| |
\\ Índice \ Número 6, otoño de 2009
La carrera espacial
Promesas de la luna
por Alejandro Polanco Masa.
Desde los científicos de Birmingham que
a fines del siglo XVIII, reunidos en su
Sociedad Lunar, proyectaron todo tipo de
avances tecnológicos, hasta las diversas
tripulaciones que en el XX caminaron la
superficie del satélite, la afición lunática dio
origen a grandes emprendimientos que, en
la fabulación de mundos extraordinarios,
provocaron, aunque imperceptibles, cambios
radicales en la vida cotidiana.
C Cuatro décadas es un tiempo escaso, hablando en términos
históricos, pero para una vida humana supone una parte
importante de toda la existencia. El tiempo que nos separa
desde que el primer habitante de la Tierra pisara el polvo lunar
en julio de 1969, ha sido testigo de cambios críticos en gran
número de ámbitos, sobre todo tecnológicos. Ah pero, ¿dónde
están los transbordadores lunares que con tanto acierto mostraron
Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke en 2001, una Odisea
del Espacio? ¿Qué ha sido de los ambiciosos planes para conquistar
nuestro único satélite natural? Es más, ¿acaso sirvió
toda la aventura de los Apolo para algo realmente útil?
Sí, puede parecer que cuatro décadas debería haber sido
tiempo más que suficiente para que la exploración del espacio
ofreciera más frutos, más allá de ruinosas flotas de transbordadores
y una estación espacial muy cara y con un futuro
bastante sombrío. Ahora bien, esas cuatro décadas no son más
que un guiño en la historia y, si miramos atrás, el desarrollo de
las grandes gestas suele necesitar más tiempo, siglos incluso.
No cabe duda que esa compañera de la noche, espejo en el
que rebotan los cálidos rayos solares, inspiración para poetas
y músicos, volverá a ser visitada y, esta vez, para algo más que
dejar unas cuantas huellas y recoger valiosas muestras científicas.
La Luna, el complemento ideal del planeta azul, guarda
muchos secretos y, también, gran número de oportunidades.
Dejando de lado la carrera espacial, paralela a la carrera
armamentista de la Guerra Fría, hubo muchos motivos para
decidir viajar a la Luna. Podía haberse arreglado el asunto simplemente
enviando sondas automáticas, capaces de recoger
muestras para traerlas a nuestro planeta, pero las verdaderas
aventuras precisan de un componente humano que los robots, conseguir. Olvidemos la política, la estrategia militar y la pura
propaganda. Enviar tripulaciones de seres humanos a la Luna,
gracias a seis exitosos viajes, con el gran riesgo que eso supuso,
superando accidentes como el sufrido por el Apolo XIII,
sirvió de mucho. Se aprendieron lecciones que, de otro modo,
nunca hubieran siquiera sido supuestas. El ingente esfuerzo
que supuso el desarrollo del programa Apolo, con los célebres
vectores Saturno V y toda la tecnología ideada para cumplir
el sueño de Kennedy, impulsaron la industria de los Estados
Unidos durante gran parte de estos cuarenta años. No se trató
de gastar dinero sin sentido, el retorno en forma de productos,
empleo y beneficios económicos ha sido tal que, de no haberse
apostado por la gran aventura, hoy las cosas en muchos ámbitos
habrían sido diferentes. En nuestras casas disponemos de
artilugios surgidos de la mente de ingenieros y científicos que
se vieron en la necesidad de dotar a los vehículos Apolo de
técnicas novedosas. Piénsese en ello, por ejemplo, cada vez
que utilicemos en la cocina una sartén antiadherente, pues el
teflón con el que está fabricada surgió del esfuerzo espacial.
Medítese, igualmente, en la gran cantidad de avances médicos
que poseemos gracias a este gran proyecto cósmico, desde
marcapasos avanzados a termómetros infrarrojos.
