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\\ Índice \ Número 7, invierno de 2009
Asunción del Paraguay
¿Acaso no es preferible un país de barro a un país de piedra?
por Juan José Becerra.
Aunque en principio parezca inexpresiva, Asunción trasluce en sus calles una realidad de conexiones extrañas, dada en gran medida por el uso combinado y personal que cada paraguayo hace de sus dos lenguas: el español, memoria obligada de la Conquista, y el guaraní, más antiguo y por lo tanto más profundo y sensible (triunfante).
L La primera señal es la de que en Asunción no hay nada. Nada de nada. Me lo habían dicho y me pareció comprobarlo al llegar. Podían verse los huecos de esa nada en su toponimia insuficiente, en los silencios que invadían las calles en oleajes discontinuos y en sus habitantes, indiferentes al arte ciudadano de reportar mitos. De la actualidad móvil e ilegible de la ciudad, por la que se escurría sin ninguna precisión la historia del Paraguay y el sentido patriótico que le da relieve turístico a todas las naciones, me fueron llegando algunas partículas transmitidas por un taxista según su modo paraguayo de narrar. Un canto suave, alejado de cualquier afirmación, como recordándome que la realidad es, en el fondo, una conjetura a la que se le tiene fe.
El canto del taxista, al mando de un Mercedes Benz que había abandonado su antiguo paraíso vintage para afrontar como bien de uso la crueldad de una flota de vehículos serviles, tenía un repertorio de una sola canción. Me señalaba con golpes de su pera edificios históricos, bien conservados en la fachada pero muchos de ellos vaciados en su interior, eviscerados como momias, y repetía la misma frase que se abría a lo ancho de un futuro difuso: “ahí van a hacer un museo”.
El Mercedes Benz, con la lentitud de un armadillo gigante, flotaba sobre sus amortiguadores reventados y echaba una farsa de aire acondicionado que ventilaba la cabina en ráfagas de humedad costeña, dejando atrás aquella cadena de arquitecturas misteriosas, en cierto modo tablas rasas en las que el Estado paraguayo (¿pero dónde estaba que no se veía?), fundaciones ad hoc y alguna ONG dejarían caer la memoria nacional que de ningún modo saltaba a la vista en el paisaje.
¿Qué es todo esto que no sé qué es? Para preguntas retóricas, analogías inapropiadas. Me quedé con una: la de una ciudad que es un idioma hecho de palabras a las que les falta algo que las asocie. Pero la invisibilidad, la inexpresividad de Asunción —y por añadidura, la analogía— se hizo a un lado en el puerto, montado sobre un margen de la bahía. Había una huelga en el edificio de la Aduana, vigilado —aunque sin requisas— por grupos que se apostaban en fronteras administrativas que podían ser franqueadas sin dificultades. Vigilaban con indiferencia, si pudiera describirse de este modo el fenómeno en el que convivían autoridad uniformada y lasitud. Las ranchadas en las plazas, con hombres y mujeres ejerciendo un ritual de paciencia a un ritmo vital tan lento como el río (que allí casi no se mueve), se esparcían menos como focos sindicalizados que como una demostración de hábitos preurbanos que en Asunción están tan presentes como sus hábitos globales.
Ahora las combinaciones florecen, en especial la de un modo de ocupar el espacio público que incluye trabajo, descanso y ocio (el ocio incluye a su vez el juego a destajo del dominó, al modo de un club de campaña). Las llevaban a cabo los cuentapropistas del barrio histórico, situados como en una línea de montaje, aunque con la modesta realidad del expendio, sobre sus veredas góndolas, la Meca paraguaya de la economía informal en la que se lleva a cabo una tarea cultural única de dos caras: las de la apología y la destrucción de la marca. Paraguay: el lugar en el que a la marca se le da su merecido. Ni reverencia snob ante el vestuario o el calzado de lujo ni —mucho menos— temor frente a sus reglas leoninas de franquicia. Más bien degradación o parodia de la marca, es decir destrucción total de su seriedad con fines de abaratamiento, un proceso en el que los fetiches más comunes del prestigio burgués —nombres de principados textiles: Lacoste, Ralph Lauren, Tommy Hilfiger— son llevados al nivel más alto de vulgarización y accesibilidad y nunca por lo que son sino por lo que parecen.
