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\\ Índice \ Número 5, invierno de 2008
Guerra del 68
Vietnam
por Ignacio Ezcurra.
De Saigón a A Shau
San Francisco-Saigón— Negro, gris y rojo es el vuelo de San
Francisco a Saigón. Como se viaja en la misma dirección que el sol, lo
encierra a uno una noche irreal, interminable, de más de 20 horas. Pero
el tono gris se lo da el destino. Aunque varias líneas regulares cubren
esa ruta con frecuencia diaria, a los pasajeros se los anuncia y despide
con tono de circunstancias. Más de la mitad son soldados, ya que los
EstadosUnidos envían sus hombres al frente en vuelos comerciales. Los
despiden novias y madres. Blancas y negras lloran, pero sin ruido.
Como reacción, minutos después, en el avión, abundan los gritos,
risas y anécdotas escandalosas. En la primera escala, Honolulú, bajan
parejas de recién casados y se suman más soldados, nativos, de cara
oscura. Los despiden caravanas interminables de parientes, que los
abrazan, les cuelgan collares de leis al cuello y los bañan en lágrimas.
Al volar sobre la isla deWake, punto que señala la línea internacional
del tiempo, el almanaque nos hace una trampa, y se pierde un día.
En Guam, última escala antes de Saigón, los que descienden parecen
avergonzados, y lo hacen con apuro y sin mirar a los costados. Al
levantar vuelo nos alcanza la luz y explota en el aire el transparente azul
del Pacífico y el verde cargado de la vegetación de la isla, marco de algunas
de las más sangrientas batallas de la segunda guerra mundial.
De allí en adelante las caras se estiran, serias, por la ventanilla, tratando
de adivinar la costa baja de Vietnam. Un matrimonio de edad,
que va a visitar a su hijo soldado, me pregunta si lo encontrará bien.
“Por supuesto, señora”. En la distancia finalmente se dibuja un perfil
de sombra.
El avión asciende a 12.000 metros. “Hay que impedir que nos
alcancen los cañones comunistas”, dice la azafata, con la misma cara
sonriente con que había anunciado el cóctel. Y ya volando sobre los
arrozales cuajados de cráteres rojos y grises, se desploma en el interior
del avión el fantasma de la guerra. Los soldados, estirados en sus
asientos, hacen como que dormitan, mientras piensan o recuerdan.
De pronto el avión inclina la nariz e inicia un vertiginoso descenso
en busca del aeropuerto. Ya volamos sobre Saigón. Rodean la ciudad
fuertes de forma triangular, y se ven muchas casas quemadas
recientemente. Pocos minutos después carreteamos por el aeropuerto
a Tan-Son-Nhut. Como también es base aérea militar está rodeado
de barricadas de arena, alambradas de púas y erizado de ametralladoras.
Nuestro avión rueda entre filas de cazas a reacción, resguardado
cada uno dentro de un cerco contra bombas, y cantidad de
helicópteros. En la escalerilla nos detiene la explosión próxima de
un cañón. La azafata, siempre sonriente, lo explica. “No se preocupen,
es la guerra”.
Encarnizada lucha se libró ayer en Saigón
Saigón—Amanecer del 8 demayo. Medio mundo de distancia
de Buenos Aires. Columnas de humo negro se levantan en el
camino de Cholón, en el sector Sur, mientras se escuchan incesantes las
ametralladoras y el cañoneo. La visión del lugar es horrible. Mientras
llegan camiones y “jeeps” cargados con tropas, se les cruzan camionetas
con la cruz roja y su carga macabra. Ya se calculan en más de 1.000
los civiles muertos y heridos. Durante el ataque del Tét, a fines de
enero, la lucha tuvo lugar en el centro de la ciudad, pero esta vez el ataque
fue frontal, desde las afueras, y el primer impacto lo han recibido
los poblados barrios pobres de los suburbios y la costa del río.
Todo el día de ayer fue continuo el fluir de despavoridos refugiados
que cargando ropas y animales en canastas, bicicletas o motocicletas
vinieron hasta el centro. Luego, las familias permanecían amontonadas
y en cuclillas en veredas y plazas mirando hacia el Sur la columna
negra que consumía sus casas.
Los barrios en que ellos vivían fueron infiltrados por los comunistas.
No tardaron en llegar las tropas. A los primeros disparos aleteaban
sobre el lugar los helicópteros y rociaban las casillas con metralla
y cohetes. El Vietcong, con decisión suicida, contestaba el fuego. Y
entonces, previo un aviso por altavoces, al que algunos civiles pudieron
hacer caso y otros no, los aviones descargaban las bombas napalm.
Cientos de casas de los barrios pegados al río y el aeropuerto desaparecieron.
En las callejuelas que serpentean por ellos, están los cadáveres
de combatientes, de civiles y de animales.