La aventura no ha hecho más que comenzar. La Luna guarda
en su seno multitud de lugares interesantes por su utilidad
futura. Más allá de servir de inspiración para poetas y enamorados,
llegará el día en que la Luna será contemplada como
una parte más de nuestro mundo, algo así como una extensión
de nuestros dominios. Gracias a sus favorables condiciones
de baja gravedad, resultará el lugar ideal sobre el que instalar
centros de ocio y turismo, muchos ancianos desearán viajar
allí para alargar sus vidas y disfrutar de sus últimos años en
mejores condiciones que en la Tierra. La Luna atraerá mineros,
deseosos de explotar, por ejemplo, las ingentes reservas
de helio-3 presentes en la superficie selenita, un elemento tan
escaso en nuestro mundo como vital para las futuras centrales
de fusión nuclear. Y, cómo no, aunque todavía quede quien
sigue negando la realidad de los vuelos Apolo —cosa que, de
ser cierta, hubiera encantado a los soviéticos pues ellos mismos
intentaron realizarlos y fracasaron— muchas personas
comunes podrán ir y venir de la Tierra a la Luna.
Viajar entre Europa y América supuso un verdadero desafío
durante siglos, desde el sufrido periplo de Colón en 1492. Hoy,
surcamos el Atlántico sin siquiera pensar en los viejos navegantes
y en los peligros que tuvieron que superar. El equivalente
futuro de nuestros vuelos oceánicos serán los transbordadores
lunares. Puede que la cronología de la ciencia ficción
más optimista vaya con retraso, pero sin duda es algo que tiene
que suceder, porque no se trata más que de seguir el curso
natural de nuestra naturaleza expansiva. Entonces, llegará el
tiempo en que, en la cara oculta de nuestro vecino, se instalen
grandes observatorios astronómicos aprovechando la concavidad
de algunos cráteres y, al abrigo de la radiación solar y
terrestre, podremos otear los cielos buscando otras tierras en
lejanos sistemas estelares.
Loteo sideral
La Luna, nuestra compañera de viaje, animó la propia revolución
que dio vida a la tecnología que ha servido para hollar su
superficie. Ese espejo de plata cósmico, inmaculado hasta que
Galileo dirigió su telescopio hacia sus montañas y cicatrices
de impacto, supuesto mundo en el que moraban los antiguos
selenitas, sirvió para inspirar a los resueltos personajes que se
reunían a finales del siglo XVIII en un caserón de Birmingham.
Bajo el sonoro nombre de Círculo Lunar, diversas mentes apasionadas
con el futuro, el progreso, la ciencia y la tecnología,
celebraban cenas seguidas de tertulias emocionantes. Fue así
como, el último día del año 1775, durante una de las cenas, los
autodenominados lunáticos dieron forma a un club exclusivo,
único, memorable: La Sociedad Lunar de Birmingham, cuyos
miembros recorrían los caminos nocturnos iluminados por
Selene para reunirse en el caserón. Los encuentros allí celebrados,
en medio de un ambiente de libertad absoluta, dieron
forma a muchas ideas entonces sorprendentes. La Revolución
Industrial estaba naciendo, el mundo tal y como lo conocemos
estaba tomando forma. Y, así, imaginando y soñando con un
futuro de prosperidad, lunáticos como James Watt, padre de la
tecnología de vapor, el astrónomo William Herschel, Erasmus
Darwin, Matthew Boulton, Samuel Galton y, entre muchos
otros, Benjamin Franklin vía epistolar, buscaron inspiración
en la Luna para preparar el triunfo de la ciencia y la técnica
que, doscientos años más tarde, facilitó la construcción de los
navíos de metal capaces de surcar los vacíos abismos entre los
dos mundos.
Las diversas tripulaciones que han pisado la Luna han
dejado su huella allí, no sólo gracias a sus botas y sus pasos,
sino también a sus experimentos sísmicos y espejos láser para
medición precisa de la distancia a la Tierra; pero, sobre todo,
han alimentado nuestro conocimiento del satélite más que
cualquier otro sabio lo haya hecho anteriormente, puesto que
las muestras de roca depositadas en laboratorios de todo el
mundo han abierto todo un nuevo campo de conocimiento.