En las calles de Asunción se ridiculizan y disuelven las ideas de la marca original como original y la de copia como copia. Y si se hace la copia informal o clandestina del supuesto original es para revelar que ese original, como todo producto elaborado en la rutina de la serie, es también una copia que no halla su consuelo en el hecho irrelevante de que sea fiel. La ropa falsa de Asunción es en el fondo copia de una copia, un modo industrial de robarle al ladrón que tiene su acontecimiento de superioridad moral y artística (y únicamente paraguaya en un sentido de exclusividad: lo original como original) en la confección del hilado miniaturista y cegador llamado ñandutí (tela de araña). No son objetos que se hagan con máquinas. Se hacen con tramas casi invisibles, y con tiempo, que en Asunción corre lento. Un año: un mantel.
Este tipo de desvíos que nos llevan de la industria de la moda al ñandutí, y de algún modo de un mundo a otro apenas conectados por una baba imperceptible, forma parte de una lógica asuncena (o quizás paraguaya) que se va imponiendo lentamente por impregnación. Se trata de conexiones en apariencia extrañas que dejan traslucir una determinada naturaleza local que consistiría —pero ¿quien sabe si no es una alucinación de extranjeros?— en una realidad de dos dimensiones dadas en gran medida por el uso combinado de las lenguas española y guaraní. El español como una memoria obligada y algo desdeñosa de la Conquista, y el guaraní como idioma volátil y biológicamente más afín al paraguayo (más antiguo y por lo tanto más profundo: una lengua sensible), se mezclan en las calles en operaciones para las que cada asunceno tiene su menú de aplicación personal. Oigo las fórmulas espontáneas que se arman de improviso. En el interior de ellas el español es un vestuario mientras que el guaraní es un cuerpo (no sé: me parece a mí), y no es fácil advertir en qué momento y por qué razón ocurre el pasaje de una lengua otra. En mitad de una frase en español, se oyen las incisiones de guaraní. ¿Por qué justo allí, en ese instante?
Voy a investigar estos asuntos en el sentido en el que los investigan los cronistas de fuste, entregándome a la fenomenología más rancia que luego haré pasar por prueba, documento o ciencia exacta utilizando el latiguillo más celebrado del testimonio: “yo estuve ahí” (ustedes no). Lo haré llevando agua de viáticos a mi molino. De modo que me siento en la terraza del Bolsi —famoso por su carta y por ser el primer bar de Asunción en instalar un artefacto de aire acondicionado, de esto hace mil años— y ordeno el plato más cacofónico y redundante de Sudamérica, el surubí guaraní.
Exquisito, pero demasiado gurmetizado allí donde esperaba cultura local con gustos salvajes. La botella escarchada de cerveza Cristal, servida en balde metálico con los cuidados de un Don Perignon, compensa cualquier infracción, por lo que me relajo para escuchar una conversación entre dos señoras burguesas que ¿a qué me suena, dado que incluye una agenda en la que aparecen borrascas de frivolidad y clase? Ya sé. Me suena a esta frase que leí en el diario ABC mientras desayunaba en el hotel: “En el Gran Hotel de Paraguay se hizo un té en honor de Josefina Burró, con motivo de su próxima maternidad”. Más bien de su remota maternidad, porque en la foto que acreditaba el té de honor la panza de Josefina Burró era una verdadera tabla. ¿Celebraban una maternidad aún no acaecida o —ah, damas degeneradas— un coito reciente apenas maternizado por el Evatest? En fin. Todo para decir que las señoras no hablaban guaraní sino un afectado spanglish global en el que se repetía de manera psicótica la palabra dólar. El mozo me trae la cuenta y aprovecho para hacerle unas preguntas que vienen latiendo desde hace algunas horas en el fondo de mi curiosidad: ¿cuándo es que los asuncenos pasan del español al guaraní?, ¿en cuál de esos idiomas se dicen las cosas importantes, es decir las cosas del amor y la tragedia o, si fuese posible, lo que llamamos verdad? Lo primero que hace el mozo, cuyo nombre creí que recordaría de memoria y ya ven que no (después de todo, con memoria o sin ella, ¿qué hecho no se pierde en el momento de reportarse por escrito?), es señalar el idioma guaraní como lengua perseguida en vano, como lengua triunfante [3], para entrar en un hermoso detalle: “Todos hablamos los dos idiomas, pero para pelear es mejor el guaraní. ¿Algún postre?”.