También se luchó ayer en los alrededores del aeropuerto y sobre las
tumbas de los quemurieron en la guerra contra los franceses. Tropas
survietnamitas y comunistas mantuvieron un prolongado duelo, que
por la noche continuó a la luz de bengalas.
“Mayo con sangre y junio con paz”
Un escalofrío recorre a la población, habitualmente endurecida por 30
años de lucha y que hasta el ataque del Tét prefirió tratar de ignorar la
guerra. Hay quienes tienen esperanzas de que el golpe de este fin de
semana, hasta ahora menor que el del Tét, sea sólo un homenaje al 14°
aniversario de la derrota francesa en Dien Bien Phu, que se celebró
ayer.Otros temen que sea el principio de unmes espantoso en el que
los comunistas, por cualquier medio, traten de conquistar terreno
para iniciar las conversaciones de paz.
Políticamente, es el mes indicado. Además de Dien Bien Phu, el
sábado se recuerda el aniversario de Buda, y el 19 el cumpleaños de Ho
Chi Minh. Y desde hace dos meses, hasta en los más remotos villorrios
del Vietnam ha corrido una consigna del Vietcong: “Mayo con sangre
y junio con paz”.
Especulación económica
Muchos tiemblan tanto a una como a la otra posibilidad, y un hálito
de pánico alienta al éxodo. Las propiedades cambian de mano a entre
un 50 y 70 por ciento de su valor. Por cada dólar, que cuesta 118 piastras
en el controlado mercado oficial, se logran 165 en el paralelo, y casi
200, puesto en París, Londres o Nueva York.
Presencia de soldados norvietnamitas
Preocupa la presencia de muchos soldados norvietnamitas, mejor armados y entrenados que los guerrilleros
Vietcong. Parecen haber llegado desde
Camboya, distante menos de tres días de
marcha a través del territorio que controlan
los comunistas.
Su decisión y bravura sorprende a los norteamericanos.
“Yo sé que ellos nunca podrán
tomar la ciudad”, me dijo un agotado teniente
coronel que comandaba operaciones en
Cholón. “Pero también entiendo que en su
terreno nos será muy difícil derrotarlos.
Lucha cerca de Laos en el valle A Shau
Valle de A Shau—Los rumores de
paz parecen no haber llegado a este valle,
enclavado junto a la frontera con Laos, donde
las tropas norteamericanas y survietnamitas
disputan con ferocidad a los norvietnamitas lo
que durante dos años fuera su santuario.
“Espero que en París se pongan de acuerdo,
pero hay que recordar que durante los 18
meses que duraron las conversaciones de paz
en Corea tuvieron lugar las batallas más sangrientas
de la guerra”, recordó un oficial.
Llegué al valle en un helicóptero de la 9ª
División de Caballería. Hay que verla en
acción, es el arma táctica más moderna con
que cuenta el ejército norteamericano en
Vietnam. Me habían recomendado en
Saigón: “No vayas, manito —rogó al pie del
helicóptero el soldado méxico-californiano
David Castañella—, es el suicidio. De allí
vuelven todos cadáveres”.Desde la calle Camp
Evans, la base del regimiento, el Huey se
encaramó por sobre las montañas y a más de
4.000metros de altura teníamos frío, a pesar
de habernos ajustado el pesado chaleco contra
las esquirlas. Con sables cruzados dorados,
pintados en la nariz de cada uno, y el
remedar de galope de las paletas, los helicópteros
se movían como una nerviosa tropilla.
“El éxito nuestro es la movilidad que nos permite
saltar detrás de las líneas enemigas”,
explicó el jefe del cuerpo.
Ya volábamos sobre el Valle y entre las
nubes se veía el camino rojo construido por los
norvietnamitas que se había convertido en la
principal ruta de infiltración desde la senda de
Ho Chi Minh hacia las ciudades del norte de
Vietnam del Sur. Bruscamente, y zumbando a
toda velocidad, rozando la copa de arbustos y
cerros. “A esta altura les resulta más difícil
acertarnos”, murmuró un soldado, que rezaba
con los ojos entrecerrados, mientras los dos
artilleros ametrallaban los bultos sospechosos
sin dejar de masticar chicle, cosa que parecían
hacer al compás. Manchas negras, de las
que sobresalía la cruz de las paletas,marcaban
el lugar donde había caído y se había incendiado
un helicóptero. “Tienen cañones de 35 mm.
Nos derribaron más de 30”.
Siguiendo el camino rojo vimos desde el
aire los camiones y las máquinas topadoras
rusas que el ataque sorpresivo permitió capturar
intactos. Y, por rachas, hileras de profundos
cráteres que daban al fondo del valle
un aspecto lunar. “Son las 30 toneladas de bombas de cada B-52. Ya
las oirá de noche. Es el arma del terror”. El helicóptero nos dejó en el
borde de una montaña donde se podían ver sus efectos.
