Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 6, otoño de 2009

Joan Miró en Perro ladrando a la Luna [1]

Indice

1

   

Último viaje a la luna

2

 

Madrid, tenemos un problema

3

 

La luna por televisión

4

 

Promesas de la luna

5

 

Las fases de la luna

6

 

Una luna moderna

7

 

Alrededor de la luna

8

 

Contratapa


Contratapa

La columna del Director

Bienvenidos a la luna

Descargar Transatlántico nº6>

Descargar Las fases de la luna>

 
Pintura, cine, fotografía

Las fases de la luna

por Estrella de Diego.

Ya se trate de viajes imposibles o de certezas científicas, las fascinaciones lunares, incluso después de la Gran Llegada, perviven en la pintura, la fotografía y el cine. Y pueden rastrearse en las distintas imágenes que, simbólicas o hiperrealistas, oscuras o luminosas, positivistas o líricas, orbitan una y otra vez alrededor del satélite.


Luna nueva

DDebe ser cierto que, como cuenta Ariosto en su fabulosa obra Orlando furioso, todo lo que se extravía en la Tierra —los suspiros de los amantes, el tiempo derrochado por los jugadores, las horas malgastadas de los perezosos, los deseos vanos…— termina en la Luna, a su manera gran espejo de los acontecimientos telúricos, pues como dijera Calvino parafraseando los versos del poeta italiano del 1500:

“En el universo jamás se pierde nada”. Por eso, tal vez, veneramos la Luna, la imaginamos; la vigilamos desde la ventana y desde el objetivo del telescopio. Por eso o porque de todos los astros es la más cercana y la más visible, satélite cerquísima, más contundente que la estrellas, más única, con vida propia y con historia particular. Y por eso la cantan los versos y la pintan los pintores, la describen las leyendas, cambiante, plateada, oculta, misteriosa, inapresable a lo largo de los siglos: Luna lunar.

Omnipresente en el firmamento, así contigua, la Luna ha condensado desde tiempos inmemoriales fantasías que con frecuencia se acumulan en torno a aquello que, en apariencia próximo y casi posible de tocar con las puntas de los dedos, termina por convertirse en inaccesible, pretexto para infinitas quimeras de ciencia ficción y nostalgias de infinito. ¡Alcanzar la luna!

Por eso la increpa el perro de Joan Miró en Perro ladrando a la Luna [1], pintado en 1926: reclama a la Luna la devolución de lo apropiado. Cuánto les gusta a los surrealistas la Luna, quién sabe si por lo que de romántico pervive en ellos, por esa pasión suya hacia las nocturnidades de Edgard Allan Poe. Se trata, en su caso también como en los nocturnos del XIX, de un aliento casi lúgubre, de trance, oscuridad del alma, precipicio —tenía razón Goethe cuando dijo que a las ciudades se llega siempre de noche—; Luna nueva y trágica la que pinta Victor Hugo en su dibujo El burgo a la luz de la Luna.

Ciudad petrificada de Max Ernst [2]

Y a veces lunas retóricas las de los surrealistas, igual que la de la Ciudad petrificada de Max Ernst [2], —redonda, perfecta y dorada como un sol—, copia o realidad de un viaje por Angkor cuando, tras el abandono de Gala para fugarse con el Paul Éluard, su marido —vaya absurdo final para una historia moderna—, se vio obligado a seguir —si lo prosiguió— el trayecto solo. O las lunas de René Magritte, tan amante de las escenas crepusculares, menguantes, crecientes, entre árboles. Superficie lunar infinita y satinada, una luz tenue y firme, la de Yves Tanguy, cuyos paisajes metafísicos, desiertos de luz fría, recuerdan a la superficie lunar como se construye en La mujer en la Luna de Fritz Lang [3], quien en su film clásico de 1929 toma imágenes que recuerdan a las fotografías del viaje al Polo de Ernest Shackleton, quizás porque los desiertos y las tierras vastas y nevadas terminan por parecerse tanto. Lunas de cine que dejaban de ser románticas —las que cantaban los poetas y reproducían las postales cursis para enamorados— y se hacían precisas, positivistas, fábricas de ingenios con mucho de verosimilitud, remedo de las fascinaciones científicas de la época y hasta de las que las habían precedido, fotos desde un telescopio como la tomada por Lewis Rutherfurd en Nueva York en marzo de 1865, donde se mostraban las rugosidades que la gran pantalla trasladaría luego a sus juegos de ciencia ficción.

