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\\ Índice \ Número 6, otoño de 2009
Misión Apollo XI
La luna por televisión
por Pablo Makovsky.
El primer alunizaje fue también el fin de muchas historias
de ciencia ficción y el principio de teorías conspirativas que
subsisten a cuarenta años de la misión del Apolo XI. ¿Qué hay
de la verdad que se esconde en esas teorías, centradas todas
en el espectáculo mediático que supuso aquella hazaña?
“Primero, creo que esta nación debe comprometerse
para llegar a la meta, antes de que termine
esta década, de colocar un hombre en la Luna y
hacerlo volver a salvo a la Tierra. Ningún otro
proyecto espacial durante este período será más deslumbrante para la humanidad o más importante en el largo espectro de la exploración
espacial; y ninguno será tan difícil o costoso
de concretar”. John Fitzgerald Kennedy,
en el Congreso de EEUU, 25 de mayo de 1961.
SSi se introduce “moontruth” en el buscador de
YouTube saltarán tres o cuatro videos en blanco y
negro. En uno de ellos vemos a Neil Armstrong descendiendo
por la escalerita del Apolo XI al tiempo
que su voz, fritada por la transmisión desde la Luna,
blande la célebre frase: “Un pequeño paso para el
hombre y un…” Pero entonces, en el horizonte de
la Luna, allá donde el espacio es un cielo negro que
seguramente corona la Tierra, se desploma una batería
de luces, y aparece un técnico con las corbatitas
finitas de los años 60, la camisa blanca y los lentes de
entonces. Y luego otro técnico, y la voz del supuesto
astronauta que dice: “Tendremos que empezar de
nuevo”.
El sitio promocionado en el video ofrece varias
ofertas vía Amazon para comprar algo así como la
historia de la conspiración que engañó al mundo con
la llegada del hombre a la Luna en julio de 1969. Nada
de eso sería cierto. Todo se habría grabado en un set
montado en el desierto de Arizona. Hace poco más de
un año la Nasa encargó una encuesta y un once por
ciento de norteamericanos estuvieron de acuerdo
en que el alunizaje es un fraude. Bill Kaysing, Ralph
René o Bart Winfield Sibrel, todos de dudoso pasado
por alguna oficina cercana a la agencia espacial,
lideran la teoría de la conspiración. Sus pruebas (los
tambaleantes testimonios de un alto oficial retirado
en Minnesota, un científico de una universidad de
Utah o un taxista de Orlando) pueden llegar a desilusionar
tanto como la noticia verdadera: la llegada del
hombre a la Luna cuarenta años después.
El Programa Apolo, que partió de la promesa electoral
de John Fitzgerald Kennedy en 1960, después de
que los rusos pusieran en el espacio a la perra Laika,
consistía primero en llevar a un hombre a la Luna y
traerlo de vuelta a salvo; luego, en ganar la carrera
espacial y misilística. Sus logros tuvieron acaso resultados
más extensos en el segundo punto. “El interés
público por los vuelos espaciales de los años sesenta
—escribió J.G. Ballard en Vogue, en 1977— rara vez
sobrepasó la tibia moderación (piénsese, por contraste,
en nuestro enorme compromiso emocional
con la muerte del presidente Kennedy y la guerra de
Vietnam), y los efectos en la vida cotidiana han sido
prácticamente nulos”. Ya entonces Ballard, que sostuvo
desde siempre que la ciencia ficción debía mirar
antes el espacio “interior” que el exterior, puso el
acento en lo que el espectáculo del primer alunizaje
—la televisión transmitiendo en vivo al mundo entero—
venía a anunciar: “Han empezado a aparecer en
escena unos mecanismos mucho más sofisticados,
sobre todo los videojuegos y los microordenadores de uso doméstico. Juntos alcanzarán lo que considero
la apoteosis de todas las fantasías del hombre a
finales del siglo veinte: la transformación de la realidad
en un estudio de televisión, en el que podemos
desempeñar al mismo tiempo los papeles de público,
productor y estrella”.
