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\\ Índice \ Número 6, otoño de 2009
Literatura
Último viaje a la luna
1976
Juan José Saer, "Manos y planetas".
—Anoche vi por
televisión el último
viaje a la luna —dijo Barco—.
Esos viajes a la luna ya no le interesan a
nadie. Todo el mundo está convencido de
que la luna ya pertenece al pasado, y la ciencia
ficción se está convirtiendo en una antigualla.
Ya no hay, dicen, ficción, que supere a
la ciencia. Probablemente, dentro de quinientos
años todos serán científicos, así como en la
actualidad todos manejan automóviles.
—Probablemente —dijo Tomatis, sin dejar de
mirar los dedos de Barco que ahora se habían apoyado
sobre la sal diseminada y estaban inmóviles.
—Pasó algo curioso —dijo Barco—Todo iba bien
mientras se veía en la pantalla el interior de la nave
espacial y las manipulaciones de la tripulación. Pero
de golpe empezaron a verse fotografías de la tierra que
iba alejándose, volviéndose cada vez más chuiquitita, y
entonces los tipos que estaban mirando la televisión en
el bar se pararon, o empezaron a incorporarse despacio
sobre la silla, o a estirar el cuello, todo eso para tratar de
ver la tierra de más cerca, haciendo contorsiones para ayudar
a la tierra a detenerse, como cuando uno tira una bocha
y empieza a retorcerse todo para que la bocha vaya por el
camino que uno le ha fijado imaginariamente ¿viste? Tratábamos
de que ese alejamiento impúdico se detuviera, para que la
tierra no se borrara y desapareciera del todo. Yo me quedé tieso.
Y cuando la voz del locutor anunció que los astronautas todavía
distinguían Méjico, todos tuvimos un momento de alivio y por un
segundo todos nos sentimos mejicanos. Méjico fue la última cresta,
la más alta, amontonada en la ola de nada que empujaba de atrás, la
ola de nada que cuando Méjico dejó de divisarse inundó todo y lo dejó más liso y más uniforme que esa pared. Entonces todos nos sentimos
tristes y confundidos, un poco aterrados, y no creo que nos hayamos
sentido mejor cuando terminó el programa sobre el viaje lunar y empezó la transmisión directa desde el estadio de Chacarita. Estoy convencido de
que anoche rompimos la barrera de la identidad. La de la luz o del sonido
no son nada al lado de la barrera de la identidad. Nos fuimos poniendo cada
vez más borrosos, hasta que desaparecimos por completo.
Pensamos que la
cosa iba a detenerse en un punto razonable, un punto desde el cual todavía
pudiera divisarse Méjico, por ejemplo, pero no, nada de eso, desaparecimos
del todo. Y yo tuve un vértigo adicional: sentado en la silla del bar, la pantalla
me mostraba cómo la tierra iba disminuyendo de tamaño, es decir, cómo yo, la
silla, el bar, la pantalla y la tierra que mostraba la pantalla, íbamos siendo apretados
por el puño del cosmos que se cerraba, vertiginosamente, hasta macerar
nuestros cuerpos y convertirlos en una lava enfurecida. Y lo sentí hasta tal punto
que cerré los ojos y esperé el momento en que las paredes del bar comenzarían a
avanzar, súbitamente, fundiéndose las cuatro en una sola con nosotros adentro, en
una contracción inconcebible, hasta dejar la tierra reducida al tamaño de un dado
de los más chicos con el que las criaturas se pusieran a jugar el destino del mundo.
Probablemente esas parrilladas que trae el mozo sean las nuestras.
—Probablemente —dijo Tomatis.
1865
Julio Verne, De la Tierra a la Luna.
Había, pues, llegado
el momento de la
despedida. La escena
fue patética, y hasta el
mismo Michel Ardan,
no obstante su jovialidad febril, se sintió conmovido. J. T. Maston había hallado bajo
sus párpados secos una antigua lágrima que
reservaba sin duda para aquella ocasión, y la
vertió en el rostro de su querido y bravo presidente.
—¡Si yo partiese! —dijo—. ¡Aún es tiempo!
—¡Imposible, mi querido amigo Maston! —respondió Barbicane.
Algunos instantes después, los tres compañeros
ocupaban su puesto en el proyectil y habían ya
atornillado interiormente la tapa. La boca del
Columbiad, enteramente despejada, se abría
libremente hacia el cielo. Nicholl, Barbicane y Michel Ardan se hallaban
definitivamente encerrados en su vagón de
metal. ¿Quién sería capaz de pintar la ansiedad universal
llegada entonces a su paroxismo?
La Luna avanzaba en un firmamento de límpida
pureza, apagando al pasar el centelleo de las estrellas.
Recorría entonces la constelación de Géminis,
y se hallaba casi a la mitad del camino del horizonte
y el cenit. No había, pues, quien no pudiese comprender
fácilmente que el proyectil apuntaba a su
objeto, como apunta el cazador a la liebre.
Un silencio imponente y aterrador pesaba sobre toda
la escena. ¡Ni un soplo de viento en la Tierra! ¡Ni un
soplo en los pechos! Los corazones no se atrevían a
palpitar. Todas las miradas convergían azoradas en la
boca del Columbiad.
Murchison seguía con la vista la manecilla de su cronómetro.
Apenas faltaban cuarenta segundos para el
momento de la partida, y cada uno de ellos duraba un
siglo.
Hubo al vigésimo un estremecimiento universal, y no
hubo uno solo en la multitud que no pensase que los
audaces viajeros encerrados en el proyectil contaban
también aquellos terribles segundos. Se escaparon gritos
aislados.
—¡Treinta y cinco! ¡Treinta y seis! ¡Treinta y siete! ¡Treinta
y ocho! ¡Treinta y nueve! ¡Cuarenta! ¡Fuego!
Inmediatamente, Murchison, apretando con el dedo el
interruptor del aparato, estableció la corriente y lanzó la
chispa eléctrica al fondo del Columbiad.
Una detonación espantosa, inaudita, sobrehumana, de la
que no hay estruendo alguno que pueda dar la más débil
idea, ni los estallidos del rayo, ni el estrépito de las erupciones,
se produjo instantáneamente. Un haz inmenso de
fuego salió de las entrañas de la tierra como de un cráter. El
suelo se levantó, y apenas hubo uno que otro espectador que
pudiera entrever un instante el proyectil hendiendo victoriosamente
el aire en medio de inflamados vapores.