La mujer en la Luna de Fritz Lang [3]

Aunque sería en ese mismo año de 1929 cuando Luis Buñuel acabaría para siempre con el halo romántico de la Luna: Luna cortada por la nube, ojo cortado por la cuchilla. Esa siempre recordada cuchilla anuncia una nueva visión, un modo de mirar que quiere romper con las metáforas del XIX, pero presagia a un tiempo un ojo de mujer que abre el inicio de un conflicto masculino/femenino, clara alusión a la castración como pérdida de la visión, tal y como se presenta en Freud y Lacan asociada al fetichismo. Si el ojo no viera, no existiría el dolor, la ansiedad, la pérdida.

También el perro de Miró anda mirando y reclama a la Luna lo robado. Y se vuelve la Luna entonces —menguante— remedo del perro, un poco su reflejo y su doble, ansia de hombres lobo que décadas antes, en plena era romántica, le pedían piedad o vértigo al caer la noche. No falta nada en la escena nocturna, la más curiosa de las muchas lunas que pinta el artista mallorquín: la escalera, escala con aspiraciones celestiales de Bizancio o Babel, refleja una ilusión antigua. ¡Tocar la Luna! Porque se trata de una obsesión tempranísima, incluso del siglo II, cuando Luciano de Samósata inaugura la saga de los grandes viajes imaginarios hacia el astro blanco, pronunciando una idea muy próxima a la que será más tarde desarrollada por Ariosto, la Luna, cierta prolongación de la Tierra: “Y aún contemplé otra maravilla en el palacio real, un espejo muy grande en la boca de un pozo no muy hondo. Si uno va y desciende al pozo puede oír todo lo que se dice en la tierra, en nuestro país, y si uno mira al espejo, ve todas las ciudades y todos los pueblos como si estuviera en medio de ellos. Entonces pude yo ver a mis amigos y toda mi patria, pero no puedo decir con certeza si también ellos me veían a mí. Quien no crea que esto es así, si algún día va en persona por allá, se enterará de que digo la verdad.”

Luna presente en las cartografías celestes y plasmada en las visiones universalizantes de la artista e intelectual de la Edad Media Hildegarda de Bingen; Luna de las visiones y la ciencia de esa época a la cual pertenece, circular e implacable, poseedora del universo completo y las constelaciones. Usada la Luna con discreción inusitada en la época del Orlando, incluso por pintores de la oscuridad por excelencia, Paolo Uccello en sus batallas de luces nocturnas —Luna nueva—, y Piero della Francesca para las noches en vela de Constantino, en el cual la luz plata de la Luna se ofusca entre lo cálido de la antorcha, invisible a su vez. Pues debe estar la Luna cerca; debe estar aun cuando no se vea: cuando hay noche hay Luna, brillante a veces, invisible otra; persiguiéndonos.

E ir a la Luna también para salir de la Tierra. Soñar con mirar la Tierra desde fuera, desde lejos, para describirla como la cuenta el mapa. Se imagina a Mercator leyendo, repasando, anotando, desentrañando el futuro —porque de eso se trata un poco al fin—. Soñar cómo podría ser ese mundo desde arriba. Y más arriba incluso que arriba. Desde fuera, desde la Luna, incluso, como Francis Godwin, quizás el precursor del propio Jonathan Swift en el siglo XVII, lo imaginó en el texto Aventuras de Domingo González en su extraño viaje al mundo lunar. Ante los ojos del protagonista se van apareciendo “manchas en forma de pera” y no tiene duda de que “se trata del continente africano”; y se aparece después “una mancha en forma de huevo, como la América dibujada en nuestros mapas.” ¡Llegar a la Luna!

Luna llena

Y llegaron. Pero si el contexto cambia de una cultura a otra, cambia también de una época a otra y el caso de la llegada a la Luna, retomado a lo largo del escrito de Ludwig Wittgenstein Sobre la certeza, acaba por ser un ejemplo excelente para confirmar lo efímero de la certeza sobre todo en el territorio de la ciencia que se deseaba inexpugnable: sé que no he estado en la Luna, porque nadie ha estado en la Luna y las leyes físicas no permiten aceptar que se puede ir a la Luna, afirma Wittgenstein a principios de los 50.

¿Qué hace a los hogares...? de Richard Hamilton [5]

Sea como fuere, menos de veinte años después el ser humano pisaba la Luna, colocaba allí su bandera —o eso dicen— y terminaba con una certeza que en tiempos de Wittgenstein parecía inamovible. Al final, es ilusorio justificar o comprobar la veracidad del marco de referencia, éste sirve sólo para establecer los límites dentro de los cuales tiene lugar la demostración. Cualquier marco puede ser aceptable y, por lo tanto, puede haber infinitas certezas dependiendo del marco elegido. En el momento de escribir el libro, la imposibilidad de llegar a la Luna era cierta porque el marco estaba descrito de una determinada manera; algunos años más tarde la posibilidad de llegar a la Luna era cierta también, ya que el nuevo marco se había descrito a partir de unas nuevas proposiciones.