Al igual que los lunáticos durante sus memorables cenas, también
los ingenieros del programa Apolo soñaron con multitud
de aplicaciones y nuevas expediciones que, lamentablemente,
no fueron llevadas a cabo. Gusanos lunares, algo así como
gigantescos tubos presurizados con movimientos similares
a los de una lombriz, surgieron en los gabinetes de diseño a
modo de vehículos exploradores de los desiertos selenitas. Se
imaginaron varios módulos Apolo unidos para formar naves
capaces de llevar visitantes humanos a la alta atmósfera de
Venus, estaciones espaciales dormitando en algún punto de
Lagrange formadas por los gigantescos cascarones vacíos de
multitud de cohetes Saturno V. Todo ello era imaginario, pero
la fantasía alimenta la realidad. Los lunáticos soñaron con
un mundo en el que las máquinas de vapor facilitaran todo
tipo de tareas, en una época en la que apenas había nacido
esa tecnología. Los ingenieros de los Apolo también soñaron
con un futuro cercano en el que todo aquello que dibujaran
terminaría surcando el cosmos. Los primeros consiguieron
que su sueño se hiciera realidad al cabo de varias décadas,
los segundos van en camino de cumplirlo. Hoy, cuando se
dice adiós a los transbordadores espaciales, proyectos como
el Constellation están haciendo que la vieja tecnología que nos
llevó a la Luna, junto con un más innovador arsenal técnico,
den vida a una nueva aventura lunar. La NASA pretende, en
este nuevo esfuerzo, de sarrollar una flota de naves espaciales
con la que enviar de nuevo misiones tripuladas a la Luna,
retomando el esfuerzo abandonado a principios de los años
setenta. Como en un círculo en el tiempo, los turbopropulsores
de los Saturno renacen, se vuelven a revisar los planos del
Skylab, de los módulos lunares y de todas las viejas propuestas
de los gabinetes de diseño espacial. Ahora sí, volveremos, pero
esta vez para quedarnos.
Los primeros pasos serán tímidos, peligrosos, pero con el
tiempo la Luna se convertirá en objeto de deseo. Sabemos
lo que sucederá a continuación, la historia nos lo enseña, a
la oportunidad le sigue el conflicto. Lejos de infantiles pretensiones
sobre propiedades en la Luna compradas a través
de imaginarios certificados en Internet, un recurso de lo más
romántico como regalo para enamorados, el potencial que
ofrece nuestro satélite en múltiples campos es tal que será
necesario redactar todo un nuevo cuerpo legislativo para
regular su uso y, cómo no, su propiedad. Aunque en el año
1967 se firmó un tratado en la ONU en el que se prohibía el
registro como propiedad de cualquier región más allá de la
Tierra, todos sabemos que, llegado el verdadero momento de
la conquista, ese documento pasará a ser papel mojado. Una
cosa es soñar, gritar a los cuatro vientos que la Luna pertenece
a toda la humanidad y, otra muy distinta, será la de poner de
acuerdo a todos los jugadores en la partida, estadounidenses,
europeos, rusos, chinos, japoneses o indios. Una vez que
las naves mineras hayan alunizado, se pedirá la concesión de
explotaciones. No será ahora, ni dentro de veinte años pero,
sin duda, la Luna verá conflictos territoriales a lo largo del
siglo XXII. Antes de ello, como preámbulo, será la Tierra la
que vea repetirse la historia a través de las previsibles pugnas
por los grandes recursos, ahora casi vírgenes, del Ártico o la
Antártida. De cómo nos comportemos en esos dos campos de
experimentación, aprenderemos o, más bien, repetiremos los
errores en el futuro, en la Luna e incluso más allá, en Marte.
Selenautas
Arañaremos su superficie, viviremos en ella, incluso iremos
de vacaciones más allá del espacio circunterrestre y, siempre
como espectadora inerte, la Luna seguirá prestando servicio
a la humanidad. Si no fuera por su existencia, el ángulo de
inclinación terrestre y su comportamiento orbital alrededor
del Sol, serían diferentes. Es, precisamente, la existencia de
esa enorme masa que es la Luna, jugando alrededor de nuestro
mundo de forma constante, lo que mantiene estable nuestra
órbita dentro de ciertos parámetros indispensables. De ella
depende el nacimiento de las estaciones del año en la Tierra,
al igual que guarda un papel importante en el desarrollo de
las mareas. Si la Luna no existiera, se producirían cambios
caóticos en la oblicuidad terrestre a lo largo del tiempo. Sin el
papel estabilizador de su satélite, la vida en la Tierra tendría
que enfrentarse a cambios muy peligrosos.