1968
Arthur C. Clarke, 2001. Una odisea espacial.
Hubo un período de sueño al
apagarse las luces de la cabina
y Floyd se sujetó brazos y piernas con las sábanas elásticas que
le impedirían ser expelido al espacio. Parecía una tosca instalación...
pero en la gravedad cero su litera no almohadillada era
más cómoda que los más muelles colchones de la Tierra.
Una vez se hubo sujetado bien, Floyd se adormiló con bastante
rapidez, pero se despertó en una ocasión en estado amodorrado
y semiconsciente, quedando totalmente desconcertado
por sus extraños aledaños. Durante un momento pensó que se
encontraba dentro de una linterna china débilmente iluminada;
el débil resplandor de los otros cubículos que le rodeaban daba
esa impresión. Luego se dijo, con firmeza y fructuosamente: “Ea,
a dormir, muchacho. Este es sólo un corriente correo lunar”.
Al despertarse, la Luna se había tragado medio firmamento, y estaban a punto de comenzar las maniobras de frenado. El amplio
arco de las ventanas encajado en la curvada pared de la sección de
pasajeros miraba al cielo abierto, y no al globo cercano, por lo que
se trasladó a la cabina de mando. Allí, en las pantallas retrovisoras
de televisión, pudo contemplar las últimas fases del descenso.
Las cada vez más próximas montañas lunares, eran diferentes en
absoluto de las de la Tierra; estaban faltas de las destellantes cimas
de nieve; el verde ornamento de la vegetación, las móviles coronas
de nubes. Sin embargo, el violento contraste de luz y sombra
les confería una belleza propia. Las leyes de la estética terrestre no
eran aplicables allí; aquel mundo había sido formado y modelado por
fuerzas distintas a las terrestres, operando en eones de tiempo desconocidos
a la joven y verdeante Tierra, con sus fugaces Eras Glaciales,
sus mares alzándose y hundiéndose rápidamente, y sus cadenas de
montañas disolviéndose como brumas ante el alba. Aquí era la edad
inconcebible —pero no muerta, pues la Luna no había vivido nunca— hasta la fecha.
La nave en descenso quedó equilibrada casi sobre la línea divisora de la
noche y el día; directamente debajo de ella había un caos de melladas
sombras y brillantes y aislados picos que captaban la primera luz de la
lenta alba lunar. Aquél sería un espantoso lugar para intentar posarse,
incluso contando con todas las posibles ayudas electrónicas; pero estaban
derivando lentamente, apartándose de él, hacia la parte nocturna
de la Luna.
Cuando sus ojos se acostumbraron más y más a la débil iluminación,
Floyd vio de pronto que la parte nocturna no estaba totalmente oscura,
sino bañada por una luz fantasmal, pudiéndose ver claramente picos,
valles y llanuras. La Tierra, gigantesca luna para la Luna, inundaba con
su resplandor el suelo de abajo.
En el panel del piloto fulguraron luces sobre las pantallas de radar, y aparecieron
y desaparecieron números en los señalizadores de las computadoras,
registrando la distancia de la cercana Luna. Estaban aún a más de
mil millas cuando volvió el peso al comenzar los propulsores una suave
pero constante deceleración. Parecieron transcurrir siglos en que la Luna
se expandió lentamente a través del firmamento, sumióse el Sol bajo el
horizonte, y finalmente un gigantesco cráter llenó el campo visual. El correo
estaba cayendo hacia sus picos centrales... y de súbito Floyd advirtió que
junto a uno de aquellos picos, destellaba con ritmo regular una brillante luz.
Podía ser un faro de aeropuerto enfilado a la Tierra, y quedó con la mirada
clavada en él y la garganta contraída. Era la prueba de que los hombres habían
establecido otra posición en la Luna.
El cráter se había expandido ya tanto que sus baluartes se estaban deslizando
bajo el horizonte, y los pequeños cráteres que salpicaban su interior estaban
empezando a revelar su tamaño real. Algunos de ellos, que parecían minúsculos
desde la lejanía en el espacio, tenían un diámetro de millas, y podrían haber
engullido ciudades enteras.
Sometida a sus controles automáticos, la nave se deslizaba abajo por el firmamento
iluminado por las estrellas, hacia aquel estéril paisaje a la luz de la grande
y gibosa Tierra. Una voz se elevó ahora de alguna parte, sobre el silbido de los
propulsores y los punteos electrónicos que atravesaban la cabina.
—Control Clavius a Especial 14; la entrada se realiza con exactitud. Efectúen por
favor la comprobación manual del dispositivo de alunizaje, presión hidráulica e
inflado de la almohadilla parachoques.
El piloto oprimió diversos conmutadores, destellaron luces verdes y respondió:
—Verificadas todas las comprobaciones manuales. Dispositivo de alunizaje, presión
hidráulica, parachoques O.K.
—Confirmado —dijeron de la Luna.
El descenso continuó silenciosamente. Aunque aún había muchas comunicaciones,
todas ellas corrían a cargo de máquinas, transmitiéndose mutuamente fulgurantes
impulsos binarios a una cadencia miles de veces mayor que aquella con que
sus constructores, de pensar lento, podían comunicarse.
Algunos de los picos de las montañas atalayaban ya la nave; el suelo se hallaba solamente
a pocos miles de pies, y la luz del faro era una brillante estrella fulgurando
constantemente sobre un grupo de bajos edificios y extraños vehículos. En la fase
final de descenso, los propulsores parecían estar tocando alguna singular tonada;
sus intermitentes latidos verificaban el último ajuste preciso al impulso.
Bruscamente una remolineante nube de polvo lo ocultó todo, los propulsores lanzaron
su último chorro, y la nave se meció ligeramente, como un bote de remos acunado
por una pequeña ola. Pasaron varios minutos antes de que Floyd pudiese aceptar realmente
el silencio que ahora los envolvía y la débil gravedad que asía sus miembros.
Había efectuado, sin el menor incidente y en poco más de un día, el increíble viaje
con el que habían soñado los hombres durante dos mil años. Tras un vuelo normal,
rutinario, había alunizado.