Al contrario de lo que sucede con la genética,
una ciencia hacia “el interior” —para continuar
con los argumentos de Ballard—, la astronomía y
sus carreras espaciales, lejos de azuzar el misterio,
lo disuelven: cuando Neil Armstrong descendió por
la escalerilla del Apolo XI y dijo aquello del paso del
hombre y el de la humanidad silenció varias historias
de ciencia ficción. Es que, a condición de no llegar,
el hombre había estado siempre en la Luna, Micromegas,
Peter Schlemil y otros personajes clásicos no
necesitaron naves para llegar, sino un estado particular
del alma, el corazón o la mente. La Luna, como
señaló Roger Caillois en aquel librito que la editorial
Sudamericana publicó en 1970, Imágenes, imágenes,
nunca perteneció al espacio exterior, sino al paisaje
terrestre, a los escenarios de la Tierra. Era una paradoja
previsible que a cuarenta años de aquel hito la
respuesta de Google a “el hombre en la Luna” sean
incontables entradas sobre la teoría conspirativa. Si
en algún punto esa teoría roza el mito, ese mito debería,
veladamente, señalar una verdad. Y la verdad es
que la tal teoría viene a decirnos que sí, que lo que
hubo fue un inmenso set de televisión, pero que no
estuvo montado en Arizona, sino en todo el mundo
(el mundo de Vietnam, el de la guerra interminable
de Medio Oriente). Como decía un viejo vaquero en
Un tiro en la noche, el célebre film de John Ford de
1962: “Cuando la verdad viene a destruir el mito en
el oeste elegimos el mito”.
Descentrados
El 4 de septiembre de 1975 la televisión británica
puso al aire Space: 1999, que un año más tarde se
conocería en Argentina como Cosmos: 1999, protagonizada
por Martin Landau y Barbara Bain y escrita y
producida por Gerry y Sylvia Anderson, los creadores
de las series Thunderbirds, Capitán Escarlata y UFO,
entre otras. La serie, que volvió a emitirse a fines de
los 90 en Inglaterra por la BBC2, retomaba la fábula
lunar justo donde la había dejado Neil Armstrong
o, para ser más precisos, donde la había dejado las
pisadas de Eugene Cernan, el astronauta del Apolo
XVII que fue el último hombre en pisar la superficie
de la Luna el 19 de diciembre de 1972.
Algo tienen en común Cosmos: 1999 y acaso una de
las mejores novelas de ciencia ficción sobre la Luna
(motivo también de una película de los 50): Destination
Moon, de Robert A. Heinlein, en la que el satélite
terrestre es una cárcel planetaria. En Cosmos: 1999 los habitantes de la base lunar Alfa son también prisioneros
en el satélite luego de que una explosión de
residuos nucleares despidiera a la Luna de su órbita
y convirtiera a la gente de la base en navegantes inesperados
de un enorme objeto celeste a la deriva.
Es decir, Gerry y Sylvia Anderson devuelven a la
Luna al espacio, la quitan de la esfera terrestre y la
convierten en un bólido de fantasía.
Resulta por lo menos sintomático que en el universo
de Cosmos: 1999, para que funcione como ficción
—en el sentido de crear un mundo y dotarlo de
misterio—, deba desaparecer la Tierra como escena
(los tripulantes de la base Alfa pierden todo contacto con el planeta luego de la
explosión) y, por lo tanto, la Luna deje de ser la Luna
y se convierta en una nave espacial.
Por otro lado, con la pérdida del lazo con la Tierra,
por el cual la Luna y la gente de la base Alfa queda
en todo sentido “descentrada”, se pierde también el
espíritu colonizador con el que arrancó la carrera
espacial.
La era civil
La llegada del hombre a la Luna, mucho más que
la solitaria travesía de Yuri Gagarin en el año 1961,
inauguraría, según los augurios del presidente Kennedy,
una nueva era. Cosa que de algún modo resultó
cierta en sus consecuencias tecnológicas, sociales y
políticas. Pero fue una era política, civil, en el más
prosaico y profano sentido del término, una era a la
que se invocó en el gran salón del Congreso estadounidense
cuando Kennedy (otro infeliz privilegiado
del espectáculo mediático) dio su apoyo al proyecto
Apolo.
“Tras echar un rápido vistazo al cielo —escribió
Ballard en Vogue—, la gente dio media vuelta y volvió
a entrar en su casa. Incluso los actuales vuelos
de prueba del transbordador espacial Enterprise
—llamado, por desgracia, como la nave espacial de
Star Trek—, parecen poco más que un subproducto
enclenque de una fantasía televisiva. Cada vez más,
los programas espaciales se han convertido en la última
antigualla del siglo veinte, tan grandioso pero tan
anticuados como los clípers que transportaban té o la
locomotora a vapor”.
En otras palabras, y escarbando un poco en nuestro
humilde argumento, la llegada del hombre a la
Luna inauguró una nueva era en el llano de la historia,
pero no significó la creación de un nuevo calendario.
El vértigo
La ficción de Cosmos: 1999, en este sentido, es esclarecedora:
con la Luna salida de la órbita terrestre y
convertida en astronave, con su propuesta liminar
del tiempo (es el 1999 pero del año 1975; no el 2000,
no el siglo por venir, sino el eterno presente de la
inminencia, de algo que se salió del almanaque y del
espacio), el relato venía a enseñar otro lugar y otro
tiempo para la fabulación lunar.
