Transatlántico

Periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECID, Rosario, Argentina.
Número 6, otoño de 2009

Indice

1

   

Último viaje a la luna

2

 

Madrid, tenemos un problema

3

 

La luna por televisión

4

 

Promesas de la luna

5

 

Las fases de la luna

6

 

Una luna moderna

7

 

Alrededor de la luna

8

 

Contratapa


Contratapa

La columna del Director

Bienvenidos a la luna

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Historia espacial

Madrid, tenemos un problema

por Pablo Francescutti.

Aunque casi ignota, pero gracias a ciertas ventajas geográficas, la base de Fresnedillas de la Oliva, a unos pocos kilómetros de la capital española, jugó un rol protagónico en las distintas misiones de la NASA durante la carrera espacial. El ingeniero Luis Ruiz de Gopegui, asignado a esa base durante los días del Programa Apolo, controló la señal de las naves, las depuró, las retransmitió a EEUU y pudo comprobar, en las pantallas terráqueas de 1969, cómo se aceleró el pulso de Neil Armstrong en el momento histórico del alunizaje.


L La archiconocida frase empleada por la tripulación del Apolo XIII para informar de un serio aprieto al cuartel general de la NASA (“Houston, we’ve got a problem”), en realidad fue captada primero por una base próxima a Madrid, y de allí transmitida a California, y luego recién a Houston (Texas). Esa prioridad fue el resultado de circunstancias que le valieron a España un puesto de primera fila en la carrera espacial. Para quienes desde chicos nos resignamos a la idea de que el espacio era un coto privado de las superpotencias, el dato resulta sorprendente. Para mí, que aquella madrugada de julio de 1969 viví el alunizaje con la ñata contra el televisor —la primera transmisión vía satélite de nuestra TV—, se trataba de una de esas hazañas tecnológicas que nunca se alcanzan; una proeza en la que sin embargo los españoles participaron de lleno.

¿Quién, en la teleplatea argentina, iba a barruntar que las imágenes de la magnífica desolación del paisaje selenita que se dibujaban borrosas en la pantalla del Philips, habían pasado previamente por los monitores de la estación que la NASA tenía en Fresnedillas de la Oliva, a 58 kilómetros al noroeste de Madrid? Me figuro que casi nadie tenía noticia de que sus potentes antenas se alternaban en turnos de ocho horas con las de las bases gemelas de Canberra (Australia) y Goldstone (California), con el cometido de garantizar la comunicación ininterrumpida con los astronautas. Sin la vigilancia exhaustiva de sus marcadores vitales y de las miles de señales provenientes del sinfín de controles e indicadores del cohete Saturno y de las naves que viajarían durante diez días, no se habría garantizado su seguridad ni el éxito del vuelo. La incorporación de Fresnedillas a la Red de Espacio Profundo de la NASA se produjo en el marco “de los acuerdos de cooperación científica firmados entre Estados Unidos y España”, recuerda Luis Ruiz de Gopegui, el ingeniero español que dirigió la Red en los días álgidos del Programa Apolo. ¿Y por qué aquí y no en otro país? “España se encontraba cerca de la trayectoria que siguen los cohetes lanzados desde Florida; de ahí que la primera estación de control se instalase en las islas Canarias”, me explica en su departamento madrileño, adonde he acudido para escuchar su vivencia del alunizaje.

Otro tanto hicieron los de la NASA en Australia. “Querían que la comunicación con sus vehículos no se viese interrumpida cuando, debido a la rotación del globo terráqueo, el centro de control en Estados Unidos se encontrase del otro lado del planeta. De esa manera siempre contarían con una base orientada a la Luna, Marte o el Sol”, me cuenta mi anfitrión, arrellanado en el sofá de un living carente de parafernalia espacial (maquetas de cohetes, fotos dedicadas de astronautas, diplomas…), esas cosas que siempre demanda un fotógrafo deseoso de hacer un retrato en contexto. Será porque Ruiz de Gopegui no necesita de ningún tipo de memorabilia: a punto de cumplir 80 años de edad, mantiene bien viva en su cabeza la historia de la carrera lunar. “Marruecos también disfrutaba de coordenadas geográficas similares”, prosigue, “pero la falta de infraestructuras y de personal técnico que hablase inglés llevó a la NASA a decantarse por España”. Si bien el primer equipo directivo de las flamantes instalaciones era estadounidense en su totalidad, el acuerdo de cooperación contenía una cláusula que preveía la sustitución del personal foráneo por sus homólogos españoles. Fue la oportunidad de oro para Ruiz de Gopegui, que acababa de regresar de una estancia de postgrado en Estados Unidos con un máster en Telecomunicaciones bajo el brazo. Una vez contratado junto con varios cientos de sus compatriotas, fue asignado a la nueva base que la agencia espacial planeaba abrir en el país, Fresnedillas (conocida por los iniciados como Madrid Apollo). Sucedía que, conforme mejoraba el alcance de las antenas, la estación de Canarias fue complementada por otras emplazadas en la Península, cercanas a aeropuertos y nodos de comunicaciones (vale decir, Madrid). Así fue cómo en 1964 se construyó la estación de apoyo de Robledo de Chavela, con el propósito de garantizar el contacto con la sonda Mariner 4, la misma que acabaría definitivamente con el mito de los “canales marcianos” al mostrar con fotografías que se trataba de meros accidentes orográficos. Y en 1966 entró en operaciones la de Cebreros (Ávila), para reforzar el seguimiento continuo de las naves enviadas al planeta rojo.