1835
Edgard Allan Poe, “La incomparable aventura de un
tal Hans Pfaall”.
19 de abril. Esta mañana,
para mi gran alegría,
cuando la superficie
de la luna estaba
aterradoramente cerca
y mis temores llegaban a su colmo noté, a las
nueve, que la bomba del condensador daba
señales evidentes de una alteración en la atmósfera.
A las diez, tenía ya razones para creer que
la densidad había aumentado considerablemente.
A las once, poco trabajo se requería en el aparato,
y a las doce, después de vacilar un rato, me
atreví a soltar el torniquete y, notando que nada
desagradable ocurría, abrí finalmente la cámara
de goma y la arrollé a los lados de la barquilla.
Como cabía esperar, un violento dolor de cabeza
acompañado de espasmos fue la inmediata
consecuencia de tan precipitado y peligroso
experimento. Pero aquellos trastornos y la dificultad
para respirar no eran tan grandes como
para hacer peligrar mi vida, y decidí soportarlos
lo mejor posible, en la seguridad de que desaparecerían
apenas llegáramos a las capas inferiores
más densas. Empero nuestra aproximación
a la luna continuaba a una enorme velocidad, y
pronto me di cuenta, con alarma, de que si bien
no me había engañado al suponer una atmósfera
de densidad proporcionada a la masa del satélite,
me había equivocado al creer que dicha densidad,
aun la más próxima a la superficie, sería capaz de
sostener el gran peso de la barquilla del aeróstato.
Así debería haber sido y en grado igual que en la
superficie terrestre, suponiendo la pesantez de
los cuerpos en razón de la condensación atmosférica
en cada planeta. Pero no era así, sin embargo,
como bien se veía por mi precipitada caída; y el
por qué de ello sólo puede explicarse con referencia
a las posibles perturbaciones geológicas a las
cuales ya me he referido.
Sea como fuere, estaba muy cerca del planeta,
bajando a una velocidad terrible. No perdí un instante,
pues, en tirar por la borda el lastre, luego
los cuñetes de agua, el aparato condensador y la
cámara de caucho, y por fin todo lo que contenía
la barquilla.
Pero de nada me sirvió. Continuaba descendiendo
a una terrible velocidad y me hallaba apenas
a media milla del suelo. Como último recurso, y
después de arrojar mi chaqueta, sombrero y botas,
acabé cortando la barquilla misma, que era sumamente
pesada; y así, colgado con ambas manos de
la red, tuve apenas tiempo de observar que toda la
región hasta donde alcanzaban mis miradas estaba
densamente poblada de pequeñas construcciones,
antes de caer de cabeza en el corazón de una fantástica
ciudad, en el centro de una enorme multitud
de pequeños y feísimos seres que, en vez de
preocuparse en lo más mínimo por auxiliarme, se
quedaron como un montón de idiotas, sonriendo
de la manera más ridícula y mirando de reojo al
globo y a mí mismo. Alejándome desdeñosamente
de ellos, alcé los ojos al cielo para contemplar la
tierra que tan poco antes había abandonado, acaso
para siempre, y la vi como un enorme y sombrío
escudo de bronce, de dos grados de diámetro, inmóvil
en el cielo y guarnecida en uno de sus bordes
con una medialuna del oro más brillante. Imposible
descubrir la más leve señal de continentes o mares;
el globo aparecía lleno de manchas variables, y se
advertían, como si fuesen fajas, las zonas tropicales
y ecuatoriales.
1957 Poul Anderson, “La luz”.
El lugar de alunizaje
no había sido elegido
exactamente, puesto
que un pequeño error
orbital podría producir
una gran diferencia
en lo tocante a la superficie lunar. Sólo podíamos
estar ciertos de que sería cerca del polo norte y
no en uno de los mares que parecen atractivamente
tranquilos, aunque son con probabilidad
traicioneros. De hecho, como recordarán, alunizamos
al pie de los Alpes Lunares, no lejos del
cráter Platón. La tierra era áspera, pero nuestra
nave y equipos habían sido diseñados de acuerdo
con estas características.
Y cuando se hubo apagado el estruendo que
ensordecía nuestros oídos y éstos se fueron acostumbrando
lentamente al silencio, nos paramos.
Permanecimos unos minutos sin pronunciar palabra.
El sudor me había pegado las ropas al cuerpo.
—Bien —dijo Baird al fin— Bien, aquí estamos.
Se quitó las correas, tomó el micrófono y llamó a la
estación. Hernández y yo nos pusimos a mirar por
los periscopios para ver qué nos aguardaba.
El espectáculo era formidable. He estado en muchos
desiertos en la Tierra, pero no brillan con tal fulgor,
no se hallan tan absolutamente despoblados ni sus
rocas son tan grandes ni sus ángulos cortan como
navajas de afeitar. El horizonte meridional estaba
próximo, creí que podía contemplar cómo la superficie
se combaba a lo lejos y se hundía en una espuma
de estrellas.
Echamos suertes. A Hernández le tocó permanecer
en la nave, mientras que yo tuve el privilegio de ser el
primero en poner el pie sobre la Luna. Baird y yo nos
pusimos el traje espacial y salimos por la cámara de
presión intermedia. Aun en la Luna esos trajes pesan
mucho.
Hicimos una pausa a la sombra de la nave mirando a
través de nuestras gafas protectoras. La oscuridad no era
absoluta —había reflexión desde el suelo y las colinas—,
pero sí más profunda y aguda que todas las que se ven en la Tierra. Detrás de nosotros las montañas eran altas y
de formas inclementes. Delante, el suelo caía en declive,
ocráceo, lleno de asperezas y cavidades, hacia el borde de
Platón. Donde sostenía aquel horizonte que se derrumbaba.
La luz era demasiado brillante para que yo pudiese ver
muchas estrellas.
Tal vez recuerde que alunizamos al ponerse el sol, creyendo
que podríamos emprender de madrugada el regreso
dos semanas después. Durante la noche la temperatura en
la Luna alcanza 250 bajo cero, pero los días son lo bastante
calurosos como para asarle a uno. Y es más fácil —pues
necesita menos masa— calentar la nave con la pila que instalar
un equipo de refrigeración.
