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\\ Índice \ Número 6, otoño de 2009
Pintura, cine, fotografía
Las fases de la luna
por Estrella de Diego.
Ya se trate de viajes imposibles o de certezas científicas, las fascinaciones
lunares, incluso después de la Gran Llegada, perviven en la pintura, la fotografía
y el cine. Y pueden rastrearse en las distintas imágenes que, simbólicas o
hiperrealistas, oscuras o luminosas, positivistas o líricas, orbitan una y otra vez
alrededor del satélite.
Luna nueva
DDebe ser cierto que, como cuenta Ariosto en
su fabulosa obra Orlando furioso, todo lo que
se extravía en la Tierra —los suspiros de los
amantes, el tiempo derrochado por los jugadores,
las horas malgastadas de los perezosos,
los deseos vanos…— termina en la Luna, a su
manera gran espejo de los acontecimientos
telúricos, pues como dijera Calvino parafraseando
los versos del poeta italiano del 1500:
“En el universo jamás se pierde nada”.
Por eso, tal vez, veneramos la Luna, la
imaginamos; la vigilamos desde la ventana
y desde el objetivo del telescopio. Por eso o
porque de todos los astros es la más cercana
y la más visible, satélite cerquísima, más contundente
que la estrellas, más única, con vida
propia y con historia particular. Y por eso la
cantan los versos y la pintan los pintores, la
describen las leyendas, cambiante, plateada,
oculta, misteriosa, inapresable a lo largo de
los siglos: Luna lunar.
Omnipresente en el firmamento, así contigua,
la Luna ha condensado desde tiempos
inmemoriales fantasías que con frecuencia
se acumulan en torno a aquello que, en apariencia
próximo y casi posible de tocar con las
puntas de los dedos, termina por convertirse
en inaccesible, pretexto para infinitas quimeras
de ciencia ficción y nostalgias de infinito. ¡Alcanzar la luna!
Por eso la increpa el perro de Joan Miró en
Perro ladrando a la Luna [1], pintado en 1926:
reclama a la Luna la devolución de lo apropiado.
Cuánto les gusta a los surrealistas la
Luna, quién sabe si por lo que de romántico
pervive en ellos, por esa pasión suya hacia las
nocturnidades de Edgard Allan Poe. Se trata,
en su caso también como en los nocturnos
del XIX, de un aliento casi lúgubre, de trance,
oscuridad del alma, precipicio —tenía razón
Goethe cuando dijo que a las ciudades se llega
siempre de noche—; Luna nueva y trágica la
que pinta Victor Hugo en su dibujo El burgo a
la luz de la Luna.
Ciudad petrificada de Max Ernst [2]
Y a veces lunas retóricas las de los surrealistas,
igual que la de la Ciudad petrificada de
Max Ernst [2], —redonda, perfecta y dorada
como un sol—, copia o realidad de un viaje por
Angkor cuando, tras el abandono de Gala para
fugarse con el Paul Éluard, su marido —vaya
absurdo final para una historia moderna—, se
vio obligado a seguir —si lo prosiguió— el trayecto
solo. O las lunas de René Magritte, tan
amante de las escenas crepusculares, menguantes,
crecientes, entre árboles. Superficie
lunar infinita y satinada, una luz tenue y firme,
la de Yves Tanguy, cuyos paisajes metafísicos,
desiertos de luz fría, recuerdan a la superficie
lunar como se construye en La mujer en la
Luna de Fritz Lang [3], quien en su film clásico
de 1929 toma imágenes que recuerdan
a las fotografías del viaje al Polo de Ernest
Shackleton, quizás porque los desiertos y las
tierras vastas y nevadas terminan por parecerse
tanto. Lunas de cine que dejaban de ser
románticas —las que cantaban los poetas y
reproducían las postales cursis para enamorados—
y se hacían precisas, positivistas, fábricas
de ingenios con mucho de verosimilitud,
remedo de las fascinaciones científicas de la
época y hasta de las que las habían precedido,
fotos desde un telescopio como la tomada por
Lewis Rutherfurd en Nueva York en marzo de
1865, donde se mostraban las rugosidades que
la gran pantalla trasladaría luego a sus juegos
de ciencia ficción.
La mujer en la
Luna de Fritz Lang [3]
Aunque sería en ese mismo año de 1929
cuando Luis Buñuel acabaría para siempre
con el halo romántico de la Luna: Luna cortada
por la nube, ojo cortado por la cuchilla. Esa
siempre recordada cuchilla anuncia una nueva
visión, un modo de mirar que quiere romper
con las metáforas del XIX, pero presagia a un
tiempo un ojo de mujer que abre el inicio de un
conflicto masculino/femenino, clara alusión a
la castración como pérdida de la visión, tal y
como se presenta en Freud y Lacan asociada
al fetichismo. Si el ojo no viera, no existiría el
dolor, la ansiedad, la pérdida.