Las dos primeras se localizan en la sierra madrileña, en medio de sendos circos de montañas: anillos de paredes abruptas que las aíslan del barullo electromagnético generado por la capital española. En aquellos tiempos el protagonismo lo acaparó Fresnedillas. A “la Dino” —la antena principal— le cupo el honor de recibir las señales de las misiones Apolo. Toda la información en uno y otro sentido pasaba por ella. “Las constantes vitales de los astronautas, su respiración, su pulso, aparecían en nuestras pantallas, y nuestro trabajo consistía en depurar las señales de ruidos y remitirlas por satélite a California” recuerda Ruiz de Gopegui. A menudo el satélite no funcionaba y “nos telefoneaban desde Estados Unidos a través del cable submarino para que les diéramos verbalmente los datos biomédicos”. En virtud de esa conexión privilegiada, las estaciones de la sierra se atiborraron de periodistas, que obtenían allí información de lo que estaba pasando al mismo tiempo que sus colegas acreditados en Houston.

¿Las señales circulaban sin encriptar? “Sí, todas las comunicaciones de la carrera espacial se realizaron sin codificar”, me confirma. “Los soviéticos podían interceptar los mensajes de las naves estadounidenses y viceversa. No tenía sentido encriptar datos que en pocos días serían descifrados”. Que el trasiego de información entre los vehículos Apolo y la NASA fuese de público conocimiento aporta una evidencia más en contra de las teorías paranoicas que insisten en que el alunizaje nunca existió. “Al menor traspié de su adversario, Moscú lo habría ventilado a los cuatro vientos”, argumenta el ex director de los centros españoles de la NASA, quien últimamente se ha visto obligado a dar reiterada fe de que la caminata lunar de Neil Armstrong sí tuvo lugar. “Todo fue público, no podía haber secretos. Las trayectorias del Columbia y la posición del módulo Eagle eran visibles a los radiotelescopios. Esos observatorios pudieron ver cómo poco antes del alunizaje llegaba a la Luna la sonda soviética Lunik 15”, agrega. Creer en semejante conspiración exigiría dar por ciertas no sólo la complicidad de las instituciones estadounidenses, sino también la del Kremlin, de los astrónomos del mundo entero, de los cientos de españoles y australianos adscritos a las bases y de Gopegui inclusive. Dar crédito a la tesis de los incrédulos demanda un formidable ejercicio de credulidad. A Fresnedillas le tocó dar apoyo a una etapa del alunizaje, junto con Robledo de Chavela. Hubo varios episodios críticos: “el primero sucedió cuando la computadora de a bordo dio la alarma encendiendo con luces rojas el panel de manos y Armstrong, muy preocupado, se puso a preparar los pasos para abortar la misión y retornar a la Tierra sin haber pisado la Luna. Afortunadamente, de Houston vino enseguida la tranquilizadora aclaración de que se trataba de un error informático”, continúa mi interlocutor.

Los sustos no acabaron ahí: como el módulo Eagle se desvió varios kilómetros del sitio prefijado, de pronto los astronautas se vieron descendiendo sobre un montón de rocas, en vez de hacerlo en una planicie despejada. “Existía el riesgo de que las patas del módulo se posasen sobre un gran pedrusco y patinasen, provocando una caída que estropease el aparato”, evoca Gopegui. Neil Armstrong se hizo con el piloto manual y, valiéndose de los motores de aterrizaje, sobrevoló la zona en busca de un lugar lo más llano posible. “Entonces desde Houston le advirtieron: ‘Te quedan 30 segundos de combustible, 29 segundos, 28… 11 segundos, ¡aterriza ya!’. Vimos cómo el ritmo cardiaco de Armstrong subía de 70 a 80, 90, 95 pulsaciones por minuto. Contuvimos la respiración, unos instantes interminables, y finalmente el Eagle se posó en suelo firme.”