—Bueno —dijo Baird—. Adelante.
—Adelante ¿y qué? —pregunté.
—Pronuncia el discurso. Eres el primer hombre en la Luna.
—Pero tú eres el capitán —repuse yo—. Ni lo sueñes, jefe… Desde luego que no.
Probablemente habrá leído usted aquel discurso en los periódicos.
Se supuso que había sido improvisado, pero fue escrito
por la esposa de un encumbrado personaje, el cual creía en sus
dotes poéticas. Un vomitivo oral ¿verdad? ¡Y Baird pretendía
que yo lo pronunciara!
—Esto es insubordinación.
—¿Puedo rogar al capitán que consigne en el libro de a bordo que el discurso fue pronunciado?
Baird soltó un taco, pero así lo hizo después. Y no olvide que lo
que le estoy contando es Alto Secreto.
1634
Johannes Kepler, Somnium o Astronomía Lunar.
2.1. Cincuenta mil
millas Germanas de éter nos separan del
lugar donde la isla
de Levania yace.
El camino hacia ella o desde ella a este
mundo rara vez se encuentra abierto.
Cuando está abierto, es fácil para los nuestros
transitarlo, pero transportar humanos
es infinitamente más difícil y conlleva gran
riesgo para la vida. No admitimos en nuestra
compañía a apáticos, gordos o delicados.
Por el contrario, elegimos aquellos que practican las artes de la caballería o están acostumbrados
a viajar a las Indias, habituados a
subsistir a galleta, ajo, pescado seco y poco
apetecibles vituallas. Nos interesan especialmente
las mujeres viejas y acabadas, experimentadas
a temprana edad en montar machos
cabríos, escobas o raídas capas y a atravesar
inmensas extensiones de la tierra. No aceptamos
hombres de la Germania; no desdeñamos
los firmes cuerpos de los ibéricos.
2.2. A pesar de la enorme distancia el viaje se
completa en cuatro horas como mucho. Acordamos
no emprender el viaje hasta que la luna comience su eclipse en el lado este, dadas nuestras
ocupaciones. Si llegara a recobrar a su brillo
completo mientras nos encontramos en viaje,
nuestra partida sería del todo inútil. Dado que la
oportunidad es tan fugaz, llevamos pocos seres
humanos con nosotros, y sólo aquellos que nos
son más devotos. Armóse entonces un grupo
de gente con estas condiciones y, empujándolo,
levantámoslo hacia los cielos. En cada instancia
el despegue golpeó al grupo de humanos como un
choque intenso, ya que aullaban como si hubiesen
sido impulsados por pólvora para navegar a
través de mares y montañas. Fue esta razón por la
que desde un comienzo debieron ser dormidos con
narcóticos y opiáceos. Sus miembros debieron ser
dispuestos de manera tal que el choque fuese distribuido
entre sus extremidades y así su torso no fuese
separado de sus nalgas, o su cabeza del cuerpo. Una
nueva dificulltad surgió: el frío extremo impedía la
respiración. El frío fue aliviado con un poder que
traemos de nacimiento, la respiración, aplicándole
esponjas humedecidas a sus narinas. Una vez que
esta primera etapa del viaje ha concluido, el viaje se
torna más sencillo. En ese momento expusimos sus
cuerpos al aire abierto y quitamos nuestras manos.
Sus cuerpos se enrollaban, como arañas, en bolas
que desplazábamos con nuestra voluntad solamente,
para que finalmente la masa corpórea pueda seguir
viaje y llegar a destino por sus propios medios. Pero
este impulso poco nos sirve, porque era ya demasiado
tarde. Fue entonces a través de nuestra voluntad, como
he dicho, que gentilmente desplazamos los cuerpos y
avanzamos delante de ellos a partir de ese momento
para prevenir que sufran daño alguno de estrellarse
duramente contra la luna. Cuando los humanos se despiertan,
generalmente se quejan de un cansancio en las
extremidades, del que más tarde se recuperan lo suficiente
como para poder caminar.
1986
Isaac Asimov, Fundación y Tierra.
—Está bien, dejémoslo. ¿Nos dirigimos
ahora hacia la
Luna?
—Sí. Por mera precaución, no acelero
demasiado; pero si todo marcha bien,
estaremos cerca de ella dentro de treinta
horas.
La Luna era un desierto. Trevize observó la
zona brillante iluminada por el sol que se
deslizaba debajo de ellos. Era un panorama
monótono de cráteres y sectores montañosos,
y de negras sombras en contraste con la
luz. Había sutiles cambios de color en el suelo
y ocasionales extensiones llanas, salpicadas de
pequeños cráteres.
Cuando se acercaron al lado oscuro, las sombras
se hicieron más largas y, por último, se fundieron
en una sola. Durante un rato, los picachos
brillaron detrás de ellos bajo el sol, como gordas
estrellas que resplandecían mucho más que sus
hermanas celestes. Después, desaparecieron y sólo
quedó en el cielo el débil resplandor de la luz de la
Tierra, que era una gran esfera de un blanco azulado
en más de un cuarto creciente. La nave pasó también más allá de la Tierra, la cual se hundió en el
horizonte de manera que sólo quedó negrura absoluta
debajo de ellos y, en lo alto, un cielo débilmente
salpicado de estrellas que, para Trevize, que se había
criado en el mundo sin estrellas de Terminus, resultaba,
todavía, bastante milagroso.
Después, aparecieron nuevas estrellas brillantes ante
ellos; primero, sólo una o dos, y después otras, agrandándose,
espesándose y fundiéndose al fin. Y al momento
cruzaron el terminador y pasaron al lado iluminado. El
sol se elevó con esplendor infernal, mientras la pantalla
lo esquivaba y enfocaba una panorámica del suelo del
satélite.
Trevize comprendió inmediatamente que era inútil tratar
de encontrar una entrada del interior habitado (si existía)
con la mera inspección ocular de aquel mundo enorme.
Se volvió a mirar a Bliss, que estaba sentada a su lado. Ella
no miraba la pantalla, sino que mantenía los ojos cerrados.
Más que sentarse en la silla, parecía haberse derrumbado
en ella.
Trevize, preguntándose si se había dormido, dijo a media
voz:
—¿Detectas algo más?