Enciendo el televisor a las 9 de la mañana y veo un primer plano con el siguiente videograph: “Bomba en el centro”. El teleobjetivo que capta la imagen desde una distancia astronómica le da al cuadro una vibración dramática que el hecho en sí mismo no tiene. No sé nada de explosivos —no sabría distinguir una ojiva nuclear de un chaski-boom— pero apostaría vida y bienes en favor de que esa bomba no explotará nunca. Es una bomba que no da miedo. Falla en el campo ya no sólo de su capacidad de daño —lo firmo: nula— sino también en el de la representación del daño: en la amenaza. Salgo a ver qué pasa en las calles. Los bares tienen los televisores encendidos con la noticia del día, convertida en un gag nacional. Alrededor de las pantallas, los asuncenos aceptan el chiste y se ríen con una risa que de algún modo es una afirmación de la identidad paraguaya a través del humor (o más bien de aquello que lo causa), un híbrido compuesto de comedia y tragedia pública que no hace pie en ningún lado. El sentido es un bien inestable y portátil en Paraguay.
Por la noche, los programas de noticias recuerdan que en 1974, muy cerca del lugar donde se encontró la bomba blef (a metros de la estación central de trenes), un grupo de paraguayos organizados alrededor de la figura de Agustín Guiburú, fundador del Movimiento Popular Colorado en 1958 (y desaparecido en 1977 en Paraná, Argentina, por un brazo de la Operación Cóndor, primera mazorca continental) quiso detonar una bomba al paso de Alfredo Stroessner. Quiso: no pudo. No respondió el mando a distancia (pilas sulfatadas), y la sed de gloria revolucionaria terminó ahogada en un mar de represión y ejecuciones clandestinas de las que no se salvó casi nadie. ¿Entonces, de qué se ríen? En realidad, es una risa que tiene menos un qué que un hacia dónde. Se ríen hacia adelante, hacia el futuro que los sacará del presente, un recurso resumido en un lugar común del guaraní que —me dicen— en español significa: “vamos a reírnos de esto”.
Mi paso por el barrio de consumo y residencias confortables llamado Villa Morra es irrelevante. Sus méritos —ojalá no me equivoque— resbalarán por mi memoria. Minicoopers y casas de alfombras persas, de blanquería, de raquetas Wilson; shoppings monumentales y una red de ofertas argentinas: restó Piégari, alfajores Havanna, pilates Tamara Di Tella, helados Freddo. Cosas que pueden encontrarse en cualquier sitio sin historia. Excepto por los nombres de algunas calles alusivas al orgullo nacional restituido entre 1932 y 1935 durante la guerra fratricida entre Paraguay y Bolivia por un coto de petróleo que no estaba en ningún lado (Defensores del Chaco, Aviadores del Chaco, Choferes del Chaco, y así), la zona tiene el aire urbano de un bastión antiparaguayo que utilizo de plataforma para salir, con la ansiedad del prófugo, hacia el Museo del Barro: el aleph asunceno.
Entre el párrafo anterior y éste hago una pausa prolongada en la que no se me ocurre nada. Museo del Barro: ¿qué puede ser dicho de lo visto? Los contenidos patrimoniales del edificio son un prodigio de arte catalogado —por partes— como contemporáneo, indígena y popular. Del arte contemporáneo, ¿qué decir que no haya dicho Marcel Duchamp y no haya puesto en duda su legión de acólitos fallidos? Los otros postulan, si fuese posible la experiencia de simultaneidad, un viaje en el que el presente y el pasado del Paraguay son una materia única de tiempo que todavía no ha pasado del todo. Madera, hilos, fibras, plumas y pieles le dan soporte y continuidad a un arte eterno que no tienen ayer ni hoy en el sentido de compartimientos cronológicos. Pero lo que gravita sobre el museo, sobre Asunción y sobre todo el Paraguay, es el barro, la materia que tiene todas las formas y ninguna. En el barro están todas las posibilidades formales que puedan imaginarse. Lo informe: el verdadero oro paraguayo. El barro es una víspera de materialidad —al mismo tiempo manual y atávico— al que el porvenir le dará por fin su forma, si es que no la suspende de manera indefinida.