En kilómetros cuadrados no había quedado un árbol vivo ni un
trozo de roca sin remover. Cráteres de 15 metros de circunferencia
marcaban los lugares del impacto.
Difícil dar un paso sin pisar un trozo de hierro de las grandes
bombas o de los recipientes de napalm. Desde más allá de la zona
muerta se oían gritos de pájaros ymonos. Desnudos hasta la cintura,
los soldados cavaban trincheras para pasar la noche y luego las cubrían
con maderas y bolsas llenas de tierra. “Al otro puesto lo atacaron
con cohetes y morteros”. Casi intermitentemente el valle retumbaba
con la artillería, por suerte amiga, buscando las posiciones norvietnamitas.
Con árboles en el borde de la montaña y plantíos de maíz,
mandioca y bananas en la vega, haciendo abstracción de ruidos, el
valle recortaba un paisaje idílico. “Creo que una vez que termine la
guerra vendré a pasar unas vacaciones aquí”, prometió el Tte. Fred
Steinberg. Y el jefe de la compañía, Michael Sprayberry, me propuso:
“Mañana vamos hacia Laos. Hoy perdimos cuatro hombres y hubo 12
heridos. ¿Nos acompaña?” Acepté, era un desafío.
Duros combates líbranse en el frente de Vietnam
Valle de A Shau — La noche se hace interminable durmiendo
en un diminuto “bunker” construido por los norvietnamitas.
Durante toda la noche los morteros y cañones de los cinco puestos establecidos
en el valle bombardearon los senderos por donde podía circular
el enemigo. Y dos veces la montaña tembló, con un rugido, y
pareció que el “bunker” se partía en pedazos.
Los B-52
“Son los B-52 que atacan a 2 o 3 kilómetros de aquí. Bombas de 500
kilos. Imagínese cómo las sienten ellos”. A las seis de la mañana todo
el mundo estaba en pie, calentando y maldiciendo las raciones “C” de
combate: latas verdes con galletitas, chocolates, dulces, pavo, sopas o
carne. Parecen ricas, pero después de unos meses... Con humor sombrío,
se prepararon luego las armas, arrancándoles hasta la última partícula
de polvo con cepillos de dientes y brochas de afeitar. “No quiero
ir. Ese lugar está ‘buku’ (lleno) de ‘gooks’ (norvietnamitas)”, suspiró
el soldado Steve Arnold, de California, y en silencio todos aprobaron.
A las 7 estaban los 70 hombres al pie de la montaña en el camino
construido por los norvietnamitas, con los fusiles M-16, ametralladoras
M-60, lanzagranadas, bazukas y miedo. “Miedo, no tengo
vergüenza en confesarlo”, dijo con pesado acento sureño Lui Gregore.
Para evitar convertirse en blancos preferenciales los oficiales y suboficiales
se arrancaron charreteras, y los que llevaban radio disimularon
la antena. “Siempre empezarán con nosotros”. Luego, mientras un
pelotón iba por el fondo del valle, comenzamos a recorrer el camino
en dirección a Laos, distante unos cuatro kilómetros. Muy bien construida
y capaz de resistir tránsito en cualquier época, esta ruta mejorada
permitía a los comunistas poner armas y pertrechos a una noche
de marcha de Hue. Tenía refugios contra bombas cada 50 metros y
carteles—en vietnamita—detallando los accidentes del sinuoso camino.
Nos movíamos muy despacio, de árbol en árbol y roca en roca.
Pueden querer volver a repetir la emboscada.
Propaganda
Encontramos abundantes cajones chinos con dinamita, empleada
para construir la ruta. Es increíble, cajones con material de propaganda
sobre Vietnam del Norte en castellano, con algunos buenos grabados
sobre la vida rural. Parece que ellos también tienen problemas
de abastecimiento. “No solamente nosotros mandamos heladeras a
la Antártida”, rió el teniente. Estas cajas probablemente deberían
haber ido a la América Latina. Pasamos junto a los restos de dos
camiones rusos destruidos. Uno había tenido una carga de nafta y el otro de fusiles a cerrojo, de bayoneta rectangular,
que aparecían dispersos y quemados
por el lugar. Tres horas después habíamos
recorrido un “click” —mil metros—, cuando
comenzaron a silbar las balas y desde un
“bunker” se escuchó el ladrido seco del AK-
47, el fusil automático chino. Al tercer intento
los alcanzaron con una bazuka. Eran dos
norvietnamitas. Vestían buenos uniformes,
pero como calzados llevaban ojotas de
cubiertas de camión... “Pobres, con esos elementos
no sé cómo pelean”, los compadeció
un soldado.