Bliss sacudió ligeramente la cabeza.
—No —murmuró—. Sólo fue una ligera impresión. Será mejor
que volvamos allí. ¿Recuerdas dónde estaba aquella región?
—El ordenador lo sabe.
Fue como apuntar a un blanco, oscilando a un lado y otro hasta
encontrarlo. La zona en cuestión se hallaba en el hemisferio
oscuro del satélite y, excepto por el débil resplandor de la Tierra
que envolvía la superficie en una fantástica penumbra gris, no se
distinguía nada, ni siquiera cuando las luces de la cabina-piloto se
apagaron para poder ver mejor.
Pelorat se había acercado y plantado ansiosamente en el umbral.
—¿Hemos encontrado algo? —preguntó, en un ronco murmullo.
Trevize levantó una mano imponiéndole silencio. Estaba observando a Bliss. Sabía que pasarían días antes de que la luz del sol volviese a
iluminar aquel lugar de la Luna, pero también sabía que, para lo que
Bliss trataba de percibir, la luz carecía de importancia.
—Está allí —dijo ella.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y es el único lugar?
—Es el único lugar en que lo he detectado. ¿Hemos estado sobre todas las partes de la superficie de la Luna?
—Sobre la mayor parte de ella.
—Entonces, es todo lo que he detectado en esa mayor parte. Ahora, la
impresión es más fuerte, como si aquello nos hubiese detectado a nosotros.
Y no parece peligroso. Tengo la sensación de que nos da la bienvenida.
—¿Estás segura?
—Es la impresión que tengo.
—¿Podría estar fingiendo buenos sentimientos?
Bliss respondió, con un deje de altivez:
—Si fuesen simulados, lo detectaría.
Trevize murmuró algo sobre el exceso de confianza Y después dijo:
—Espero que lo que detectas sea inteligencia.
—Detecto una fuerte inteligencia. Pero... —añadió en un tono extraño.
—Pero, ¿qué?
—Silencio. No me distraigáis. Dejad que me concentre.
La última palabra no fue mas que un movimiento de los labios. Después dijo con sorpresa débilmente regocijada.
—No es humana.
1901
Herbert George Wells, Los primeros hombres en la Luna.
—Estamos muy adentro —dijo— quiero decir... tal vez a un par de
mil pies o más.
—¿Por qué?
—Por que hace más frío, y nuestras voces retumban mucho más. La
delgadez del aire ha desaparecido totalmente, y con ella la incomodidad
que sentíamos en nuestros oídos y la garganta.
Yo no lo había notado, pero entonces lo noté.
—El aire es más denso. Debemos estar a alguna profundidad... podríamos
calcular hasta una milla... de la superficie de la luna.
—Nunca pensamos que hubiera un mundo dentro de la luna.
—No.
—¿Cómo habíamos de pensarlo?
—Podríamos haberlo supuesto. Lo que sucede es... que uno se acostumbra
a un radio de ideas limitado.
Reflexionó un momento.
—Ahora —dijo— nos parece obvio. ¡Por supuesto! La luna debe ser
enormemente cavernosa, tener una atmósfera interior, y en el centro
de las cavernas un mar. Sabíamos que la luna tenía una gravitación
específica menor que la de la tierra; sabíamos que afuera tenía poco aire
y poca agua; sabíamos, también, que era un planeta hermano de la tierra
y que era inadmisible la idea de que su composición fuera diferente de la
de nuestro planeta. La deducción de que estaba agujereada, era tan clara
como el día; y sin embargo, nunca habíamos percibido todo esto como un
hecho. Keplero, por supuesto. ..
Su voz había adquirido el tono de la del hombre que, en una demostración, ha descubierto una hermosa fuente de razonamientos.
—Sí —dijo— Keplero, con sus “subvolcani” tenía razón, al fin y al cabo.
—Ojalá se hubiera usted tomado la molestia de descubrir eso antes de que
viniéramos —dije.
Nada me contestó: silbaba suavemente, para sí, mientras seguía el curso
de sus pensamientos. La paciencia me iba faltando.
—¿Qué piensa usted que ha sido de nuestra esfera, por último? — le pregunté.
—Perdida —contestó, como alguien que contesta a una pregunta sin interés.
—¿Entre las plantas?
—A no ser que ellos la encuentren.
—¿Y entonces?
—¿Cómo puedo saber?
—¡Cavor! —exclamé—; ¡lindas se van poniendo las cosas para mi sindicato!
El no me contestó.
—¡Buen Dios! —continué—. ¡Si uno no piensa en toda la molestia que nos
hemos tornado para venir a dar a este pozo! ¿Para qué hemos venido? ¿Qué es lo que buscamos? ¿Qué era la luna para nosotros, o nosotros para la luna?
Hemos querido demasiado; hemos avanzado demasiado. Debíamos haber
emprendido primero cosas pequeñas. ¡Usted fue quien propuso venir a la luna! ¡Esas celosías de Cavorita! Estoy cierto de que podíamos haberlas explotado
en aplicaciones terrestres. De seguro. Comprendió usted realmente lo que yo
propuse? Un cilindro de acero...
—¡Tontería! —dijo Cavor. La conversación cesó. Durante un rato, Cavor se entregó a un monólogo entrecortado,
sin mucha ayuda de mi parte.
—Si la encuentran —decía—, si la encuentran... ¿qué harán con ella? Esta es
una pregunta que pudiera ser la pregunta capital. De todos modos, no sabrán
manejarla: si comprendieran esa clase de cosas, desde hace largo tiempo habrían
ido a la tierra. ¿Irían ahora? ¿Por qué no habrían de ir? Y si hubieran podido ir
antes, aunque no hubieran ido, habrían enviado algo... No habrían de desperdiciar
semejante posibilidad. ¡No! Pero la examinarán. Se ve con claridad que son
inteligentes o investigadores. La examinarán... entrarán en ella. .. jugarán con las
celosías... ¡Y a volar!... Lo que significará para nosotros la luna, por todo el resto
de nuestra vida. Extraños seres, extraños conocimientos...
—¡Lo que es por los extraños conocimientos! —dije; pero no pude continuar,
porque las expresiones me faltaron.