Fragmento de un diagrama de plano de vuelo de las tareas del Apolo XI, contiene información acerca de cuándo se tenían que realizar ciertos procedimientos.

La siguiente fase crítica fue el retorno. Toda la tecnología utilizada en el descenso había sido probada con éxito por las sondas anteriores, no así el motor de despegue. Si fallaba los astronautas se quedarían varados en el Mar de la Tranquilidad, con oxígeno para unas pocas horas. Entonces sobrevendría el fin en vivo y en directo, porque todo estaba siendo transmitido por televisión a la Tierra. “Las pulsaciones de Armstrong llegaron a 150, y eso que tenía unos nervios de acero. Por fortuna, el motor no los dejó en la estacada”, dice Gopegui.

Otro momento de infarto lo representó el fallo del Apolo XIII del 11 de abril de 1970. Una explosión destrozó un tanque de oxígeno y parte del sistema de suministro eléctrico. A Fresnedillas le tocó captar en su turno de guardia la dramática frase del astronauta James Lowell. “Nos tuvo tres días en vilo”, recuerda Gopegui: los tres días que duró el retorno en condiciones penosísimas marcadas por la falta de oxígeno y electricidad. En la base madrileña veían con desesperación cómo los monitores mostraban un chorro de burbujas escapando del exterior del módulo de servicio, a la vez que indicaban que se les acababa el oxígeno. El accidente tuvo un desenlace afortunado… por los pelos. Vistos en retrospectiva, los éxitos del Programa Apolo parecen haberse debido en buena medida a un azar favorable. Ruiz de Gopegui comparte esa impresión: “Sin lugar a dudas, los americanos tuvieron mucha suerte, a diferencia de los soviéticos, a los que una sucesión de fatalidades dejó fuera de competición. En esos momentos no éramos conscientes de los riesgos existentes; los de la NASA nos decían que el alunizaje contaba con noventa por ciento de posibilidades de éxito y sólo diez de fracaso; pero años más tarde tuve oportunidad de hablar personalmente con los astronautas y me confesaron que manejaban otros porcentajes: treinta por ciento de posibilidades de éxito y setenta de fracaso”.

No todo era sofisticada modernidad. Las bases coexistían con la España de cerrado y sacristía, y cuando se cruzaban se producían curiosos efectos ópticos y sonoros. El 31 de enero de 1971, por ejemplo, los técnicos iban en coche a Fresnedillas para entrar en contacto con el Apolo XIV, que acababa de despegar de Cabo Cañaveral, cuando les cortó el paso la procesión de la Virgen de la Candelaria. Quedaron inmovilizados hasta que en la multitud alguien gritó: “¡Hay que dejarlos pasar! ¡Son de la Base! ¡Son los hombres de la Luna!”, se acuerda José Manuel Grandela, jefe de operaciones de la estación. El clamor hizo que un agente de la Guardia Civil, tras parlamentar con el párroco y el alcalde, les encarase diciéndoles: “Me dicen que ustedes pertenecen a la Base Americana, y que los astronautas pueden correr peligro si no llegan a la Base a tiempo. Por esa razón se va a detener un momento la procesión para abrirles paso y que puedan cumplir con su importante responsabilidad”. Y en el gentío se hizo un hueco por el que los coches pasaron mientras les señalaban exclamando: “¡Son los hombres de la Luna!”.

En cualquier caso, el salto gigante para la humanidad le supuso a Ruiz de Gopegui la gran experiencia profesional de su vida, y a España, “una oportunidad excepcional para formar a centenares de técnicos e ingenieros en lo más avanzado de la tecnología aeroespacial, informática y de telecomunicaciones. La posición privilegiada de la que ha disfrutado España en la Agencia Espacial Europea desde su incorporación es el claro dividendo del aprendizaje realizado por sus especialistas en las bases de la NASA”.

Hoy sólo están operativas las instalaciones de Robledo de Chavela, gestionadas a medias con el Instituto Nacional de Técnica Aeronáutica. Conozco el sitio; he ido varias veces a cubrir las ruedas de prensa ofrecidas por la NASA con motivo de alguna de sus hazañas en el Sistema Solar. Al llegar se ven, asomando entre riscos, arbustos y ovejas dispersas en las laderas pedregosas, seis enormes antenas parabólicas cuyos diámetros van de setenta a once metros. La de treinta y cuatro metros es la vieja “Dino”, traída de Fresnedillas cuando se cerró la Base. A diferencia de Ruiz de Gopegui, a ella no la han jubilado; y ahí la tenemos, abocada con las demás al seguimiento de satélites, transbordadores espaciales, todoterrenos marcianos, sondas en viaje a los confines cósmicos… en suma: a asegurar a España un mirador de privilegio en la exploración del universo. ≈


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