Puede que este papel vital que juega la Luna sobre la Tierra,
su labor a la hora de mantener un entorno cósmico con cierta
estabilidad que facilite a las criaturas terrestres el medrar
con cierta calma a lo largo de eones, haya sido intuido durante
siglos por nuestros antepasados. La Luna ha sido adorada
desde siempre. Sobre ella, casi como si se tratara de un tributo
contemporáneo siguiendo los comportamientos ancestrales,
hemos depositado reliquias a modo de obras de arte. Además
de su carga tecnológica, los astronautas de las naves Apolo
portaron presentes diversos. David Scott, tripulante del Apolo
XV, depositó en la Luna una placa sobre la que se grabó el
nombre de varios astronautas y cosmonautas fallecidos durante
misiones espaciales. A su lado, colocó una pequeña figura de
aluminio de apenas ocho centímetros de tamaño. Se trata de
un regalo de la Tierra a nuestra compañera de la noche, una
obra de arte que sigue allá arriba, esperando el regresos de los
humanos, un minúsculo muñeco que con el título El astronauta
caído, imaginado por el artista belga Paul Van Hoeydonck,
sirve de homenaje a todos aquellos que arriesgaron sus vidas
para que el sueño lunar fuera una realidad.
En las clásicas misiones Apolo, mientras dos miembros de
cada tripulación descendían sobre la Luna, un tercero quedaba
orbitando a bordo del módulo de mando, esperando el regreso
del módulo lunar. Stuart Roosa, piloto del módulo Kitti Hawk,
en la misión Apolo XIV, fue uno de aquellos pacientes astronautas
que no llegó a pisar el polvo lunar. El astronauta, que en
su juventud había trabajado como guarda forestal, recibió el
encargo del Servicio Forestal de los Estados Unidos para llevar
a las cercanías de la Luna cuatrocientas cincuenta semillas de
varias especies de árboles de la Tierra. A su regreso, las “semillas
lunares”, como fueron conocidas, se distribuyeron por
diversas partes del mundo a modo de símbolo de la aventura
espacial y como recuerdo de que, unidos, podemos llegar muy
lejos. Hoy, muchas de aquellas semillas se han convertido en
grandes árboles que, desde muchos rincones de la Tierra, parecen
querer extender sus ramas al lejano lugar celeste donde,
hace casi cuatro décadas, tuvieron ocasión de viajar.
Como a esas ramas, a muchos de nosotros la Luna nos sigue
llamando, nos requiere, desea nuestro regreso, somos los nuevos
lunáticos, los que soñamos con un futuro en el que hayamos
extendido, en paz, nuestro destino hacia otros mundos.
El primer paso, volver a la Luna para explorar sus misterios,
como esos intrigantes fenómenos en forma de nubes rojizas
y luminiscentes que, a veces, son captados por telescopios
terrestres sobre su superficie. En la expectativa de las grandes
misiones, como la nacida en el seno del proyecto Constellation,
hay quien no puede esperar y lanza retos para volver
allá arriba, aunque sea a través de robots. A la llamada han
acudido nuevas naciones, chinos, japoneses o indios esperan
grandes cosas de la Luna. Un nuevo imperio de la Tierra,
conocido como Google, hace ya muchos meses lanzó su reto
lunar para la formación de equipos encaminados a enviar un
pequeño vehículo al satélite. El reto lunar de Google es sólo el
primer paso para que, más allá de la decisión de las agencias
espaciales, la iniciativa privada también tome partido en esta
aventura. Así, dentro de no mucho tiempo, a las 31.260 palabras
que ocupan las transcripciones de las conversaciones
por radio entre Neil Armstrong y la Tierra, se unirán las de
muchos otros selenautas, tal y como ya forman parte de la
historia las frases y conversaciones grabadas por el resto de
las tripulaciones Apolo. ≈
Alejandro Polanco Masa nació en
Palencia (España) en
1975. Escribe sobre
historia de la ciencia
y la tecnología en
Revista de Arqueología
e Historia de Iberia
Vieja, entre otras.
Es editor del blog
Tecnología Obsoleta
(www.alpoma.
net/tecob premio 20
Minutos al mejor blog
científico 2005) y La
Cartoteca (www.alpoma.net/carto), dedicado a la
cartografía. En 2003
publicó el libro Herejes
de la Ciencia. (Ed.
Corona Borealis).
|