También el perro de Miró anda mirando
y reclama a la Luna lo robado. Y se vuelve la
Luna entonces —menguante— remedo del
perro, un poco su reflejo y su doble, ansia de
hombres lobo que décadas antes, en plena era
romántica, le pedían piedad o vértigo al caer
la noche. No falta nada en la escena nocturna,
la más curiosa de las muchas lunas que pinta
el artista mallorquín: la escalera, escala con
aspiraciones celestiales de Bizancio o Babel,
refleja una ilusión antigua. ¡Tocar la Luna!
Porque se trata de una obsesión tempranísima,
incluso del siglo II, cuando Luciano
de Samósata inaugura la saga de los grandes
viajes imaginarios hacia el astro blanco, pronunciando
una idea muy próxima a la que
será más tarde desarrollada por Ariosto, la
Luna, cierta prolongación de la Tierra: “Y aún
contemplé otra maravilla en el palacio real,
un espejo muy grande en la boca de un pozo
no muy hondo. Si uno va y desciende al pozo
puede oír todo lo que se dice en la tierra, en
nuestro país, y si uno mira al espejo, ve todas
las ciudades y todos los pueblos como si estuviera
en medio de ellos. Entonces pude yo ver
a mis amigos y toda mi patria, pero no puedo
decir con certeza si también ellos me veían a
mí. Quien no crea que esto es así, si algún día
va en persona por allá, se enterará de que digo
la verdad.”
Luna presente en las cartografías celestes
y plasmada en las visiones universalizantes
de la artista e intelectual de la Edad Media
Hildegarda de Bingen; Luna de las visiones
y la ciencia de esa época a la cual pertenece,
circular e implacable, poseedora del universo
completo y las constelaciones. Usada la
Luna con discreción inusitada en la época del
Orlando, incluso por pintores de la oscuridad
por excelencia, Paolo Uccello en sus batallas
de luces nocturnas —Luna nueva—, y Piero
della Francesca para las noches en vela de
Constantino, en el cual la luz plata de la Luna
se ofusca entre lo cálido de la antorcha, invisible
a su vez. Pues debe estar la Luna cerca;
debe estar aun cuando no se vea: cuando hay
noche hay Luna, brillante a veces, invisible
otra; persiguiéndonos.

E ir a la Luna también para salir de la Tierra.
Soñar con mirar la Tierra desde fuera, desde
lejos, para describirla como la cuenta el mapa.
Se imagina a Mercator leyendo, repasando,
anotando, desentrañando el futuro —porque
de eso se trata un poco al fin—. Soñar cómo
podría ser ese mundo desde arriba. Y más arriba
incluso que arriba. Desde fuera, desde la
Luna, incluso, como Francis Godwin, quizás
el precursor del propio Jonathan Swift en el
siglo XVII, lo imaginó en el texto Aventuras
de Domingo González en su extraño viaje al
mundo lunar. Ante los ojos del protagonista se
van apareciendo “manchas en forma de pera”
y no tiene duda de que “se trata del continente
africano”; y se aparece después “una mancha
en forma de huevo, como la América dibujada
en nuestros mapas.” ¡Llegar a la Luna!
Luna llena
Y llegaron. Pero si el contexto cambia de una
cultura a otra, cambia también de una época a
otra y el caso de la llegada a la Luna, retomado
a lo largo del escrito de Ludwig Wittgenstein Sobre la certeza, acaba por ser un ejemplo
excelente para confirmar lo efímero de la certeza
sobre todo en el territorio de la ciencia
que se deseaba inexpugnable: sé que no he
estado en la Luna, porque nadie ha estado en
la Luna y las leyes físicas no permiten aceptar
que se puede ir a la Luna, afirma Wittgenstein
a principios de los 50.
¿Qué hace a los hogares...? de Richard Hamilton [5]
Sea como fuere, menos de veinte años después
el ser humano pisaba la Luna, colocaba
allí su bandera —o eso dicen— y terminaba
con una certeza que en tiempos de Wittgenstein
parecía inamovible. Al final, es ilusorio
justificar o comprobar la veracidad del marco
de referencia, éste sirve sólo para establecer
los límites dentro de los cuales tiene lugar
la demostración. Cualquier marco puede ser
aceptable y, por lo tanto, puede haber infinitas
certezas dependiendo del marco elegido. En el
momento de escribir el libro, la imposibilidad
de llegar a la Luna era cierta porque el marco
estaba descrito de una determinada manera;
algunos años más tarde la posibilidad de llegar
a la Luna era cierta también, ya que el nuevo
marco se había descrito a partir de unas nuevas
proposiciones.