—Oiga usted, Bedford —dijo Cavor—: Usted ha venido en mi expedición por su
propia y libre voluntad.
—Usted me dijo: “llámelo usted viaje de exploración.”
—Siempre hay riesgo en las exploraciones.
—Especialmente cuando uno va desarmado sin meditar antes, sobre todas sus
posibles fases.
—¡Yo estaba tan embebido en la esfera! El proyecto, nos asaltó y nos arrastró.
—Me asaltó a mí, querrá usted decir.
—Me asaltó a mí también, tanto como a usted. ¿Cómo iba yo a pensar, cuando me
puse a trabajar en física molecular, que la cosa iba a traerme aquí, ni a un lugar que
se pareciera, a éste?
—¡Así es la maldecida ciencia! —grité— la ciencia, que es el diablo en persona. Los
sacerdotes y perseguidores de la Edad Media tenían razón y nosotros, los modernos,
estábamos equivocados. Toca usted la ciencia, y ella le ofrece dones: pero apenas
los toma usted, lo hace a usted pedazos, de alguna manera. Viejas pasiones y nuevas
armas... ¡ahora le hace perder a usted sus sentimientos religiosos; luego, sus ideas
sociales, y, por último, le arroja a usted al desconsuelo, y la ruina!
—¡Bueno, bueno! De nada serviría que se pusiera usted ahora a reñir conmigo. Estos
seres, selenitas o como usted guste llamarles, nos han atado de pies y manos. Cualquiera
que sea la disposición de ánimo con que quiera usted aceptar la situación, hay
que aceptarla... Y la experiencia de lo que nos ha pasado demuestra que necesitamos
toda nuestra sangre fría. Hizo una pausa, como si esperara mi asentimiento; pero yo me callé, malhumorado.
—¡Maldita sea la ciencia! —dije.
Siglo II
Luciano de Samosata, Relatos verídicos.
Entretanto, durante
mi estancia en la
Luna, observé muchas
rarezas y curiosidades
que quiero relatar.
En primer lugar no nacen de mujeres, sino de
hombres: se casan con hombres, y ni siquiera
conoces la palabra “mujer”. Hasta los veinticinco
años actúan como esposas y, a partir de esa
edad, como maridos. Y no quedan embarazados
en el vientre, sino en la pantorrilla. A partir de
la concepción, comienza a engordar la pierna;
transcurrido el tiempo, dan un corte y extraen
el feto muerto, pero lo exponen al viento con la
boca abierta y le hacen vivir. A mi parecer, es de
aquí de donde llegó hasta los griegos el término “pierna de vientre”.
Pero voy a referirme a algo aún más sorprendente.
Existe allí un linaje de hombres, los llamados “arbóreos” que nacen del modo siguiente. Cortan
el testículo derecho de un hombre y lo plantan en
la tierra; de él brota un corpulento árbol de carne,
semejante a un falo: tiene ramas y hojas y su fruto
son bellotas, del tamaño de un codo; cuando están
ya maduras, las recolectan y extraen de su interior
a los hombres.
Además sus partes pudendas son artificiales. Algunos
las tienen de marfil, pero los pobres las usan de
madera, y con ellas se unen y fecundan a su pareja.
Tras la vejez el hombre no muere sino que, como el
humo, se disuelve y se convierte en aire. Su alimento
esa para todos el mismo: encienden el fuego y asan
ranas sobre el rescoldo —pues las ranas son muy
abundantes allí, y vuelan—; una vez asadas, se sientan
en círculo en torno a una mesa, aspiran el humo
que asciende y se dan el festín.
Así es su comida. La bebida consiste para ellos en
aire exprimido en copa, destilando un líquido como
el rocío. No orinan ni defecan, ni poseen siquiera el
orificio anal en igual lugar que nosotros; ni tampoco
los jóvenes ofrecen para el amor sus traseros, sino las
corvas sobre la pantorrilla, pues en ese lugar tienen el
orificio.
Se considera hermoso en el lugar al hombre calvo y
pelón; los melenudos, en cambio son despreciados.
Más a los cometas, por el contrario, los consideran hermosos
por su cabellera: había allí algunos forasteros
que nos hablaron de ellos. Otro detalle: tienen barbas,
que crecen tímidamente sobre sus rodillas, y carecen
de uñas en los pies, pues todos son solípedos. Sobre las
nalgas de cada uno crece una col de gran tamaño, a guisa
de cola, siempre exuberante, sin ajarse cuando caen de
espaldas.
De sus narices fluye una miel muy agria y, cuando trabajan
o hacen ejercicio, sudan leche por todo su cuerpo, lo
que les permite elaborar queso, extendiendo sobre este
una capa de miel. De las cebollas elaboran un aceite muy
denso y aromático, como perfume. Tienen muchas vides
productoras de agua, pues los granos de los racimos son
como el granizo y, a mi parecer, cuando sopla el viento y
agita dichas vides, es cuando cae sobre nosotros el granizo,
al desgranarse los racimos. Usan sus vientres como alforjas,
colocando en ellos los objetos de uso corriente, pues
pueden abrirlos y cerrarlos. No parecen encerrar intestinos
en ellos: tan solo una espesa cabellera interior, lo que les
permite albergar a los recién nacidos cuando hace frío.
El vestido de los ricos es de vidrio maleable, y el de los
pobres es hilado de bronce, pues abunda el bronce en aquellas
regiones y lo trabajan reblandeciéndolo en agua como
la lana. En cuanto a las características de sus ojos, dudo en
hablar de ello, por temor de que me juzguen mentiroso, dado
lo increíble del relato. Ello no obstante, lo expondré. Tienen
los ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y
guardarlos hasta que necesite ver; entonces se los coloca y
ve. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros
y ven. Los ricos suelen tener muchos en reserva. Tienen por
orejas hojas de plátano, excepto los hombres-bellota; únicamente
ellos las tienen de madera.
Vi también otra maravilla en el palacio real. Un enorme espejo
está situado sobre un pozo no muy profundo. Quien desciende
al pozo oye todo cuanto se dice entre nosotros en la Tierra; y si
mira al espejo ve todas las ciudades y todos los pueblos, como
si se alzara sobre ellos. Yo vi, a la sazón, a mi familia y a todo
mi pueblo, pero no puedo decir con certeza si ellos también me
vieron. Quien no crea que ello es así, si alguna vez va por allí en
persona, sabrá que digo la verdad.