Sin embargo, no es el marco de referencia lo que interesa a este relato, sino la pervivencia de las fascinaciones lunares incluso después de transformado el mismo. La Luna seguía siendo una pasión en la segunda mitad del XX y no sólo en las obsesiones hacia lo extraterrestre epitomizadas por el cine y los comics del momento, sino en el propio deseo de conocer el espacio que empezaba a vislumbrarse en las primeras misiones y que se plasma en la portada de la revista Time que Eduardo Paolozzi, fascinado por el mundo moderno y sus retales, toma para un collage irónico de 1952. El espacio se iba transformando en un lugar donde la Luna no era el bello astro cantado por el romántico Giacomo Leopardi en el Canto nocturno de un pastor errante en Asia, recuerda Carlos García Gual, y comenzaba a presentarse como un icono de la modernidad y el progreso.

Película de Georges Méliès [6]

Otro artista inglés, Richard Hamilton, tomaba así el espacio como parte de su tan conocida obra ¿Qué hace a los hogares...? [5] El retazo que aparece como techo del hogar de hoy, tan atractivo y diferente, es una imagen de la Tierra vista desde un satélite como recortada de una publicación del momento. Tampoco ahora ha dejado la Luna de formar parte del imaginario, se diría incluso que pasado el alunizaje de hace ahora cuarenta años, vuelve a mirarse con ojos asombrados. De este modo, cuando en 1996 Kiki Smith es invitada al entonces recién estrenado LeRoy Neiman Center for Print Studies en la universidad de Columbia, se pone manos a la obra.

No hace mucho se ha tropezado con una serie de fotografías de la Luna tomadas en el siglo XIX desde el observatorio de Harvard y se ha quedado absorta, recuerda Wendy Weitman en el texto para el catálogo de la muestra celebrada en el MoMA en 2003. Son fotos que animan a imaginar mundos diferentes y en continua transformación, fotos misteriosas donde el cuerpo astral tiene cierto regusto a territorio del ensueño, el mismo que hizo perder la cabeza a Georges Méliès [6] en la película más fabulosa de la historia del primer cine, con su rostro juguetón atravesado por un telescopio; naturaleza en constante metamorfosis que une el éter con las profundidades del océano en aquella mítica caída libre del mago del cine: una nave espacial, primitiva y premonitoria, que se precipita de regreso a la Tierra. Smith pregunta si hay un telescopio en Columbia y una noche de enero de 1997, fría como son las noches invernales en Nueva York, con el cielo cegado de oscuridad, decide tomar unas nuevas instantáneas de la Luna con la máquina pegada al telescopio. Después, se va hasta Coney Island y atrapa las olas del mar con la cámara panorámica.

Marea, Kiki Smith [7]

No tardarán en reunirse las dos imágenes, el reflejo de la metamorfosis, los dos instantes de esa naturaleza sorprendente. Marea [7], de 1998, es un artefacto prodigioso compuesto por una sucesión de trece fotograbados de trece lunas llenas —las que hay a lo largo de un año— que se pliegan como un acordeón y en cuya base, de papel japonés, ha litografiado la imagen continua de las olas. En ese drama implícito entre lo roto y lo compacto, en la sensación de temporalidad que invade la obra de Kiki Smith como un presagio denso, describe certera la esencia misma de la Luna, aquello que se escapa cada vez, que está y no está. Paso, pasaje, rito de pasaje… que no cambian las cientos de imágenes del hombre pisando la Luna, muy al contrario. Sigue perviviendo el misterio de lo que habita enfrente, lejos y cerca, como el objetivo de La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock que se hace redondo, espejo, inalcanzable y cerca: Luna. ≈


Estrella de Diego nació en Madrid en 1958. Es ensayista, catedrática de Arte Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid y profesora invitada en la New York University. Ha sido comisaria de exposiciones como Warhol sobre Warhol (La Casa Encendida, Madrid, 2007). Publicó, entre otros libros, Querida Gala (Madrid, Espasa, 2003), Travesías por la incertidumbre (Barcelona, Seix Barral, 2006) y Contra el mapa (Madrid, Siruela, 2008). Es columnista del diario El País de España.


Cooperación ExteriorMinisterio de asuntos exteriores y de cooperación | AECIDMunicipalidad de RosarioCCPE | AECID Centro Cultural Parque de España