Sin embargo, no es el marco de referencia
lo que interesa a este relato, sino la pervivencia
de las fascinaciones lunares incluso
después de transformado el mismo. La Luna
seguía siendo una pasión en la segunda mitad
del XX y no sólo en las obsesiones hacia lo
extraterrestre epitomizadas por el cine y los
comics del momento, sino en el propio deseo
de conocer el espacio que empezaba a vislumbrarse
en las primeras misiones y que se plasma
en la portada de la revista Time que Eduardo
Paolozzi, fascinado por el mundo moderno
y sus retales, toma para un collage irónico de
1952. El espacio se iba transformando en un
lugar donde la Luna no era el bello astro cantado
por el romántico Giacomo Leopardi en el
Canto nocturno de un pastor errante en Asia,
recuerda Carlos García Gual, y comenzaba a
presentarse como un icono de la modernidad
y el progreso.
Película de Georges Méliès [6]
Otro artista inglés, Richard Hamilton,
tomaba así el espacio como parte de su tan
conocida obra ¿Qué hace a los hogares...? [5] El retazo que aparece como techo del hogar
de hoy, tan atractivo y diferente, es una imagen
de la Tierra vista desde un satélite como
recortada de una publicación del momento.
Tampoco ahora ha dejado la Luna de formar
parte del imaginario, se diría incluso que
pasado el alunizaje de hace ahora cuarenta
años, vuelve a mirarse con ojos asombrados.
De este modo, cuando en 1996 Kiki Smith es
invitada al entonces recién estrenado LeRoy
Neiman Center for Print Studies en la universidad de Columbia, se pone manos a la obra.
No hace mucho se ha tropezado con una serie
de fotografías de la Luna tomadas en el siglo
XIX desde el observatorio de Harvard y se ha
quedado absorta, recuerda Wendy Weitman
en el texto para el catálogo de la muestra celebrada
en el MoMA en 2003. Son fotos que animan
a imaginar mundos diferentes y en continua
transformación, fotos misteriosas donde
el cuerpo astral tiene cierto regusto a territorio
del ensueño, el mismo que hizo perder la
cabeza a Georges Méliès [6] en la película más
fabulosa de la historia del primer cine, con su
rostro juguetón atravesado por un telescopio;
naturaleza en constante metamorfosis que
une el éter con las profundidades del océano
en aquella mítica caída libre del mago del cine:
una nave espacial, primitiva y premonitoria,
que se precipita de regreso a la Tierra.
Smith pregunta si hay un telescopio en
Columbia y una noche de enero de 1997, fría
como son las noches invernales en Nueva
York, con el cielo cegado de oscuridad, decide
tomar unas nuevas instantáneas de la Luna
con la máquina pegada al telescopio. Después,
se va hasta Coney Island y atrapa las olas del
mar con la cámara panorámica.
Marea, Kiki Smith [7]
No tardarán en reunirse las dos imágenes,
el reflejo de la metamorfosis, los dos instantes
de esa naturaleza sorprendente. Marea [7], de
1998, es un artefacto prodigioso compuesto
por una sucesión de trece fotograbados de
trece lunas llenas —las que hay a lo largo de
un año— que se pliegan como un acordeón y
en cuya base, de papel japonés, ha litografiado
la imagen continua de las olas. En ese drama
implícito entre lo roto y lo compacto, en la
sensación de temporalidad que invade la obra
de Kiki Smith como un presagio denso, describe
certera la esencia misma de la Luna, aquello
que se escapa cada vez, que está y no está.
Paso, pasaje, rito de pasaje… que no cambian
las cientos de imágenes del hombre pisando
la Luna, muy al contrario. Sigue perviviendo
el misterio de lo que habita enfrente, lejos y
cerca, como el objetivo de La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock que se hace redondo,
espejo, inalcanzable y cerca: Luna. ≈
Estrella de Diego nació en Madrid en 1958. Es ensayista,
catedrática de Arte Contemporáneo en la Universidad
Complutense de Madrid y profesora invitada
en la New York University. Ha sido comisaria de
exposiciones como Warhol sobre Warhol (La Casa
Encendida, Madrid, 2007). Publicó, entre otros libros,
Querida Gala (Madrid, Espasa, 2003), Travesías por la
incertidumbre (Barcelona, Seix Barral, 2006) y Contra
el mapa (Madrid, Siruela, 2008). Es columnista del diario
El País de España.
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