1705
Daniel Defoe, La nave lunar o anales de transacciones
varias en el Mundo en la Luna.
Carece de sentido
decirles el Nombre
Lunar de este
Hombre, o siquiera
si tenía un Nombre;
sencillamente, era el Hombre en la
Luna, pero la conversación que mantuvimos
fue de lo más extraña: En la primera
visita que le hice, me preguntó si
yo provenía del Mundo en la Luna. Mi
respuesta fue no. Comenzó entonces a
enervarse, diciéndome que había yo
mentido. Él sabía de dónde había venido,
pues me había visto durante todo el
trayecto. Le dije que yo había venido al
Mundo en la Luna, y tornéme tan hosco
como él. Nos tomó un buen tiempo antes
de que podamos acordar; él aseguraba que
yo había venido de la Luna, y yo, que había
venido a la Luna. Esto nos derivó a Explicaciones,
Demostraciones, Esferas, Globos,
Regiones, Atmósferas y a cientos de extraños
Diagramas, para llegar explicarnos. Yo
insistía en lo mío, ya que mi Experimento
me daba la calificación suficiente como para
saber; lo desafié entonces a volver conmigo
y así probar mi punto. Él, como un verdadero
Filósofo, erigió Cientos de Miramientos,
Conjeturas, y Problemas Esféricos para Confrontarme.
En lo que a las Demostraciones
respecta, él las llamaba extravagancias mías.
Si bien diferíamos en mucho, ambos estábamos
seguros —e inseguros— de que ambos
estábamos en lo correcto, y sin embargo nuestras
posturas eran diametralmente opuestas.
Conciliar ese equívoco resultó extremadamente
difícil, hasta que, sobre el final, llegó
la Demostración: la Luna, como él la llamaba,
girando su lado oscuro sobre nosotros tres días
después del Cambio, mostró, con ayuda de sus
extraordinarios Lentes, lo que yo percibí como
ese lado que mira hacia el Sol que era todo Luna,
y el resto era todo Tierra; y bien yo imaginé haber
visto, o vi realmente, las majestuosas Torres de
las Inmensas cuidades de la China. Luego de
esto, y de un poco más de Debate, llegamos a
la Conclusión, y allí acordamos el Hombre y yo,
que ambas eran Lunas, y que ambos eran Mundos,
éste una Luna para el otro y viceversa, como el Sol
entre dos espejos, que se muestran el uno al otro a
través del Reflejo, de acuerdo a la posición oblicua
o directa entre uno y otro.
1785
Rudolph Erich Raspe, Las sorprendentes aventuras del
Barón Munchausen.
Al decimoctavo
día de haber pasado
la isla de Tahití,
mencionada por
el Capitán Cook
como el lugar de donde habían sacado
a Omai, un huracán elevó nuestro
barco sobre la superficie del agua, y
lo mantuvo a esa altura hasta que un
fresco ventarrón llenó las velas. De allí
en más viajamos a un ritmo prodigioso;
avanzando por sobre las nubes durante
seis semanas.
Finalmente descubrimos
una gran porción de tierra en el cielo,
como una isla brillante, redonda e iluminada,
donde, atracando en el puerto
más conveniente, hicimos tierra y
pronto descubrimos que se encontraba
habitada. Debajo nuestro veíamos otra
Tierra, que contenía ciudades, montañas,
ríos, mares, etc. Supusimos que era
el mundo que habíamos dejado atrás. Allí
vimos figuras cabalgando sobre buitres de
inmensas proporciones; cada uno de ellos
tenía tres cabezas. Para que se hagan una
idea de la magnitud de estas aves, debo
informaros que cada ala es seis veces el
largo de las velas de nuestra embarcación,
que carga unas seiscientas toneladas. Como
les decía, en lugar de montar caballos, como
lo hacemos en este mundo, los habitantes de
la luna (porque recién entonces nos dimos
cuenta que estábamos en Madame Luna)
vuelan por allí en esas aves.
El Rey, más tarde
nos enteramos, se encontraba en guerra con
el Sol, y me ofreció el comando de una de sus
tropas, honor que debí declinar. Todas las
cosas de este mundo son de una extraordinaria
magnitud, una simple mosca tiene el tamaño de
una de nuestras ovejas: en la guerra, una de las
principales armas son los rabanitos; los arrojan
como si fuesen dardos. Aquellos que sufren heridas
de rabanitos mueren al instante. Sus escudos
están hechos con hongos, y sus dardos, cuando
no es temporada de rabanitos, son las puntas de
los espárragos. Se puede ver deambular por allí
a algunos de los nativos de la estrella Sirius, el
comercio los lleva a tamaños paseos de compras,
sus caras son como de mastines, pero alargadas,
y sus ojos se ubican cerca del final o la punta de la
nariz. No tienen párpados, pero cubren sus ojos
con la parte final de sus lenguas cuando duermen;
suelen medir alrededor de seis metros. En cuanto a
los selenitas, ninguno mide menos de once metros.
No pueden ser llamados de la especie humana, pero
los animales cocineros, ya que, como nosotros, todo
lo que comen lo cocinan al fuego, no pierden tiempo
en la ingesta; abren su costado izquierdo y allí depositan
la comida en su estómago de una sola vez, y la
cierran nuevamente hasta el mismo día del próximo
mes. No son golosos, ya que nunca se permiten comer
más de doce veces al año, es decir, una vez por mes.
Exceptuando a los golosos y a los sibaritas, todo el
mundo debe preferir su método al nuestro.
1650
Cyrano de Bergerac, Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna.
Finalmente, el amor
por mi país, que poco
a poco me iba quitando
el gusto y la intención
de haber vivido
en éste, no me dejaban
tiempo para soñar
en otra cosa que en el deseo de marcharme;
pero tantas dificultades se me presentaron para
ello, que me puse muy triste. Mi Demonio se dio
cuenta de esto, y como me preguntase por qué
no parecía ya el mismo de siempre, yo francamente
le dije la causa de mi melancolía; entonces
él me hizo tan halagüeñas promesas para el bien
de mi retorno, que en sus manos dejé por entero
mi confianza. Di aviso al Consejo, que me envió
a llamar y me hizo prestar juramento de que en
nuestro mundo contaría las cosas que había visto
en el de la Luna. Seguidamente se me dieron mis
pasaportes, y mi Demonio, que me había provisto
de las cosas necesarias para tan grande viaje, me
preguntó en qué lugar de la Tierra quería yo arribar.