Cien metros después nos
comenzó a buscar una ametralladora pesada
desde la montaña que teníamos enfrente. La
infantería de marina mandaría un pelotón a
silenciarla. A la caballería no le importa gastar
unos dólares más con tal de cuidar a sus
hombres. “Alguna vez dejé caer un millón de
dólares sobre un tirador emboscado”. Hizo
un llamado por radio y pocos minutos después
estaban sobre la montaña dos helicópteros
con sus “miniguns” zumbando a 4.000
tiros por minuto. La ametralladora les contestaba
impasible. “Que venga la aviación”.
Tardaron menos de 15minutos en llegar tres
aviones de chorro que troncharon media
montaña con bombas de 250 libras y el alarido
de sus ametralladoras. De una cueva
salieron corriendo cinco “gooks” y un soldado
alcanzó a tres con su fusil... Se fueron los
“jets” y el valle quedó por un momento en
silencio. “Volvamos. Ha sido un buen día”,
dijo el teniente Sprayberry.
Hubo sonrisas y un suspiro de alivio. Al
volver se escuchaban los pájaros. El teniente
David Mace especuló: “Los ‘gooks’ son estúpidos.
Saben que van a morir, e igual nos atacan”.
“No sé si serán estúpidos, pero sí que
pelean como lobos. Si los soldados del ejército
survietnamita pusieran el mismo entusiasmo,
en una semana ganamos la guerra”, reflexionó
un sargento.
La reunión de paz y los católicos survietnamitas
Saigón—La comunidad católica
en Vietnam del Sur es la más intransigente
frente a las conversaciones de paz que podrían
abrir las puertas del poder a los comunistas.
Dos terceras partes del millón ymedio de
creyentes—el 10 por ciento de la población—
son refugiados del Norte luego de la toma del
poder por Ho Chi Minh, y temen que el caso
se vuelva a repetir. Trabajadores y enérgicos,
forman una sólida clase media alta para algunos
extranjerizante y alejada de la realidad
del país.
“No hay que tenernos amenos por el número”,
explicó el arzobispo de Saigón, monseñor
Nguyen Van Binh. “Gracias a un eficiente sistema de
escuelas parroquiales, calculamos que el 35
por ciento de las autoridades o los militares de
alta graduación son católicos”. Monseñor Van
Binh nació en Saigón hace 58 años, estudió en
Roma y es elogiado por su estrecho contacto con
los feligreses.
“Lo que le declare será como persona, porque la Iglesia no puede
tomar una posición política”, señaló. “Yo deseo que la guerra termine
lo antes posible, que queden separados el Norte y el Sur, y que los
comunistas regresen al Norte. Nosotros nunca quisimos esta guerra.
Ellos vinieron a provocarla”. Es delgado, ágil, de ojos brillantes y
habla con una cierta impaciencia. “En Europa y América Latina quieren
la paz a cualquier precio. No tienen idea de lo que es el comunismo
tipo chino. Es totalmente distinto al de tipo intelectual a que
ellos están acostumbrados. A China no le importan los medios para
ganar terreno. No respeta la vida de las personas ni a la Iglesia. Por
ejemplo a nosotros no nos permiten tener ningún contacto con los
católicos del Norte”. Reflexionó un momento.
En la pared, un retrato de Paulo VI parecía extranjero entre muchos
de obispos de rostro obscuro y ojos rasgados. “Si los norteamericanos
se van de golpe nos condenan a desaparecer. Acuérdese que del otro
lado tienen ayuda de Rusia. Y no crea que es una guerra religiosa
contra los budistas. Aunque es cierto que hay muchos comunistas
infiltrados entre los budistas, y ellos fueron los culpables de las matanzas
de católicos en Hue.
”Pero, en general, con los dirigentes budistas estamos en buenas
relaciones. El Tich Tri Quang —máximo dirigente budista, actualmente
bajo arresto—es un buen amigo mío. Un hombre inteligente”,
reflexiona. “Es un hombre peligroso”, agrega.
Le explico que en círculos norteamericanos señalan que una de las
principales dificultades para el triunfo es la corrupción administrativa
y la falta de un adecuado programa de reforma agraria, como
ofrece el Vietcong. ¿Los ha atacado él como máxima autoridad de la
Iglesia? “En mi opinión, se habla de que aquí hay corrupción porque
hay guerra, y todo se convierte en noticia. No me extrañaría que en la
Argentina y otros países de América Latina existiera la misma situación.
Pero igual la he atacado desde el púlpito, y en conversaciones con
algunos funcionarios. En cuanto a la reforma agraria, creo que en
estos momentos tenemos otros problemas más importantes, como el
alimentar a los hambrientos y el terminar de una vez por todas con la
guerra”. [8]
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