¿Acaso no es preferible un país de barro a un país de piedra? La blandura de Asunción está llena de promesas formales. Entretanto, cómo no, se distinguen con claridad los dos monumentos más antiguos que nunca faltan —ni faltarán— en el paisaje urbano de América latina: el de la pobreza y el de la riqueza, todavía enredados en la sintaxis callejera de Asunción, en el uso de los espacios comunes y en el roce de medianeras entre una mansión con perfiles de seguridad, alarma monitoreada y parejas de rottweilers —los pichichos preferidos de Himmler— y algún rancho sin persianas ni cortinas pero más sólido que los del barrio Pelopincho, un asentamiento apoyado en la costa del río Paraguay en el que me recomiendan no entrar (y no entro).
Me conformo, por cobardía, con una muestra: las casillas enclenques de la bahía, cuya fragilidad —que al primer viento dañino no las haría caer sino volar— puede verse en el peso que sus habitantes han apoyado como un ancla de desperdicios en los techos donde ¿qué no hay? Se imaginan que viniendo de la Argentina no es la pobreza lo que me impresiona. Me impresiona cierta revelación liberal de la pobreza asuncena, como si la represión paraguaya de la pobreza atrasara respecto de otras para que ésta triunfe con un recurso tomado de la publicidad: el de estar ahí, naturalizada e irreversible. Es la presencia en primer plano de la pobreza ya no pasajera o móvil sino instalada como una memoria de sufrimiento o resignación lo que impresiona. El ejemplo más espectacular es el del rancherío alzado a cincuenta metros de las escaleras imperiales del nuevo Congreso, “construido con el aporte fraternal del gobierno de Taiwán”. Un gobierno le construye un congreso a otro gobierno: ¿no es un regalo extraño?
Está soplando una brisa que entra al Mercedes Benz que me lleva al aeropuerto. Así parece haber sido mi estadía en Asunción: un encantamiento indescifrable entre paréntesis de Mercedes Benz. Estamos en mayo y el calor de la tarde llegó a límites de trópico. Pero la brisa que sopla desde el río no es lo contrario del calor. Es su paraíso natural que, tarde o temprano, se extiende sobre los edificios conectados a sus máquinas de aire acondicionado, enormes respiradores artificiales empotrados como motores fuera de borda sobre el perfil de un transatlántico.
Y sí, al final no pude resistir la tentación y compré un ejemplar del semanario Esto!, un periódico de características snuffs cuyo fuerte son las fotos forenses. Cuento veintitrés imágenes de cadáveres masacrados o mutilados de las que se destaca una: la de un motociclista que chocó de frente con un micro urbano y le falta media cabeza. Pero a las imágenes de tragedia les corresponden textos de comedia: “el ñato forcejeó con la mujer para no ligar el definitivo pasaje”, “la mala leche que arrastraba la familia Domínguez reventó a eso de las 19 horas”, “en el lugar quedaron los difuntos con sobredosis mortal de plomo”. La desgracia, suavizada por el modo intencionadamente distante de referirla, invierte los géneros y crea uno nuevo en el que la tragedia se vuelve blanca mientras la comedia se vuelve negra. ¿Hay algo exclusivamente paraguayo en ese balanceo que a esta altura ya percibí varias veces? Difícil saberlo, pero aprovecho que me estoy yendo —ya estoy embarcado— para decir que sí. ≈
Juan José Becerra nació en Junín en 1968. Es escritor, periodista y crítico literario. Publicó las novelas Santo (1994), Atlántida (2001) y Miles de años (2004); y los ensayos y crónicas Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina (2007) y La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2008).
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