama venganza dispararon y el ejército
disparó y la gente caía pesadamente,
moría y volvía a caer, se escondía en sus
aullidos y se resquebrajaba, seguía precipitándose
hacia el suelo como una sola
larga embestida interminable, sin tocarlo
nunca, sin confundirse jamás con esas
piedras. Los niños corrían y eran derribados,
las madres se adherían al cuerpo
vivo de sus hijos para seguir existiendo,
había llanto y tableteo de metralla, un
ruido que no terminaba porque no
empezaba, porque no era segmentable
o divisible, porque estaba hecho girones
y estaba intacto. Los fusiles y los revólveres
y las ametralladoras entonaban un
canto sin claudicaciones a lo que moría,
a lo que concluía entonces, iluminado
con denuedo, con hostil premura, por la
luz de bengala que había lanzado un
helicóptero.
Y el olor de la sangre era insoportable
porque también era audible y táctil y
visual. La sangre era oxígeno y respiración,
el ámbito de los estremecimientos
finales y las precipitaciones y los pasos
perdidos. Se renovaba la vieja sangre
insomne. Y la sangre, con esa prontitud
verbal del ultraje y el descenso, sellaba el
fin de la inocencia: se había creído en la
democracia y en el derecho y en la conciencia militante
y en las garantías constitucionales
y en la reivindicación moral.
La inocencia había sido don y tributo,
una inminencia del principio, algo siempre
remitido al principio, allí donde el
llanto y las reverberaciones de la sangre
y el rescoldo de la desesperanza se gloriaban
en la memoria de los días felices,
cuando se vivía para la libertad y el progreso.
Los cadáveres deshacían la Plaza
de las Tres Culturas, y los estudiantes
eran detenidos y golpeados y vejados y los soldados irrumpían en los departamentos
y el general Marcelino García
Barragán, secretario de la Defensa exclamaba:
El comandante responsable soy yo.
No se decretará el estado de sitio.
México es un país donde la libertad
impera y seguirá imperando... Hago
un llamado a los padres de familia
para que controlen a sus hijos, con el
fin de evitarnos la pena de lamentar
muertes de ambas partes; creo que los
padres van a atender el llamado que
les hacemos.
Y Fernando M. Garza, director de
prensa y relaciones públicas de la
Presidencia de la República, informaba a
los periodistas mexicanos y a los corresponsales
de la prensa extranjera:
La intervención de la autoridad… en la
Plaza de las Tres Culturas acabó con el
foco de agitación que ha provocado el
problema... Se garantiza la tranquilidad
durante los Juegos Olímpicos.
Hay y habrá vigilancia suficiente para
evitar problemas.
Ametralladoras, bazukas y rifles de
alto poder disolvían la inocencia. Los
rostros desencajados reducían a palidez
y asco el fin de una prolongada confianza
interna: no puede sucedemos, no nos
lomerecernos, somos inocentes y somos
libres. El zumbido de las balas persistía,
se acumulaba como forma de cultura,
hacía retroceder las manifestaciones y
las voces de protesta y los buenos deseos
reformistas del pasado. La temperatura
del desastre era helada y recia y la gente
tocaba con desesperación en la puerta
de los departamentos y allí se les recibía
y se les calmaba y desparramándose en
el piso todos compartían y acrecentaban
el dolor y el asombro. Los detenidos
eran registrados y golpeados con puños
y culatas y pistolas. Los agentes de policía
emitían dictámenes: “A la pared, a la
pared.” La inocencia se extinguía entre
fogonazos y sollozos, entre chispas y
ráfagas.
2 de noviembre de 1968
Tlatelolco
A lo largo y a lo ancho de la trágica
superficie se van formando con flores
letras de la victoria, letras pequeñas y
grandes que homologan causa y sacrificio,
decisión ymartirio. Los letreros (“No
los olvidaremos”, “La Historia los juzgará”)
y los rezos y las veladoras y los llantos
y la concentración y la tensión y la
gravedad de los asistentes urden un vaticinio,
un rito intenso de soledad que ni
los escudos pueden proteger. En Tlatelolco,
sin interpretaciones ontológicas, sin
intervenciones del folklore, sin tipicidad
ni son et lumière, la obsesión mexicana
por la muerte anuncia su carácter
exhausto, impuesto, inauténtico. LaHistoria
condena las tesis literarias y románticas
y en Tlatelolco se inicia la nueva,
abismal etapa de las relaciones entre un
pueblo y su sentido de la finitud.
Ante Tlatelolco y su drama se retiran,
definitivamente trascendidas, las falsas
costumbres de la representación de Don
Juan Tenorio y el humor de las calaveras
y los juguetes mortuorios de azúcar que
llevan un nombre. Se liquida la supuesta
intimidad del mexicano y la muerte.
Ante lo inaceptable, lo inentendible, lo
irrevocable, la respuesta de la familiaridad,
la resignación o el trato burlón
queda definitivamente suspendida,
negada. Más aguda y ácida que otras
muertes, la de Tlatelolco nos revela verdades
esenciales que el fatalismo inútilmente
procuró ocultar. Permanece el
Edificio Chihuahua, con los relatos del
estupor y la humillación, con los vidrios
recién instalados, con el residuo aún
visible de la sangre, con la carne lívida de
quienes lo habitan. Hay silencio y hay el
pavor monótono del fin de una época.
Los rezos se entrelazan con la vibración
de otra liturgia, la de una interminable
tierra baldía donde octubre siempre es el
mes más cruel que mezcla memoria y
rencor y enciende la parábola del miedo
en un puñado de polvo. El Edificio
Chihuahua se erige como el símbolo que
en los próximos años deberemos precisar
y desentrañar, el símbolo que nos recuerda
y nos señala a aquellos que, con tal de
permanecer, suspendieron y decapitaron
a la inocencia mexicana. [6]
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