Si bien las historias y la iconografía de Cosmos: 1999 no tienen siempre la más feliz de las resoluciones (los
capítulos emitidos en las dos temporadas que van
desde 1975 a 1978 trepan con dificultad las cimas de
la serie Viaje a las estrellas o los diseños del film 2001,
Odisea en el espacio, de 1968), su planteo original
devuelve a la ciencia al terreno del vértigo. Como
escribió Caillois en el librito citado: “El relato de anticipación
refleja la angustia de una época que tiene
miedo ante los progresos de la teoría y la técnica. La
ciencia, al cesar de representar una protección contra
lo inimaginable, aparece cada vez más como un vértigo
que nos precipita en él”. De hecho, las fantasías del
siglo en torno a la ciencia se escurrieron en las especulaciones
sobre la biogenética, la realidad virtual o
la biopolítica que son, dicho sea de paso, el sustrato
de las series de televisión actuales como Lost, Fringe o 24. La carrera espacial ha aportado hasta
ahora las marquesinas
de unas bases misilísticas en la estratósfera
y un campamento montado en la Luna como si
fuera el residuo de una colonia abandonada antes
de nacer.
El resplandor
Está aquella mala película de Peter Hyams, Capricornio
Uno (1978), con Elliott Gould y James Brolin, en la
que la CIA y la Nasa falsean un aterrizaje en Marte,
basada, claro, en las teorías conspirativas que aseguraban
que el primer alunizaje había sido filmado en
un set de televisión montado en el desierto de Arizona.
Y está el falso documental (“mockumentary”)
Dark Side of the Moon, una producción francesa dirigida
por William Karel y puesta al aire en 2002 con
el título Opération Lune, que no niega que el hombre
haya llegado a la Luna, sólo postula que las imágenes
que el planeta vio en vivo por televisión habían
sido trucadas en un estudio de filmación y que su
director era nada menos que Stanley Kubrick, quien
había cumplido ya con la sentencia de nuestro poeta
Conrado Nalé Roxlo cuando se enteró de la epopeya
lunar: “Es el triunfo de la historieta”, dijo entonces.
Roxlo insinuaba que el Apolo XI no descubriría más
de lo que ya habían descubierto Buck Rogers y otros
héroes de las viñetas. Karel, con entrevistas descontextualizadas
a Henry Kissinger, Donald Rumsfeld,
Alexander Haig, Buzz Aldrin (quien montaba la
bandera estadounidense en el primer campamento
lunar) y la viuda de Kubrick, va tras los rastros físicos
del estudio donde se filmó el primer alunizaje y
sostiene lo que ya postulamos en estas líneas: que
lo importante, antes que el éxito de la misión lunar,
era su efecto mediático.
El falso documental de Karel cosechó el elogio y
el consentimiento de quienes vieron en su artificio
la confirmación de la teoría de Jean Baudrillard sobre la “híper-realidad”. Curioso que el filósofo
francés que declaró que la (primera) guerra del
Golfo (1991) no había existido porque fue cegada
a los medios, recuperara de repente y en 2002,
casi un año después de los ataques a las Torres
Gemelas el 11 de septiembre de 2001, el crédito
de una película fabricada en base a los delirios
más corrientes de los norteamericanos que ven
en el Estado una afrenta a su religión personal.
En “Luna nueva”, el poema de Alan Sillitoe
traducido por Mirta Rosenberg y seleccionado
por ella y por Liliana García Carril para esta edición
de Transatlántico, el poeta dice: “Desde
que los hombres plantaron banderas/ chillonas
sobre su secreta geología/ y enviaron cámaras
para explorar todos sus rincones,/ la luna se ha
vuelto lesbiana;// ahora se la ve más brillante
en su hambre de mujer/ y con toda determinación
ha hecho de la Vía Láctea/ su amante:
la tierra ya no le interesa”. No es otra cosa lo
que plantea Cosmos: 1999, una Luna otra
vez ajena y lejana, con navegantes que
no pertenecen al futuro ni al pasado,
sino que han sido desplazados en el
tiempo y el espacio por lo mismo
que la Luna trajo desde siempre
en la inminencia de su
resplandor.
El primer alunizaje fue también el fin de muchas historias
de ciencia ficción y el principio de teorías conspirativas que
subsisten a cuarenta años de la misión del Apolo XI. ¿Qué hay
de la verdad que se esconde en esas teorías, centradas todas
en el espectáculo mediático que supuso aquella hazaña? ≈
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