Yo le dije que la mayor parte de los jóvenes acaudalados
de París se proponían en seguida hacer un viaje
a Roma, pensando que nada después de esto había
que ver ni que nada tan hermoso pudiese hacerse. Y
le añadí que en vista de esto mucho le encarecía el que
aprobase que yo siguiera el ejemplo de esos jóvenes.
“Pero —proseguí— decidme en qué máquina haremos
el viaje y cuál sea el encargo que quiere hacerme
el matemático que nos habló el otro día de unir este
globo con el mío”. “Del matemático no os fiéis —me
dijo él—, que es hombre de mucho prometer y de muy
poco cumplir. En cuanto a la máquina que ha de llevaros
no es otra que la que os sirvió de carruaje para venir
hasta la corte”. “¿Pero cómo es posible? ¿El aire será suficientemente
sólido para sostener vuestros pasos como la
tierra los soporta? No creo que esto sea posible”. “Es una
cosa muy rara que vos creáis y no creáis al mismo tiempo.
¡Vamos! ¿Por qué los brujos de vuestro mundo, que van por
el aire y conducen ejércitos, granizadas, nevadas, lluvias
y otros meteoros semejantes de una a otra región, han de
tener más poder que nosotros? Sed, sed más crédulo en mí,
os lo ruego”. “Es verdad. He recibido de vos tantos favores
como los recibieron Sócrates y tantos otros por quienes
vos habéis tenido amistad, que debo confiarme a vos y lo
hago abandonándome de todo corazón a vuestra voluntad”.
Apenas acabé yo de decir estas palabras cuando se levantó
como un torbellino sujetándome entre sus brazos: de este
modo me hizo pasar sin incomodidad todo ese grande espacio
que nuestros astrónomos sitúan entre nuestro mundo y el de
la Luna, travesía en que no tardamos más de día y medio; lo
cual me hizo conocer la mentira que dicen quienes afirman que
una muela de molino tardaría trescientos sesenta y tantos años
en caer desde el Cielo, puesto que nosotros invertimos tan poco
tiempo en caer desde el globo de la Luna hasta éste. Finalmente,
al comenzar nuestra segunda jornada me di cuenta de que me
acercaba a nuestro mundo. Ya iba yo distinguiendo Europa de
África y éstas de Asia, cuando sentí el vaho del azufre que veía
salir de una muy alta montaña: esto me espantó tanto que me desvanecí.
Yo no puedo contaros lo que luego me pasó; pero cuando
recobré el sentido me encontré envuelto entre nieblas sobre la
pendiente de una colina, entre varios pastores que hablaban el
italiano. Yo no sabía qué había sido de mi Demonio y pregunté a los
pastores si acaso le habían visto. Me contestaron haciendo la señal
de la cruz y me miraron aterrados como si fuese yo el mismísimo
demonio. Pero como yo les dijese que era cristiano y les rogase por
caridad que me condujesen a algún sitio donde pudiese descansar,
me acompañaron hasta un pueblecito que distaba de allí una milla,
en el cual, y apenas hube llegado, todos los perros, desde los más
pequeños lanuditos hasta los mastines, se tiraron sobre mí, y me
hubiesen devorado si no tuviese yo la fortuna de encontrar una casa
donde me recogí.
Pero esto no impidió que los perros prosiguiesen
en su alboroto, de suerte que el dueño de la casa ya me miraba con
malos ojos; y creo que, dado el escrúpulo con que la gente del pueblo
considera estos accidentes como malos augurios, este hombre me
hubiese abandonado como presa de aquellos animales si yo no hubiese
advertido que la razón que los perros tenían para encarnizarse de tal
modo contra mí era la de venir de donde venía, pues como ellos tenían
la costumbre de ladrar a la Luna, notaban que yo venía de allí y que olía
todavía a Luna, como los que luego que salen del mar todavía conservan
algún tiempo el olor de la sal y el aire marinos. Para librarme de este mal
aire me puse en una terraza y me sometí a la acción del Sol durante tres
o cuatro horas; pasadas las cuales bajé, y los perros, como ya no sintiesen
en mí el olor que los había hecho mis enemigos, no me ladraron más y se
volvieron cada uno a su casa.
1933
Roberto Arlt, “La luna roja”.
Súbitamente,
sobre el tanque
de cemento de un
rascacielos apareció
la luna roja.
Parecía un ojo de sangre despegándose de
la línea recta, y su magnitud aumentaba
rápidamente. La ciudad, también enrojecida,
creció despacio desde el fondo de las tinieblas,
hasta fijar la balaustrada de sus terrazas
en la misma altura que ocupaba la comba descendiente
del cielo.
Los planes perpendiculares de las fachadas reticulaban
de callejones escarlatas el cielo de brea.
En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida
se asentaba como una neblina de sangre. Parecía
que debía verse aparecer sobre la terraza más alta
un terrible dios de hierro con el vientre troquelado de
llamas y las mejillas abultadas de gula carnicera.
No se percibía ningún sonido, como si por efecto de la
luz bermeja la gente se hubiera vuelto sorda.
Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente
por guillotinas monstruosas, sobre los seres humanos
en marcha, tan numerosos que hombro con hombro y
pecho con pecho colmaban las calles del principio al fin.
Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas
negras paralelas a la profundidad de la atmósfera bermeja. Los
altos vitriales refulgían como láminas de hielo tras de las que se
desemparva un incendio.
A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros
femeninos de los masculinos. Todos parecían igualados y ensombrecidos
por la angustia del esfuerzo que realizaban, con los maxilares
apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se humedecían
los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de
sonámbulos pegaban la boca al frío del cilindro de los buzones, o al
rectangular respiradero de los transformadores de las canalizaciones
eléctricas, y el sudor corría en gotas gruesas por todas las frentes.
De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una
sangrienta y pastosa emanación de matadero. ≈
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